Opinión

León XIV en la línea de fuego

El primer año de Robert Prevost en Roma


abril 2026

En su primer año como León XIV, Robert Prevost intentó recomponer equilibrios dentro de una Iglesia dividida y en un mundo cada vez más convulsionado. Cuando esta estrategia mostraba sus límites, los ataques de Donald Trump le permitieron al papa alzar la voz y ganar protagonismo en el tablero global.

<p>León XIV en la línea de fuego</p>  El primer año de Robert Prevost en Roma
Imagen: AP/Gregorio Borgia.

A lo largo de su primer año de papado, el agustino Robert Prevost ha debido moverse en un terreno agitado. Dentro de la Iglesia, se reavivaron las tensiones con los grupos conservadores y con el ala tradicionalista que en un comienzo parecieron amainar. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X -organización fundada en 1970 por el arzobispo francés Marcel Lefebvre en rechazo a las reformas del Concilio Vaticano II, que constituye hoy uno de los principales núcleos del tradicionalismo católico- desafió abiertamente a la autoridad vaticana y decidió avanzar con la consagración de obispos sin la autorización de Roma. Pero la incomodidad no se concentra solo en ese frente. También entre los sectores progresistas crece el malestar ante las definiciones más conservadoras que Prevost ensayó en cuestiones de moral y doctrina.

A ese cuadro interno se le sumó, en los últimos meses, un escenario internacional cada vez más crispado. El auge de los conflictos bélicos y la inestabilidad en Oriente Medio le agregaron nuevos dolores de cabeza al Vaticano. En ese marco, la policía israelí impidió al patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, ingresar en la Basílica del Santo Sepulcro para celebrar la misa del Domingo de Ramos. La tibieza de la reacción pontificia despertó críticas en sectores muy diversos de la Iglesia católica. En los últimos días, no obstante, el papa ha subido el tono frente a los ataques directos del presidente estadounidense Donald Trump.

Quienes defienden su estilo consideran que esto demuestra que la fortaleza no siempre requiere de alzar la voz. La moderación y la firmeza silenciosa pueden ser también políticamente efectivas en un contexto de fuerte polarización. Sin embargo, todavía es pronto para emitir dictámenes al respecto. Sobre todo cuando León XIV debe lidiar también con una realidad de fondo: la persistente retracción del catolicismo en términos de afiliación religiosa. Francisco no logró revertir esa tendencia. Solo el dinamismo que hoy muestra la Iglesia en el continente africano alcanza, por ahora, para disimular la crisis, aunque al precio de nuevos desafíos.

Por ahora, Prevost ha apostado a una estrategia bastante nítida: amortiguar la polarización que heredó de su antecesor y tratar de reconstruir algún punto de equilibrio entre las distintas corrientes que conviven en el interior de la Iglesia. A diferencia del de Jorge Bergoglio, su estilo es visiblemente más cauto. Sus declaraciones, menos estridentes y más medidas, circulan casi exclusivamente por los canales formales del Vaticano, con todos sus filtros y controles. También se advierte en él una sensibilidad litúrgica más tradicional. Pero esa cautela no equivale, necesariamente, a una moderación en todos los frentes. En sentido contrario, la exhortación apostólica Dilexi te, escrita a cuatro manos con Francisco, sugiere que, al menos en el terreno de la Doctrina Social de la Iglesia, Prevost no está dispuesto a bajar el tono. 

Tampoco ha dado señales de retroceder en el desarrollo de la cultura sinodal, uno de los puntos más controvertidos para el universo tradicionalista. De ahí que la pregunta siga abierta: ¿hay en este primer año de pontificado una simple política de compensaciones –una de cal y una de arena–, o empieza a perfilarse una táctica más definida? ¿Qué idea de Iglesia dejan entrever estas decisiones? ¿Hasta qué punto puede hablarse ya de un plan de acción, aunque sea para esta primera etapa? ¿Cómo influye la conflictividad internacional? 

Este artículo sostiene que la moderación fue, en el primer año, una apuesta que corre el riesgo de agotarse más rápido de lo previsto y que el ataque de Donald Trump le abrió a Prevost, de manera inesperada, la oportunidad de elevar su voz con más fuerza.

