Opinión

Vida y desventura de los boomers soviéticos


agosto 2026

Nacidos entre 1949 y 1950, los baby boomers soviéticos crecieron bajo el signo del Sputnik, la expansión educativa y la promesa de que llegarían a vivir en el comunismo. En Russia's Sputnik Generation y Soviet Baby Boomers, el historiador Donald J. Raleigh reunió los testimonios de una generación que pasó del optimismo del deshielo al escepticismo de los años de Brezhnev y terminó asistiendo, entre el desconcierto y la nostalgia, a la desaparición del mundo en el que había aprendido a vivir.

<p>Vida y desventura de los <em>boomers </em>soviéticos</p>

En octubre de 1957, millones de soviéticos levantaron la vista al cielo. El pequeño punto luminoso que cruzaba lentamente la noche era el Sputnik, el primer satélite artificial de la historia. Durante semanas, las radios y los periódicos repitieron la noticia con entusiasmo: el socialismo había conquistado el espacio exterior. Para muchos adultos soviéticos, el acontecimiento era la confirmación de que, apenas 12 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el país había alcanzado una posición de liderazgo tecnológico. Pero para los niños que comenzaban entonces la educación primaria, el Sputnik era una promesa de futuro.

Los niños yniñas nacidos en torno de 1949 y 1950 formaban parte de la primera generación soviética criada después de la guerra y de las grandes purgas estalinistas. Sus padres habían vivido el terror, el frente de batalla y la devastación de la posguerra. Ellos, en cambio, crecieron en una Unión Soviética marcada por el deshielo de Nikita Jruschov, la expansión del sistema educativo y una sensación generalizada de que el país avanzaba hacia una sociedad cada vez más próspera. La URSS ya no les parecía un país que se presumía rojo pero se veía en blanco y negro, sino uno de aulas iluminadas, de afiches en los que cohetes plateados atravesaban el cielo y de nuevos bloques de viviendas que empezaban a levantarse en los bordes de las ciudades. Hasta la banda sonora parecía haber cambiado. En las radios sonaba «Noches de Moscú», el tema de 1956 que terminó convirtiéndose en uno de los emblemas sentimentales de la época, mientras Liudmila Gúrchenko cantaba «Cinco minutos» en Noche de carnaval, la comedia musical de Eldar Riazánov que hizo del Año Nuevo, el baile y la irreverencia frente a la autoridad una pequeña celebración del nuevo clima cultural soviético. Esa misma atmósfera encontraba una de sus expresiones en Yunost, la revista fundada en 1955. Con sus relatos, sus poemas y sus rostros jóvenes, la revista le hablaba a una generación urbana que empezaba a reconocerse distinta de la de sus padres y que podía imaginar, quizá por primera vez, que el futuro le pertenecía.

En 1961, durante el XXII Congreso del Partido Comunista de la URSS, Jruschov (nacido en una familia campesina del sur del Imperio ruso, partícipe él mismo de las purgas de los años 30 y, sin embargo, artífice del deshielo y de la denuncia de los crímenes de Stalin) anunció, como si se tratase de una profecía política, que se alcanzaría el comunismo hacia 1980. Prometió que la URSS superaría a Estados Unidos en producción per cápita antes de que terminara la década y ofreció la visión de un porvenir de vacaciones gratuitas y jornadas laborales de seis horas. Para quienes entonces tenían diez o doce años, esa fecha no remitía a un horizonte abstracto, sino al calendario probable de su propia vida adulta.

Demasiado jóvenes para recordar el estalinismo y demasiado formados por el sistema para convertirse en disidentes masivos, los baby boomers soviéticos fueron la generación de la «normalidad socialista». Crecieron en un país que se concebía a sí mismo como una sociedad estable y en expansión, en la que el progreso científico, la educación universal y la planificación económica debían conducir gradualmente a una forma superior de vida colectiva. Al mismo tiempo, fue la generación que alcanzó la madurez en los años del estancamiento brezhneviano y que, llegada la edad adulta, presenció el colapso inesperado del mundo que había organizado su infancia.

Los dos libros de Donald J. Raleigh dedicados a esta generación (Russia’s Sputnik Generation: Soviet Baby Boomers Talk about Their Lives [La generación Sputnik de Rusia. Los baby boomers soviéticos hablan de sus vidas, Indiana UP, 2006] y Soviet Baby Boomers: An Oral History of Russia’s Cold War Generation [Los baby boomers soviéticos. Una historia oral de la generación rusa de la Guerra Fría, Oxford UP, 2011]) son, probablemente, los intentos más sistemáticos de reconstruir esa experiencia. Profesor en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill y especialista en la historia de Sarátov durante la Revolución y la Guerra Civil, Raleigh (otro baby boomer nacido en 1949, aunque en el ruidoso e industrial South Side de Chicago) llegó a estos dos libros luego de dejar por un tiempo los archivos del periodo revolucionario para grabar las voces de una generación que todavía podía hablar. Comenzó siguiendo las vidas de ocho graduados de la Escuela Nº 42 de Sarátov, en extensas entrevistas cuyas traducciones publicó, y amplió luego la investigación hasta reunir 60 testimonios, recogidos entre 2001 y 2008, de antiguos alumnos de esa escuela y de la Nº 20 de Moscú, ambas instituciones de elite especializadas en la enseñanza del inglés. Eran escuelas adonde enviaban a sus hijos los funcionarios del Partido, los oficiales del Ejército y la intelligentsia técnica y cultural; de familias obreras venía, según el propio Raleigh, apenas un porcentaje insignificante. Los protagonistas de sus libros pertenecen, por eso, a un mundo muy particular dentro de la sociedad soviética: el de una intelligentsia urbana, educada y relativamente privilegiada. La comparación entre ambas no es casual. Sarátov, un centro industrial militar vedado a los extranjeros hasta 1991, y Moscú, la vitrina del socialismo ante el mundo, representaban dos formas muy distintas de experimentar un mismo sistema. Leídos en conjunto, ambos libros componen, más que una serie de historias de vida, una suerte de biografía colectiva de quienes fueron educados para construir el comunismo y terminaron aprendiendo a convivir con su lenta descomposición.


