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¿Abundancia o decrecimiento?
Los caminos del ecosocialismo


Nueva Sociedad 323 / Agosto 2026

Con la doble urgencia de frenar a la extrema derecha y descarbonizar el planeta, el ecosocialismo se enfrenta a dificultades políticas y programáticas. En ese contexto, el autor propone un ecologismo que, inscripto en la izquierda, promueva la abundancia dentro de los límites planetarios, apoyada en la revolución electro-renovable en curso.

¿Abundancia o decrecimiento?  Los caminos del ecosocialismo

«La peor crisis en el peor momento»: este escueto y lúcido diagnóstico de Xan López resume bien dónde se encuentra la izquierda cumplido el primer cuarto del siglo xxi1. Enfrentamos una encrucijada política que amenaza con llevarse por delante, a la vez, la democracia y el planeta. En lo inmediato, debemos contener una oleada reaccionaria en auge que ya no busca solo revertir las conquistas sociales posteriores a 1945, como había hecho el neoliberalismo, sino que ha declarado la guerra a las conquistas políticas resultantes de la Revolución de 1789. A su vez, debemos hacerlo descarbonizando el mundo en 25 años, para impedir una desestabilización climática que, de consumarse en sus trayectorias actuales, puede dejar a 3.000 millones de personas fuera del nicho de habitabilidad humana a finales de siglo, lo que comprometería la civilización misma tal y como la hemos conocido2. Dos tareas colosales que definirán el rumbo de la especie mucho más allá de nuestra época, y que la izquierda debe afrontar sabiéndose política y organizativamente débil, quizá en uno de los momentos de debilidad más acusados de su historia. Por ello, un replanteamiento estratégico es hoy un imperativo existencial. 

En los últimos años, una de las propuestas de renovación programática de la izquierda que han generado mayor impacto intelectual es la llamada abundance agenda, que podríamos traducir al castellano con el concepto de «abundantismo». Surgida a partir de la publicación del libro Abundancia, de Ezra Klein y Derek Thompson, esta corriente plantea que la izquierda no puede contentarse con redistribuir escasez, sino que debe reencontrarse con su antigua vocación productivista para desplegar un nuevo programa propositivo de expansión material3. Con el fin de recuperar la capacidad de impulsar procesos masivos de construcción de nuevas viviendas o infraestructuras energéticas y de transporte, así como de proveer servicios públicos a gran escala, para Klein y Thompson la izquierda debe abandonar su actual ethos político, que se habría vuelto materialmente defensivo. Según su diagnóstico, una parte del progresismo se ha replegado sobre una cultura política de la cautela, la regulación, la protección de lo existente y el veto preventivo, casi como un acto reflejo, contra cualquier innovación que altere equilibrios sociales cristalizados. Incluso cuando estas innovaciones solucionen problemas sociales urgentes, como ocurre con el déficit habitacional en las sociedades occidentales. 

En muchos aspectos, el libro de Klein y Thompson está demasiado condicionado por el debate norteamericano: no todos los países presentan los mismos obstáculos de hiperregulación que Estados Unidos; también es un trauma muy propio de los estadounidenses entender su estancamiento material relativo como un signo de decadencia imperial, en contraste con el espectacular auge de China. Desde la izquierda, Abundancia ha recibido críticas merecidas por tender a confundir democracia y participación con bloqueo burocrático; también por sus premisas centristas (liberales, en el lenguaje norteamericano), muy preocupadas por relanzar la oferta de bienes, pero poco por cuestionar la escasez artificial estructural que provocan los monopolios, los mercados o la estructura de propiedad capitalista. 