Sostener la unidad de la Iglesia

Desde su elección, el principal desafío de León XIV ha sido sostener la unidad de la Iglesia católica. No tuvo que correr a sofocar un incendio fuera de control, como le ocurrió a Francisco cuando todavía ardían los últimos años del papado de Benedicto XVI (Vatileaks, escándalos por los abusos sexuales en la Iglesia, etc.), pero sí recibió una institución atravesada por enfrentamientos severos. Durante su pontificado, Francisco logró reposicionar a la Iglesia como una voz prestigiosa en el plano internacional, aunque lo hizo al precio de profundizar el malestar de conservadores y tradicionalistas. Ese frente, lejos de haberse apaciguado, vuelve hoy a mostrar toda su virulencia. 

En estos días, a pesar de los esfuerzos de León XIV, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, encabezada por el italiano Davide Pagliarani —superior general de la organización desde 2018—, quedó de hecho al borde de la ruptura tras rechazar el diálogo propuesto por el papa a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Pagliarani fue un crítico decidido de Francisco. En 2016, cuestionó con dureza la exhortación apostólica Amoris laetitia y en 2019 sostuvo que el Sínodo de la Amazonia era lisa y llanamente «demoníaco» por propiciar, supuestamente, la «idolatría» de la naturaleza.

El conflicto en sí no toma por sorpresa a Prevost, que lo vio de cerca en Roma como prefecto del Dicasterio para los Obispos desde 2023. Lo que acaso sí lo haya sorprendido es la radicalización de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sobre todo si se tienen en cuenta los gestos de acercamiento que él ensayó desde su llegada al papado. Y no fueron pocos. Entre los más relevantes, se cuenta la autorización para celebrar misas según el canon tridentino –es decir, en latín y con el sacerdote de espaldas a la feligresía–, uno de los principales puntos de fricción con los tradicionalistas desde que Francisco decidió prohibir esa práctica en 2022. Sin ir más lejos, el cardenal Raymond Leo Burke –conspicuo enemigo de Francisco– celebró ese tipo de misa. Aunque está claro que Prevost no comulga con estos sectores, en algunas de sus declaraciones sugirió que tal vez Francisco exageró un poco y, recientemente, en un mensaje a los obispos franceses enviado a través del secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, pidió una «mayor comprensión» hacia las distintas «sensibilidades» litúrgicas frente al crecimiento de las comunidades que adhieren al Vetus Ordo, es decir, a la mencionada misa tridentina o rito preconciliar1. También reclamó que la misa vuelva a ser, ante todo, el «sacramento de la unidad».

En estos meses, León XIV se mostró más ortodoxo en sus intervenciones sobre aspectos doctrinales, otra de las exigencias clásicas de los opositores de Francisco. El papa argentino no había innovado de manera sustancial en esta materia, pero su definición de una Iglesia de puertas abiertas facilitaba posiciones más comprensivas y más elásticas. Teológicamente, Francisco entendía el catolicismo como una religión de la misericordia. Llegó incluso a condensar el sentido de la Iglesia en un neologismo: «misericordiar». En su perspectiva, la Iglesia no estaba para juzgar ni para enumerar pecados, sino para acompañar el dolor y la angustia de los seres humanos y ayudarlos en su vida terrenal. Prevost no abandona del todo ese horizonte, pero sí endureció un poco el tono. 

El nuevo papa también fue más tajante en lo que se refiere al debate sobre el diaconado femenino: argumentó que los apóstoles «transmiten su ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando, guiando e instruyendo la Iglesia». Recordó, además, que la constitución jerárquica de la Iglesia no es una «construcción humana» y que, por lo tanto, no puede modificarse. En línea con esas definiciones, el pasado jueves santo lavó los pies de 12 sacerdotes. La escena contrasta con las elecciones de Francisco, que solía aprovechar ese gesto para enviar un mensaje de apertura, optando por mujeres, presos o musulmanes.

Lo cierto es que, a un año del comienzo del papado, el equilibrio interno que León XIV consiguió construir parece precario. Para los «antifrancisquistas», las prendas de paz son insuficientes. Consideran que, más allá de los gestos y de algunas medidas puntuales, Prevost sigue alineado con su predecesor en las cuestiones de fondo. Y, en algunos terrenos, no les falta razón.