La infancia del futuro

La década de 1960 empezó con la convicción de que el sistema soviético estaba en condiciones de superar a Occidente en los terrenos decisivos de la modernidad. Y la carrera espacial, inscripta en el paisaje visual de la época (cohetes, afiches e ilustraciones futuristas), parecía ofrecer la prueba más visible de esa promesa. Después del Sputnik llegaron Yuri Gagarin y las primeras hazañas orbitales y, con ellas, un nuevo repertorio de ídolos que, en lugar de uniformes de guerra, llevaban trajes espaciales. Eran héroes de cápsulas y visores que convertían la conquista del cosmos en una escena cotidiana del socialismo. La ciencia, que ocupaba un lugar central en la cosmovisión marxista-leninista, era objeto de respeto y devoción. Los periódicos celebraban a ingenieros y físicos como héroes nacionales, y las escuelas exaltaban la física y la matemática como disciplinas de prestigio. Para una generación entera de niños, el universo parecía haberse convertido en el nuevo horizonte de la sociedad comunista. En ese clima, no es extraño que algunos de esos adolescentes terminaran eligiendo carreras que parecían tocar el futuro con la punta de los dedos. Arkady Darchenko, de la Escuela N° 42 de Sarátov, se decidió por la física nuclear; Yevgeny Podolsky, también formado en la 42, fue destinado a un instituto de investigación aeronáutica; y Andrei Rogatnev, egresado de la Escuela N° 20 de Moscú, pasó por el Instituto de Aviación antes de ingresar al KGB.

Esa atmósfera cientificista se alimentaba de la expansión sin precedentes del sistema educativo. Después de la guerra, el Estado había invertido enormes recursos en la formación de especialistas técnicos y científicos. Las escuelas secundarias se multiplicaron, las universidades ampliaron su matrícula y las instituciones de investigación adquirieron un prestigio social notable. Las escuelas especializadas en idiomas, matemáticas o ciencias simbolizaron también el cauteloso abrazo del mundo exterior que siguió a la muerte de Stalin. En instituciones como las que estudia Raleigh, la enseñanza intensiva del inglés proporcionaba a los alumnos un capital cultural cuyas consecuencias el Estado no siempre logró anticipar.

La escuela era una institución central para la socialización de los boomers de la generación Sputnik. En los colegios soviéticos de la época (y de un modo particularmente nítido en los «especiales», como la N° 42 de Sarátov o la N° 20 de Moscú), la formación adoptaba una forma muy concreta. A los diez años, los alumnos ingresaban en la organización de los Jóvenes Pioneros durante ceremonias escolares en las que pronunciaban un juramento a la patria soviética y recibían el pañuelo rojo que simbolizaba su pertenencia. El lema «¡Siempre preparados!» formaba parte de esa liturgia, junto con el saludo pionero, las reglas de conducta y el Código Moral del Constructor del Comunismo, memorizado en clase como una suerte de decálogo laico. Incluso el cuerpo se ponía en juego en esa pedagogía. En Sarátov, algunos alumnos recordaban que el primer día les enseñaban cómo apoyar las manos sobre el pupitre y en qué momento levantar la derecha para responder. La disciplina, que empezaba en el aula, buscaba extenderse mucho más allá de ella.

Sin embargo, los pequeños niños rojos de la generación Sputnik no fueron moldeados en un mundo absolutamente uniforme. Si bien había figuras de disciplina férrea, como Vera Filippovna Echberger, la directora de la Escuela N° 42 de Sarátov (que vigilaba regla en mano el largo de las faldas de las alumnas, al mismo tiempo que les prohibía el maquillaje y hasta las medias de nylon), también se destacaban personajes como Roman Kaplan que, en sus clases de literatura en la Escuela N° 20 de Moscú, quedó en la memoria de sus alumnos por sus métodos poco convencionales y por una forma casi teatral de leer literatura. Una de sus alumnas recordaba todavía el efecto que había producido en la clase su lectura de If, de Rudyard Kipling. Kaplan fumaba Marlboro en el aula (algo excepcional en la Moscú de aquellos años) y viajaba todas las semanas a Leningrado para ver a su mujer, un gesto que sus estudiantes encontraban extraordinariamente romántico. Algunas alumnas, de hecho, confesaban haberse enamorado de él. En la Escuela N° 42 de Sarátov se destacaba Klara Eduardovna Starshova, una joven profesora de inglés que podía convertirse en «una verdadera amiga» de los alumnos, así como algunos profesores de física o de química que dejaban en los chicos una impresión mucho más viva que las clases rutinarias de historia del Partido. Los pequeños boomers soviéticos aprendían pronto a distinguir entre esos maestros humanos y los repetidores de un dogma que resultaba lejano y burocrático.

