Opinión

Max Weber y la política revolucionaria


agosto 2026

El pensador alemán defendió una forma moderada de liberalismo y desconfió profundamente de la política revolucionaria. Su célebre distinción entre la «ética de la responsabilidad» y la «ética de la convicción» sirvió para condenar por igual a espartaquistas, bolcheviques y anarquistas. Los debates internos bolcheviques sobre la paz de Brest-Litovsk permiten evaluar críticamente la aplicación de estas categorías.

<p>Max Weber y la política revolucionaria</p>

Max Weber es, sin duda, uno de los fundadores de la sociología moderna y una figura intelectual pública de gran relevancia en la Alemania de comienzos del siglo XX. Defendió una forma moderada de liberalismo, con una monarquía constitucional, un Parlamento elegido democráticamente y libertades políticas como el sistema de gobierno más deseable para su país. Sin embargo, en su condición de elitista convencido, no creía que el sufragio universal fuera un derecho democrático inalienable, ni tampoco creía en la democracia en el sentido de un gobierno popular directo, sino solo como una elección entre líderes políticos1. Weber tuvo un papel importante en la redacción de la Constitución de la República de Weimar, principalmente a través de sus esfuerzos por fortalecer la Presidencia en detrimento del Parlamento.

También se ganó un gran respeto por su profunda erudición sobre distintos tipos de sociedades a lo largo de la historia. Sin embargo, actuó como un estilo de erudito muy distinto cuando se trató de evaluar los movimientos y gobiernos revolucionarios contemporáneos de Europa. El rechazo total de estos hacia el poder y la autoridad estatales existentes, y hacia la «normal» negociación política entre partidos que Weber daba por sentada, pudo haber provocado en él una ira y una hostilidad política que lo cegaron incluso frente a los hechos más evidentes.

Sobre la política como vocación

En este contexto, un buen punto de partida para comprender la política de Weber es su influyente conferencia titulada «La política como vocación», pronunciada en la Universidad de Múnich el 28 de enero de 19192. Allí se centró en la motivación, la ética y la perspectiva práctica de los políticos, en especial de los políticos profesionales. Weber avanza luego hacia una distinción crucial entre lo que llamó la «ética de la responsabilidad» y la «ética de la convicción». Sostuvo que estas dos éticas no son opuestas, sino «más bien complementos que, solo unidos, constituyen al hombre genuino: un hombre que puede tener ‘vocación para la política’». Según él, un hombre3 que es responsable de las consecuencias de su conducta y siente de verdad esa responsabilidad con toda el alma puede encontrar tantas dificultades y obstáculos hasta llegar a un punto en que diga, siguiendo a Martín Lutero: «aquí estoy y no puedo hacer otra cosa», basado en una ética de la convicción. A Weber, que poseía lo que algunos han descrito como un temperamento volcánico, los numerosos compromisos y derrotas propios de la vida académica debieron provocarle una gran tensión, y probablemente buscó alivio en posturas solitarias que afirmaran sus convicciones más auténticas. Es importante comprender que, para él, la ética de la convicción, como todo sistema de valores, es no racional, en el sentido de que no existen criterios universalmente válidos con los cuales evaluar de manera racional fines en conflicto4. Además, según Weber, los valores son subjetivos e inconmensurables y deben mantenerse estrictamente separados de los hechos.

Más aún, en «La política como vocación», Weber parece estar más interesado en criticar duramente la ética de la convicción que la política de la responsabilidad. Señala que la ética de la convicción ha prevalecido especialmente entre quienes se inspiran en la ética absoluta del Evangelio, tal como se representa en el Sermón de la Montaña. Weber destaca en este contexto a las sectas pacifistas, una de las cuales, los cuáqueros de Pensilvania, estableció una política que renunciaba a la violencia hacia terceros. Weber señala críticamente que, durante la Guerra de Independencia estadounidense, los cuáqueros no pudieron defender con las armas en la mano las ideas que compartían con los patriotas que luchaban contra el dominio colonial británico5. Para él, sin embargo, el movimiento anarquista fue la expresión más representativa de la política de la ética de la convicción, caracterizada por su falta de preocupación por el éxito o los efectos inmediatos de sus tácticas6.Weber tomó más en serio a los anarquistas comprometidos con la acción social revolucionaria que a aquellos marxistas que creían que su victoria eventual era una necesidad histórica. En cuanto al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD, por sus siglas en alemán), Weber criticaba, por un lado, su habitual agitación revolucionaria acompañada de un cuidadoso rechazo de la acción revolucionaria, y por otro, su simultáneo rechazo de una estrategia revisionista significativa7.

