¿Fin de juego? El derrumbe de Viktor Orbán en Hungría
abril 2026
La victoria aplastante del conservador Péter Magyar puso fin a una década y media de gobierno de Viktor Orbán, quien construyó un esquema de poder autoritario que aún debe ser desmontado y fue uno de los impulsores de la «internacional reaccionaria». La izquierda y los liberales, que se retiraron de la contienda o recogieron una votación marginal, quedaron fuera del nuevo Parlamento.
Un artículo reciente señalaba que Péter Magyar se parece ideológicamente más a Fidesz, el partido de Víktor Orbán del que proviene, que a una parte importante de su electorado, compuesto en gran medida por votantes liberales y progresistas. ¿Magyar fue apenas el vehículo para desplazar a Orbán del poder o expresa algo más?
Creo que la principal motivación del voto en estas elecciones en Hungría fue, sin duda, el rechazo a Viktor Orbán, luego de 16 años consecutivos en el poder y 20 en total. Ese fue el impulso central de quienes votaron por Péter Magyar que, en efecto, proviene del partido Fidesz y recientemente fundó Tisza1. Algunos lo hicieron porque se sienten atraídos por su figura, pero muchos otros lo vieron, ante todo, como el instrumento más eficaz para desplazar a Orbán del poder. En ese sentido, la motivación principal no fue la adhesión a un proyecto, sino la voluntad de poner fin a un ciclo político de características autoritarias y con elevados niveles de corrupción.
Eso dejó al país ante una situación muy particular: prácticamente todos los votantes de izquierda, los liberales, los verdes e incluso buena parte de los jóvenes que votaban por primera vez terminaron apoyando a un conservador ubicado ideológicamente en el Partido Popular Europeo. El dato resulta revelador del nivel de desesperación política que se había acumulado en Hungría. Para gran parte de la izquierda, del liberalismo y del ecologismo, la única posibilidad real era votar contra la extrema derecha y el instrumento para hacerlo era Magyar.
Al mismo tiempo, también conviene subrayar que, aunque Magyar es un conservador, parte de su programa y varias de sus promesas podrían haber sido formuladas por una fuerza socialdemócrata o liberal. Uno de los ejes de su campaña fue el deterioro de los servicios públicos: el sistema de salud, la educación, el transporte público, el sistema de cuidados. Puso énfasis en la necesidad de un Estado que funcione. Se presentó, precisamente, contra el Estado disfuncional que deja la herencia de Orbán. En favor de mejores servicios estatales, más inversión pública y una recuperación de las capacidades estatales. Se trata, por tanto, de un programa con el que una parte importante del electorado de izquierda podía sentirse identificada.
Otro de los temas centrales fue la crisis del costo de vida: la inflación elevada, los bajos salarios y la necesidad de una economía más dinámica, especialmente para los sectores más pobres. Entre sus promesas figura incluso la introducción de un impuesto a la riqueza: tax the rich. Se trata de una propuesta que difícilmente se asocia con la derecha tradicional y, desde luego, tampoco con las políticas fiscales aplicadas por Orbán.
Ahora bien, Péter Magyar es una figura de derecha en el terreno cultural. Lo es en materia de familia y también en inmigración. Prometió mantener la política migratoria de Orbán. En parte, eso responde a su propio posicionamiento político, pero también al hecho de que hoy la gran mayoría de la sociedad húngara es hostil a la inmigración. También dejó en claro que es un conservador en el terreno cultural. Pero la base electoral que lo sostiene le exige algo más y algo distinto, y eso se refleja en su discurso sobre vivienda, mejora de la calidad de vida y reconstrucción de los servicios públicos.
Una de las claves de esta elección parece haber sido la amplitud de la mayoría social que derrotó a Orbán. ¿Qué tipo de coalición electoral se configuró en torno de Magyar? ¿Cómo se articuló ese voto entre ciudad y campo, entre jóvenes y mayores, entre sectores populares y sectores más acomodados? ¿Hubo también una fractura en las elites económicas que hasta ahora sostenían al régimen?