En materia de doctrina social, por ejemplo, hay continuidad, e incluso profundización. La exhortación apostólica Dilexi te, promulgada en 2025, dice sin rodeos que los pobres no son un «tema» ni un «asunto» para los católicos, sino el corazón mismo del Evangelio. En ese sentido, el documento invalida muchas de las críticas que conservadores y tradicionalistas dirigían a Francisco por su supuesta ideologización del mensaje cristiano. Entre ellas, las de Gerhard Müller, que llegó a calificar de «comunistas» varias de las consideraciones que ahora reafirma León XIV. 

Dilexi te lo plantea con claridad: no se trata de ideología ni de comunismo, sino de Evangelio. El texto recuerda las causas estructurales de la pobreza y cuestiona la ideología de la meritocracia. Sin igualdad de oportunidades, sostiene, la apelación a la meritocracia no hace más que encubrir injusticias inaceptables para un católico. Es un documento que podría definirse como portador de una sensibilidad anticapitalista o de izquierda. Una señal más en esa dirección fue el reciente viaje relámpago del papa al Principado de Mónaco, enclave de las clases más opulentas del mundo. Allí, León XIV aprovechó para denunciar el abismo entre ricos y pobres y la «idolatría» del «poder y el dinero».

Algo similar ocurre en el terreno de las reformas institucionales, en el que por ahora también predomina una lógica de continuidad. Desde el mismo día de su asunción, León XIV reivindicó la sinodalidad, es decir, una forma de gobierno eclesial que pone el acento en la escucha, la deliberación y la toma de decisiones compartida entre la jerarquía y los fieles. Lo hizo apenas salió al balcón de la plaza San Pedro y volvió sobre esa idea en distintas intervenciones a lo largo de estos meses, lo que volvió a poner en evidencia el fastidio de los grupos tradicionalistas. Su posición fue resumida recientemente por el cardenal Francesco Coccopalmerio -canonista italiano, ex-presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos- en un libro dedicado a analizar las resoluciones del Sínodo de la Sinodalidad. Allí sostiene que la sinodalidad no es solo una orientación general, sino una práctica bien concreta: la toma de decisiones basada en la confluencia de pastores y fieles en cuyo seno se hace presente el Espíritu Santo.

Prevost también mantuvo firme el timón en asuntos delicados, como el proceso de adecuación de los estatutos del Opus Dei. Con Francisco, la organización fundada por Josemaría Escribá de Balaguer había dejado de ser una prelatura personal para pasar a ser considerada un Instituto de Vida Consagrada dependiente del Dicasterio correspondiente. Aunque avanzado, el proceso de adecuación de los estatutos no concluyó durante su papado, en parte porque Francisco pidió revisarlos en más de una ocasión. Con Prevost, el proceso sigue su curso. Más aún: a comienzos de 2026, en una decisión sin dudas osada, León XIV se reunió con el periodista británico Gareth Gore en la Biblioteca Apostólica del Vaticano. Gore es autor de una investigación sobre el Opus Dei en la que recopila testimonios de presuntas víctimas de abusos psicológicos, explotación y coerción dentro de la organización. Durante la reunión, el papa elogió su libro y lo definió como un «trabajo riguroso».

Prevost también dio continuidad al desmantelamiento del Sodalicio de Vida Cristiana, una organización creada a principios de la década de 1970 en Perú para contrarrestar la teología de la liberación en América Latina y responsable de numerosos casos de abuso de todo tipo: sexual, psicológico y económico. No era una decisión simple. El Sodalicio llegó a tener miles de integrantes en numerosos países y un patrimonio valorado en cientos de millones de dólares. Además, en 1997 Juan Pablo II lo reconoció oficialmente. Prevost, que conoce de cerca el tema al ser estadounidense-peruano, sabe que pasar de página no será sencillo. La decisión de dar por terminada la organización le permitió cosechar apoyos entre las víctimas y en buena parte de la Iglesia –sobre todo entre los sectores progresistas–, pero transformar esa decisión en hechos concretos y, especialmente, acordar la reparación de los damnificados puede ser un camino arduo. De hecho, ya aparecieron conflictos en torno de los plazos y de los mecanismos propuestos por Roma para definir esas reparaciones, considerados por algunos como «revictimizantes».