La experiencia cotidiana de esa infancia también estaba hecha de elementos más prosaicos, como lo demuestran las excursiones escolares, los juegos en los patios de los edificios y las tardes dedicadas a la lectura o al cine. Muchos de los entrevistados por Raleigh recuerdan con particular intensidad las bibliotecas infantiles y los libros que circulaban entre amigos. El moscovita Igor Litvin evocaba los inviernos de su infancia, cuando la lectura organizaba parte de la sociabilidad entre los niños del edificio. Se reunían junto a la estufa de la escalera para hablar de libros (entre ellos, las novelas de ciencia ficción de Aleksandr Belyaev y las historias de H.G. Wells) y no conocer a un autor determinado podía ser motivo de vergüenza. Más de uno volvía a su casa a buscarlo para no quedarse afuera de la conversación al día siguiente. Esas lecturas alimentaban una imaginación en la que la ciencia, la técnica y la conquista del cosmos se entrelazaban con los relatos heroicos del socialismo. En esos patios llamados dvor se forjaban amistades duraderas, jerarquías infantiles y una vida colectiva que muchos recordarían con una calidez difícil de conciliar con la imagen de una infancia puramente reglamentada.

Fuera del ámbito de la escuela, la vida familiar de los boomers soviéticos seguía otro ritmo y se regía por memorias que, a veces, mostraban costados alternativos. Anna Lyovina creció sabiendo que su abuela materna había nacido en Estados Unidos, un dato que en su familia era al mismo tiempo motivo de orgullo y de inquietud. Irina Barysheva, por su parte, aprendió desde chica que el lado materno de la familia debía callar sus raíces en la pequeña nobleza zarista y la existencia de parientes en Estados Unidos, mientras la biografía proletaria del padre abría todas las puertas del ascenso soviético. Eran las páginas faltantes de la historia oficial, los relatos transmitidos en voz baja, al calor de la cocina, que enseñaban muy pronto a distinguir entre lo que podía decirse en público y lo que debía quedar puertas adentro.

En ese territorio doméstico operaba también otra forma de resistencia silenciosa. En un entorno oficialmente ateo, muchas abuelas bautizaron en secreto a sus nietos y les transmitieron una religiosidad que el Estado creía haber erradicado. Las niñeras de origen rural, campesinas que habían dejado los koljoses, exponían a los niños a un marco de referencia espiritual y tradicional completamente ajeno al discurso oficial. A través de esas figuras, valores anteriores a la Revolución sobrevivían de manera clandestina en el corazón mismo de la familia soviética. Quizás la herencia familiar más sutil fuera una cautela casi heredada. Anatoly Shapiro decía que el miedo inculcado a sus padres se había transmitido «genéticamente». Olga Kolishchyuk recordaba que en su casa la prudencia se había convertido en una regla de supervivencia. Desde chica le repetían que debía cuidarse de lo que decía fuera del ámbito familiar. Una broma o una frase inoportuna podían terminar, según le advertían, con un golpe nocturno en la puerta, el arresto de sus padres y ella convertida en huérfana. Vladimir Mikoyan, nieto de Anastas Mikoyan (uno de los dirigentes soviéticos más longevos, miembro del Politburó y figura de primer nivel desde la era de Stalin hasta los años de Kruschov), recordaba que su abuelo mantenía una pistola cargada y estaba dispuesto a suicidarse si la policía de seguridad iba a detenerlo. El terror estalinista había terminado formalmente, pero la prudencia que dejó a su paso no necesitaba de Stalin para reproducirse.

Aunque la ideología marxista-leninista estaba presente e impregnaba las diversas esferas de la vida social y cultural soviética, su forma de procesamiento era diferente a la del período estalinista. En buena medida, las ideas de Marx, Engels y Lenin (filtradas por la cosmovisión soviética) se integraban en un entorno cotidiano más amplio, caracterizado por familias que valoraban la educación, maestros que estimulaban la curiosidad intelectual, instituciones culturales que buscaban formar ciudadanos cultos y técnicamente competentes. En ese contexto, la promesa del futuro comunista no se experimentaba necesariamente como una imposición abstracta, sino como una expectativa compartida que organizaba las aspiraciones individuales.

Pese a que el sistema soviético estaba lejos de cumplir muchas de las promesas que proclamaba, para los niños que crecieron en los años del deshielo, el horizonte histórico parecía abierto. La guerra pertenecía al pasado reciente de sus padres; el estalinismo comenzaba a ser criticado públicamente; la ciencia conquistaba hitos espectaculares en la carrera espacial. La idea de que el comunismo pudiera convertirse en una realidad tangible hacia finales del siglo XX no resultaba, al menos para muchos jóvenes, completamente implausible.

Esa infancia optimista constituyó uno de los rasgos más distintivos de la generación Sputnik. A diferencia de quienes los habían antecedido, los boomers soviéticos crecieron en un período de relativa estabilidad. Su experiencia temprana estuvo atravesada por una confianza en el progreso histórico que pocas generaciones rusas habían conocido. Como muestran los relatos reunidos por Raleigh, esa confianza no sobreviviría intacta a la vida adulta. Pero en los patios de las escuelas, en los clubes de ciencia y en las bibliotecas infantiles de los años 60, el futuro parecía todavía un territorio abierto que la nueva generación estaba llamada a explorar.



Juventud en el deshielo

Si la infancia de los boomers soviéticos estuvo marcada por la ciencia y la fe en el progreso, su adolescencia transcurrió en un mundo cultural bastante más variado que el que habían conocido sus padres. En la década de 1960, los adolescentes de la generación Sputnik se vieron atraídos por nuevas modas y por una cultura popular que, aun bajo las restricciones impuestas, empezó a ofrecerles otros gustos, otras referencias y otras formas de sociabilidad. Para muchos jóvenes, esa expansión se experimentaba sobre todo en la esfera cultural.