Si se observa la coalición social que se formó detrás de él, el dato más importante es que logró conquistar amplios sectores de la Hungría rural. Hasta ahora, la vieja oposición –integrada por partidos de centroizquierda, liberales y verdes– tenía fuerza sobre todo en Budapest y en las grandes ciudades, mientras que Fidesz conservaba una hegemonía muy sólida en el interior del país. Eso cambió en estas elecciones. De hecho, el apoyo a Fidesz cayó con más fuerza allí donde antes había sido más robusto.
La estrategia de Magyar fue decisiva. Hizo una campaña territorial, de base, recorriendo el país de manera casi permanente. Pasó casi todo el tiempo de campaña de gira por Hungría. No concentró sus esfuerzos en grandes actos en Budapest, sino en llegar a los bastiones de Fidesz. Y esa estrategia le dio resultados muy significativos en el interior: en ese sentido, esta elección también puede leerse como una revuelta de la Hungría rural.
En cuanto a las elites económicas, diría que en la cúspide hubo muy pocas deserciones. Los sectores más altos de la elite económica permanecieron, en general, en silencio durante la campaña. Apenas una o dos figuras se pronunciaron en los días finales, cuando ya parecía seguro que habría un cambio de gobierno. Pero esta elección no fue tanto una rebelión de las elites nacionales como de las elites locales.
Estas últimas habían sido, hasta ahora, uno de los principales soportes de Fidesz. Sin embargo, comenzaron a distanciarse. Se vieron como candidatos de Tisza perfiles como el director de un hospital local, un profesor de secundaria, un agricultor o un empresario de la zona. El cambio más significativo, entonces, no vino desde la cima del poder económico, sino desde el territorio, desde las circunscripciones locales.
Eso fue particularmente revelador porque cuando pequeños empresarios, médicos, docentes y otros referentes de fuerte inserción territorial empiezan a rebelarse contra el régimen, queda claro que algo profundo está ocurriendo. Se trata de figuras poco conocidas a escala nacional, pero muy importantes en sus ciudades o distritos, y esa legitimidad local alteró de manera decisiva la dinámica política y electoral.
Lo que queda como base de apoyo más firme de Fidesz es un electorado sobrerrepresentado entre las personas mayores, los jubilados, los sectores con menor nivel educativo y, sobre todo, una parte del mundo rural. Fidesz sigue teniendo una presencia fuerte allí. Pero esta elección mostró que ya no puede sostenerse en el poder sin los jóvenes -que votaron masivamente por la oposición- y sin los sectores con educación superior.
Esto marca, además, el final de una larga transformación de la base electoral de Fidesz. El partido de Orbán fue degradando su comunicación hasta volverla extremadamente rudimentaria. Es muy significativo que distritos tradicionalmente conservadores de Buda –la parte más rica y residencial de Budapest– hayan votado ahora en más de 60% contra Orbán. Durante mucho tiempo fueron territorios progobierno. Pero el tipo de mensaje, de campaña y de universo cultural que hoy representa Fidesz terminó alejando a una parte importante de su viejo electorado urbano conservador.
Durante la campaña, Orbán buscó exhibir su cercanía con Donald Trump y recibió incluso la visita de J. D. Vance. ¿Qué impacto tuvo ese gesto? ¿Pesó de algún modo en la elección?
Yo diría que el impacto electoral de la visita de J.D. Vance en la última semana de campaña fue nulo. Todo indica que los votantes no se dejaron influir por los amigos extranjeros de Orbán. La decisión electoral se tomó, sobre todo, por otras razones.
Ya mencioné las razones económicas. El estancamiento es una de las principales fuentes de esta crisis. Hungría lleva, en los hechos, cuatro años sin crecimiento económico. Una inflación que en 2022 y 2023 fue la más alta de toda la Unión Europea –llegó a superar el 25% interanual y en 2025 fue de 4,5%–, y de la que la sociedad húngara todavía no se recuperó. Pero la corrupción también fue un tema decisivo en la campaña.
