Marciano y las zonas incómodas de la transición chilena
agosto 2026
En Marciano, la escritora Nona Fernández reconstruye la vida de Mauricio Hernández Norambuena, ex-dirigente del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y vuelve sobre las zonas más incómodas de la historia reciente de Chile. Entre la resistencia a la dictadura de Pinochet, la violencia durante la transición democrática y la derrota del horizonte revolucionario, la novela se pregunta cómo narrar un pasado que todavía divide a la sociedad chilena.
«En este recorrido de tramas diversas que fluyen al unísono, no sé dónde situar el comienzo. La historia me desborda, no es solo mía. Lo que cuente va a estar incompleto. Mi inicio será tramposo, como son todos los inicios y como, probablemente, son todas las historias». Así comienza Marciano (Random House, 2026), la nueva novela de la escritora chilena Nona Fernández, una de las autoras más reconocidas de la narrativa latinoamericana contemporánea.
Quien habla se presenta apenas con una letra, M. Es la inicial de Mauricio, pero también la de Marciano, el apodo que lo acompaña desde joven. Detrás de esa letra está Mauricio Hernández Norambuena, conocido durante sus años de militancia como el Comandante Ramiro y convertido, con el paso del tiempo, en una figura legendaria de la historia reciente de Chile. Fue uno de los principales dirigentes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), una de las organizaciones armadas más activas en la resistencia contra la dictadura de Augusto Pinochet.
Marciano, como Fernández le hace decir a M en esas primeras páginas, es una novela de estructura desbordante. Reconstruye la vida de Hernández Norambuena, pero también los vaivenes de la historia reciente chilena, que entran en el libro mezclados con sus recuerdos, sus lecturas y los fantasmas que lo acompañan en prisión. Según reveló la propia Fernández en numerosas entrevistas, todo comenzó casi por azar.
Hace algunos años, la escritora fue convocada por una empresa productora para trabajar en el guion de una serie audiovisual sobre el FPMR, nacido en 1983 como brazo armado del Partido Comunista de Chile y convertido en una organización autónoma a partir de 1987. La serie estaría narrada con el ritmo de una película de acción y reconstruiría algunas de las operaciones que el Frente llevó adelante a mediados de los años 80 y comienzos de los 90. Entre ellas, secuestros de empresarios, atentados con explosivos, el intento fallido de matar a Pinochet en 1986 y el asesinato, cinco años después, del senador Jaime Guzmán, principal ideólogo civil de la dictadura.
Para escribir el guion, Fernández debía entrevistar a Hernández Norambuena, encarcelado en una prisión de máxima seguridad luego de ser extraditado desde Brasil en 2019. Llevaba entonces más de dos décadas privado de libertad. Sobre él pesan condenas a prisión perpetua por el asesinato de Guzmán en 1991, el secuestro de Cristián Edwards –hijo del principal propietario del diario conservador El Mercurio– en 1991 y un secuestro extorsivo cometido en territorio brasileño.
Con un permiso especial que le consiguieron los abogados de la productora, en 2022 la escritora comenzó a viajar cada 15 días para ver a Hernández Norambuena en la cárcel de Alta Seguridad de Rancagua, a 80 kilómetros de Santiago. Las visitas eran los viernes. Por el estricto régimen al que estaba –y sigue– sometido el ex-frentista, Fernández apenas podía entrar con un lápiz y una libreta.
Fernández llegó a la cárcel de Rancagua tratando de entender cómo un hombre decide atentar contra un dictador, secuestrar al hijo de un magnate o escapar de una prisión colgado de un helicóptero. Hernández Norambuena había protagonizado esas tres escenas, y ella imaginaba que detrás de ellas encontraría a un hombre rígido, todavía aferrado al lenguaje militar y a la jerga revolucionaria de los años 70. Pero quien la esperaba era un hombre sereno, dispuesto a conversar y a repasar su vida.
También esperaba encontrarse con un hombre detenido en el tiempo. En cambio, descubrió que Hernández Norambuena seguía con atención la política contemporánea y conservaba, pese a tantos años de encierro, una percepción precisa de sus cambios. Estaba «muy ubicado en la contemporaneidad política», contó Fernández en distintas entrevistas, y «tiene muy claro cómo se mueve el mundo».