El cine soviético vivía una etapa particularmente fértil, con películas que exploraban temas generacionales, dilemas morales y formas nuevas de sensibilidad urbana. La poesía adquiría una visibilidad inusitada, al punto que recitales de autores como Yevgeny Yevtushenko o Andrei Voznesensky convocaban multitudes en estadios y auditorios. Al mismo tiempo, la televisión comenzaba a convertirse en un elemento central de la vida doméstica, mientras la música popular (desde el jazz hasta las primeras formas de rock soviético) circulaba entre los jóvenes con una mezcla de fascinación y cautela. La circulación de películas occidentales habilitadas por el propio Partido provocaba un efecto que las autoridades no habían previsto. Aunque ciertas películas, como Los siete magníficos (el western dirigido por John Sturges e interpretado por Yul Brynner y Steve McQueen), habían sido autorizadas para que el público leyera en ellas las lacras del capitalismo, terminaban siendo admiradas por su estilo y su dinamismo, y los espectadores (según varios testimonios reunidos por Raleigh) se concentraban en la ropa y los automóviles antes que en la denuncia. El moscovita Vladimir Bystrov confesaba haberla visto siete veces. «Fue un shock, sencillamente un shock», decía. La paradoja llegaba al absurdo con Limonada Joe (la parodia checa del western dirigida por Oldřich Lipský), que los censores de Moscú retiraron a las dos semanas convencidos de que el público no había captado la sátira anticapitalista. En Sarátov, contaba Tatyana Kuznetsova, la clase entera se rateó de la escuela para alcanzar a verla. Otras películas llegaban incluso sin subtítulos y triunfaban igual, como Los caballeros las prefieren rubias, con Marilyn Monroe. En Moscú, los clubes de cine proyectaban además a Tarkovsky y otros directores que expandían los horizontes de lo decible. En Sarátov, ir al cine era sencillamente uno de los eventos centrales de la vida social, al punto que Olga Gorelik recordaba que veía las películas extranjeras varias veces para absorber cada detalle de la vida en el exterior.

Pero ningún fenómeno cultural marcó a esta generación tanto como la música. Los Beatles llegaron a la URSS por vías ilegales, en grabaciones caseras prensadas sobre placas de rayos X usadas, y se convirtieron en una obsesión generacional. Los estudiantes de las escuelas de inglés tenían una ventaja. Podían traducir las letras y entender lo que cantaban. Aleksandr Virich, uno de los graduados de Sarátov, era uno de los tantos fanáticos de los Beatles y afirmaba que, en la URSS, era imposible no amarlos. La fascinación por los muchachos de Liverpool era, más que un acto nítidamente político, una expresión de la rebelión juvenil espontánea, una reivindicación del placer y de la individualidad frente a la cultura oficial. Pero al preferir sistemáticamente lo extranjero sobre lo propio, los jóvenes debilitaban, sin proponérselo, el control ideológico del Estado. Junto a los Beatles circulaban también los «poetas bardos» como Vladimir Vysotsky y Bulat Okudzhava, que ofrecían una alternativa honesta y descarnada a la cultura oficial. Las canciones de Vysotsky, que hablaban de la vida en prisión, del alcoholismo y de las carencias cotidianas, resonaban profundamente y se aprendían en los campamentos de verano, alrededor de fogatas, creando un sentido de comunidad que ninguna organización oficial podía replicar.

Los recuerdos reunidos por Raleigh reflejan con claridad ese cambio de atmósfera. Natalia Altukhova, una de las graduadas de la escuela de Sarátov, recordaba las tardes dedicadas a discutir libros y poesía con sus compañeros de clase. La lectura constante y el intercambio de libros prohibidos se convirtieron en un sello distintivo de la intelectualidad urbana. Muchos textos circulaban como samizdat, en copias mecanografiadas que los lectores reproducían y se pasaban de mano en mano, a escondidas. Así leyeron a Solzhenitsyn y a poetas vetados como Ósip Mandelshtam, Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva. Otros libros que comenzaban a publicarse, aunque fuera de manera censurada o restringida, podían producir un efecto semejante. El maestro y Margarita, de Bulgákov, fue recordado por muchos moscovitas como el libro de su generación. Leer literatura no permitida no solo proporcionaba información real sobre el pasado estalinista; también otorgaba un estatus intelectual entre los pares. Aquellas conversaciones no eran necesariamente rebeldes contra el sistema, pero indicaban la emergencia de una esfera juvenil relativamente autónoma, en la que la curiosidad intelectual podía desarrollarse más allá de las consignas oficiales.

Ese tipo de sociabilidad cultural formaba parte de una transformación más amplia de la vida urbana soviética. Las ciudades crecían, las universidades se multiplicaban, y los espacios de ocio como los cines, los clubes, las bibliotecas y los parques, adquirían un papel central en la experiencia juvenil. Durante mucho tiempo, la vida en el bloque soviético fue representada casi exclusivamente en términos de represión política o de penuria económica, como si los ciudadanos del socialismo real hubieran sido actores de una tragedia sin intervalos. Sin embargo, trabajos como los de Natalya Chernyshova sobre el consumo en la URSS o los de David Crowley y Susan E. Reid sobre la cultura material en Europa del Este han mostrado que incluso en sociedades marcadas por la escasez existían espacios significativos de placer, sociabilidad y experimentación cultural. De hecho, el mismo deseo de objetos (que podía ir desde jeans de marca hasta chicles occidentales) estaba lejos de ser un capricho superficial. Era, más bien, una forma de autoafirmación, una reivindicación de la individualidad frente a la uniformidad. Las alumnas de Sarátov desafiaban a su directora cortándose el pelo o intentando usar medias de nylon, actos que vivían como pequeñas revoluciones personales. El mercado negro y las redes de favores personales (el blat) se habían vuelto elementos indispensables de la vida cotidiana.