Además, hay un punto que a veces se discute menos de lo que merecería: el estrecho vínculo entre Orbán y Rusia comenzó a volverse en contra del gobierno. Mucha gente optó, sencillamente, por una orientación prooccidental: pertenecer a Occidente, a la Unión Europea y a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte).
En cuanto a la relación con Estados Unidos, me parece que Orbán sobreestimó el posible impacto positivo de su cercanía con Trump. Esperaba demasiado de esa amistad. Creía que podía introducir una nueva dinámica en la campaña presentándose como su amigo y sugiriendo que esa relación podía traducirse en petróleo, energía nuclear o algún tipo de escudo financiero, algo parecido a lo que ocurrió con Javier Milei2. Esa era la expectativa, pero en Hungría nunca se materializó.
Orbán hizo todo lo posible por capitalizar ese vínculo. Fue a la Casa Blanca en noviembre de 2025, Marco Rubio visitó Budapest en febrero de este año y J.D. Vance llegó pocos días antes de la elección, apenas cuatro o cinco días antes. Es decir, tres figuras centrales de la administración Trump se reunieron con Orbán durante la campaña. Sin embargo, eso no modificó en absoluto su dinámica. No diría que fue contraproducente; simplemente, a los votantes opositores no les importó, porque ya habían tomado su decisión a partir de otros temas.

Durante años, Orbán no se limitó a gobernar Hungría: levantó un régimen al que él mismo bautizó «democracia iliberal», un orden político hecho a su medida, con instituciones capturadas, contrapesos debilitados y una maquinaria estatal volcada a su reproducción. Magyar parece dispuesto a desmontar esa arquitectura. ¿Hasta dónde puede avanzar? Y, si lo logra, ¿qué tipo de orden político podría emerger en su lugar?
Este sistema fue construido por Orbán durante 16 años. Desmantelarlo, por supuesto, llevará tiempo. La gran pregunta de estas elecciones era qué ocurriría si Tisza ganaba el gobierno pero no alcanzaba la supermayoría constitucional. En ese caso, la situación habría sido mucho más difícil, porque Orbán capturó realmente el Estado y, sin una mayoría de dos tercios, no es realmente posible desmontar el sistema. Con una mayoría simple, el nuevo gobierno habría debido convivir con una estructura estatal enteramente colonizada por el régimen anterior.
Pero el resultado fue otro: Tisza obtuvo una supermayoría, es decir, más de dos tercios de los escaños en el Parlamento. Y eso cambia por completo el escenario. El régimen de Orbán fue construido con una mayoría de dos tercios y, en gran medida, solo puede ser desarmado con una mayoría de esa envergadura. Esa mayoría hoy existe, y además veo en Magyar una voluntad real de utilizarla. Porque, si no se lo desmantela, el sistema puede reemerger.
Yo espero que desde el primer día intente intervenir tanto sobre la estructura institucional como sobre la estructura económica que sostiene al orbanismo. Una de las primeras medidas, creo, será cortar el financiamiento de la maquinaria de propaganda. Ese fue uno de los pilares del éxito de Fidesz y su principal fuente de ingresos provino de la publicidad estatal. Si ese flujo se interrumpe de inmediato, la gran pregunta será si el aparato propagandístico puede sostenerse únicamente con dinero privado de los oligarcas cercanos al régimen saliente. Con dos tercios, además, Péter Magyar podría incluso promover una nueva Constitución; Orbán lo hizo hace quince años. También podría modificar el sistema electoral y eliminar todos aquellos mecanismos legales que favorecen estructuralmente a Fidesz. Y podría intervenir sobre las instituciones, fundaciones y think tanks que recibieron enormes cantidades de dinero y patrimonio gracias a esa mayoría constitucional.
