Opinión

Nicolás Maduro: inmolación o desahucio

Hay algo en lo que Maduro tiene razón: Venezuela es, además de su petróleo, su gas y su oro, parte de un objetivo superior de los sectores más retrógrados de Estados Unidos que buscan el completo rediseño político de la región. Ninguna de las críticas posibles al madurismo, desde su autoritarismo hasta su culto a los uniformes, pasando por su dudosa transparencia, justifica una solución violenta de esta disyuntiva histórica. Lamentablemente, la salida negociada parece estar cada vez más lejos.

Febrero 2019
Nicolás Maduro: inmolación o desahucio

Vestido con un elegante «liquiliqui», como se conoce el conjunto de pantalón y chaqueta cerrada hasta el cuello que utilizan los hombres de los llanos y que, por decreto del Poder Ejecutivo, se convirtió en «Traje Nacional», Nicolás Maduro anunció al país su buena nueva.

Venezuela, dijo, será en breve una «marca país», un gran commodity del turismo internacional. Los dólares llegarán por fin en beneficio de su desahuciado pueblo.

Frente a una audiencia que solo podía ser propia, reveló el lema de la campaña: «Venezuela Abierta al Futuro». La utopía hedonista se acompañó de imágenes de playas rebosantes, cocteles sofisticados y, claro, mulatas. Puro goce, más allá de la lucha de clases que suele atiborrar el discurso oficial.

Afuera del Hotel Venetur Alba Caracas, la palabra «futuro» tenía otros sentidos, y todos asociados al peligro. El conflicto político tiene tal calado que todo se divide por dos: hay dos mercados, uno blanco y otro negro, dos clases de dólares.

Existe a la vez un Parlamento opositor, declarado en desacato, y una Asamblea Constituyente que hace de Congreso. Un Tribunal Supremo funciona en Caracas y otro en el exilio. Lo mismo sucede con los dos fiscales generales.

Y hay, por último, una dualidad más peligrosa, dos presidentes: uno, Maduro, surgido de elecciones que suscitaron, también, dos interpretaciones distintas sobre su legitimidad; y otro, Juan Guaidó, autoproclamado «interino» y bendecido por Washington y 60 países.

Por primera vez en la historia de la inestabilidad latinoamericana, un civil da un golpe de Estado a un Gobierno cuasi militar y con cabeza civil. La contradicción es insostenible.

Una nueva caída del Muro

A 30 años de la caída del Muro de Berlín y de la invasión norteamericana a Panamá, los dos acontecimientos ofrecen una conexión peculiar con el drama venezolano.

Los seguidores de Guaidó están convencidos de que la entrada de la ayuda humanitaria que enviará la coalición antimadurista a través de las fronteras con Colombia y Brasil se convertirá, a partir del 23 de febrero y con apoyo de masas, en el equivalente de lo que sucedió con la extinta República Democrática Alemana (RDA) en 1989.

Maduro, el «presidente obrero», será entonces un nuevo Erich Honecker, partirá al exilio y se barrerán los cimientos del proyecto bolivariano. Pero si así no ocurre, le auguran un destino similar al del general panameño Manuel Noriega.

Para que ocurra lo primero, debe partirse el frente militar que sostiene al gobierno. Un oficial desobedece en la frontera y su gesto tiene un efecto dominó. Así de simple, suponen. Lo segundo, en cambio, supone una invasión norteamericana, y Guaidó ya la contempla.

Un modelo agonizante

La supervivencia del modelo está, como nunca, puesta en cuestión. Inmolación o extremaunción irrumpen como alternativas. ¿Cómo se ha llegado a este punto que parece no tener retorno?

El madurismo es inflexible en su diagnóstico: el derrumbe del PIB de 44% desde 2013, el éxodo masivo y la criminalidad, todo es culpa de la asfixia económica y financiera de Washington y sus aliados internos. Pero no «todo» es atribuible a Estados Unidos.

Para comprenderlo, hay que seguir la misma parábola trazada por Hugo Chávez sobre los escombros de la IV República. El «comandante eterno» llegó al poder con una promesa de redención de los perdedores de siempre. Como señala Fernando Coronil en el imprescindible El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela, Chávez «los ha invitado a pasar de las gradas al patio principal y participar en una historia que será por fin para ellos». En los hechos, reparó heridas sociales redistribuyendo la renta petrolera.

Coronil, para comprender los nuevos usos del oro negro a partir del chavismo, se apoya en un razonamiento de la antropóloga india Veena Das. La autora de Life and Words: Violence and the Descent into the Ordinary sostiene que frente a estructuras masivas de dominación, «las rebeliones subalternas» pueden producir «solo una noche de amor» y no transformarlas en «una vida de amor». Es lo que sucedió en Venezuela.

Dicho de otra manera: la promesa de progreso bolivariana se presentó de entrada como insostenible. El Estado, bajo esas circunstancias, solo podía producir «actos de magia en vez de milagros» dictados por la voluntad y los precios internacionales del crudo. Después de 20 años, 96% de los dólares que entran en Venezuela responden a la misma matriz productiva. El gobierno importa hasta el arroz, el azúcar y la harina que forman parte de sus programas asistenciales.

No hubo revolución a la cubana

Aunque Maduro hable de «revolución», en Venezuela no ha cambiado la estructura de la propiedad, como sí ocurrió en Cuba. El liderazgo terminó por confundir anhelos con realidades: en sus momentos de mayor adhesión, 40% de los venezolanos estaban en contra del gobierno.

No dejan de ser igual de llamativas las reincidencias del chavismo en errores cometidos en otras experiencias históricas. La obsesión de Fidel Castro por acelerar las etapas de la revolución lo llevó en 1968 a proponerse (él, pura voluntad) la construcción al mismo tiempo del socialismo y el comunismo. La llamada «ofensiva revolucionaria» tuvo efectos lamentables y llevó hasta a la estatización de las barberías. Chávez no quiso ser menos. Expropió muchas veces sin objetivos claros.