Mientras que la generación de sus padres había vivido la política como una presencia omnipresente en forma de terror, movilización o guerra, los boomers soviéticos crecieron en un entorno donde la política se encontraba parcialmente normalizada. Las organizaciones juveniles, las ceremonias oficiales y los discursos ideológicos seguían formando parte de la vida escolar, pero coexistían con una cultura urbana cada vez más rica y diversa. Los jóvenes podían participar en los rituales del sistema sin que esas actividades definieran necesariamente el centro de su identidad. Su mundo estaba hecho de múltiples registros: la escuela y la familia, la cultura oficial y la cultura juvenil, la promesa del futuro comunista y las preocupaciones mucho más inmediatas de la vida cotidiana.

En retrospectiva, esa juventud relativamente despreocupada puede parecer el momento de mayor estabilidad del sistema soviético. El deshielo había suavizado algunos de los aspectos más duros del estalinismo, la economía seguía creciendo y el proyecto socialista aún conservaba cierta aura de legitimidad histórica. Sin embargo, bajo esa superficie comenzaban a acumularse tensiones que se volverían más visibles en las décadas siguientes. La distancia entre el lenguaje oficial y la experiencia cotidiana, apenas perceptible para muchos adolescentes de los años 60, terminaría convirtiéndose en uno de los rasgos definitorios de la sociedad soviética tardía. Y sería precisamente esa generación (la que había crecido entre clubes científicos, grabaciones de los Beatles en radiografías y recitales de poesía) la que aprendería gradualmente a vivir con esa contradicción.


El aprendizaje del escepticismo

Si la infancia de los boomers soviéticos estuvo marcada por el optimismo tecnológico y su juventud por una vida cultural cada vez más rica, la entrada en la vida adulta coincidió con el surgimiento de una forma particular de escepticismo cotidiano. No se trataba de oposición política abierta ni de una conversión masiva al disenso, sino de una distancia creciente entre el lenguaje oficial del sistema y la manera en que ese lenguaje se experimentaba en la vida diaria. Las promesas del comunismo para 1980, repetidas con entusiasmo durante la infancia de los boomers, se volvían abstractas a medida que la vida adulta imponía rutinas hechas de estudios, primeros empleos, burocracias y limitaciones materiales que el discurso oficial prefería ignorar. Aleksandr Trubnikov, uno de los graduados de Sarátov, recordaba ese cambio como un proceso gradual, sin una revelación dramática. Se trataba, apenas, de una acumulación de comentarios irónicos entre colegas, chistes que circulaban en privado, la sensación de que ciertas afirmaciones debían tomarse con prudente escepticismo.

Hubo, sin embargo, un acontecimiento que aceleró ese aprendizaje. En agosto de 1968, los tanques soviéticos entraron en Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga, el intento reformista que Alexander Dubček impulsaba desde la conducción del Partido Comunista checoslovaco: un ensayo de «socialismo con rostro humano» que buscaba abrir la sociedad, descentralizar la economía y reducir la censura sin salir del campo socialista. Precisamente porque venía desde adentro del Partido, y no contra él, la represión resultó tan elocuente. La propaganda presentó la invasión como una defensa contra el fascismo, y en Moscú y Sarátov la versión oficial funcionó inicialmente. Con pocas fuentes alternativas de información, la mayoría apoyó la decisión del Kremlin. Circulaba el rumor de que, sin la intervención, las hordas alemanas volverían a la frontera, y, como recordaba Arkady Darchenko, muchos lo creyeron. Su propio tío iba en los tanques y se quemó dentro del suyo cuando lo incendiaron. «Siempre sostuvo que la invasión era necesaria», contaba, «pero yo le dije que no tenía nada que hacer ahí». Para una parte de la generación Sputnik, la que seguía esperando del sistema lo que Praga había intentado, esa fue la señal de que la reforma interna dejaba de parecer un horizonte razonable. El precio de decirlo en voz alta era elevado. Cuando el primo de Aleksandr Konstantinov, uno de los graduados de Sarátov, levantó la mano en una asamblea universitaria para oponerse a una resolución de apoyo a la invasión, fue condenado a realizar trabajos manuales durante años.

La entrada en la universidad y el mercado laboral reveló otras grietas que el discurso del Partido Comunista de la URSS no lograba disimular. El ingreso, meritocrático en teoría, se repartía en la práctica por vías que no siempre lo eran. Natalya Yanichkina, otra de las graduadas de Sarátov, afirmaba que «algunos entraron por padrinazgo, otros sin él; algunos porque sabían mucho, otros porque tenían plata». Las historias personales confirman esa aritmética, desde el certificado médico que la tutora de Anna Lyovina le consiguió para eximirla de unos exámenes que la creía incapaz de soportar hasta el caso del moscovita Valentin Ulyakhin, que aprobó los del Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú y estuvo a punto de quedar afuera «porque estaba muy gordo». La más dolorosa de esas grietas era el antisemitismo institucional. El «quinto punto» del pasaporte (la nacionalidad, que en el caso de los judíos funcionaba como marca) se había vuelto una barrera invisible pero eficaz para acceder a ciertas carreras de prestigio. Muchos jóvenes judíos solo tomaron conciencia plena de su «otredad» a través de insultos o cuotas. La moscovita Lyubov Raitman, que se creía simplemente rusa, recordaba el día en que una niñera le espetó «¿Qué clase de rusa sos? ¡Sos una judía chiquita!». La escuela, que debía integrar, terminaba siendo el lugar donde muchos descubrían su condición de ciudadanos de segunda, y esa herida alimentaría el deseo de emigrar que algunos concretarían.