Sin embargo, si el libro ha resonado mucho más allá del mundo progresista estadounidense es porque revela una carencia real de la izquierda occidental: quizá la recuperación de nuestra capacidad hegemónica pasa por reconstruir una promesa material que encarne un horizonte de prosperidad colectiva contundente y sin complejos. Tal y como hicimos en los siglos xix y xx, como recuerdan Matt Huber, Leigh Phillips y Fred Stafford en su texto «Abundance for the 99 Percent» [Abundancia para el 99%]: «los anarquistas planeaban tomar el control de las minas, no cerrarlas»4. Probablemente, uno de los mayores errores políticos de la izquierda en los últimos 50 años ha sido limitarse a salvaguardar los valores morales igualitarios y entregar a la derecha lo aspiracional y los relatos civilizatorios excitantes. Para que un pueblo saque lo mejor de sí mismo, y todo proceso de transformación lo necesita, no basta con la indignación destituyente y la rabia producida por los abusos de las elites. Necesita un horizonte deseable que permita apuntar hacia algo mejor. Para gran parte de la población, que sigue sufriendo día a día precariedad y carencias materiales dolorosas, y que entiende el progreso no como un mito teleológico agotado, sino como una expectativa vital legítima, es probable que ese algo mejor implique siempre una experiencia de holgura material, y hasta de cierto lujo, que la noción de abundancia sugiere.

Si esta tesis, históricamente obvia, suena hoy provocadora para segmentos importantes del mundo progresista es, en parte, debido al influjo creciente que las ideas del ecologismo decrecentista están teniendo en el ecosocialismo y, por irradiación difusa, en el conjunto de la izquierda. Bajo el paraguas del decrecimiento (y su hermano gemelo intelectual, el posdesarrollo, formulado desde las categorías y las experiencias coloniales del Sur global), encontramos una galaxia intelectual diversa que es imposible homogeneizar sin caricaturizarla. Hay un abismo estratégico considerable entre propuestas como la de Jason Hickel, un poscapitalismo ecologista que defiende un «nuevo pacto verde» (Green New Deal) global para decrecer mediante una implantación masiva de las energías renovables, y planteamientos como el que en España abanderan Adrián Almazán y Luis González Reyes, que impugnan el carácter renovable de cualquier tecnología industrial a gran escala y defienden un programa decrecentista basado en la ruralización masiva y la comunitarización económica y social5. No obstante, podemos encontrar elementos compartidos. En ambos polos, con diferentes intensidades, la crítica y la renuncia al crecimiento económico no se derivan solo de razones morales, sino de su imposibilidad biofísica en un planeta que ha sobrepasado peligrosamente sus límites ecológicos. Por ello, de un modo más o menos disruptivo respecto de nuestra normalidad civilizatoria, los partidarios del decrecimiento plantean una proyección del siglo xxi marcada por la adaptación forzosa a condiciones materiales más estrechas; una nueva era que, en comparación con la gran aceleración industrial, cronificará diferentes formas de escasez, relativa o absoluta. Se postula un cuello de botella metabólico que la tecnología no podría solucionar y que impediría continuar con las rápidas dinámicas expansivas que, desde el crecimiento poblacional hasta la urbanización masiva, hemos normalizado en la era moderna, pero que son históricamente excepcionales. 

En otras palabras, para el universo del decrecimiento, la sostenibilidad futura pasa por un ajuste correctivo a condiciones materiales y biosféricas más restrictivas. Estas varían desde un suave aterrizaje dentro de los límites planetarios hasta pronósticos de empobrecimiento masivo y colapso de la sociedad industrial, en un camino de contracción material que tocaría asumir de modo voluntario y anticipar para minimizar su impacto. El decrecimiento también comparte que este golpe histórico podría ser relativamente suavizado con redistribución, socialización de consumos y transformaciones culturales en los mundos de vida. Las formas políticamente más inteligentes de estas corrientes, al intuir la escasa capacidad de interpelación de las mayorías de una oferta de austeridad ecológica, han insistido en las posibilidades de una nueva abundancia social como efecto compensatorio que permitiría dibujar formas de vida buenas alternativas a las de la modernidad. 

Un ecologismo no malthusiano

El deslizamiento del ecosocialismo hacia imaginarios decrecentistas no ha venido solo motivado por una lectura de la fractura metabólica capitalista. También se alimenta de una sospecha cultural, ontológica y moral sobre el supuesto carácter alienante y opresor de la modernidad. Este doble desplazamiento supone, de hecho, una enmienda refundacional al programa histórico de la izquierda. La tesis fundamental de este texto es que, para el ecosocialismo del siglo xxi, este rumbo ideológico es contraproducente en lo político y, además, falsable en lo científico.