El sociólogo alemán era especialmente crítico de los activistas y líderes políticos marxistas y radicales. Resulta llamativo que la violencia se convierta en el eje central de su dura crítica a la política de izquierda revolucionaria. Distorsionó las posiciones de la fracción de Zimmerwald de los socialistas al afirmar que, frente a la disyuntiva entre varios años más de guerra seguidos de revolución o una paz inmediata sin revolución, ellos preferían más años de guerra. Para los zimmerwaldistas, movimiento político de izquierda opuesto a la Primera Guerra Mundial, el objetivo de una paz justa y sin anexiones no equivalía a optar por prolongar la guerra. Más bien, la continuación de la guerra era el precio que finalmente se pagaba por no lograr terminarla en términos aceptables y honorables, incluido el derecho de las naciones a la autodeterminación. En su hostilidad hacia los zimmerwaldistas, Weber también pasa por alto que la misma crítica podría dirigirse a numerosos movimientos no socialistas. Por ejemplo, ¿eran acaso George Washington y Thomas Jefferson culpables por librar tantos años de guerra como fueran necesarios para obtener la independencia nacional?

Siguiendo esta misma línea de razonamiento respecto de los revolucionarios espartaquistas de la Alemania de posguerra y de la reciente y exitosa revolución bolchevique, Weber se preguntó si «acaso debería importar tan poco para las exigencias éticas de la política el hecho de que la política opere con medios muy particulares, es decir, el poder respaldado por la violencia». Pasa luego a acusar a los espartaquistas y a los bolcheviques de producir los mismos resultados que cualquier dictador militarista, por el solo hecho de emplear todos ellos medios violentos. Además, extiende esta crítica a los consejos de obreros y soldados alemanes, dando a entender que no se diferencian del dominio de cualquier detentor de poder del Antiguo Régimen. Si bien estas críticas pueden considerarse sorprendentes, dada su tosquedad y hasta su falsedad en un pensador habitualmente tan sofisticado como Weber, todavía resultaban admisibles dentro del terreno del debate político. Sin embargo, no puede decirse lo mismo de un discurso que Weber pronunció en Karlsruhe, en el que afirmó que «Karl Liebknecht pertenece al manicomio y Rosa Luxemburgo al zoológico», aunque más tarde condenó el asesinato de ambos revolucionarios e incluso, de manera póstuma, se refirió a Liebknecht como un hombre honorable8.

Un problema con el rechazo de Weber a la violencia política por parte de sectores de la izquierda es que, cuando él mismo enfrentaba lo que consideraba una situación política desesperada -como las negociaciones que condujeron al Tratado de Versalles-, se apresuraba a abogar por la resistencia nacional con medios revolucionarios, cuya primera tarea sería establecer una irredenta alemana, lo cual, según explicó en una carta fechada el 13 de noviembre de 1919, significaba «el nacionalismo [con los] instrumentos revolucionarios de la fuerza» a fin de oponerse a la pérdida de territorio alemán9. En otras palabras, para Weber era válido defender los medios violentos en nombre de una causa patriótica y nacionalista alemana, pero no en nombre de causas socialistas.

Otro problema de «La política como vocación» fue que, si bien Weber incluyó de pasada a los bolcheviques entre los grupos políticos que, a su juicio, seguían la política del Sermón de la Montaña, en el mismo texto formuló una afirmación muy distinta e incluso opuesta respecto de las prácticas bolcheviques, acusándolas de cínico oportunismo. En esta evaluación anterior, Weber sostuvo que el gobierno bolchevique había reintroducido empresarios con altas remuneraciones, el salario colectivo (según el rendimiento de un equipo de trabajadores), el sistema Taylor, la disciplina militar y de fábrica, inversiones extranjeras y el restablecimiento de la policía secreta zarista como su principal instrumento de poder estatal. Como escribió Weber, «los soviets han tenido que aceptar de nuevo absolutamente todas las cosas que el bolchevismo había combatido como instituciones burguesas de clase».

