Opinión

Victoria socialdemócrata en una Suecia cada vez más desigual


septiembre 2026

El Partido Socialdemócrata sueco ganó las elecciones por un margen mínimo, tras cuatro años de gobierno conservador, con la extrema derecha como socia de facto. Pero la virtual primera ministra progresista, Magdalena Andersson, deberá sostenerse sobre una coalición frágil e ideológicamente heterogénea. El país que alguna vez encarnó la utopía igualitaria hoy enfrenta una desigualdad creciente y un debilitamiento de su tradicional Estado de Bienestar.

<p>Victoria socialdemócrata en una Suecia cada vez más desigual</p>
Getty Images Europe.

Además de un modelo de bienestar efectivo, Suecia fue -y aún es- en gran parte del mundo el nombre de la utopía socialdemócrata: la referencia a la que muchos recurren a la hora de imaginar un futuro deseable de mayor justicia e igualdad. Pero, aunque resulte bastante decepcionante para la izquierda, no podemos seguir hablando de este país nórdico en términos idílicos: como un lugar donde reina la justicia social, predomina una sociedad igualitaria, los altos impuestos financian un robusto sector público, la política industrial garantiza pleno empleo y las políticas sociales y educativas facilitan la movilidad social. Esa Suecia «100% perfecta» ha dejado de existir, si es que alguna vez existió del todo.

La realidad, como suele ocurrir, es más complicada. Suecia dio su giro neoliberal hace unos treinta años. El legado de ese giro -impuestos más bajos que en Dinamarca o Noruega, una privatización escolar inspirada en las ideas de Milton Friedman y una política fiscal austera- ha marcado al país desde entonces. Es revelador que parte de esos programas fueran aplicados por gobiernos socialdemócratas: el Partido Socialdemócrata ha sido la fuerza política dominante en Suecia durante más de un siglo, lo que lo convierte en uno de los partidos con mayor éxito electoral del mundo.

Sin embargo, hoy en día, el país presenta hoy niveles de desigualdad de ingresos muy superiores a los que tenía hace unas décadas y uno de los mayores niveles de concentración patrimonial de Europa. Los servicios públicos varían considerablemente de una región a otra y los habitantes de las zonas rurales y urbanas viven realidades cada vez más diferentes y sueñan sueños muy distintos. 

La desigualdad y la discriminación sistémica han agravado estas disparidades, alimentando un aumento de la delincuencia organizada: en 2022, Suecia registró la tasa per cápita más alta de homicidios con armas de fuego de Europa (4 por cada millón de habitantes al año, frente a un promedio europeo de 1,6), impulsada por enfrentamientos entre bandas. Es cierto que incluso en medio de su peor ola de violencia en décadas, las tasas generales de homicidios de Suecia siguieron siendo bajas, aunque crecientes (1,15 por cada 100.000 habitantes en 2023, frente al 0,9 de 2014) y por eso se volvió un tema de inquietud política. La reciente campaña electoral ha estado marcada por la inmigración: durante la crisis de los refugiados de 2015, Suecia acogió a más solicitantes de asilo per cápita que cualquier otro país europeo -más de 160.000 solicitantes de asilo solo en ese año- y mantuvo, durante más tiempo que otros países, algunas de las leyes de inmigración más liberales del continente. Hoy en día, una de las ciudades de Suecia, Malmö, se encuentra entre las más multinacionales del mundo. Y sigue votando a los socialdemócratas. Sin embargo, la inmigración se convirtió en un tema polémico y, una vez más, fue Magdalena Andersson, la última primera ministra socialdemócrata y triunfadora de las elecciones del 13 de septiembre, quien comenzó a dar marcha atrás en esa política migratoria liberal. Sin embargo, esto no logró calmar la ansiedad por el declive social y la sensación de «descontrol» que, agitadas por la extrema derecha, empujaron a un número cada vez mayor de votantes suecos hacia el partido de extrema derecha Demócratas de Suecia (SD, por sus siglas en sueco). 

Fundado en 1988 a partir de la franja neonazi y nacionalista blanca del país, SD entró en el Parlamento en 2010 y creció exponencialmente durante más de una década. Ya en 2018, el Partido Moderado, de tendencia conservadora, llegó a la conclusión de que SD se había vuelto lo suficientemente fuerte como para inclinar la balanza del poder hacia la derecha. Comenzó entonces a cultivar la relación, desmantelando el denominado «cordón sanitario» que los partidos mayoritarios habían mantenido hasta entonces contra los ultras. En las elecciones de 2022, SD se convirtió en el segundo partido más grande del Parlamento. En octubre de ese año, los Moderados, los Demócratas Cristianos y los Liberales firmaron el Acuerdo de Gobierno de Tidö con SD, negociado en el castillo barroco del mismo nombre. El gobierno lo calificó como «la agenda de reformas más completa de los últimos tiempos». Se trataba de una visión de Suecia muy alejada de su pasado socialdemócrata.