Me centraré en las notas que siguen en una crítica a la dimensión metabólica o material de esta doble impugnación. Para la dimensión cultural, ontológica y moral, remito a trabajos fantásticos, como los que están haciendo Martín Arboleda o Marina Garcés, que nos recuerdan que los muchos puntos oscuros del programa ilustrado, en términos feministas, decoloniales o ecológicos, deben ser corregidos sin caer en una impugnación total ni de sus principios ni de su promesa6. Si la izquierda tiene un fundamento histórico, este es confiar en las ganancias cognitivas que ofrecen las ciencias y en la ampliación de posibilidades sociales que ofrece la tecnología, y en demostrar audacia política para disputar ambas y democratizar sus logros en un proyecto de mejora universal de la vida humana.

A finales del siglo xviii, Nicolas de Condorcet y William Godwin sentaron las bases axiológicas del enfoque progresista del problema ecológico al defender que, en las posibilidades futuras de la humanidad, existía un círculo virtuoso entre perfeccionamiento social y proliferación de abundancia material, dispuesto a ser activado por reformas políticamente liberadoras. Thomas Malthus discutió esta promesa analizando el poder restrictivo de los límites naturales como un obstáculo que la humanidad jamás podría abolir. Aunque su obra se centró en el gran drama ecológico de su tiempo, la productividad agrícola, su razonamiento es aplicable a todos los recursos naturales. Para Malthus, el choque entre humanidad expansiva y naturaleza finita se decretó como una condición universal tan trágica como inevitable. En consecuencia, postuló que todo futuro estaría marcado por una antropología restrictiva. La escasez jamás podría superarse. Como analiza con rigor Ernest García, esta polémica delimitó el perímetro lógico y destiló los argumentos elementales, mil y una veces revisitados y reformulados, de dos siglos de debate posterior entre el ecologismo y la izquierda7.

El malthusianismo ha sido uno de los afluentes esenciales del ecologismo. Y no conviene caricaturizarlo. De modo distorsionado, pero parcialmente efectivo, el ecologismo neomalthusiano ha contribuido a que la izquierda se familiarice con uno de los mayores aportes del pensamiento ecologista a la historia de las ideas: la noción de límite natural irreductible a la voluntad social o tecnológica humana. Este realismo naturalista, o por decirlo en jerga marxista, esta autonomía relativa que poseen las capas de lo real que tradicionalmente hemos pensado bajo la categoría problemática de «naturaleza», es un antídoto imprescindible contra la tentación sociocéntrica de la izquierda, en especial porque nos revela cierta asimetría ontológica que estamos culturalmente programados para negar: lo natural puede retirarle el suelo a cualquier proyecto social, pero ningún proyecto social puede decretar las condiciones naturales de su propia existencia. Un ejemplo ilustrativo: el comunismo no puede abolir mágicamente cierta concentración de co2 en la atmósfera, pero cierta cantidad de co2 acumulada en la atmósfera puede impedir el comunismo porque puede impedir la civilización. Sin este contrapeso conceptual, los sujetos contemporáneos tendemos a dotar a la tecnología de cualidades milagrosas tranquilizantes, mientras somos incapaces de discriminar y evaluar los riesgos, los daños y las urgencias que se derivan de la crisis ecológica. 

Pero la ganancia cognitiva indudable que supone la idea de límite natural, cuando se obtiene por vía malthusiana tiene también altos costos: por un lado, nos conduce a terrenos políticos resbaladizos; por otro, inyecta en nuestros imaginarios toda una serie de suposiciones que son científicamente inconsistentes. Respecto de sus peligros políticos, el neomalthusianismo nos sitúa en un lugar de enunciación problemático. En el mejor de los casos, se defienden fórmulas fácilmente interpretables como procesos de adecuación voluntaria a la pobreza. En el peor, se corre el riesgo de normalizar marcos reaccionarios que nuestra sociedad está predispuesta a asumir con mucha facilidad. Desde que Garrett Hardin formuló la base moral del ecofascismo con su ética del bote salvavidas, sabemos que escasez rima muy bien con competencia, crueldad, acaparamiento y derecho a la defensa del espacio vital amenazado. Como señaló de modo pionero Carl Amery y han estudiado recientemente autores como Andreas Malm o Bruno Latour, el auge de la nueva extrema derecha no puede desligarse de una respuesta preventiva ante la sensación de un mundo ecológicamente saturado, en el que los supremacistas prefieren matar a compartir8