Las acusaciones de Weber padecían de una omisión crucial: cuando pronunció su discurso en enero de 1919, ignoró el hecho evidente de que los soviets estaban entonces inmersos en una devastadora guerra civil, que incluía la participación de ejércitos extranjeros que se oponían al gobierno revolucionario, con un desenlace muy incierto. No hace falta decir que las condiciones de guerra que prevalecían en la Rusia revolucionaria constituían el contexto indispensable para comprender lo que allí ocurría. Además, Weber formuló la afirmación enteramente falsa de que la policía secreta zarista había sido reactivada. Es cierto que el gobierno soviético logró introducir una fuerte disciplina militar en el Ejército Rojo, organizado y dirigido por León Trotski con la ayuda de antiguos oficiales del ejército zarista. No obstante, esos oficiales eran asesores militares y nada tenían que ver con el trabajo de la policía secreta, la nueva Cheka, acusada con frecuencia de abusos, excesos y arbitrariedad. De hecho, dichos oficiales zaristas eran candidatos probables para la vigilancia de la Cheka, además de estar bajo la supervisión de comisarios políticos.

El gobierno soviético también intentó introducir la disciplina de fábrica en la industria soviética, tal como Trotski lo hizo en el Ejército Rojo, y Lenin apoyó asimismo la introducción del taylorismo en las fábricas soviéticas. Sin embargo, al menos hasta el inicio de la Guerra Civil en la primavera de 1918, muchos de esos cambios fueron resistidos por las amplias organizaciones de control obrero presentes en los lugares de trabajo. De hecho, Weber estaba planteando un argumento sin mucho sentido acerca de la economía soviética. Los trabajadores bolcheviques fueron de los primeros en alistarse para defender su causa. Este masivo reclutamiento de soldados tuvo un fuerte efecto desorganizador sobre la industria soviética. Según el historiador Lewis Siegelbaum, tras el inicio de la Guerra Civil en la primavera de 1918 «se produjeron llamados a filas locales y, más adelante ese mismo año [1918], una movilización general de conscriptos de entre 18 y 25 años. A pesar de la evasión del reclutamiento y de las deserciones hacia los emergentes ejércitos blancos, el Ejército Rojo contaba con unos 700.000 soldados a fines de 1918. Un año más tarde, su fuerza alcanzaba casi los tres millones»10.

En esas condiciones caóticas, tiene poco sentido evaluar la eficacia de la organización industrial soviética tal como podría haber funcionado en circunstancias más pacíficas. De manera similar, la idea -sostenida por Weber- de que los bolcheviques intentaban cortejar al capital extranjero resultaba insostenible en el contexto de la guerra, ya que esos capitalistas estaban entonces más interesados en derrocar militarmente a los «rojos rusos» que en invertir en Rusia. Solo tras la victoria casi pírrica alcanzada por el gobierno bolchevique en la guerra civil hacia fines de 1920, algunas de las cuestiones planteadas por Weber cobrarían relevancia, con la inauguración por parte de Lenin de la Nueva Política Económica (NEP) a comienzos de la primavera de 1921. Max Weber no vivió para ver esta nueva política soviética, ya que murió el 14 de junio de 1920.