Con todo, el cinismo tardosoviético no era necesariamente una forma de disidencia. Muchos de los boomers continuaron trabajando en instituciones estatales, participando en organizaciones profesionales y manteniendo una relación relativamente estable con el sistema. Al mismo tiempo, aprendieron a moverse dentro de él con una combinación peculiar de conformidad externa y distancia interior. Las fórmulas ideológicas seguían repitiéndose en reuniones oficiales, pero en la vida privada podían convertirse en objeto de ironía o indiferencia. La presión para unirse al Partido Comunista ilustra bien esa dinámica, en tanto la mayoría lo hacía no por convicción sino como un trámite burocrático necesario para el ascenso profesional, una «licencia para trabajar» en puestos directivos. El moscovita Vladimir Bystrov se afilió en 1978 sabiendo que sin eso no había carrera y que, a esa altura, «todo ya era evidente para la gente normal»; la también moscovita Tatyana Artyomova, afiliada en 1976, lo comparaba con una licencia, porque sin el carnet no podía enseñar en la universidad.

A diferencia de la sociedad estalinista, donde la ideología funcionaba como una fuerza movilizadora y a menudo coercitiva, la URSS de las décadas de 1970 y 1980 se apoyaba cada vez más en un conjunto de rutinas burocráticas que permitían mantener el sistema en funcionamiento, incluso cuando la fe en sus principios comenzaba a erosionarse. La población no necesitaba creer plenamente en la retórica oficial para seguir participando en las instituciones existentes: bastaba con aprender a navegar entre los distintos registros del discurso público y privado. El moscovita Leonid Terlitsky acuñó una frase para definir a toda su cohorte: la «generación cínica». Raleigh adopta la categoría con entusiasmo, quizás demasiado. Hay además una dificultad inevitable: quienes hablaban con él a comienzos del siglo XXI sabían cómo había terminado la historia. Recordaban los años de Brezhnev después de haber vivido la perestroika, el derrumbe de la URSS y la brutal década de 1990.

Es difícil saber cuánto de ese desencanto pertenecía ya a aquellos años y cuánto fue iluminado retrospectivamente por todo lo que vino después. La propia recepción reparó en este flanco. La historiadora Hannah Pollin-Galay señaló, en una reseña de Soviet Baby Boomers publicada en la Oral History Review, que Raleigh no siempre aplica de manera pareja su advertencia sobre el peso de la mirada retrospectiva en el recuerdo de sus entrevistados. Hay algo más discutible, con todo, en la categoría misma de «cinismo». El problema de usarla como clave interpretativa es que reduce una relación extraordinariamente compleja con el sistema a un solo registro (el del desengaño) y deja fuera todo lo que no encaja en él: el orgullo genuino por los logros del país, el apego a las garantías sociales, la sensación de pertenecer a una comunidad que, con todos sus defectos, ofrecía una forma de vida con sentido. Svetlana Alexiévich, en El fin del «Homo sovieticus», recogió voces que no eran ni cínicas ni crédulas, sino las de personas que amaban y despreciaban al sistema al mismo tiempo, que lo extrañaban y lo maldecían en la misma frase. El antropólogo Alexei Yurchak mostró que la relación de los soviéticos tardíos con la ideología era más compleja que la dicotomía entre fe y cinismo, y que participar de los rituales del sistema no equivalía a creer en él ni a rechazarlo. Esa ambivalencia está presente en los testimonios que recoge Raleigh, aunque su marco interpretativo no siempre le haga justicia. Al fin y al cabo, el cinismo es también la lente de los que salieron a flote después de la caída de la URSS. Cómo recordaría su relación con el sistema la mayoría que no entró en estas escuelas ni en estas entrevistas (los obreros, los empleados, la gente de los pueblos) es algo que los libros de Raleigh no están en condiciones de decir.

Los boomers soviéticos ocuparon un lugar particularmente significativo en ese proceso. Educados durante el periodo de mayor optimismo del sistema, habían internalizado muchas de sus aspiraciones, entre las que se destacaban el valor de la educación, el prestigio del conocimiento técnico, la importancia de la estabilidad social. Al mismo tiempo, su experiencia adulta coincidió con el estancamiento económico y político de la era Brezhnev. Algunos entrevistados hablan con orgullo de las oportunidades educativas que recibieron; otros evocan con frustración la rigidez burocrática y la dificultad de introducir cambios; en muchos casos, ambas evaluaciones coexisten en la misma persona. Esa coexistencia es, probablemente, el dato más revelador de la experiencia soviética tardía, más que cualquier relato de conversión al desencanto.

Estancamiento: el arte de vivir a lo soviético

A mediados de la década de 1970, la vida bajo el socialismo real ya no se definía por la promesa del futuro sino por las rutinas del presente. La era Brezhnev, que la jerga oficial presentaba como la del «socialismo desarrollado» y que la historia posterior recordaría como la del «estancamiento», fue el periodo en el que los baby boomers alcanzaron la plenitud de su vida profesional y familiar, y también aquel en el que perfeccionaron el arte de lo que Raleigh llama «vivir a lo soviético»: una combinación de conformidad pública, escepticismo privado y una notable habilidad para obtener lo necesario por fuera de los canales institucionales.

En un ensayo de 1985, el historiador James Millar describió la lógica de esos años como un «pequeño trato» entre el Estado y la sociedad. El régimen toleraba cierta corrupción menor, la economía informal y un grado de autonomía en la vida privada, a cambio de obediencia política y participación pasiva. El mecanismo que sostenía ese trato era el blat, la red de contactos y favores que terminó funcionando como el verdadero sistema de distribución de bienes. Irina Barysheva, que ejercía como profesora, accedía a productos reservados gracias a los padres de sus alumnos. Un refrán lo resumía con claridad: «Todo esto es del koljós, todo esto es mío». En un contexto en el que la confianza en la propiedad colectiva se había erosionado seriamente, sustraer recursos del Estado se percibía menos como un delito que como una compensación.