La otra lección no aprendida tiene que ver con el Chile de la Unidad Popular. «No soy el presidente de todos los chilenos», decía Salvador Allende. El chavismo cavó esa misma trinchera retórica. Sus adversarios, convertidos en enemigos, actuaron de manera simétrica. El juego fue de suma cero.

Un tercer espejo se colgó en el Palacio de Miraflores para mirarse en la China de la década de 1960. Chávez impulsó las comunas inspiradas en uno de los más desastrosos emprendimientos del maoísmo, «el Gran Salto adelante». La iniciativa se basa en la autogestión y contiene, según el «Comandante Eterno», la semilla verdadera del socialismo. La comuna rindió algunos frutos en el mundo rural, pero fracasó de manera estruendosa en un país donde más de 90% de las personas viven en las ciudades, algunas en situación de extrema violencia.

Aunque se propuso acabar con la burocracia y minimizar el papel del Estado, no pudo ser otra cosa que un intento de «arar en el mar», para llamarlo con palabras propias de Simón Bolívar, entre otras razones debido a las carencias económicas y las prácticas colectivas que derivan de la escasez y el mercado negro. A estas alturas, es apenas un dispositivo clientelar. La oposición lo resume en una ecuación quizá simplista pero no del todo errada: comida por lealtad declamatoria.

Con ganar elecciones no basta

La proeza distributiva inicial de Chávez tuvo una marca defectuosa de origen: se hizo manu militari, lo que le valió al comandante más de un cuestionamiento sobre sus valores democráticos, y no solo de los sectores más adinerados.

Maduro profundizó esas prácticas. Suele decir que los bolivarianos han ganado 23 de 25 disputas electorales. Sus críticos responden con una larga lista de señalamientos.

De un lado, el intento de Chávez de establecer la reelección presidencial indefinida. Del otro, la acotada aceptación de sus traspiés en las urnas. En 2008, la oposición ganó la Alcaldía de Caracas. El «Comandante Eterno» levantó de la nada una administración paralela con su correspondiente presupuesto. Luego, rediseñó las circunscripciones electorales de modo que no se vuelva a tropezar tan fácilmente con la piedra de la derrota. Maduro sucedió a Chávez y ganó los comicios por menos de un punto de diferencia. Radicalizar un proceso en esas condiciones de casi paridad fue algo más que un despropósito.

En medio del ajuste y el endeudamiento externo, tomó medidas impopulares. La oposición, cuyas credenciales democráticas están lejos de ser inmaculadas, fue por su cabeza. La calle se convirtió en el territorio de la puja. Maduro fue derrotado estruendosamente en las elecciones legislativas de 2015. La oposición le dio seis meses de plazo para hacer sus maletas.

El presidente decretó la emergencia económica y luego el Consejo Electoral impidió la convocatoria a un referendo revocatorio. De inmediato, el Tribunal Supremo de Justicia consideró que el Parlamento estaba en desacato.

Cuando el enfrentamiento político se trasladó otra vez al espacio público, con muchos más muertos, se convocó a una Asamblea Constituyente para que se desempeñara como contrapeso de la Legislatura. Las negociaciones para buscar una salida negociada nunca llegaron a buen puerto. Unos y otros se reprochan los sucesivos fracasos.

Fin del trayecto

Maduro fue reelecto en 2018 en condiciones de inocultable ventaja estatal, apoyado en parte por un votante histórico y sentimental. Compitió contra candidatos testimoniales. Algunos de los dirigentes opositores de peso estaban proscritos y otros llamaron a la abstención.

Su nuevo periodo no podía sino augurar mayores descalabros. Se llegó así a este presente de ruina que ya no puede extenderse más. La desafección en lo que queda del chavismo no solo es de la clase media ni de algunos de sus referentes históricos que rompieron lazos con el «presidente obrero». Ha penetrado en sectores populares.

Maduro todavía tiene base social, pero es difícil saber cuán delgada es la línea que separa el apoyo, con sus contraprestaciones, de la simulación y el cansancio. Las horas que vienen, de carácter decisivo, permitirán revelarlo.

Esto vale también para el frente militar. Augusto Pinochet proclamó su adhesión a Allende hasta horas antes del golpe del 11 de setiembre de 1973. Después se sabe lo que sucedió: fue el converso más cruel.

Por último, el conflicto venezolano ha dejado de ser a esta altura solamente nacional para convertirse en una pieza de la administración Trump en sus disputas con China y Rusia por motivos que no son convergentes. Hay algo en lo que Maduro tiene razón: Venezuela es, además de su petróleo, su gas y su oro, parte de un objetivo superior de los sectores más retrógrados de Estados Unidos que buscan el completo rediseño político de la región. Esto incluye a Cuba, Bolivia y Nicaragua como pasos siguientes.

La reaparición de Elliot Abrams en la vanguardia conspirativa de Washington encarna esos deseos. De su garra de halcón ya probada en El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras en los años 80, se vislumbra la forma que puede tomar el desenlace del conflicto y el futuro real.

¿Se asemejará a la Alemania comunista o a la Rumania de 1989? ¿Veremos los escombros de Iraq o Siria? Ninguna de las críticas posibles al madurismo, desde su autoritarismo y su culto a los uniformes, pasando por su dudosa transparencia, justifica una solución violenta de esta disyuntiva histórica.

Lamentablemente, a estas alturas es más fácil que un camello atraviese el ojo de una aguja que encontrar la salida negociada.


Este artículo es producto de la alianza entre Nueva Sociedad y DemocraciaAbierta.

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