Los libros ocupaban buena parte de sus días en prisión. Los leía con rapidez y luego los desmenuzaba en fichas detalladas, llenas de frases subrayadas, comentarios y asociaciones. Entre sus lecturas aparecían autores tan distintos como Antonio Tabucchi, Franz Kafka y Albert Camus, además de los libros de la propia Fernández.
Después de un año de visitas, el proyecto audiovisual se diluyó. Fernández, sin embargo, siguió viajando a Rancagua. Para entonces, las conversaciones ya se habían alejado de la serie y avanzaban entre los recuerdos de Mauricio, las preguntas de Nona y la distancia –a veces difícil de precisar– entre la persona sentada frente a ella y el personaje que durante años había circulado en relatos, noticias y mitologías políticas. Antes incluso de que la serie se cancelara, la escritora había empezado a sospechar que de esos encuentros saldría un libro. También sabía que no sería una biografía ni una investigación periodística. Sería una novela. En una entrevista, Fernández contó que, cuando finalmente se animó a hacerle la propuesta, Hernández Norambuena le respondió: «La literatura me ha dado tanto que, si [con este libro] voy a transformarme en personaje literario, me parece fantástico».

Vida extraterrestre
Los encuentros en la cárcel se prolongaron durante casi cuatro años. Pero la búsqueda de Fernández no quedó encerrada entre las paredes de Rancagua. También visitó los lugares donde Mauricio había crecido y se había movido, y entrevistó a familiares y allegados. De allí surgieron las imágenes de su infancia y su primera juventud, sus temores y los vínculos que lo sostuvieron –y que todavía lo sostienen–. El guerrillero, el fugitivo y el prisionero comenzaron así a convivir con el hijo, el hermano, el amigo y el lector.
El material crecía, pero Fernández no encontraba todavía una forma capaz de contenerlo. Lo sentía «muy desordenado». O extraño. Como un extraterrestre. Como un marciano. Lo cierto es que las condiciones en que se iba armando la historia no ayudaban a ordenarla. Los recuerdos surgían en la prisión, donde los días se parecen entre sí y el pasado no aparece como una secuencia, sino como algo que vuelve, se mezcla y se superpone. «El tiempo del encierro no es lineal, también es desordenado. Todo es muy circular. Es un tiempo loco, que flota, donde conviven la imaginación, la realidad, el pasado, el presente», dijo Fernández.
La autora de Marciano terminó por aceptar ese desorden y convertirlo en la forma de la novela. En lugar de acomodar la vida de Mauricio dentro de una cronología estable o de reconstruirla con las herramientas clásicas de la no ficción, decidió trabajar con fragmentos y registros distintos. En unas páginas conversan M y N, Mauricio y Nona reducidos a sus iniciales, cara a cara en la cárcel. En otras hablan los antiguos integrantes del Frente, cuyas voces el Comandante recuerda o imagina desde el encierro. También aparecen cartas entre Mauricio y su familia, escenas de las operaciones armadas del FPMR, fichas de los libros leídos en prisión, fotografías que Fernández toma camino a Rancagua y alucinaciones en las que los límites entre lo vivido, lo recordado y lo imaginado se vuelven inciertos.
En medio de esa variedad, la vida de Mauricio avanza. La novela comienza en un Chile todavía sin dictadura, cuando el protagonista es un niño, y sigue el enrarecimiento de la vida cotidiana, el golpe de Estado de Pinochet, la represión y el nacimiento del FPMR. A medida que Mauricio crece, las acciones de la organización se vuelven más audaces y también más violentas. A su alrededor se multiplican las detenciones, las muertes y las desapariciones.
Pero el relato nunca permanece demasiado tiempo en el pasado. Vuelve una y otra vez a la prisión, al cuerpo envejecido del protagonista y a la forma en que recuerda los años en que estaba dispuesto a morir por la revolución socialista. Desde allí reaparecen su formación en Cuba, la admiración que él y sus compañeros sentían por la revolución nicaragüense, su paso menos conocido por los grupos armados colombianos a finales de los años 90 y su detención en Brasil en 2002.
