Opinión

#MeToo

La crítica que ha recibido la movida del #MeToo muestra que la problemática de la violencia sexual y las estrategias para afrontarlo son un campo de lucha no solo entre feministas y misóginos de toda laya, sino también entre las propias mujeres que miran la realidad con las «gafas violetas» de los feminismos plurales.

Enero 2018
#MeToo

Mis amigas, sus madres y tías, sus vecinas y sus maestras, y las primas de ellas y sus hijas, y tantísismas otras han experimentado por lo menos una vez en su vida una escena en la que un hombre ha querido (o ha logrado) propasarse con ellas. Se sabe, la violencia contra las mujeres es un hecho corriente en Buenos Aires, París, Miami, Tegucigalpa o Kinshasa. A lo largo de sus vidas aproximadamente una de cada cuatro mujeres sufre un ataque sexual que puede terminar en violación. Ni hablar de situaciones excepcionales, como guerras o dictaduras, en las que todo empeora y la cifra de víctimas de violencia sexual se multiplica exponencialmente.

En un texto sugestivamente titulado «El mandato de la violación», incluido en Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos (UNQ, 2003) la antropóloga Rita Segato plantea que la alegoría por excelencia de la violación es la constituida por la male gaze o mirada fija masculina, que «captura y encierra a su blanco, forzándolo a ubicarse en un lugar que se convierte en destino, un lugar del cual no hay escapatoria, una subjetividad obligatoria (...) La gaze es ese mirar abusivo, rapaz, que está al margen del deseo y, sobre todo, fuera del alcance del deseo del otro. Como tal, constituye la forma más despojada de violación». Es que la violencia sexual también tiene sus matices, puede ir desde el acoso, de una mirada lasciva o un roce indebido, hasta la violación. Todas esas cuestiones tan silenciadas desde tiempos inmemoriales, parecen hoy una verdad de Perogrullo a la luz de campañas como #MeToo (y de otras que la precedieron, como #primeiroassédio (primer acoso) lanzada en 2015 por la feministas brasileñas).

El hashtag #MeToo entró en la escena pública masiva en octubre de 2017 para denunciar la agresión y el acoso sexual, a raíz de las acusaciones de abuso sexual contra el productor de cine y ejecutivo estadounidense Harvey Weinstein, y las posteriores denuncias que salieron a la luz contra otros referentes de Hollywood. La frase Me too (yo también) comenzó a ser utilizada como bandera en 2006 por la activista social estadounidense Tarana Burke para crear conciencia sobre la omnipresencia del abuso sexual de las mujeres. Pero fue la actriz Alyssa Milano quien el año pasado animó a las mujeres a tuitear sus experiencias al respecto. Desde entonces, el hashtag ha sido utilizado por cientos de miles de personas, entre ellas muchas celebridades hollywoodenses que decidieron pasar a la acción en el mundo analógico y fundaron el colectivo Time's Up (el tiempo se acabó), que anunció la creación de un fondo para ayudar a mujeres de cualquier estrato social contra el acoso sexual. Fue este grupo de más de 300 actrices –entre las que se encuentran Natalie Portman, Emma Stone y Reese Witherspoon– el que lanzó la convocatoria para que en la ceremonia de entrega de los Globos de Oro de 2017, celebrada el 7 de enero de 2018, las actrices y actores se vistieran de negro como una forma de manifestarse contra el acoso sexual. Y así fue, muchos y muchas vistieron de ese color, y algunos/as al momento de recibir sus premios dijeron algo al respecto. El discurso más ovacionado fue el de la periodista y presentadora de televisión Oprah Winfrey.

No pasaron ni veinticuatro horas de la gran ceremonia de los Globos de Oro cuando comenzaron a aparecer las críticas sobre los efectos del #MeToo, no de machotes ofendidos ni de mujeres misóginas –que eso ya se venía manifestando, como en general el antifeminismo en las redes sociales– sino de las propias damnificadas, y de otras mujeres pensantes, inteligentes, que tienen una visión distinta sobre la cuestión. El primer grupo lo encabezaron las actrices Rose McGowan, Asia Argento y Rosanna Arquette, tres de las que iniciaron las acusaciones contra Weinstein. El segundo grupo lo conforman un centenar de mujeres del arte y la cultura de Francia, cuya cara más visible es la de la actriz Catherine Deneuve.