SD cogobernó formalmente durante los últimos cuatro años desde la segunda fila, apoyando a la coalición sin ocupar carteras ministeriales, pero en la práctica fue la fuerza motriz de la coalición, colaborando sin problemas con sus socios mientras vendía a sus propios votantes un «nacionalismo pragmático». Los resultados no se hicieron esperar: «mano dura» contra la delincuencia, un acuerdo para el envío de presos a Estonia -debido a que las cárceles suecas se estaban quedando sin espacio-, endurecimiento de una política migratoria que ya se había vuelto una de las más restrictivas de Europa, y recortes fiscales. Pero también, cabe destacar, un aumento del gasto en bienestar social, por ejemplo, para aliviar la presión de la inflación sobre la población, la reducción de las tarifas de transporte o los subsidios a los combustibles. Cuatro años después, en las elecciones generales del 13 de septiembre de 2026, la extrema derecha retrocedió. Obtuvo 17,5% de los votos frente a 20,5% en las anteriores elecciones. Es la primera vez que SD retrocedió en unas elecciones al Riksdag desde que entró en el Parlamento en 2010.

Magdalena, here I go again-My my, how can I resist you?

Los socialdemócratas de Magdalena Andersson volvieron al poder por un estrecho margen, superando al bloque de derecha de Ulf Kristersson por una diferencia tan escasa como la que había aupado al poder a la derecha. Los socialdemócratas obtuvieron 28% de los votos y lideran un bloque verde-rojo con 3 escaños de ventaja. Se trata, no obstante, del peor resultado desde 1911 para el partido que gobernó el país durante unos 65 años entre 1932 y 2006 -incluida toda la Segunda Guerra Mundial, cuando Suecia mantuvo su política de «neutralidad» y los socialdemócratas encabezaron un gobierno de «unidad nacional»-.

Aún no está claro si el freno a la extrema derecha en las recientes elecciones se mantendrá. La victoria de Andersson, con tres escaños más para la coalición no es tanto un mandato como una ventaja mínima, y su futura coalición —que abarca desde el Partido de Izquierda hasta el liberal Partido del Centro, pasado por los Verdes- dista mucho de encarnar un programa común. La líder socialdemócrata tiene poco margen para actuar como mediadora entre la izquierda y los liberales de mercado, ya que no puede contar con los votos conservadores para salvar la brecha. Cualquier concesión al centro conlleva el riesgo de que los Verdes y la Izquierda le lancen la conocida acusación de que está traicionando los principios socialdemócratas. Kristersson, por su parte, sale de la derrota más fortalecido que debilitado. Por fin ha relegado a los Demócratas de Suecia al segundo puesto en el bloque de derecha.

La tarea que tienen por delante Andersson es enorme: debe contrarrestar los temores de la población respecto del futuro y la ira respecto del presente. Durante la campaña electoral, el debate político se centró en gran medida en la aritmética parlamentaria: ¿quién puede gobernar con quién y qué partido pequeño tendrá la balanza del poder? Al mismo tiempo, los partidos se han acercado en términos de política. El bloque de derecha ha adoptado banderas sociales de los socialdemócratas, mientras que estos, a su vez, han adoptado posiciones de la derecha en materia de migración y seguridad. Incluso los Moderados prometen ahora guarderías gratuitas después del colegio, una propuesta que aún se consideraba demasiado radical cuando los socialdemócratas la presentaron hace unos años. La cuestión de qué se puede hacer aún para movilizar a nuevos votantes cobra, por tanto, cada vez más importancia.

Cuatro años de las políticas económicas liberales de Tidö han polarizado socialmente a Suecia. Los ricos se han beneficiado de recortes fiscales, mientras que la vulnerabilidad económica infantil ha vuelto a aumentar así como el desempleo -Suecia tiene una de las tasas de desempleo más altas de la Unión Europea (9,1% en noviembre de 2025, según Eurostat)1. La sociedad civil, en particular, ha salido muy perjudicada: las organizaciones afiliadas a partidos, las entidades de formación política y las ONG dedicadas a la educación democrática han sufrido recortes masivos, y hoy se las consulta mucho menos de lo que la tradición democrática sueca acostumbraba. El tono de la política y del debate público ha cambiado. No se trata de una erosión democrática en el sentido que se observa en Hungría o Polonia -las instituciones se mantienen fuertes-. Pero sí ha supuesto un estrechamiento de la cultura democrática sueca: menos consultas, menos disidencia y menos espacios en los que la política se desarrollara conjuntamente con la sociedad. 