«Teníamos clases con profesores que habían estado en Vietnam y en Angola. Fue toda una apertura de cabeza porque comenzamos a entender que la revolución, además de ser cara y de implicar profesionalismo, era ambiciosa. Sobrepasaba nuestro problema con la dictadura, iba mucho más lejos, buscaba un cambio global y ahí estábamos, con guerrilleros de todo el mundo, preparándonos para hacer ese cambio», afirma en las páginas de Marciano un integrante del Frente al que conocen como Salomón.
La revolución aparece en el libro como una doctrina, una estrategia y una promesa de transformación, pero también como una forma de vida compartida por jóvenes que apenas superaban los 20 años. Muchos de los vínculos entre los miembros del Frente se forjaron en la clandestinidad, donde la militancia, el miedo, la amistad y el amor resultaban difíciles de separar. Décadas después, Mauricio vuelve sobre ellos desde su celda y presta su memoria a las voces de quienes ya no pueden hablar. «El libro está instalado en el espacio psíquico de una persona que ha estado durante mucho tiempo encerrada, que por supuesto contiene al Comandante, pero es muchísimo más que eso. Es una persona en el encierro, con sus estrategias para mantener la cordura y sobrevivir», afirmó Fernández.
Por eso, la pregunta que abre la novela –dónde comienza una historia que desborda a quien intenta contarla– no funciona solamente como una advertencia. Es también una declaración de principios. Mauricio sabe que su relato estará incompleto, que se mezclará con el de Nona y que muchas de las personas que deberían participar de él están muertas, desaparecidas o lejos. La historia, parece decir M, no le pertenece ni siquiera a quien la vivió.
Fernández tampoco queda fuera de ese enredo. En la novela aparece como N, la escritora que pregunta, escucha, duda y discute. Reconoce cierta proximidad ideológica con Mauricio, pero no la convierte en una identificación. A lo largo del libro confronta al hombre que tiene delante con el joven revolucionario que fue, con el personaje legendario del que oyó hablar desde su infancia y con los restos de una promesa política derrotada. «Intenté romper el mito, quería ver sus miedos, sus paradojas. A los héroes es fácil romantizarlos. A las personas no tanto. Y yo elegí conversar con la persona», aseguró la escritora en la televisión chilena.
Ese desplazamiento sostiene la novela. Fernández no intenta sustituir el expediente judicial por una nueva épica del guerrillero. Busca saber qué queda del héroe cuando desaparecen la clandestinidad, el uniforme, el nombre de guerra y la expectativa de una revolución inminente. La respuesta no es una absolución ni una condena. Es una persona. Y las personas, a diferencia de los mitos, están hechas de decisiones, contradicciones, afectos y zonas difíciles de explicar.
La historia de Hernández Norambuena también se conecta con la biografía de Fernández. La escritora nació en Santiago en 1971, durante el gobierno de Salvador Allende, y tenía dos años cuando los aviones bombardearon el Palacio de La Moneda. Creció bajo la dictadura y siguió en las noticias las acciones del FPMR, que eran a la vez acontecimientos políticos, relatos clandestinos y escenas capaces de alimentar una imaginación generacional. «Una de las razones por las que yo entro a conversar con Mauricio es porque la historia que está encerrada en esa cárcel es una historia que también nos pertenece a muchas y muchos», sostuvo la autora.
De allí surge buena parte de la potencia de Marciano. El libro no observa a Mauricio como una criatura remota, perteneciente a un pasado clausurado, sino como alguien cuya historia sigue rozando el presente de quienes vivieron bajo la dictadura o crecieron durante la transición. Su forma fragmentaria y cambiante –esa forma que Fernández imaginó como extraterrestre– le permite internarse en un territorio donde la memoria, la historia y la ficción se confunden sin volverse equivalentes.
El pasado que vuelve
A lo largo de una decena de libros –entre cuentos, novelas y ensayos–, Nona Fernández ha vuelto una y otra vez sobre la memoria y sobre las formas en que se construye, se deforma y se transmite, tanto en la intimidad de una vida como en el relato colectivo de una sociedad. La dictadura chilena y la llamada transición democrática no funcionan en su obra como simples escenarios históricos, sino como experiencias que siguen irrumpiendo en el presente, en los recuerdos, los sueños, las familias y las voces de quienes crecieron bajo su sombra.