La escasez de bienes de consumo, particularmente aguda en las provincias, dominaba la vida cotidiana, porque el sistema concentraba el abastecimiento en Moscú y Leningrado y dejaba a media luz a ciudades como Sarátov. Aleksandr Virich describía el emblemático fenómeno de los «trenes de salchicha». Como en las provincias no se conseguía ni lo que ellas mismas producían, los saratovianos viajaban el fin de semana a Moscú y regresaban en trenes cargados de gente con bolsas repletas de embutidos y cítricos. El apodo «trenes de salchicha» venía del olor a fiambre que llenaba los vagones de vuelta.

El peso de esa economía de la escasez recaía de manera desproporcionada sobre las mujeres, que sumaban la jornada laboral, las colas interminables y las tareas domésticas. El discurso oficial celebraba la igualdad de género, pero en la práctica el hogar seguía siendo un espacio patriarcal en el que los varones aportaban poco. Olga Kamayurova, una de las entrevistadas de Sarátov, recordaba sus años de casada como «una pesadilla» de trabajo sin pausa. Esa generación de mujeres tuvo menos hijos que sus madres y se divorció en mayor medida, no por mandato estatal sino por una decisión pragmática. Lo que buscaban era un margen de libertad personal en un sistema que las requería a tiempo completo tanto en la fábrica como en la cocina.

Al liderazgo de Brezhnev y a la gerontocracia del Politburó se los desmitificaba a través del humor. Los chistes sobre las medallas inmerecidas, la fragilidad del líder y la insustancialidad de sus discursos circulaban en voz baja, como una forma de resistencia que desacralizaba al régimen sin costo. La invasión de Afganistán en 1979 (el «Vietnam soviético») asestó un golpe aún más duro a la moral pública. Los jóvenes volvían mutilados o en ataúdes de zinc mientras la prensa oficial guardaba silencio. Igor Litvin lo entendió cuando regresaron los primeros soldados: «Vimos lo dañados que estaban psicológicamente y comprendimos que ahí había una carnicería». El moscovita Vladimir Sidelnikov fue más seco: «A nadie le hacía falta esa guerra; nuestros soldados murieron ahí en vano». Y Anatoly Shapiro, también de Moscú, recordaba a sus compañeros de trabajo (militares retirados, agentes del KGB) «encantados» con la invasión. Él no decía nada, pero su cara delataba el disgusto, y un día un ex-coronel se lo hizo notar. Por no sumarse al entusiasmo general, lo acusó de ser «un individualista», en el léxico soviético uno de los peores defectos que se le podían atribuir a alguien. Para muchos, Afganistán fue la prueba definitiva de que los líderes eran capaces de sacrificar vidas por objetivos políticos que una parte creciente de la sociedad ya no compartía. Alexiévich dedicó a esos soldados uno de sus libros más devastadores, Los muchachos de zinc; los testimonios de Raleigh, registrados más de una década después, confirman que la herida de Afganistán nunca terminó de cerrarse.

Y sin embargo, bajo esa capa de cinismo persistía una paradoja que varios entrevistados reconocen: la era de Brezhnev fue también el periodo de mayor estabilidad material que la mayoría había conocido. Aleksandr Babushkin admitía que, pese a todo, el Estado garantizaba techo, comida básica y vacaciones asequibles en el Mar Negro. Y existía lo que muchos describían como «confianza en el mañana». No eran pocos los que tenían la certeza de que el desempleo era imposible, de que la vivienda estaba asegurada, de que los hijos tendrían educación gratuita. Los viajes a Polonia o a Alemania oriental revelaban niveles de consumo superiores incluso dentro del bloque socialista y hacían que el modelo soviético pareciera más gris, pero no provocaban necesariamente el deseo de derribarlo.

Vista desde la distancia, esa actitud podría parecer apatía política, pero también puede leerse como una estrategia de adaptación a un entorno institucional extraordinariamente duradero. A mediados de la década de 1970, pocos imaginaban que el sistema pudiera desaparecer en el plazo de una generación. La respuesta más común fue el repliegue hacia la vida privada (el círculo íntimo, la dacha, los libros) y, en su reverso más sombrío, hacia el alcohol, que muchos llamaban «enfermedad nacional».

Precisamente por eso, cuando el sistema comenzó a transformarse radicalmente durante la perestroika de Mijaíl Gorbachov, la reacción de muchos boomers soviéticos fue menos revolucionaria que de desconcierto. Habían aprendido a vivir con el socialismo realmente existente; lo que no habían aprendido era a imaginar un mundo en el que ese marco institucional pudiera desaparecer por completo.

El derrumbe

Cuando Gorbachov llegó al poder en 1985, estos profesionales urbanos, educados y ya instalados en la vida adulta, creyeron reconocer al líder que habían estado esperando. Era mucho más joven que los ancianos a los que sucedía, y valoraban su capacidad de hablar sin papeles, en un idioma que les sonaba humano después de décadas de balbuceo burocrático. La glásnost (la política de transparencia que permitió discutir en público lo que hasta entonces solo se susurraba en las cocinas) fue recibida con entusiasmo. Los soviéticos se volcaron a leer periódicos y revistas que ahora publicaban lo que antes circulaba únicamente en samizdat: las atrocidades del estalinismo, la verdad sobre los campos, la magnitud de la corrupción del sistema. La publicación abierta de Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn provocó un shock moral que obligó a muchos a reevaluar no solo la historia del país sino el sentido de su propia existencia dentro de él. Natalya Yanichkina recordaba la sensación de poder discutir abiertamente lo que antes solo se murmuraba con una mezcla de euforia e incredulidad. Anatoly Shapiro, de Moscú, devoraba lo que hasta entonces había estado prohibido, principalmente la sátira del absurdo soviético de Vladimir Voinóvich, la poesía que solo había circulado en samizdat.