Pero además de su peligrosidad política, el enfoque malthusiano es epistemológicamente erróneo. O, cuanto menos, es confuso y matizable cuando se aterriza en situaciones históricas concretas, especialmente a la hora de pensar el sistema-mundo moderno con redes humanas globales intensamente interdependientes y espoleadas por un dinamismo tecnológico, económico y científico sin precedentes. Los defensores de la pervivencia de la trampa malthusiana en la civilización industrial deben enfrentar el hecho de que sus advertencias han sido recurrentemente desmentidas por los hechos: fue refutado el mismo Malthus, pero también sus hijos intelectuales con la bomba poblacional de la década de 1960 y las teorías del pico de Hubbert que anunciaban el ocaso inminente del petróleo en los años 2000. ¿Por qué tienden a fallar las predicciones del ecologismo malthusiano? Si bien los recursos naturales son limitados, también son desconocidos, puesto que son dinámicos: lo que terminamos aprovechando como recurso en un contexto histórico dado es una combinación entre potencialidades materiales de nuestro planeta, incentivos económicos variables y cambios tecnológicos que amplían las posibilidades humanas.

No obstante, existe otra tradición ecologista que se ha liberado de las influencias políticas y científicas problemáticas del malthusianismo, aunque conservando su fragmento de verdad. Se trata de un ecologismo que en muchas ocasiones la izquierda ha despreciado por su pragmatismo y su alineación con enfoques que se han entendido colaboracionistas con el capitalismo, como el desarrollo sostenible. Podemos llamarlo ecologismo modernizador. Este espacio ideológico no debe confundirse con su versión extrema, el ecomodernismo, en la medida en que este hace una defensa de un tipo muy particular de modernización prometeica fuerte, que ha rechazado el principio de precaución para abrazar tecnologías como la nuclear, la geoingeniería o la transgénesis. 

Pensemos el metabolismo social como el de un organismo: toma materiales y energía del entorno –su entrada– y devuelve al ambiente residuos y alteraciones –su salida–. La divergencia entre el ecologismo malthusiano y el modernizador no estriba solo en el grado de confianza o suspicacia hacia la tecnología: estriba en el extremo de ese flujo en que localizan el límite ecológico. El malthusiano lo sitúa en la entrada y piensa la insostenibilidad como escasez: desabastecimiento, agotamiento de suministros. El modernizador lo sitúa en la salida y la piensa como saturación: sumideros ambientales desbordados por la contaminación, funciones ecosistémicas destruidas o alteradas. La diferencia entre ambas perspectivas es relevante: en lo político, la primera nos conduce a pensar la sostenibilidad como un empequeñecimiento forzoso de la demanda humana, o incluso de la población, ante una oferta natural en declive, lo que lleva a proyectar el futuro como un juego material de suma cero o negativa; la segunda conduce a un rediseño radical de nuestro metabolismo socioecológico y nuestra tecnosfera, que sigue siendo compatible con la promesa del progreso como juego material de suma positiva. 

Entre un retorno al productivismo clásico del abundantismo que sea ecológicamente ciego y un ecologismo neomalthusiano que renuncia a ofrecer un horizonte aspiracional popular de carácter material, el ecosocialismo necesita orientar su programa hacia una tercera opción: una versión de izquierdas del ecologismo modernizador, que haga de la abundancia dentro de los límites planetarios su propósito. Esta fórmula deja de sonar como un oxímoron cuando reparamos en lo que está teniendo lugar, en este mismo instante, en el campo de las fuerzas productivas: una auténtica revolución que, por sus contenidos, su génesis y su potencial, merece ser caracterizada como «ecológica». 