Esa exploración atraviesa libros como Mapocho (Eterna Cadencia, 2002), Space Invaders (Eterna Cadencia, 2013), La dimensión desconocida (Random House, 2016) y Voyager (Random House, 2019), en los que el pasado nunca termina de quedar atrás y regresa bajo formas inesperadas.
En Mapocho, la muerte de una madre obliga a sus hijos a regresar a Chile, después de años de exilio, para arrojar sus cenizas al río que da nombre a la novela. En La dimensión desconocida, cuya acción se sitúa en 1984, un agente de la policía secreta pinochetista se presenta en la redacción de una revista opositora y anuncia que quiere hablar. Su testimonio conduce a una periodista hacia el mundo de los centros clandestinos, los torturadores y las personas desaparecidas, pero también hacia la imposibilidad de contemplar ese universo desde una distancia segura.
Ganadora en 2017 del Premio Sor Juana Inés de la Cruz y traducida a numerosos idiomas, Fernández alcanzó con Marciano una gran repercusión tanto en Chile como en el exterior, con ediciones en buena parte de América Latina y España. La novela fue finalista del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana 2026, que finalmente obtuvo la argentina Samanta Schweblin por su libro de cuentos El buen mal.
El FPMR, sin embargo, no llega por primera vez a la literatura con Marciano. En 2001, Pedro Lemebel publicó Tengo miedo, torero (Seix Barral), una de las ficciones más conocidas construidas alrededor de la organización. Allí, mientras un grupo de militantes prepara el atentado fallido contra Pinochet de 1986, un joven frentista se vincula con la Loca del Frente, una travesti enamorada que presta su casa sin conocer del todo el destino de las cajas que los militantes esconden bajo su techo.
Lemebel desplazó la épica guerrillera hacia el deseo, la intimidad y una sexualidad excluida de la masculinidad revolucionaria. Fernández se acerca al Frente desde otro borde, marcado por el encierro, el envejecimiento y la derrota. En ambos casos, la ficción permite entrar en zonas que suelen quedar fuera de las historias políticas o judiciales, entre ellas los afectos, las fantasías, los miedos y las contradicciones de quienes participaron de la lucha armada.
La historia del FPMR también fue reconstruida desde la no ficción en libros como Los fusileros. Crónica secreta de una guerrilla en Chile, de Juan Cristóbal Peña (Debate, 2007), y Operación Siglo XX. El atentado a Pinochet, de Patricia Verdugo y Carmen Hertz (Del Ornitorrinco, 1990). Pero Marciano no busca completar esas investigaciones ni corregirlas. Se pregunta cómo narrar a un hombre que todavía vive dentro de esa historia y que, al mismo tiempo, lleva décadas separado de ella por los muros de una prisión.
Un diálogo posible
Desde su publicación, Marciano volvió a poner en circulación una pregunta que Chile nunca terminó de resolver. ¿Qué lugar darles a quienes tomaron las armas contra la dictadura y continuaron actuando cuando Pinochet ya había dejado la Presidencia? Fernández sostiene que la democracia chilena no supo incorporar esa historia y que, ante la dificultad de discutirla, prefirió reducirla al crimen, la caricatura o el silencio.
«La historia de la lucha armada en nuestro país está completamente criminalizada: son terroristas, son criminales, los encerramos. Pero no sabemos bien dónde ubicar esa historia y ha sido muy incómoda en nuestra democracia. Y, como ha sido incómoda, la hemos escondido. Esa figura de la incomodidad la encarna Mauricio. Por supuesto, eso es conflictivo: yo misma no tengo claridad de cómo me ubico éticamente en toda la historia de Mauricio. Y el libro enfrenta esa incomodidad. A ratos estoy de acuerdo con él, a ratos no estoy de acuerdo. En todo caso, creo que es algo que hay que conversarlo, esto hay que dialogarlo. Por eso la forma de diálogo, casi dramatúrgico, que tiene Marciano», afirmó la autora.