Un caso muy claro es el del Matthias Corvinus Collegium (MCC), uno de los principales centros de producción ideológica del orbanismo, con oficinas incluso en Bruselas y un papel muy activo en la difusión internacional de sus ideas. Esa institución -con estatus de fundación privada- recibió montos millonarios del estado (que se calculan en alrededor de 1.700 millones de dólares), que incluyen 10% de las acciones de la petrolera húngara MOL y 10% de las acciones de la farmacéutica Richter, una de las mayores empresas del país, activos que le fueron transferidos por el régimen. Esta institución educativa funciona como think tank, centro de formación de cuadros ideológicos del nacional-conservadurismo húngaro y plataforma de proyección internacional del orbanismo. Con una mayoría de dos tercios, Magyar tendría margen para intentar recuperar esos recursos y desmontar parte de la infraestructura económica e intelectual construida por Orbán. Por eso creo que la oportunidad para desarmar el sistema está abierta y que Magyar tiene tanto la voluntad como la decisión necesarias para hacerlo.
¿Y qué podría construirse en su lugar? Yo diría que, en lo esencial, un retorno a una democracia occidental con frenos y contrapesos que funcionen, con medios públicos que no operen como una maquinaria oficialista las veinticuatro horas del día, como ocurrió durante los últimos años.
Mi propia experiencia ilustra bastante bien ese funcionamiento: la última vez que fui invitado a la televisión pública fue hace diez años, pese a que soy uno de los analistas que más entrevistas concede en el país. Péter Magyar, por su parte, aunque lleva casi dos años en el centro de la escena política y acaba de ser elegido primer ministro, solo fue invitado una vez en dieciocho meses. Durante ese período, la televisión pública no le ofreció un espacio real para exponer sus posiciones, pero nunca dejó de lanzar campañas de desprestigio en su contra. Así funcionó el sistema mediático bajo Orbán: el principal candidato opositor no tenía derecho a intervenir, pero sí era objeto de propaganda hostil. Por eso sí espero cambios importantes en el funcionamiento de los medios públicos, en el rol de las instituciones de control y, en general, una inserción más normalizada de Hungría en la escena europea, propia de un dirigente de centroderecha convencional.
La noche electoral se escuchó con fuerza el grito «Rusia, fuera de aquí». Todo indica que el nuevo gobierno buscará tomar distancia de Moscú pero sin ruptura, recomponer el vínculo con la Unión Europea y, al mismo tiempo, destrabar fondos congelados por Bruselas. ¿Cómo manejará esos equilibrios?
La prioridad de Magyar será, claramente, reconstruir las relaciones con los aliados europeos. Y, dentro de ese objetivo, la prioridad número uno es recuperar los fondos de la Unión Europea, que llevan cuatro años congelados y cuyo bloqueo ha dañado seriamente la economía húngara. Estos ascienden a unos 18.000 millones de euros. La experiencia reciente muestra que la economía húngara puede sobrevivir sin esos fondos, pero no puede desarrollarse. Lo que hemos visto es estancamiento y ausencia de crecimiento. Magyar buscará reactivar la economía precisamente a partir del desbloqueo de esos recursos, lo que supone cumplir con los criterios anticorrupción y de Estado de derecho exigidos por Bruselas. En términos generales, espero una postura mucho más constructiva en Europa que la de Orbán, quien hizo de la obstrucción a la integración europea una parte central de su política y, al mismo tiempo, actuó dentro de la Unión Europea en favor de los intereses rusos.
Respecto de Rusia, creo que lo que ustedes mencionaron es correcto: no puede haber una ruptura total. Rusia es un país cercano, que abastece de energía a Hungría y por eso al nuevo gobierno le conviene mantener una relación pragmática. Pero lo que sí puede esperarse es que el nuevo gobierno deje de actuar con la subordinación que mostró Orbán durante los últimos dieciséis años.