La revolución ecológica de las fuerzas productivas

Desde el famoso y archicitado prólogo de Marx a la Contribución a la crítica de la economía política, una parte del marxismo cometió el error teórico de dotar a las fuerzas productivas de una agencia histórica casi automática. Pero, como afirma el filósofo César Rendueles, hay algo en esta tradición que, sin ilusiones deterministas, ha ofrecido enormes ganancias explicativas a las ciencias sociales y que políticamente merece la pena reivindicar: las fuerzas productivas disponibles condicionan, de modo persistente, tanto la relación con la biosfera como las posibilidades de organización social. Este condicionamiento puede ser restrictivo, pero también habilitante. Por supuesto, el concepto de fuerzas productivas no puede equipararse simplemente al de tecnología: es tecnología socialmente estructurada y políticamente orientada y disputada. Se trata de un matiz esencial, porque los grandes impactos históricos de las fuerzas productivas no los protagoniza un avance técnico por sí solo, sino su masificación a través de estrategias de despliegue y economías de escala políticamente inducidas. 

Hoy la humanidad está cruzando el umbral de tres revoluciones de las fuerzas productivas que ensancharán el espacio antropológico y pueden tener efectos evolutivos disruptivos. Dos merecen el rótulo de ecológicas porque hacen factible ganar sostenibilidad y, al mismo tiempo, incrementar la productividad, incluso cuando esta se mide en categorías tan ambiental y socialmente destructivas como las capitalistas. Ambas, además, llevan la firma del ecologismo en su acta de nacimiento: la revolución electro-renovable en el campo de la energía y la revolución regenerativa en el campo de la agricultura. La tercera, la digital-cognitiva, no es inherentemente ecológica. En función de su despliegue, puede llegar a serlo o puede convertirse en un vector más de la devastación ambiental contemporánea. 

La revolución digital-cognitiva, desde la computación hasta internet, pasando por la inteligencia artificial y la robótica, ha recibido una atención social exagerada, hasta constituir lo que Rendueles llama una suerte de ciberfetichismo9. La izquierda se ha relacionado con ella en un vínculo maníaco-depresivo que ha basculado entre la ingenuidad adánica de finales de la década de 1990 y el colapsismo actual. Sin duda, los reparos que en 2026 genera esta revolución están justificados por fenómenos como el tecnofeudalismo, el capitalismo de vigilancia y su contribución a la deriva fascista del siglo xxi. No obstante, como todas, estas fuerzas productivas también son disputables. Y su conquista ofrecería, como vienen señalando autores como Aaron Bastani o Paul Cockshott, enormes chances socialistas en materia de cálculo económico, planificación democrática, reducción del tiempo de trabajo o abundancia literalmente «comunista», gracias a los procesos de costo marginal cero que posibilita. Sin embargo, si la abundancia material del futuro debe ser ecológica, la información digital libre ayudará, pero solo una relación diferente con la tierra y la energía puede garantizarla.

Eso es lo que posibilitan la revolución regenerativa y la revolución electro-renovable. La primera combina antiguos saberes campesinos con ciencia de frontera y nos está descubriendo que el suelo, lejos de ser un soporte inerte, es uno de los ecosistemas más complejos de la Tierra. Abandonar las prácticas que rompen su estructura y sustituirlas por otras que la restauran está logrando mantener o incluso incrementar la productividad agrícola industrial, al mismo tiempo que restituye la fertilidad. El giro evolutivo que promete es esperanzador: reiniciar el Neolítico y redirigir la producción primaria de biomasa a recuperar la exuberancia de nuestros ecosistemas.

Pero la llave maestra para un programa de abundancia dentro de los límites planetarios nos la ofrece la revolución electro-renovable. La reducción de costos de las energías fotovoltaicas y eólicas, así como de su almacenamiento, es una de las más espectaculares de la historia económica. Su despliegue avanza a un ritmo sin precedentes: China tardó 16 años en construir la presa de las Tres Gargantas; en 2025 ha instalado paneles con una potencia similar cada tres semanas10. Este aceleracionismo energético no se limita a China. Pakistán, la India, Kenia o Vietnam muestran que una de las grandes virtudes de la revolución electro-renovable es que no será monopolística, sino distribuida, y esto abre una oportunidad histórica de desarrollo endógeno para el Sur global.