La incomodidad que encarna Mauricio no tiene una sola causa. Está el papel que el FPMR desempeñó en la resistencia contra una dictadura que perseguía, torturaba, asesinaba y hacía desaparecer a sus opositores. Pero están también las acciones realizadas después de 1990, bajo el gobierno democrático de Patricio Aylwin, entre ellas el asesinato de Jaime Guzmán y el secuestro de Cristián Edwards. Es en esa continuidad –entre la resistencia armada contra la dictadura y la decisión de mantener las armas durante la transición– donde el relato se vuelve más difícil.
Fernández no resuelve esa tensión ni pretende que la literatura dicte una sentencia. En cambio, la mantiene abierta a través del diálogo entre M y N. La forma de la novela le permite acercarse, discutir, tomar distancia y volver a preguntar sin fingir una neutralidad imposible.
Según la escritora, la incomodidad ha llevado muchas veces a representar a Hernández Norambuena y a otros antiguos guerrilleros mediante la parodia o la mirada sarcástica. «Representan algo risible, algo de lo que no debemos hablar, algo incómodo, algo que mejor se esconde, algo que se castiga», dijo Fernández en diálogo con el periodista Juan Elman para su pódcast Casillero vacío.
Para Fernández, ese mecanismo no pertenece solo al modo en que Chile procesa la lucha armada. También aparece frente a experiencias políticas mucho más recientes. «Si pienso en el estallido social, en la revuelta [de 2019], eso es algo que se repite. Todas las movilizaciones de ese momento ahora son completamente ridiculizadas. Y eso no tiene que ver únicamente con la derecha. Eso tiene que ver también con una izquierda tremendamente conservadora que está en las elites de todos los lugares, incluso en el mundo literario», agregó.
A su vez, las conversaciones con Hernández Norambuena llevaron a Fernández a cuestionar la persistente imagen de Chile como una excepción dentro de América Latina. La historia del FPMR muestra, por el contrario, hasta qué punto la experiencia chilena formó parte de un ciclo revolucionario continental, atravesado por la circulación de ideas, estrategias y aprendizajes entre organizaciones armadas. El Frente se pensó desde el comienzo dentro de una lucha que desbordaba las fronteras nacionales y vinculaba la resistencia contra Pinochet con un horizonte más amplio de transformación socialista.
«La lucha armada latinoamericana fue parte de un movimiento colectivo que apuntaba a la revolución socialista. Y Chile fue parte de eso. Cada uno de los países lo vivió a su manera. Nicaragua y Cuba eran dos grandes referentes. Con la llegada de la dictadura, con la transición a la democracia y con la democracia que hemos tenido en Chile, que es una democracia muy neoliberal, ese relato es un relato que se borró», apuntó la autora.
El borramiento al que alude Fernández no alcanza solo al FPMR ni a sus operaciones armadas. También alcanza al mundo de referencias que volvió inteligible esa militancia, compuesto por la Revolución Cubana, el sandinismo, el internacionalismo y la convicción de que el socialismo todavía podía ofrecer un horizonte para América Latina. Con la derrota de esa expectativa y la deriva autoritaria de algunos de sus antiguos modelos, aquella experiencia quedó atrapada entre la nostalgia, la condena y el silencio. Marciano vuelve sobre ella desde esa distancia, sin intentar restaurar la fe perdida ni aceptar que solo pueda leerse como un extravío criminal.
«Basta ver lo que pasa hoy en Cuba o en Nicaragua. Ya no hay lugar para esa revolución. Para otras sí, seguramente, aunque todavía no sé cuáles», concluyó.
En ese «todavía no sé cuáles» se concentra una parte decisiva de Marciano. La novela mira hacia un tiempo en que la revolución parecía una posibilidad concreta, pero lo hace desde un presente en el que esa certeza se ha desvanecido. Entre ambos momentos queda Mauricio, primero como el joven dispuesto a morir y el comandante convertido en leyenda, y luego como el hombre que envejece en una celda leyendo a Kafka, Camus y Tabucchi.
Fernández no ordena esas figuras ni decide cuál de ellas contiene la verdad de Mauricio. Las deja convivir dentro de la misma inicial, como capas de una vida que ya no puede narrarse desde un solo lugar. M es Mauricio y es Marciano, el militante, el fugitivo, el prisionero y el personaje literario. De esa superposición nace la incomodidad de la novela. Allí donde el mito simplifica y el expediente clausura, la ficción vuelve a abrir una historia que Chile todavía no termina de narrar.