De hecho, uno de los grandes escándalos de esta campaña fue la revelación de hasta qué punto el gobierno húngaro operaba en sintonía con Moscú. Salieron a la luz episodios muy graves: que el ministro de Relaciones Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, llamaba a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, desde reuniones de la Unión Europea; que prometía enviarle documentos confidenciales europeos; que Orbán le había dicho a Putin que estaría a su disposición en todo momento; e incluso que, en una conversación filtrada, se comparó a sí mismo con el ratón que ayuda al león (retomando una fábula de Esopo sobre la utilidad del pequeño que ayuda al grande). Todo eso terminó volviéndose en contra del gobierno.
La posición de Magyar, en cambio, es nítidamente proeuropea. Sin embargo, esa orientación tiene límites. Veo dos áreas donde su margen de maniobra será restringido. La primera es la inmigración. En ese terreno, esperaría una continuidad con la línea de Orbán. Eso también es posible porque la política europea se ha desplazado hacia la derecha en esta materia. Nadie espera que Hungría modifique demasiado su posición, ni que desmantele la valla en la frontera sur. Magyar no va a derribar ese muro y, con toda probabilidad, mantendrá la política de inmigración cero y de fuerte control fronterizo.
La segunda cuestión es Ucrania. Ahí también su margen es limitado, porque Orbán logró transformar la sociedad húngara en una dirección bastante antiucraniana. La mayoría se opone hoy tanto al ingreso de Ucrania a la Unión Europea así como al envío de dinero a Kiev. Por eso no creo que Magyar vaya a adoptar en el corto plazo una posición abiertamente favorable a Ucrania. Lo que sí puede hacer es dejar de bloquear a los demás países en el marco de la Unión Europea. Es decir, tal vez Hungría no aporte financieramente, porque eso sería políticamente tóxico en el frente interno, pero sí podría permitir que Polonia, los países bálticos, Alemania, Francia u otros Estados ayuden a Ucrania sin el veto húngaro. Esa sería, a mi juicio, la principal diferencia con Orbán.
La izquierda y el campo progresista llegaron a esta elección en una situación límite. El Partido Socialista –heredero del viejo Partido Socialista Obrero Húngaro (comunista)– decidió retirarse para favorecer la derrota de Orbán al igual que otras fuerzas. El bloque progresista –liberales, socialdemócratas y ecologistas– pasó de unos 46 diputados en el actual Parlamento a no tener ninguno en el próximo. Este quedará así dominado por Tisza, Fidesz y Mi Hazánk [Nuestra Patria], una fuerza situada todavía más a la derecha. ¿Cómo interpreta esta situación? ¿Se trató de una retirada táctica en nombre del voto útil para poner fin al régimen de Orbán o de la expresión de una crisis más profunda de la izquierda? Y hacia adelante, ¿queda margen para una reconstrucción progresista autónoma o ese espacio corre el riesgo de quedar absorbido, durante un largo tiempo, por la polarización entre la nueva centroderecha y la derecha radical?
Efectivamente, el peso de la izquierda y de las fuerzas progresistas se redujo mucho. Pero eso ocurrió porque prácticamente todos los votantes de centroizquierda, liberales y verdes, como ya señalé, resolvieron que lo prioritario no era defender la identidad de sus propios partidos, sino terminar con el régimen de Orbán.
La presión sobre esas fuerzas fue tan grande que el Partido Socialista -que gobernó Hungría entre 1994-1998 y 2002-2010- no se presentó. Lo mismo hicieron Momentum y los dos partidos verdes. La Coalición Democrática, de centroizquierda, sí compitió, pero apenas superó el 1% y perdió sus 15 diputados. Sus propios votantes resolvieron que la prioridad no era sostener al partido, sino apoyar el cambio de régimen. El voto anti-Orbán absorbió de tal manera a los votantes de izquierda que prácticamente todos terminaron votando por Magyar.