Ninguna otra transición energética había ocurrido así. Actualmente, no hay forma más barata de producir electricidad en la mayor parte del mundo que apuntar un panel fotovoltaico al sol. Más que a otras transiciones energéticas, el proceso se parece a la irrupción de los microprocesadores: un abaratamiento radical que llevó a que miles de millones de personas tengan hoy en su bolsillo, en forma de teléfono móvil, un ordenador millones de veces más potente que los que se usaban en el Programa Apolo. Como a la izquierda, atravesada por 200 años de imaginarios fósiles, le cuesta comprender el potencial transformador de esta fuerza productiva, propongo una comparación antropológica provocadora: lo que sucede con las energías fotovoltaicas y las baterías es un salto evolutivo similar al descubrimiento del fuego. Parafraseando a Karl Marx, estamos a punto de dejar atrás la prehistoria energética de la humanidad, que es quemar cosas. En las próximas décadas podemos pasar página al hábito de quemar moléculas procedentes de la fotosíntesis, vía biomasa o vía fósiles, que ha sido nuestro reino energético durante un millón de años, para entrar en un mundo nuevo mucho más eficaz y de abundancia colosal: mover electrones gracias al don gratuito del sol. 

Si a esto sumamos que ya es factible técnica y económicamente electrificar alrededor de 70% de nuestros procesos materiales, que la electricidad es mucho más eficiente que la energía fósil, y que su despliegue ofrece soberanía, seguridad y un potencial democratizador no asegurado pero real, comprendemos que la conversión de nuestros países en electro-Estados renovables es el objetivo número uno de cualquier programa ecosocialista.

El ecologismo decrecentista ha cuestionado el potencial de las energías renovables para asegurar un futuro de abundancia con diversos argumentos: los puramente tecnológicos, que tenían cierto sentido hace 15 o 20 años, han quedado empíricamente obsoletos; las objeciones sobre las afecciones a la biodiversidad son relevantes, pero la experiencia también ha demostrado que las energías renovables se pueden integrar con la agricultura y los ecosistemas y, bien gestionadas, potencian la biodiversidad –por ejemplo, mediante la restauración de vegetación nativa bajo y entre los paneles–. Las limitaciones minerales tampoco comprometen la viabilidad de la transición allí donde más importa –generación renovable, redes y almacenamiento, que son poco intensivos en minerales y reciclables–. Sí plantean dudas, en cambio, si la meta es electrificar uno a uno el parque automovilístico actual, es decir, reproducir en versión eléctrica el modelo vigente: ahí el cuello de botella, al menos con la tecnología contemporánea, son las baterías, además de que el actual modelo de privatización del espacio público por el automóvil tiene efectos sociales nefastos que el ecosocialismo debe combatir.

Por supuesto, la transición energética expandirá la frontera minera, pero aquí conviene aclarar un equívoco que el decrecimiento ha ayudado a popularizar: desplegar toda la infraestructura de la descarbonización en los próximos 25 años exige menos minerales que un solo año de metabolismo fósil11. Este dato, que muchos leerán con sorpresa, tiene una explicación sencilla: los combustibles fósiles son productos mineros que se están quemando constantemente. Los minerales metálicos, una vez extraídos y procesados, quedan incorporados al capital del sistema en forma de productos cuya vida útil es larga, y además admiten reciclaje12.