No obstante, resulta de gran interés señalar que, si bien Weber discutió con cierta extensión la ética de la convicción que atribuía a pacifistas y anarquistas, no caracterizó de manera similar, en general, a la política revolucionaria inspirada por el marxismo, salvo por algunos comentarios puntuales. Weber tuvo cosas más significativas que decir sobre la mucho más pacífica socialdemocracia alemana, en parte debido a su amistad con Robert Michels, quien en su clásico libro Los partidos políticos analizó extensamente las marcadas prácticas burocráticas del SPD. A Weber no le preocupaba el apoyo del SPD a la lucha de clases y no se tomaba en serio el temor de la burguesía alemana ante el «peligro rojo». Sostuvo, por el contrario, que los socialdemócratas eran infinitamente más inofensivos de lo que ellos mismos creían ser. Pensaba que el partido estaba dirigido por un grupo de mentalidad estrecha, también influido por un grupo de periodistas fanáticos11. Al mismo tiempo, Weber sostenía que el SPD tenía una política abstencionista contraproducente respecto de su participación en la política nacional alemana en colaboración con otros partidos. No obstante, parece haber tenido una visión más realista de las posiciones del partido socialdemócrata alemán que muchos marxistas, incluido Lenin, quien se sorprendió enormemente cuando los socialdemócratas alemanes, contradiciendo las resoluciones antibelicistas de los congresos socialistas internacionales, votaron a favor de los créditos de guerra alemanes al comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Weber sí era favorable al movimiento sindical, al que consideraba necesario para establecer un grado de justicia social en la sociedad capitalista alemana. Así, se opuso a la legislación que para dificultar las huelgas y defendió a los trabajadores durante la gran huelga minera de 1905. También se opuso a la manera en que se regulaba el trabajo en la gran industria alemana, que suponía una completa subordinación de los trabajadores. De hecho, veía la lucha de clases reformista como parte constitutiva del capitalismo democrático12. En efecto, existían importantes semejanzas entre la política de Weber y la de los líderes sindicales del SPD.

La política revolucionaria: la responsabilidad y la convicción

Los desacuerdos públicos entre las distintas corrientes bolcheviques sobre cómo responder a la posible invasión alemana de la Rusia soviética, y las negociaciones de paz con los alemanes en Brest-Litovsk, ofrecen la oportunidad de examinar si las categorías de Weber eran aplicables al marxismo revolucionario. La cuestión de cómo alcanzar la paz dividió profundamente a una dirigencia bolchevique que debatió públicamente entre sí los términos en los que podría firmar un tratado de paz con Alemania. Sin embargo, sus debates internos demostraron tanto su carácter de principios como su enfoque predominantemente racional, centrado en la relación de fuerzas existente con sus adversarios.

El enfoque de Weber resultaba, entonces, irrelevante para los debates internos bolcheviques sobre cómo terminar la Primera Guerra Mundial, precisamente por la diferencia fundamental entre la política del statu quo en la sociedad capitalista y la política revolucionaria inspirada por el marxismo. El énfasis marxista en la racionalidad, el foco puesto en la causalidad social y económica de las crisis, y otras nociones que subrayan las condiciones objetivas del mundo exterior tendieron a diferenciarla de la política absolutista y escatológica de movimientos religiosos, utópicos y políticos como el pacifismo y numerosas corrientes del anarquismo. En este tipo de movimientos, las nociones de estrategia, táctica y una visión clara de la situación política existente y sus perspectivas han desempeñado un papel muy limitado o han estado, por lo general, ausentes. Además, los partidos marxistas han tendido a tomarse las cuestiones organizativas mucho más en serio que la mayoría de los grupos anarquistas y otras corrientes de izquierda. Como veremos más adelante al analizar el compromiso político, la política revolucionaria marxista también difirió enormemente de la política de la responsabilidad de Weber.

Estas importantes diferencias entre la política marxista revolucionaria y la política tradicional existían aun si reconocemos, en el caso de Weber, su rechazo de los políticos mediocres carentes de vocación, sin mencionar su desprecio por los políticos demagógicos y corruptos. Pero no fue casual que Weber, el nacionalista liberal alemán, defendiera con firmeza la idea y la práctica política del imperio, que por definición implicaba el dominio sobre otras naciones. Incluso una vez terminada la guerra, Weber apoyó el desarrollo de un Estado nacional alemán poderoso, aunque de un modo más liberal e ilustrado, es decir, de un gobierno elegido democráticamente. No obstante, difícilmente podía dejar de favorecer un fuerte poder militar alemán13. Esto resulta especialmente evidente si consideramos que Weber apoyaba la posesión alemana de colonias14.