Todo esto recuerda que, en la vereda de enfrente, las aguas tampoco están quietas. También en el polo progresista crece el malestar, y no solo entre quienes sostienen posiciones abiertamente «radicales», como ocurre con la Vía Sinodal en Alemania. Los signos de incomodidad se advierten, por ejemplo, entre las religiosas de numerosos países, cuyas expectativas sobre una eventual apertura al sacerdocio habían crecido al comienzo del papado de Francisco. En la última década, desde Roma se impulsó con más fuerza la promoción de mujeres a puestos de dirección y se facilitó su llegada a las principales instituciones académicas y científicas de la Iglesia. La propia constitución apostólica Praedicate Evangelium subraya ese movimiento. Sin embargo, sobre el final del papado de Francisco, los intentos por avanzar con el diaconado femenino chocaron con resistencias muy fuertes. Y aunque en el Sínodo de la Sinodalidad la mayoría propuso seguir pensando el cambio, los votos en contra fueron demasiados como para poner en marcha los engranajes de la Iglesia. Como explicó entonces Francisco, el Sínodo no se rige por principios democráticos, sino por el discernimiento religioso. Si bien no daba por cerrado el tema, insistía en la diversidad de la Iglesia y en la necesidad de alcanzar una convivencia poliédrica. En su momento incluso criticó al referente de la vía sinodal alemana por reclamar más velocidad en los cambios, recordándole que «ya existía una Iglesia evangélica» en Alemania.

Con Prevost, la posibilidad de abrir el sacerdocio a las mujeres parece todavía más lejana y, por ahora, la puerta está cerrada. Como reflexiona Ana Lourdes Suárez, historiadora especializada en catolicismo latinoamericano, conviene no subestimar los efectos de la desilusión que esta decisión produce entre las religiosas católicas. Si se atiende a la caída vertiginosa de su número, resulta evidente que se trata de una opción cada vez menos atractiva para muchas mujeres. Y tampoco está claro cómo evolucionará la tensión entre una cultura católica que, por un lado, se «despatriarcaliza», promoviendo a las mujeres en espacios de gestión, y, por otro, conserva lógicas patriarcales rígidas fundadas en la teología. 

Como señaló recientemente el cardenal Jean-Claude Hollerich: «No puedo imaginar cómo una Iglesia puede seguir existiendo a largo plazo si la mitad del pueblo de Dios sufre por no tener acceso al ministerio ordenado». Según el arzobispo de Luxemburgo, no se trata de una demanda artificial ni de una postura ideológica, sino de un reclamo que brota de la comunidad cristiana. 

Un catolicismo a contracorriente

En cuanto a afiliación religiosa, el catolicismo sigue retrocediendo y se debilita allí donde durante mucho tiempo pareció inexpugnable: América Latina. Solo en África aumentan los fieles. Las razones, como cabía esperar, son varias. Por un lado, están las dificultades crecientes en el reclutamiento y la formación de clérigos. En este terreno, la Iglesia funciona como una maquinaria bastante rígida, incapaz de producir en tiempo y forma los especialistas religiosos que necesita para enfrentar sus desafíos en distintas partes del mundo. Mucho más si se la compara con el universo evangélico. Allí los pastores y pastoras se forman con mayor velocidad y, en muchos casos, surgen de las mismas comunidades que buscan evangelizar, de modo que comparten una cultura común que facilita su inserción. Por otro lado, desde los sectores progresistas del catolicismo se apunta también a los mencionados bloqueos a la hora de incorporar a las mujeres o de aceptar el sacerdocio de hombres casados. Desde este ángulo, el problema no sería tanto la crisis vocacional derivada de las dinámicas culturales, sino la incapacidad de la propia institución para ampliar sus fuentes de reclutamiento.