Es cierto que se abrirán nuevas minas motivadas por la transición verde, y que estos procesos, según su conducción política, pueden ser extractivistas y violentos. Pero también pueden ser ejemplares y beneficiosos. La clave es disputarlos. Lo mismo ocurre con la implantación de energías renovables. Desplegadas bajo lógicas capitalistas, en muchas geografías generan nuevos episodios de acumulación por desposesión bajo una retórica verde, y provocan resistencias legítimas. Pero el trabajo ecosocialista no puede simplemente sumarse a cuestionar su despliegue a gran escala, porque esa posición nos coloca, involuntariamente, como aliados de facto del capital fósil. Lo que debería obsesionar a la izquierda es disputar políticamente la transición energética para conquistarla al servicio de una modernización ecológicamente rigurosa y socialmente expansiva. El mismo tipo de giro político proactivo y modernizador podemos darlo con las cuestiones relacionadas con el extractivismo: más que un rechazo por defecto de los procesos extractivos, cuando estos respondan a procesos útiles para derrotar al modelo fósil, la izquierda ecosocialista podría enfocarlos desde un nuevo desarrollismo popular, que ponga en la agenda la recuperación de la soberanía material, pero vaya más allá de un nacionalismo de recursos clásico, mediante condicionalidades fuertes de acceso inversor ligadas a la transferencia tecnológica, a marcos comerciales cooperativos y al desarrollo de políticas industriales endógenas.

Un ecosocialismo de mayorías

El modo en que las nuevas fuerzas productivas verdes están ampliando el horizonte ecosocialista, con su promesa de una nueva abundancia, no suprime la amenaza de la crisis ecológica. Seguimos enfrentando una mutación catastrófica del régimen climático que urge frenar y que, además, nos exige ya un ingente esfuerzo de adaptación en el que estamos muy rezagados. Seguimos extinguiendo especies a un ritmo sin precedentes y erosionando funciones ecosistémicas imprescindibles de un modo autodestructivo. Seguimos sobrepasando siete de los nueve límites de seguridad planetaria: a los seis ya identificados –cambio climático, integridad de la biosfera, cambio de uso del suelo, agua dulce, flujos biogeoquímicos y entidades nuevas– se sumó en 2025 la acidificación de los océanos.

La transición energética y la regenerativa son las piezas maestras de una transformación ecológica del metabolismo industrial capaces de garantizar su viabilidad a largo plazo, pero no son las únicas. Necesitamos una economía circular real, con implicaciones enormes que van desde una nueva industria de reciclaje de minerales críticos a un nuevo diseño de todos los procesos productivos, pasando por la abolición de estrategias capitalistas de maximización del beneficio, como la obsolescencia programada. Necesitamos socializar múltiples consumos para optimizar su eficacia, empezando por la movilidad. Necesitamos transformaciones en los hábitos populares que no son ni pueden ser sostenibles en ningún escenario de abundancia ecológica imaginable, como el consumismo, la cultura del usar y tirar, o el predominio inaudito de la carne en la dieta contemporánea. 

Ninguna de estas reformas es fácilmente compatible con el capitalismo neoliberal. Y menos si además aspiramos, como debe hacer la izquierda, a que la transición ecológica sea rápida y justa. Ambas exigencias hay que pensarlas juntas, pues si no es justa no podrá ser rápida, ya que el cambio será frenado por las fricciones del descontento popular. Pero lo contrario es igualmente cierto: si no es muy rápida, no podrá ser justa con las personas más expuestas y vulnerables al caos climático. Tampoco con las generaciones futuras, a las que estamos condenando, sin merecerlo, a vivir en un mundo aplastante. 

Por ello, aunque es evidente que la nueva ventaja competitiva de las energías renovables abre un nicho de rentabilidad que ya está siendo aprovechado por el capital, inaugurando una nueva frontera de acumulación, con todas las violencias sociales que esta trae consigo, la tarea ecosocialista no puede consistir en frenar ese cambio tecnológico. Al contrario, debemos acelerarlo desde el control público y ponerlo al servicio del bien común: nuestra misión generacional es domesticar al capital para, en 25 años, descarbonizar el mundo, electrificar integralmente la estructura productiva global y distribuir de modo equitativo esta nueva fuente de riqueza colectiva. Aunque esto puede sonar provocador, en este contexto histórico de retorno de las lógicas imperiales, con un capitalismo marrón deviniendo en fascismo fósil en petroestados con capacidad de refundar el orden mundial, como Estados Unidos, el capitalismo verde quizá no sea nuestro enemigo prioritario. Lo que hoy es privado mañana puede ser socializado. Pero un escenario Tierra-invernadero no tiene vuelta atrás: será un fracaso antropológico que volverá mucho más difícil la vida para las próximas generaciones humanas durante miles de años. 