El debate interno en el Partido Bolchevique

El extendido descontento provocado por las condiciones materiales, muy precarias y a menudo desesperadas, que prevalecían en toda Rusia obligó al zar Nicolás II a abdicar en marzo de 1917. Se estableció un gobierno provisional, pero este nuevo gobierno continuó apoyando la participación de Rusia en la guerra, lo cual, sumado a su incapacidad para implementar una reforma agraria, socavó gravemente su apoyo popular. Esto condujo a su eventual colapso y a la victoria de la Revolución de Octubre, organizada por la exitosa alianza entre el Partido Bolchevique y el ala izquierda del Partido Socialista Revolucionario, de base campesina. Esa alianza logró triunfar porque estaba fuertemente comprometida con llevar a cabo una reforma agraria radical y con poner fin rápidamente a la guerra.

El nuevo gobierno de dirección bolchevique esperaba que una revolución en otros países avanzados, en particular en Alemania, contribuyera no solo a terminar la guerra, sino también, a más largo plazo, a que Rusia pudiera superar su atraso económico. Desgraciadamente para los rusos, hubo brotes revolucionarios en varios países europeos, incluida Alemania, pero fracasaron en el período inmediatamente posterior a la guerra. Al mismo tiempo, el gobierno alemán y la dirigencia de su ejército no mostraron ninguna señal de poner fin a la guerra. Además, el fracaso de la Revolución Espartaquista alemana de 1919 en su intento de tomar el poder complicó considerablemente las expectativas bolcheviques. Para entonces era claro que los éxitos logrados hasta el momento por la Revolución Rusa resultaban insuficientes para detener el avance de la maquinaria de guerra alemana sobre el territorio ruso.

El hecho de que las discusiones internas de los bolcheviques sobre las negociaciones de paz con Alemania fueran públicas se debió en gran medida a que el debate sobre el Tratado de Brest-Litovsk, a fines de 1917 y principios de 1918, se produjo antes de que estallara la Guerra Civil en la primavera de 1918. Este acontecimiento verdaderamente desastroso provocó un giro gubernamental hacia la represión política interna. Sostengo que esto se debió en parte a la fuerte tendencia de la dirigencia bolchevique a convertir las duras necesidades de la Guerra Civil en virtud política. Esta conversión fue facilitada por la creciente importancia de ideas y acciones políticas antidemocráticas que la mayor parte de la dirigencia bolchevique consideraba un legado de la Revolución Francesa, en particular de su ala jacobina. Estos procesos tuvieron un papel decisivo en la considerable disminución del pluralismo político en la sociedad soviética durante y después de la Guerra Civil.

Las divisiones internas bolcheviques respecto de un tratado de paz con Alemania fueron notables no solo por su contenido, sino también por la manera en que se llevó adelante la controversia. En primer lugar, los debates dentro del partido se desarrollaron con total transparencia. Los desacuerdos entre la dirigencia se publicaron íntegramente en la prensa soviética, mientras las distintas posiciones intentaban ganar un apoyo popular más amplio para sus puntos de vista. Esta transparencia era coherente con la publicación por parte del gobierno de los tratados secretos, hasta entonces confidenciales, firmados por las grandes potencias sobre cómo conducir la guerra y repartirse sus frutos. Así, si la Entente (integrada por Rusia, el Reino Unido y Francia) resultaba victoriosa, la Rusia zarista habría sido recompensada con la conquista de Galitzia y Constantinopla, así como con el dominio de los Balcanes. El gobierno revolucionario también declaró nulo el Tratado ruso-británico de 1907, mediante el cual Persia había sido dividida entre ambas potencias. En consecuencia, a fines de diciembre de 1917, el gobierno revolucionario ordenó la evacuación de las tropas rusas del norte de Persia15.