Este estrechamiento ha contribuido a que la confrontación política sea más hostil. Al mismo tiempo, el conflicto social se ha desplazado hacia cuestiones materiales. En la percepción de muchos, Tidö está mimando a los ricos mientras todos los demás pagan el precio: descuento de un día de salario a quienes piden licencias médicas (día de carencia), asistencia dental excesivamente cara, un mercado inmobiliario cada vez más voraz, jubilaciones insuficientes y un sistema escolar cuya calidad no deja de deteriorarse, hasta el punto de que el propio gobierno reconoció en 2023 el «fracaso» del modelo de escuelas concertadas basado en vouchers.

El programa electoral de los socialdemócratas respondió a todo esto con promesas concretas y fáciles de comunicar: eliminar el día de carencia, abaratar los medicamentos, reformar la atención dental con un copago máximo del 10%, controlar los alquileres y prohibir el lucro en los colegios. Quien considere que se trata de una lista de deseos sin financiación suficiente olvida que Andersson fue ministro de Hacienda. Además, a Suecia no le falta dinero. El problema es que las sucesivas reformas del impuesto sobre la renta redujeron la recaudación en casi 100.000 millones de coronas (unos 10.300 millones de dólares) anuales entre 2011 y 2023, según la Oficina Nacional de Auditoría, lo que ha beneficiado principalmente a las rentas más altas. Solo el aumento de las deducciones fiscales para servicios domésticos y reformas del hogar cuesta más de lo que costaría proporcionar una atención dental adecuada. Según Ipsos, el poder adquisitivo y la cobertura de salud han superado a la delincuencia como los temas electorales más importantes.

¿Recuperar el «espíritu nórdico»?

Los socialdemócratas suecos se presentaron a las elecciones con un perfil económico de izquierda y con propuestas más concretas que en 2022. No se posicionaron como radicales, sino como progresistas frente al reciente gobierno de centro derecha, aunque manteniendo un enfoque pragmático y centrado en el crecimiento. Prometieron una reforma fiscal, aunque no creen que sea posible volver al antiguo sistema de redistribución. Están abiertos a subir los impuestos a los más ricos, pero hasta ahora no han asumido un compromiso firme en ese sentido. Al mismo tiempo, mantuvieron una línea firme frente a la extrema derecha. Una estrategia que dio sus frutos.

Lo que podría ayudar ahora a Magdalena Andersson a formar una coalición es un enfoque en el que vuelva a unir a la sociedad, desarrollando una nueva concepción de la política económica del futuro que, con auténtico «espíritu nórdico», sitúe el bienestar de las personas y los indicadores económicos objetivos para medirlo en el centro de la política industrial, pero que también haga que esta nueva visión sea sostenible. Debe dar respuestas rápidas a quienes se preocupan por sus puestos de trabajo en la era de la IA, pero también a quienes temen que no haya empleo en un planeta moribundo. Debe crear, al mismo tiempo, un sentido de pertenencia a esta nueva visión de Suecia para todos sus habitantes. 

En su primer discurso, la próxima primera ministra esbozó una «nueva dirección para la cohesión social» con la intención de dejar de lado la política partidista: su objetivo es poner «a Suecia y al pueblo sueco en primer lugar», reunificar el país tras los recientes conflictos, renovar la cooperación entre los partidos y, en particular, hacer frente al elevado desempleo y al cambio climático. Su apuesta es reducir las emisiones y, mismo al tiempo, construir un país más próspero y fuerte, con colegios que funcionen bien, un sistema de salud eficiente, una atención integral para las personas mayores y menor desigualdad regional -sin comprometerse, eso sí, a revertir en lo esencial el rumbo migratorio restrictivo heredado del gobierno anterior-. 

Se podría decir, empero, que su comienzo no ha sido malo aunque la «Suecia socialdemócrata», tal como la conocimos, difícilmente regrese. 

  • 1.

    Parte de esta comparación es, sin embargo, matizable: Suecia también registra una de las tasas de participación laboral más altas de la UE. Esto hace que una mayor proporción de la población esté contabilizada dentro del mercado laboral y, por tanto, que el desempleo resulte más visible estadísticamente que en países con una participación laboral menor.

Artículos Relacionados

Newsletter

Suscribase al newsletter