El margen que puedan tener en el futuro las fuerzas progresistas dependerá, sobre todo, de cómo gobierne Tisza en los próximos cuatro años, es decir, de si cumple o no sus promesas. Si Magyar efectivamente avanza en una mayor inversión en servicios públicos, mejora el sistema ferroviario, la vivienda, la salud y las condiciones de vida de los sectores más pobres, entonces el espacio para una voz progresista diferenciada será más reducido. En cambio, si fracasa en el cumplimiento de esas promesas, se abrirá un espacio para la crítica y, eventualmente, para otras fuerzas políticas.
La pregunta, en todo caso, es cuáles podrían ser esas fuerzas. Sinceramente, yo no veo un camino de retorno para los partidos que, por decirlo así, se vaciaron políticamente en esta campaña o que decidieron competir y fueron barridos por el electorado. No percibo ninguna nostalgia social por esas formaciones. De hecho, lo que hizo posible el fenómeno Magyar fue precisamente el profundo desencanto de los votantes opositores con la vieja elite política de centroizquierda y liberal. El descontento con esos partidos era tan fuerte que, apenas apareció una figura nueva, sus votantes migraron hacia ella con notable rapidez. Ya en las últimas elecciones europeas, apenas tres meses después de su irrupción, una parte importante de ese electorado había votado por él. Eso mostró con claridad que mucha gente estaba esperando algo nuevo y ya no quería volver a apostar por las viejas fuerzas que habían fracasado repetidamente.
Por eso, si en los próximos años emerge en Hungría una alternativa más progresista, también en términos culturales, creo que lo más probable es que no provenga de la reconstrucción de los partidos actuales, sino del surgimiento de una fuerza política nueva.
Los jóvenes parecen haber sido uno de los sectores más activos en la derrota de Orbán. ¿Qué lugar tuvo el voto joven en esta elección y qué expresa, en términos generacionales, ese malestar con la atmósfera política, social y moral del orbanismo?
Los jóvenes fueron particularmente sensibles a dos cuestiones: la pertenencia a la Unión Europea y la relación con Rusia. De hecho, fueron sobre todo los jóvenes los que podían verse en las redes sociales, la noche de la elección, gritando «Rusia, fuera de aquí». Para ellos, la pertenencia a Occidente y a la Unión Europea es muy importante. Además, estaban especialmente agotados por las perspectivas de vida que ofrece la Hungría de Orbán. Muchos ya habían decidido irse del país para trabajar en el extranjero, y muchos otros contemplaban seriamente esa posibilidad si Orbán obtenía un nuevo mandato. Para ellos, la elección tenía que ver, ante todo, con recuperar la esperanza de poder construir una vida digna en Hungría, con mejores oportunidades.
También creo que en los jóvenes pesan más los valores posmateriales. Orbán intentó atraerlos con incentivos como créditos baratos para vivienda y exenciones fiscales para menores de 25 años que ya trabajan, pero eso no alcanzó. Porque, más allá de las medidas concretas, lo que los jóvenes rechazaban era el clima predominante en el país.
Durante dieciséis años, Orbán gobernó alimentando miedos: miedo a la guerra, miedo a Ucrania, miedo a amenazas externas de todo tipo, siempre bajo la premisa de que solo él podía proteger a Hungría. Y al mismo tiempo promovió una política de enfrentamiento permanente: contra los liberales occidentales, contra Bruselas, contra George Soros, contra los inmigrantes, contra el Fondo Monetario Internacional (FMI), contra casi cualquier adversario posible. Esa atmósfera constante de conflicto, hostilidad y tensión social resultó especialmente opresiva para muchos jóvenes. Lo que ellos buscaban era salir de esa cultura del miedo, vivir en un país menos crispado, con mejores oportunidades y con una orientación claramente proeuropea. No querían seguir viviendo en una sociedad donde cada campaña política se organiza en torno del odio hacia algún grupo.
¿Podrá sobrevivir Orbán y/o el orbanismo a esta derrota?