Desde el principio, Lenin sostuvo que la falta de voluntad rusa -e incluso la incapacidad táctica- para continuar la guerra (la victoria de la Revolución había provocado deserciones masivas entre los soldados rusos) no dejaba otra opción a la Rusia soviética que aceptar su débil posición negociadora frente a los alemanes y firmar cuanto antes un tratado de paz con ellos. Esto impediría que el ejército alemán siguiera avanzando sobre territorio ruso y exigiera condiciones de paz aún más duras. Las fracciones «de izquierda» de socialistas revolucionarios y bolcheviques, liderados por figuras como Nikolai Bujarin, sostenían que, ante las posibilidades revolucionarias todavía existentes en Europa central y occidental, los soviets debían seguir combatiendo, pero de un modo revolucionario que favoreciera el éxito de esas revoluciones. Quizás la izquierda liderada por Bujarin, que impulsaba la continuación de la guerra con fines revolucionarios, podría considerarse parte de la categoría de la política de la convicción, pero en realidad no se basaba en ese tipo de política tal como la describe Weber, sino en una perspectiva, sin duda arriesgada, pero aun así fundada en expectativas razonablemente sólidas, es decir, en una expansión de las posibilidades revolucionarias en Europa en el futuro cercano. Una tercera posición fue la de León Trotski, quien no proponía ni la guerra ni la firma inmediata de un tratado de paz con Alemania que, dadas sus probables condiciones muy desfavorables, significaría una derrota para los revolucionarios rusos. Sobre todo, según la visión de Trotski, los soviets necesitaban ganar tiempo.

Por su parte, Weber sostenía que el gobierno bolchevique en realidad no quería la paz. También afirmaba que era «una pura dictadura militar, no de generales, sino de cabos». En lo que a Weber respecta, no había diferencia alguna entre que el impulso imperialista de expansión ruso llevara la etiqueta zarista, [del partido] Kadete o bolchevique. Al mismo tiempo, consideraba que las posiciones alemanas planteadas en Brest-Litovsk estaban tácticamente justificadas, y atribuía toda la responsabilidad por el fracaso de las negociaciones a Trotski, alegando que «era imposible concluir una paz con un fanatismo ideológico»16.

Weber también se había opuesto a la publicación de los tratados secretos en los que estaban implicados los países de la Entente. En «La política como vocación», atribuyó esta práctica a una «ética absoluta» cuyo resultado era unilateral, incondicional y desatento a sus consecuencias. Weber concluía que: «La verdad no se verá favorecida, sino más bien oscurecida, por el abuso y el desenfreno de las pasiones; solo una investigación metódica y exhaustiva realizada por personas no partidistas podría dar frutos; cualquier otro procedimiento puede tener consecuencias para una nación que no podrán remediarse durante décadas»17.

Como nacionalista, Weber no podía considerar la cuestión desde el punto de vista del objetivo revolucionario de atacar y desacreditar la ideología nacional existente, especialmente en su versión imperialista. Esta ideología llevaba a la gente a apoyar ciegamente al gobierno en sus actividades bélicas, lo cual, a su vez, exigía que el gobierno mintiera y ocultara la verdad sobre las razones por las cuales sus gobernantes emprendían la guerra. Por eso los revolucionarios publicaban los tratados secretos, para desenmascarar los motivos de los gobernantes de todos los bandos del conflicto. Además, cabe señalar que la publicación de los tratados secretos también servía a la causa de la democracia, en el sentido fundamental de proporcionar información política esencial a la ciudadanía de todos los países afectados.

Este propósito antiimperialista y antinacionalista también quedó de manifiesto en el comportamiento de Trotski en Brest-Litovsk, donde se llevaban a cabo las negociaciones con la delegación alemana. Karl Radek, un importante dirigente bolchevique de origen judío-polaco, viajó con Trotski cargando su equipaje con panfletos y volantes revolucionarios. En cuanto llegó a Brest-Litovsk, Radek comenzó a repartir sus panfletos entre los soldados alemanes, justo frente a los diplomáticos y oficiales reunidos en el andén de la estación para recibir a la delegación rusa18. Además, una vez que llegó a Brest-Litovsk, Trotski insistió en que la delegación soviética ocupara alojamientos separados, donde también harían sus comidas, y prohibió cualquier conversación privada o informal con los miembros de la delegación alemana. Todo esto formaba parte de la política de no fraternización con los funcionarios alemanes, mientras que el personal ruso en Brest-Litovsk debía, al mismo tiempo, intentar la máxima fraternización posible con los soldados rasos alemanes. Al actuar así, ¿estaba Trotski llevando adelante una política izquierdista infantil o, en términos weberianos, una política de la convicción, o perseguía más bien una política racional destinada a comunicar al mundo entero la postura revolucionaria de solidaridad de clase por encima de las fronteras nacionales y su rechazo del chovinismo nacional y de las jerarquías propias del business as usual?