En abril de 1986, la explosión de un reactor de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, extendió una enorme nube radiactiva sobre buena parte de Europa. Para esta generación, el desastre funcionó como una señal de que las cosas no habían cambiado estructuralmente. El silencio inicial de las autoridades y la demora en informar demostraron que, incluso bajo la glásnost, el instinto seguía siendo el ocultamiento, y muchos se enteraron de la catástrofe por las «voces enemigas» antes que por su propio gobierno. El entusiasmo político, además, se gastó rápido cuando la perestroika no logró llenar las tiendas. La introducción de cupones de racionamiento para los productos básicos erosionó el apoyo inicial a las reformas. Gorbachov había intentado un camino intermedio entre la planificación y el mercado, y el resultado fue un caos que no satisfacía a nadie.

La caída fue vertiginosa. Los movimientos nacionalistas en las repúblicas bálticas, el Cáucaso y Ucrania (consecuencia no buscada de la relajación del control central) fragmentaron el imperio a una velocidad que nadie había previsto. El golpe de agosto de 1991, encabezado por los sectores duros del Partido que intentaban revertir las reformas, terminó acelerando lo que pretendía impedir. Muchos moscovitas salieron a la calle a defender el Parlamento, convencidos de que no podían permitir el regreso al pasado. La bandera roja bajó del Kremlin el día de Navidad.

Lo que siguió fue, para la generación Sputnik, un trauma de una naturaleza completamente diferente a cualquier cosa que hubieran conocido. La «terapia de choque» económica impulsada por Boris Yeltsin desmontó en muy poco tiempo un sistema de certezas materiales que, con todas sus limitaciones, había organizado sus vidas durante décadas. La hiperinflación devoró los ahorros de toda una vida. Científicos, profesores y médicos (la intelectualidad que el sistema soviético había formado y a la que le había conferido un estatus social elevado) se convirtieron en los «nuevos pobres» de Rusia, obligados a abandonar sus vocaciones para sobrevivir en un mercado que ya no les reservaba el lugar que habían ocupado. La aparición de los oligarcas, que acumularon fortunas durante el proceso de privatización, produjo una indignación generalizada. El alcoholismo y el estrés social provocaron un descenso alarmante de la esperanza de vida masculina. Para muchos, la década de 1990 fue una experiencia de supervivencia extrema en la que desaparecieron muchas de las certezas que el Estado soviético les había garantizado durante décadas. La generación que había sido educada para construir el comunismo terminó así presenciando una gigantesca transferencia de riqueza pública a manos privadas.

El resurgimiento de la religión, que se sustanció en bautismos masivos de adultos y en un retorno a la ortodoxia que las babushkas habían preservado clandestinamente durante décadas, ofreció un ancla espiritual en medio de la desorientación. Pero también creció la nostalgia por la estabilidad elemental de un sistema que, con todas sus limitaciones, garantizaba techo, empleo y la certeza de que mañana sería más o menos igual que hoy. La relación con Occidente, que en la juventud había estado permeada por cierta fascinación clandestina y que durante la perestroika se había convertido en una franca idealización, se enfrió a lo largo de la década de 1990. A la decepción con la privatización de estilo estadounidense se sumaron el temor a la expansión de la OTAN hacia el este y, sobre todo, el bombardeo de la Alianza Atlántica sobre Serbia en 1999, que indignó a buena parte de la opinión pública rusa. Sergei Zemskov, uno de los entrevistados por Raleigh, lo resumía afirmando que tenía una imagen mucho mejor de Occidente en los años 60 que en el presente. Sobre ese fondo de desencanto se explica parte de la adhesión posterior a Vladímir Putin, que llegó al poder en 2000 encarnando una promesa elemental para una generación exhausta de sobresaltos, la de que el caos de los años 90 había quedado atrás.

El balance que esta generación hace del conjunto tiende, con todo, a inclinarse hacia el presente, y Raleigh advierte que esa coincidencia delata una posición social, la de la clase profesional urbana que salió a flote. «Pasamos casi literalmente del estalinismo a un capitalismo normal, en desarrollo. No querría volver a vivir como en los 70», dice Arkady Darchenko. Pero el propio archivo guarda las voces que matizan ese consenso. El moscovita Leonid Volodarsky pedía no quedarse con una sola cara de la moneda: «Se dijeron muchas cosas malas del poder soviético, y son ciertas, pero también había mucho de bueno». Y Natalya Pronina, de Sarátov, insistía en lo que el nuevo orden le había quitado a gente como ella. Había «llegado a ser alguien» gracias a la educación gratuita, y un médico la había salvado sin cobrarle un solo rublo, algo que, decía, ya no sucede.

Los boomers soviéticos habían sido educados para construir el comunismo y ver su realización definitiva en la década de 1980. En cambio, vieron llegar y pasar esa fecha sin que la promesa se hiciera real. Durante décadas, aprendieron a conseguir por fuera de los canales oficiales lo que las tiendas no tenían, a decir una cosa en las reuniones y otra en la cocina, a afiliarse al Partido y, al mismo tiempo, a escuchar las voces enemigas. Vieron los tanques entrar en Praga y los ataúdes volver de Afganistán. Enterraron a Brezhnev, a Andrópov y a Chernénko en menos de tres años. Creyeron por un momento en Gorbachov, hicieron colas buscando pan cuando las tiendas quedaron vacías, vieron arriar la bandera roja del Kremlin y perdieron sus ahorros en una mañana. Habían aprendido a vivir soviéticamente, a navegar entre el discurso público y la verdad privada, entre la promesa del futuro y la dificultad del presente, entre la obediencia ritual y el escepticismo de la cocina. Lo que nunca llegaron a imaginar es que el mundo para el cual habían desarrollado esas habilidades pudiera, sencillamente, dejar de existir.

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