En definitiva, la abundancia dentro de los límites planetarios no es una nueva prórroga tecnológica para continuar con los patrones ecocidas que han hecho del Antropoceno un callejón evolutivo sin salida. Es una posibilidad para transformar radicalmente nuestras relaciones socionaturales con una agenda política que, a diferencia del horizonte de autocontención del ecologismo malthusiano, puede proyectar, de un modo científicamente fundamentado, un horizonte de futuro sostenible y deseable para las grandes mayorías populares realmente existentes. Esta es la razón última por la que vale la pena explorar políticamente la idea de abundancia dentro de los límites planetarios: la ganancia que ofrece en términos de acción política. El «pueblo del clima» no nacerá de un giro ontológico ni de una reforma moral equivalente a una conversión religiosa: el «pueblo del clima» lo construiremos disputando el sentido común que emana de la materia antropológica de nuestro tiempo, con sus miedos, sus ilusiones, sus expectativas y sus reglas intuitivas de cálculo político. 

En cierta forma, la oportunidad de compatibilizar una abundancia futura con los límites planetarios, gracias a las posibilidades que ofrece una decantación ecosocialista de las nuevas fuerzas productivas verdes, es quizá la mejor noticia del siglo: aunque nos habíamos instalado en una duda catastrofista más que razonable, hoy sabemos que la desestabilización climática y biosférica no ha clausurado históricamente eso que Marx nos enseñó a llamar el Reino de la Libertad. Y si alguna vez hemos contado a nuestro favor con una meta capaz de congregar a grandes mayorías y forjar el tipo de carácter colectivo que pueda responder a las muchas vicisitudes y desventuras del camino, ha sido esa.

  • 1.

    Xan López: El fin de la paciencia, Barcelona, Anagrama, 2025.

  • 2.

    Chi Xu, Timothy A. Kohler, Timothy M. Lenton y Marten Scheffer: «Future of the Human Climate Niche» en PNAS vol. 117 No 21, 2020.

  • 3.

    Ezra Klein y Derek Thompson: Abundancia [2025], Madrid, Capitán Swing, 2026.

  • 4.

    Matt Huber, Leigh Phillips y Fred Stafford: «Abundance for the 99 Percent» en Jacobin, 2/8/2025.

  • 5.

    Jason Hickel: Menos es más. Cómo el decrecimiento salvará el mundo, Madrid, Capitán Swing, 2023; Adrián Almazán y Luis González Reyes: Decrecimiento. Del qué al cómo, Barcelona, Icaria, 2023.

  • 6.

    Martín Arboleda: «El ecologismo rebelde y humanista de Friedrich Engels» en Jacobin, 18/2/2024; Marina Garcés: Nueva ilustración radical, Barcelona, Anagrama, 2017.

  • 7.

    Ernest García: Ecología e igualdad, Valencia, Tirant Humanidades, 2021.

  • 8.

    Carl Amery: Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Madrid-Ciudad de México, Turner / fce, 2002.

  • 9.

    César Rendueles: Sociofobia, Madrid, Capitán Swing, 2013.

  • 10.

    Keith Bradsher: «Why China Built 162 Square Miles of Solar Panels on the World’s Highest Plateau» en The New York Times, 11/10/2025.

  • 11.

    Daan Walter, Sam Butler-Sloss y Kingsmill Bond: The Electrotech Revolution: The Shape of Things to Come, Ember, 2025, disponible en https://ember-energy.org/app/u....pdf.

  • 12.

    Para una visión panorámica muy completa de los avances de la revolución electro-renovable, que combina rigor académico y compromiso activista, v. Daniel Carralero, Marta Victoria y Cristóbal Gallego: Un lugar al que llegar. Mapa político de la transición energética, Madrid, Levanta Fuego, 2025.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista
ISSN: 0251-3552
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