Lenin finalmente ganó el debate interno del partido, cosa que difícilmente podía darse entonces por descontada, dado que había sido derrotado en más de una ocasión previa, hasta que finalmente prevaleció porque el avance militar alemán sobre territorio ruso seguía amenazando la existencia misma de la Rusia soviética. Por lo tanto, fueron las políticas militares de Alemania, y no el talento persuasivo ni la autoridad política de Lenin, los que en gran medida explicaron que su posición se impusiera. En cualquier caso, Lenin no era un líder incuestionable como lo fue Stalin, aunque podía considerarse que tenía el estatus de primus inter pares dentro de la dirigencia bolchevique.

Sobre los compromisos aceptables y los no aceptables

Los debates sobre cómo un gobierno revolucionario ruso podía poner fin a la participación de ese país en la guerra plantean la cuestión del papel del compromiso político. En el presente contexto, el compromiso no se refiere a la manera en que los políticos y los líderes sindicales de la sociedad capitalista actúan, como si el compromiso fuera un elemento central de su política, sino una forma de vida. Entre esas personas, el compromiso es una manera cómoda de evitar el arduo trabajo de preparar y formar a quienes supuestamente representan para que luchen cuando la necesidad política lo exija. Por eso el compromiso, cuando no se lo considera una necesidad coyuntural ocasional sino una filosofía de liderazgo de largo plazo está tan estrechamente asociado con el dominio burocrático de personas que, para no poner en riesgo su propia comodidad y la seguridad de su empleo, están ansiosas por llegar a acuerdos que no se justifican por la relación de fuerzas existente con sus adversarios. El compromiso como política sistemática está en el corazón de la «política de la responsabilidad» de Weber, y resulta interesante notar que el propio Weber consideraba el compromiso como un elemento central en la vida de un político. Como él mismo dijo, «los políticos tienen que comprometerse: un académico no debe justificarlos»19.

Además, la resolución de conflictos puede implicar consideraciones políticas y éticas serias. Así, por ejemplo, cuando las fuerzas armadas alemanas seguían avanzando y amenazaban con ocupar Petrogrado, se formó un comité de defensa revolucionaria encabezado por Trotski. Al mismo tiempo, Trotski se dirigió a las embajadas y misiones militares aliadas para indagar si los gobiernos occidentales ayudarían a los soviets en caso de que estos reingresaran en la guerra. Ya había hecho esas consultas antes sin obtener respuesta, pero esta vez franceses y británicos se mostraron más favorables al pedido de Trotski. Trotski informó luego de estas gestiones al Comité Central del Partido Comunista (en ausencia de Lenin), donde se encontró con su rechazo. Esto lo llevó a anunciar su renuncia al Comisariado de Asuntos Exteriores, argumentando que no podía permanecer en el cargo si el partido rechazaba la idea de que un gobierno socialista podía aceptar ayuda de gobiernos burgueses, siempre que mantuviera una completa independencia respecto de ellos. Sin embargo, Lenin apoyó la posición de Trotski y, finalmente, el Comité Central cambió de parecer20.

Sin embargo, una nueva respuesta perentoria de Alemania volvió irrelevante la nueva postura del Comité Central. Los alemanes dieron a los soviets solo cuarenta y ocho horas para responder, y apenas tres días para negociar, ofreciendo condiciones mucho peores que las que habían presentado antes en Brest-Litovsk. Rusia debía desmovilizarse por completo y hacer concesiones territoriales aún mayores. No obstante, a pesar de sus grandes reservas frente a la aceptación de los términos alemanes, Trotski se sumó a Lenin para aceptarlos y poner fin a las hostilidades. Esto hizo que la posición de Lenin obtuviera la aprobación del Comité Central por un margen de un solo voto. Lenin buscaba una tregua que permitiera a los soviets construir un nuevo ejército y resolver los problemas internos pendientes en la Rusia revolucionaria21. Al final, Alemania perdió la guerra frente a la Entente, y el acuerdo impuesto a los soviets quedó obsoleto.

