La intensa guerra de baja intensidad. Concepto, definiciones, objetivos
Nueva Sociedad 89 / Mayo - Junio 1987
Guerra de baja intensidad es el nuevo nombre de la contrainsurgencia. En este trabajo se hace primeramente un recuento de las variadas denominaciones que describen ciertas actuaciones político-estratégicas que no son asumidas como guerras clásicas o convencionales, y que corresponden a expresiones cada vez más irritadas de la llamada "Doctrina Reagan" en sus aplicaciones prácticas neocolonialistas. El autor describe y analiza la percepción norteamericana del esquema de poder mundial y las pautas normativas a las que se ajusta su política internacional, que en líneas generales podría ser descrita como el pseudo derecho que EEUU se arroga para intervenir en los países del Tercer Mundo, mediante operaciones militares u otras, a fin de lograr resultados acordes con sus intereses y objetivos propios.
Al menos con su conocida denominación sajona, el Low Intensity Conflict (LIC = Conflicto de Baja Intensidad) no figura en los más recientes y oficiales textos didácticos del Pentágono. Tampoco se registran en ellos caracterizaciones que tienen parentesco con aquélla, entre otras la Low Intensity War (LIW = Guerra de Baja Intensidad) hasta el grado de que se los utiliza indistinta e indebidamente como si fuesen sinónimos (1).
Esta no figuración daría la razón a quienes postulan que ambas caracterizaciones son de reciente data y apenas comenzaron a cobrar difusión y fortuna entre los expertos y analistas castrenses a partir de 1981, quizás como uno de los subproductos de confrontaciones bélicas tales como las de Afganistán, el Líbano, El Salvador y, en ese momento total novedad y a iniciativa del gobierno de Ronald Reagan, las que se iniciarían contra Nicaragua y Angola con características de guerra encubierta. Precisamente esta coincidencia temporal dio pábulo a que creciera con fuerza la convención de designarlas también como “Doctrina Reagan”.
Es cierto que aquellas locuciones, que describen una determinada concepción de cierto tipo de actuaciones político-estratégicas que no son asumidas como guerras clásicas o convencionales, ya eran empleadas hace varios lustros en textos especializados. Entre ellos está el del británico Kitson, quien describió las experiencias de la guerra colonial en Kenya y Malasia, sirviendo el texto, con comprensibles adaptaciones, como un verdadero manual de operaciones para otros escenarios bélicos, entre ellos la prolongada guerra civil en Irlanda del Norte, considerada a los efectos domésticos como experiencia piloto (test case) para la que se imponían estrategias, tácticas y herramientas operativas ya caratuladas como “de baja intensidad” (2).
Desde entonces se fueron sumando otras denominaciones, sobre todo a partir de las expresiones cada vez más exacerbadas de la aplicación de la llamada “Doctrina Reagan”. La vasta geografía del Tercer Mundo da alas a la imaginación nominalista. Locuciones severas, tales como la de “guerra limitada”, pueden dejar paso a otras casi socarronas o cínicas como “paz violenta” o “guerra barata”, además de las procedentes del ámbito sociológico-político: “contrarrevolución sin fronteras”, “guerra sucia transnacionalizada” y “guerra contrarrevolucionaria prolongada” no son sino algunos ejemplos que trascienden incluso la propuesta inicial de “conflicto” para sumirla –y confundirla– como “conflagración” convencional. El repertorio no se agota aquí y cualquier observador podría agregar nuevas clasificaciones a la variada nomenclatura de la siempre presente guerra fría en sus aplicaciones prácticas neocolonialistas.
De un modo técnico, algún manual estadounidense definió la guerra de baja intensidad o LIC como “el uso limitado de la fuerza para propósitos políticos, con el objetivo de coercer, reprimir, controlar o defender una población (...) lo cual implica el empleo de operaciones militares mediante –o contra– fuerzas irregulares, operaciones pacificadoras, terrorismo, contraterrorismo, operaciones de rescate y asistencia militar en condiciones de conflicto armado. Esta forma de conflicto no incluye el comprometimiento prolongado en operaciones de confrontación con fuerzas regulares” (3).
Complicaciones semánticas
La amplitud y vaguedad en el lenguaje político-estratégico de la administración Reagan, con el propósito de abarcar todo el espectro de suposiciones en escenarios donde la atención de la opinión pública estadounidense no menos que la extranjera teme que estén prestos para explosiones bélicas, da cabida a complicaciones semánticas en muchos casos premeditadas.