A esos factores se suman razones de naturaleza teológica o, si se prefiere, ideológica. Contra lo que piensan los tradicionalistas católicos, que consideran que el papado de Francisco disolvió el catolicismo en la cultura contemporánea, el catolicismo de Francisco –y el que hereda Prevost– fue, en realidad, claramente contracultural. Es más: avanzó decididamente a contramano de algunas de las grandes tendencias ideológicas de nuestro tiempo. Convertirse en católico con Francisco no se volvió más sencillo o más superfluo –como denuncian esos grupos–, sino más bien lo contrario. 

En primer lugar, porque su pontificado subrayó una forma muy específica de comunidad en la vivencia de la fe cristiana: una comunidad menos apoyada en la intensidad carismática y en la expectativa de una intervención cotidiana del Espíritu Santo y más sostenida en la construcción paciente de la fraternidad social. No se trata, desde luego, de negar que el mundo pentecostal produzca comunidades densas –a menudo mucho más activas en la vida cotidiana que muchas parroquias católicas–, sino de advertir que allí la sociabilidad religiosa suele articularse con una expectativa más intensa en el milagro, la sanación y la transformación personal. Cualquier asesor de marketing formado en sociología de la religión le habría recomendado a Roma moverse exactamente en dirección opuesta de Francisco si el objetivo hubiera sido aumentar el número de fieles. 

En segundo lugar, Francisco alentó un catolicismo dotado de un encantamiento acotado del mundo. Por un lado, cultivó una ritualidad sencilla, austera, alejada del tradicionalismo y poco carismática. Por otro, propició una concepción de la esperanza menos ligada a la intervención inmediata de lo sobrenatural que a la lenta construcción de la comunidad cristiana.

En la óptica de Francisco, la esperanza se afirma mucho más en la fraternidad social que en la expectativa de una irrupción constante del Espíritu Santo en la vida cotidiana. En esta versión del catolicismo, el milagro de impronta «pentecostal» no desaparece, pero deja de ocupar el centro de la experiencia creyente. En rigor, para la teología de Francisco el verdadero milagro cristiano –el que vale la pena esperar y al que habría que contribuir- es el del aprendizaje social de la misericordia y el nacimiento de la comunidad. Una vez más, cualquier antropólogo o sociólogo de la religión le habría sugerido ir en sentido inverso. 

El grueso de los estudios disponibles sobre la demanda religiosa en América Latina, Estados Unidos y Europa muestra que una parte importante de lo que se espera de la religión pasa por la posibilidad de una respuesta concreta a padecimientos personales, muchas veces asociada a ritualidades intensas y carismáticas, aunque estas no siempre están desligadas de tramas comunitarias activas. De hecho, allí donde hoy se observan ciertos revivals dentro de la Iglesia católica –como ocurre con algunos acotados grupos de jóvenes en Francia o en Estados Unidos, o más recientemente en Argentina–, las versiones del catolicismo que se buscan no son las de Francisco, sino las más tradicionales –fuertemente sacramentales y clericales–, aquellas que sostienen principios de demarcación más nítidos y excluyentes entre el afuera y el adentro y que son capaces de producir un sentido fuerte de pertenencia y diferenciación social.

Este diagnóstico sociológico -la centralidad del milagro, la ritualidad intensa, la respuesta personal al padecimiento- no es ajeno a Prevost. Pero sus respuestas, hasta aquí, han sido más gestuales que estructurales: guiños litúrgicos, matices teológicos, pequeños reequilibrios que no alteran el marco heredado de Francisco. La pregunta es si la Iglesia necesita algo más profundo que un ajuste de tono.

Si se atiende a su concepción del milagro, Prevost introduce un matiz en el enfoque de Francisco. El «milagro» es la comunidad, como enfatizaba su antecesor, pero también –agrega León XIV– la «paz interior» que resulta de saciar una «sed interior» y esencial de carácter individual. La «búsqueda constante de novedades y cambios», a expensas de «sacrificar cosas importantes –tiempo, energías, valores, afectos–», es «el síntoma de una necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva dentro, pero cuya respuesta no puede depositarse en lo efímero», dice Prevost. «Nada de lo creado puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz hasta que descansamos en Él», concluyó uno de sus recientes mensajes dominicales.