Conclusión

La difundida distinción de Weber entre la ética política de la responsabilidad y la de la convicción no es tan válida ni aplicable como Weber y muchos científicos sociales e intelectuales han pensado. Si bien Weber no detalló el contenido concreto de la «política de la responsabilidad», en los hechos esta se referiría a la política habitual de la democracia en un contexto capitalista moderno. Los políticos, incluidos aquellos que, según Weber, tienen vocación, deben participar constantemente en la recaudación de fondos, a menudo corrupta, el intercambio de favores, el carrerismo y los compromisos sin principios necesarios para «seguir en el juego». El propio Weber tenía un límite de lo que era capaz de tolerar, punto en el cual, como mencioné antes, invocaba a Martín Lutero y su proclamación: «Aquí estoy y no puedo hacer otra cosa».

La ética de la convicción de Weber es, en cambio, razonablemente identificable, pero aplicable solo a un sector reducido de la izquierda. Por alguna razón, Weber excluyó de su consideración al método revolucionario marxista, que, dada su base materialista, se concentra en la relación de fuerzas como consideración política y militar central, tanto al combatir a su enemigo como al alcanzar un compromiso de principios, sin hipotecar la libertad organizativa para la acción futura en circunstancias cambiantes. Por supuesto, los regímenes que reivindican la bandera marxista, ampliamente definida según el modelo del estalinismo soviético, suelen haber degenerado en nuevas clases dominantes que han vuelto irrelevantes las distinciones anteriores, tema que he examinado extensamente en otro lugar22.

  • 1.

    Wolfgang J. Mommsen: Max Weber and German Politics, 1890-1920, Chicago, The University of Chicago Press, 1984, pp. 247, 395.

  • 2.

    From Max Weber: Essays in Sociology, Nueva York, Oxford University Press, 1946, pp. 77-128 (traducido, editado y con una introducción de H.H. Gerth y C. Wright Mills). Gerth y Mills, como muchos otros discípulos de Weber, creían que la conferencia «La política como vocación» había sido pronunciada en 1918, pero investigaciones posteriores establecieron que la fecha real fue el 28 de enero de 1919.

  • 3.

    Evidentemente, para Weber, como para muchos otros científicos sociales de su época, las mujeres no contaban políticamente, a pesar del creciente movimiento sufragista en países como Gran Bretaña y Estados Unidos.

  • 4.

    Para un análisis y una discusión más detallados sobre esta cuestión, véase Wolfgang J. Mommsen: Max Weber and German Politics 1890-1920, op. cit., pp. 440-445.

  • 5.

    H.H. Gerth y C. Wright Mills: From Max Weber, op. cit., p. 124.

  • 6.

    W. J. Mommsen: Max Weber and German Politics, 1890-1920, op. cit., p. 46.

  • 7.

    Ibid., pp. 107-108.

  • 8.

    Ibid., p. 305.

  • 9.

    Ibid., p. 312.

  • 10.

    Lewis Siegelbaum: «State-Building: The Red Army» en Seventeen Moments in Soviet History, soviethistory.msu.edu

  • 11.

    W. J. Mommsen: Max Weber and German Politics 1890-1920, op. cit., p. 107.

  • 12.

    Ibid., pp. 114-117.

  • 13.

    Ibid., pp. 326-327.

  • 14.

    Ibid., p. 84.

  • 15.

    Isaac Deutscher: The Prophet Armed. Trotsky: 1879-1921, Nueva York, Vintage Russian Library, 1965, vol. 1, pp. 349-360 [Hay ed. en español: El profeta armado, Buenos Aires, IPS, 2020].

  • 16.

    Wolfgang Mommsen: Max Weber and German Politics 1890-1920, op. cit., p. 279.

  • 17.

    Max Weber: «Politics as a Vocation» en H.H. Gerth y C. Mills: From Max Weber, op. cit., p. 120.

  • 18.

    I. Deutscher, The Prophet Armed, op. cit., p. 360.

  • 19.

    W. Mommsen, Max Weber and German Politics, 1890-1920, op. cit., p. 441.

  • 20.

    I. Deutscher: The Prophet Armed. Trotsky: 1879-1921, op. cit., pp. 385-386.

  • 21.

    Ibid., pp. 386-387.

  • 22.

    V. Samuel Farber: Before Stalinism, The Rise and Fall of Soviet Democracy, Cambridge, Polity Press, y Nueva York, Verso, 1990.

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