McGowan, Argento y Arquette básicamente tildaron de «farsa» la gala de los Globos de Oro, además de cuestionar que la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood no las haya invitado. McGowan acusó en Twitter: «ninguna de esas estrellas que hoy visten de negro para honrar nuestras violaciones habrían movido un dedo» si ella no hubiera acabado con el tabú de los abusos que durante décadas estuvieron silenciados por el establishment de la industria cinematográfica. Argento contó en la misma red social que no fue invitada a participar en la iniciativa Time’s Up. «Las víctimas no tenemos suficiente glamour», ironizó.

Del otro lado del océano, en Francia, el grupo firmante de la declaración Deneuve alertaron en un artículo publicado en el diario Le Monde (con el título «Defendemos la libertad de importunar, imprescindible para la libertad sexual») sobre el riesgo de que el escándalo de la cultura de abusos contra las mujeres destapado en Hollywood cree un clima propio de una «sociedad totalitaria» que ponga en peligro la libertad sexual. “La violación es un crimen, pero un flirteo tenaz o torpe no es un delito y una galantería tampoco es una agresión machista”, señalaron las firmantes. El texto de las francesas fue redactado a varias manos por las escritoras Catherine Millet, Sarah Chiche, Catherine Robbe-Grillet, Abnousse Shalmani y Peggy Sastre. En uno de sus párrafos dicen: «De hecho, #MeToo ha construido una agenda, en la prensa y en las redes sociales, de acusaciones públicas contra personas que, sin tener la oportunidad de responder o defenderse, son puestas en la misma categoría que los delincuentes sexuales. (…) Este frenesí por enviar a los ‘cerdos’ al matadero, lejos de ayudar a las mujeres a empoderarse, en realidad sirve a los intereses de los enemigos de la libertad sexual, los extremistas religiosos, los reaccionarios y los que creen en su rectitud, y la perspectiva moral victoriana concuerda con eso, que las mujeres son una especie ‘aparte’, niñas con rostros de adulto que necesitan protección».

La antropóloga feminista Marta Lamas expresó en un debate en la televisión mexicana que si bien compartía en general las ideas de la declaración, le parecía desafortunado el momento y el contexto en que se realizaba. «Creo que este es un tema lo suficientemente complicado como para introducir matices», sostuvo la investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México. Lamas opinó que «lo que me parece importante del planteamiento de las francesas es la denuncia del puritanismo». Y agregó: «Yo creo que contra lo que reaccionaron también es contra una idea de que las mujeres siempre son víctimas y que los hombres siempre son victimarios».

Todo el fenómeno desatado a partir del #MeToo en los últimos meses, pero sobre todo en las últimas semanas, ha puesto sobre el tapete varias cuestiones que de manera muy interesante dejan abierto el debate. Hollywood, centro mundial del show business, ha servido para darle una amplificación inusitada –tal vez de manera oportunista e inclusive frívola– a la cuestión de las violencias sexuales contra las mujeres, que a pesar de la gran difusión en las redes sociales, todavía sigue siendo un tabú en muchos aspectos. Por algo, por lo menos en Argentina, y seguramente también en la mayoría de los países de la región, los delitos de violación sexual son escasamente juzgados y castigados, y de hecho muchas mujeres prefieren ahorrarse el doloroso trámite de la denuncia para no ser revictimizadas en el sistema judicial.

El patriarcado no respeta fronteras geográficas, sociales, religiosas ni culturales, está aquí y allá, en todos partes y a toda hora. Por eso hoy Hollywood «sirve», a su manera, para debilitar algunos de los estereotipos más sedimentados sobre la violación sexual. A saber: los casos acontecidos en la meca cinematográfica muestran que los violadores o acosadores no son unos locos, perversos, drogados y alcoholizados, de una clase marginal; pueden ser respetados señores millonarios del mainstream. Por otra parte, las violaciones denunciadas no se dieron repentina y subrepticiamente, en una situación callejera, oscura, en un descampado, sin que medie ningún tipo de intercambio previo entre víctima y victimario. “Las violaciones sexuales son, en su mayoría, el final de un proceso que se parece más a una celada sutil y a una estafa que a un arrebato intempestivo y brutal», señala la socióloga Inés Hercovich en el El enigma sexual de la violación (Biblos, 1997), un libro indispensable resultado de una exhaustiva investigación sobre el tema.

Por otra parte, la crítica que ha recibido la movida del #MeToo tanto por parte de las protagonistas de las violencias sexuales como de las intelectuales y artistas francesas muestra que la problemática de la violencia sexual y las formas de afrontarlo son un campo de conflictos no solo entre feministas y misóginos(as) de toda laya, sino también entre las propias mujeres que miran la realidad con «gafas violetas», es decir desde las múltiples miradas de los feminismos en plural.