En este punto, con Prevost, el milagro en su dimensión individual parece adquirir un lugar algo más definido, puesto que es «la fuerza del Espíritu Santo» la que «libera nuestros corazones» de los «hábitos, condicionamientos y formas de pensar que, como grandes piedras, nos encierran en el sepulcro del egoísmo, el materialismo, la violencia y la superficialidad». Allí, concluye el papa, «no hay vida, sino solo desorientación, insatisfacción y soledad». En la misma línea, pidió a los sacerdotes «no quitar lo sobrenatural», es decir, no renunciar al encantamiento del mundo. Sin esa dimensión, advierte, el mensaje cristiano corre el riesgo de convertirse en un árbol bello por fuera, pero seco por dentro. No hay aquí cambios de fondo, claro está. Se trata más bien de matices. Pero son matices que, más allá de las diferentes sensibilidades entre Bergoglio y Prevost, dejan entrever un diagnóstico algo diferente sobre los desafíos en curso.

Por otro lado, sus guiños a los rituales tradicionales y la restitución del canon tridentino respondieron tanto al intento de contener a los sectores antifrancisquistas –como ya se dijo– como a una intención más profunda: dotar al catolicismo de herramientas algo más adecuadas para enfrentar la competencia religiosa, atendiendo la demanda ritual de muchos fieles. No obstante, las tensiones con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X muestran que esa estrategia de acercamiento puede no solo resultar insuficiente, sino incluso volverse contraproducente. En parte porque la lógica identitaria de la Fraternidad necesita del conflicto para afirmarse. Desde ese ángulo, la línea de León XIV podría representar una amenaza incluso más seria que la de Francisco. ¿Podría subsistir la Fraternidad en un contexto de menor conflictividad y de cierta asimilación litúrgica?

Finalmente, la resolución del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, que aclaró que María no debe ser considerada «corredentora» –esto es, que no comparte con Cristo un papel propio en la redención–, muestra hasta qué punto no le será sencillo a Prevost avanzar por este camino. El documento del cardenal y teólogo argentino Víctor «Tucho» Fernández, prefecto para la Doctrina de la Fe y otrora mano derecha de Francisco, va en sentido contrario a la demanda de una intervención cotidiana de lo divino, algo que, en el mundo católico, se canaliza en buena medida a través de la intercesión mariana, dentro de una teología oficial bastante más secularizada que la vivencia religiosa de los devotos. No es, desde luego, una buena noticia desde el punto de vista de la competencia que el catolicismo enfrenta en América Latina.

En el ojo del huracán

¿Se vislumbra ya una estrategia o un plan en lo que va del papado de León XIV? Por ahora, la prioridad número uno ha sido la unidad. No podría ser de otro modo: se trata de un tema decisivo en la larga historia de la Iglesia. Prevost comparte con Francisco una misma concepción. La Iglesia es un complejo de opuestos, como la definía Carl Schmitt -para quien toda institución política vive de la tensión entre fuerzas contrarias que no se resuelven en síntesis-, o, si se prefiere el lenguaje del filósofo ítalo-alemán Romano Guardini, una dialéctica permanente que no busca síntesis, sino equilibrio dinámico. 

El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también de su estrategia política: una de las herramientas con que intenta mantener esa dialéctica en funcionamiento y bajo control. La dificultad con que se encontró es que el problema no reside solo en la dinámica misma, sino también en la definición concreta de esos opuestos. ¿Hasta dónde puede tensarse la cuerda entre los polos? Dicho de otro modo: ¿qué queda en el margen, al borde, pero todavía adentro, y qué resulta necesario dejar afuera? ¿Cómo se conjuga el «todos, todos, todos» de Francisco con la concepción guardiniana de la Iglesia?

Por ahora, Prevost apostó a mover ligeramente el punto de equilibrio para intentar alcanzar una aritmética más estable entre fuerzas centrípetas y centrífugas. Hasta el momento, esa estrategia funcionó. Pero además de las ya mencionadas tensiones internas, hay que medir el impacto de esta moderación sobre la propia figura papal. La popularidad de Francisco fuera de la Iglesia fue un activo fundamental para mantenerlo en el centro de la escena. Ese capital, construido a fuerza de carisma y de una hiperactividad muchas veces osada y valiente, fue central para poder gobernar ese universo infinito y turbulento que es la Iglesia. Sus adversarios y enemigos detestaban todo eso, pero no tanto por la supuesta desacralización de la figura papal y por las declaraciones espontáneas del pontífice –con sus ambigüedades doctrinales y sus elasticidades morales–, sino porque sabían muy bien que ahí residía una fuente concreta de autoridad.

