Opinión

Memoria, mito y posverdad

La política de la memoria fue esencial para construir la Europa democrática de posguerra tras la derrota del fascismo y del nazismo. Rechazando el marco europeo de la memoria y subrayando la supuesta «virtud del nacionalismo», hay quienes pretenden cambiar la historia para ajustarla a sus objetivos políticos. En Hungría y en Polonia, dos regímenes iliberales, esta política está a la orden del día.

Mayo 2019
Memoria, mito y posverdad

La memoria colectiva siempre ha sido un campo de batalla político y simbólico. Los historiadores y los políticos han sido conscientes desde hace mucho tiempo de que las representaciones compartidas del pasado limitan las opciones políticas en el presente al dar forma a los «horizontes de expectativas» comunitarios del futuro. El vínculo entre memoria e identidad ayuda a explicar la importancia de las crónicas oficiales de la historia, así como de los intentos de olvidar los acontecimientos a través de las prácticas activas de damnatio memoriae (borrado de figuras pasadas de la historia), que se remontan al mundo antiguo.

La política de la memoria ha desempeñado un papel especialmente importante en la construcción y el mantenimiento de la Europa de la posguerra. Tras la segunda guerra mundial, el «miedo a una recaída política» del fascismo y los horrores del Holocausto, precipitaron una ruptura que obligó a los europeos a tener una visión reflexiva de su historia. En lugar de reprimir estas dolorosas experiencias, las comunidades de todo el continente se dedicaron a prácticas activas de memoria colectiva, tratando el pasado reciente como un imperativo moral y político para el cambio. En contraste con el modo tradicional de recordar, basado en historias de glorias compartidas, después de 1945 Europa trató de unificar sus divisiones históricas negándose a silenciar u olvidar las experiencias de su época de guerra total.

Resumiendo esta política de «nunca más» y el enfoque europeo de la conmemoración de la posguerra en general, Norbert Lammert, ex presidente del Bundestag alemán, observó en 2007 que el pasado no podía ser superado, que era «un requisito previo para el presente, y que tratar con la historia es una responsabilidad política, es decir, compartida». En este sentido, la Unión Europea (UE) y el orden jurídico y político europeo más amplio de la posguerra se basan en la conciencia de que preservar la memoria es vital para la democracia.

Legislando por un pasado glorioso

En los últimos años, sin embargo, este enfoque reflexivo de la historia del continente se ha visto cada vez más atacado. Entre otras consecuencias, el retorno del populismo ha dado lugar a la difusión de leyes que imponen imágenes positivas del glorioso pasado nacional.

Más notablemente, en 2018 el parlamento polaco aprobó una ley de memoria que impone una sentencia de prisión de hasta tres años a cualquiera que «acuse, públicamente y contra los hechos, a la nación polaca, o al Estado polaco, de ser responsable o cómplice de los crímenes nazis cometidos por el Tercer Reich alemán o de cualquier otro crimen de guerra, crímenes contra la humanidad o crímenes contra la paz». El presidente, Andrzej Duda, afirmó que la ley -que prohíbe el uso de frases como «campos de exterminio polacos»- pretende garantizar la «dignidad y la verdad histórica» de Polonia.

Volviendo a un modelo heroico de historia e identidad, estos intentos de legislar la historia utilizan el pasado. Al difundir historias míticas de una «edad de oro» que ha sido traicionada, estas leyes glorifican a la «verdadera nación» al presentar a los oponentes domésticos como traidores antipatrióticos. Externamente, estas narrativas de victimización se utilizan para culpar a la Unión Europea de los problemas contemporáneos y de sus «valores universales de dignidad humana, libertad, igualdad y solidaridad».

La «Declaración Nacional» contenida en la nueva Constitución de Hungría de abril de 2011 es un buen ejemplo. Refiriéndose a las acciones míticas de San Esteban y expresando orgullo por el hecho de que el pueblo húngaro haya defendido a lo largo de los siglos a Europa en una serie de luchas contra el Imperio Otomano, termina con un llamamiento a «promover y salvaguardar nuestro patrimonio», prometiendo «volver a hacer grande a Hungría».

Rechazando el marco europeo de la memoria y subrayando la supuesta «virtud del nacionalismo», estas disposiciones desafían el sistema transnacional de integración europea al abogar por el retorno al Estado-nación y a las prácticas tradicionales de la memoria.

La política de la postverdad

La Ley de la Memoria de Polonia, la Constitución húngara y otras leyes similares que prohíben las referencias al genocidio armenio en Turquía, forman parte de un movimiento más amplio hacia una política de la postverdad. Aunque estas medidas fetichizan el pasado, no es el pasado real el que se fetichiza. Por ejemplo, la investigación histórica ha establecido sin lugar a dudas que los «hombres comunes» polacos desempeñaron un papel clave en el Holocausto y que la «reubicación» del gobierno turco de sus poblaciones armenias calificó de genocidio antes de la carta. Por lo tanto, la pretensión de preservar la «verdad histórica», es en realidad parte de un ataque más amplio contra la realidad por parte de los líderes que utilizan los llamados «hechos alternativos».

El uso de la legislación para socavar la comprensión compartida del pasado es más peligroso de lo que parece a primera vista. Además de su inmediata división política en el país y en el extranjero, estas «historias inventadas» subvierten lo que Hannah Arendt llamó el «mundo común»: las bases y supuestos compartidos que una comunidad necesita para participar en el debate político. Sin una comprensión compartida de la realidad, las discusiones políticas en la esfera pública son reemplazadas por la desconfianza y la ira. Al incorporar estas narrativas históricas en la legislación, los populistas de hoy buscan utilizar la educación pública y las instituciones del estado para difundir narrativas falsas de la historia.

Esta es una técnica muy poderosa, porque, como observó Arendt, «lo que convence a las masas no son hechos, ni siquiera hechos inventados, sino sólo la consistencia del sistema del que presuntamente forman parte. La repetición solo es importante porque los convence de la consistencia en el tiempo». Al destruir la base fáctica del debate político, los enfoques de la historia «posteriores a la verdad» profundizan las divisiones internas y fortalecen las burbujas mediáticas al asegurarse que los diferentes grupos de la sociedad ya no compartan la misma historia. Al hacerlo, amenazan con reavivar las reivindicaciones históricas a nivel internacional, destruyendo la base común europea para el debate histórico y la resolución de problemas.

Acción concertada

El orden europeo de la posguerra y el proyecto de integración, buscaban llevar la paz y la seguridad al continente mediante la creación de un enfoque reflexivo de la memoria basado en las «exigencias morales de la memoria» contenidas en las atrocidades del pasado. Si bien este marco compartido no borró las formas locales de recuerdo, mediaba en el pasado a través de un escenario supranacional en el que las interpretaciones divergentes del pasado podían resolverse pacíficamente a través del diálogo. Al hacer hincapié en esta pluralidad, condición fundamental de la política según Arendt, este enfoque pretendía crear las condiciones para una «acción concertada» a nivel europeo.

Al amenazar el sistema político supranacional que este enfoque del pasado hizo posible, estos recientes intentos de legislar el pasado socavan la paz, así como la capacidad del continente para abordar los problemas mundiales más acuciantes de hoy. Desde la migración hasta el cambio climático, pasando por el creciente poder de los mercados financieros internacionales, las crisis actuales exigen una cooperación más allá del Estado-nación. Ahora es el momento de una mayor reflexividad y más enfoques postnacionales del pasado, y no de volver a las historias de glorias nacionales tradicionales y divisorias que promueven las leyes de la memoria.


Fuente: Social Europe