Una de las primeras medidas de Magyar será introducir un límite de dos mandatos para el cargo de primer ministro. Esa regla también lo limitaría a él mismo, desde luego, pero tendría sobre todo un efecto decisivo sobre Víktor Orbán, que ya fue primer ministro cinco veces y acumuló veinte años en el cargo. Si Tisza incorpora ese límite en la Constitución gracias a su mayoría de dos tercios, Orbán quedaría formalmente imposibilitado de volver a ser primer ministro. En una conferencia de prensa con medios internacionales, le preguntaron a Péter Magyar si esa reforma tendría efecto retroactivo y afectaría también a Orbán. Su respuesta fue afirmativa. Por lo tanto, si cumple con lo que viene diciendo, Orbán no podría regresar al poder.
Eso no significa, sin embargo, que dejaría de ser influyente dentro de la derecha húngara. Podría seguir siendo el presidente del partido o, al menos, su figura dominante. Algo parecido puede verse en Polonia, donde Jarosław Kaczyński no siempre ocupa el primer plano institucional, pero sigue siendo el hombre más poderoso del partido Ley y Justicia. En ese sentido, aun si se introduce el límite de mandatos, Orbán probablemente seguirá siendo, mientras viva, la figura más importante de la derecha húngara.
La pregunta, entonces, no es tanto si Orbán puede volver personalmente a la jefatura de gobierno, sino quién podría convertirse en el rostro visible de un eventual «orbanismo sin Orbán» o con Orbán detrás del trono. Si la reforma constitucional se concreta, los próximos años podrían estar marcados precisamente por la búsqueda de ese sucesor.
Con dos tercios del parlamento, ¿podría Magyar tentarse con ser un nuevo Orbán?
No lo creo, al menos por ahora. En realidad, el único modo de desmantelar un sistema como el construido por Orbán era obtener una mayoría de dos tercios. Sería mucho más problemático que Tisza hubiese ganado por un margen estrecho, porque en ese caso toda la discusión habría girado en torno de la capacidad del aparato heredado de Fidesz para bloquear al nuevo gobierno. Con la mayoría constitucional, en cambio, esos límites desaparecen.
Lo que Hungría necesita ahora es un liderazgo que utilice esa supermayoría para fines positivos y no para profundizar la captura del Estado. La principal garantía de que eso no derive en una simple reproducción del régimen anterior está en la propia base electoral que sostiene a Tisza. Los votantes de este partido no son los votantes de Fidesz. Son, en gran medida, personas que detestaban el régimen construido por Orbán: ex-votantes de izquierda, liberales, verdes, y ciudadanos profundamente desencantados. Lo que esperan de Péter Magyar no es la construcción de un nuevo régimen autoritario, sino el retorno a una democracia funcional y a una orientación europea clara. Si se aparta de ese camino, probablemente pierda esos apoyos.
Por eso soy más bien optimista. Detrás de Magyar está, en gran medida, el segmento más liberal y progresista de la sociedad húngara. Diría incluso que alrededor de dos tercios de sus votantes provienen de antiguos electorados socialistas y liberales. De él no se espera que erija un nuevo régimen iliberal, precisamente porque esa no es la demanda de quienes lo llevaron al poder.
Aun siendo un conservador en el plano cultural, el modelo político al que parece mirar no es Víktor Orbán, sino a algo más parecido al conservadurismo clásico alemán, al estilo de Helmut Kohl, es decir, una centroderecha integrada en el Partido Popular Europeo. Además, sus votantes son, en muchos aspectos, como señalábamos al comienzo de esta entrevista, más progresistas que él. Eso lo obliga a enviar ciertas señales si quiere conservar su apoyo. Por todo eso, me inclino a pensar que no puede desplazarse mucho más a la derecha desde la posición en la que hoy se encuentra. Y esa es, precisamente, una de las razones que me da cierto optimismo.
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1.
Acrónimo de Respeto y Libertad, fundado en 2020. El nombre hace referencia también al río Tisza, el segundo más importante de Hungría después del Danubio.
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2.
La ayuda económica al presidente argentino, gestionada directamente por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, fue muy importante para el triunfo electoral de La Libertad Avanza (LLA) en las elecciones de medio término de 2025.