Esa «desacralización», en realidad, lo «sacralizaba» de un modo políticamente mucho más potente y le otorgaba una capacidad de maniobra que inquietaba a sus enemigos. ¿Habría llegado Francisco hasta el final de su vida sin ese halo de autoridad moral y religiosa? León XIV no tiene los atributos de Francisco, pero tampoco parece estar haciendo demasiado por construirlos. Después de todo, tampoco Bergoglio los tenía antes de convertirse en papa. El problema, visto desde la física del poder, es bastante concreto. Si nada cambia, Prevost dejará de contar pronto con ese punto de apoyo fundamental heredado de Francisco. Su estilo de liderazgo lo debilitaría y eso puede tener costos elevados en el futuro. Es un dato del que sus adversarios ya toman nota. León XIV aparece cada vez más atrapado en los engranajes formales –y, en cierto sentido, vacíos, como suele ocurrir con toda burocracia– del Vaticano. Aquello mismo que hoy puede ayudarlo a contener conflictos podría hacerlos estallar cuando sus adversarios se sientan con fuerza suficiente para pasar a la ofensiva. A Francisco, conviene decirlo sin rodeos, le temían.

Francisco era una voz incómoda para sectores de la derecha estadounidense. Según documentos publicados en 2024 en el marco de la causa judicial contra la red de Epstein, figuras como Steve Bannon habrían visto en el papa argentino un adversario político de peso al que convenía neutralizar. Más allá de su carácter anecdótico, el dato ilustra el lugar que Francisco ocupaba en el tablero global: el de un actor con capacidad real de influir en la opinión pública internacional, algo que Prevost todavía no ha logrado en la misma medida.

¿Una nueva etapa?

El ataque directo de Trump, sin embargo, le abrió a Prevost una oportunidad inesperada: la de elevar el tono y romper con una prudencia que podría resultarle costosa. «No le tengo miedo», señaló frente a periodistas en el vuelo que lo llevaba a Argelia. En esa ocasión agregó que, si bien no quería entrar en «polémicas», seguiría predicando el Evangelio. Sus declaraciones –y el tono en el que las efectuó, calmo pero firme– lo pusieron en el centro de la atención global. De repente, las habituales afirmaciones críticas sobre la instrumentalización de la religión por parte de la política así como sus llamados a la paz, adquirieron un tono nuevo, más vigoroso y combativo. Y se coronaron, en los últimos días, con el nombramiento de Evelio Menjivar-Ayala, un salvadoreño que ingresó ilegalmente a Estados Unidos en 1990, como obispo de Virginia Occidental. Esta apuesta muestra a las claras la oposición del papa a las políticas migratorias defendidas por Trump.

Sus definiciones geopolíticas cosecharon apoyos amplios e inesperados, incluso entre figuras del entorno de Trump como la -hoy alejada- primera ministra italiana Giorgia Meloni. Yace aquí una paradoja: fue la agresión del presidente estadounidense la que le ofreció a Prevost lo que un año de gestión moderada no había podido darle: visibilidad, iniciativa política y un adversario con el que puede enfrentarse con ventaja. Trump, al parecer, confundió la parsimonia de Prevost con debilidad.

Lo que revela esta dinámica es que la moderación fue necesaria para heredar sin trauma una Iglesia polarizada, pero probablemente no alcance para gobernarla. Prevost necesita ahora construir la autoridad que Francisco acumuló a fuerza de carisma y riesgo.

  • 1.

    Vetus Ordo (en latín, «orden antiguo»): denominación con la que los sectores tradicionalistas designan la forma de la misa anterior a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, codificada por el papa Pío V en el siglo XVI y conocida también como misa tridentina. Se contrapone al Novus Ordo, el rito promulgado por Pablo VI en 1969 tras el Concilio.

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