Si en el referido Diccionario de vocablos militares y conexos está ausente la caracterización de la LIW, no falta en cambio una de sus parientes cercanas, la expresión unconventional warfare (guerra no convencional), descrita del siguiente modo:
“Amplio espectro de operaciones militares y paramilitares en posesión enemiga, o en territorio controlado por el enemigo o políticamente sensitivo. La guerra no convencional incluye –aunque no es una limitante– los interrelacionados campos de la guerra de guerrillas, de evasión y escape, subversión, sabotaje, misiones de acción directa y otras operaciones de una baja visibilidad o de naturaleza encubierta o clandestina. Estos interrelacionados aspectos de guerra no convencional pueden ser emprendidos individual o colectivamente por personal indígena predominantemente, por lo general apoyado y dirigido en grados diversos por una o varias fuerzas externas durante cualesquiera condiciones de guerra o paz” (4).
Importa tener en cuenta esta definición, porque la guerra no convencional, como componente activo del LIC, tiende a incluir, a fuer de concepto “paramilitar”, las operaciones y actividades colaterales, paralelas y coincidentes o simultáneas conectadas con los aspectos bélicos propiamente dichos. Entre las variadas definiciones hoy en boga acerca del LIC, que tienden a una caracterización comprehensiva del tema, podría incluirse también la siguiente:
“Es una lucha político-militar limitada, con el fin de obtener objetivos políticos, sociales, económicos o psicológicos. Con frecuencia se prolonga y amplía a partir de presiones diplomáticas, económicas y psicosociales a través del terrorismo y la insurgencia. El conflicto de baja intensidad está generalmente confinado a un área geográfica y por lo habitual se caracteriza por restricciones en el uso de armas, tácticas y niveles de violencia” (5).
La ambigüedad y confusión de los planteos alcanza a los más altos niveles de la administración Reagan. Un ejemplo típico lo brindarán párrafos muy sugestivos de una disertación del secretario de Estado, George P. Shultz, durante un seminario realizado a principios de 1986 en Fort Leslie McNair, Washington, precisamente con el título de “Conferencia sobre Guerra de Baja Intensidad”. No figura la locución conflicto, aunque entre los disertantes figuran los máximos exponentes de esa doctrina, entre ellos el coronel John Waghelstein, el coronel Harry Summers y el doctor Sam C. Sarkesian. Desde el mismo título de su discurso (6), Shultz refuerza la mescolanza de conceptos y azuza la ambigüedad que será la tónica de su exposición a partir de párrafos iniciales como los siguientes:
“El problema de la guerra de baja intensidad nos mueve a encarar un sinnúmero de cuestiones políticas, militares, intelectuales, legales y morales. La denominación, por cierto, podría ser engañosa. Cuando ellos están disparando sobre usted o tratando de exterminarlo, es considerablemente alta intensidad. En consecuencia, guerra de baja intensidad es lo mismo que guerra limitada.
Es un cuadro mucho más complicado de nuevos y no convencionales desafíos a nuestra política. Es el azote del terrorismo en todo el mundo; la lucha en Nicaragua entre la resistencia democrática y el régimen comunista; son las insurgencias contra la intervención soviética y cubana en Angola y Etiopía; la guerra civil y el terrorismo en el Líbano; nuestro rescate de Granada; y la resistencia camboyana contra la ocupación vietnamita. Es la lucha heroica del pueblo afgano contra la agresión y la ocupación soviéticas. Es la matriz de diferentes tipos de desafíos, que varían en alcance y magnitud. Si es que tienen un solo rasgo en común, es el de su ambigüedad, el hecho de que conmueven nuestro equilibrio, que nos incitan a buscar a tientas los medios apropiados para responder y el que, como sociedad, nosotros discutamos algunas veces la necesidad de responder”.
Shultz considera hecho irónico el que estos nuevos y evasivos desafíos han proliferado en parte y contradictoriamente al éxito estadounidense en la disuasión de las guerras convencional y nuclear, de modo que “ellos”, al percibir que no pueden derrotarlos en ninguno de esos tipos de guerra, han recurrido a otros métodos, de modo que “la guerra de baja intensidad es su respuesta a nuestro poderío (...) una maniobra de flanqueo”, una “guerra ambigua” que “ha expuesto una grieta en nuestra coraza” (7).
La satanización de “ellos”
Con todas sus incoherencias y equívocos –que no aparecerán en la disertación de su colega de Defensa, Caspar Weinberger, obviamente redactada por expertos castrenses– lo que sobresale en el discurso es la constante de la remisión de todos los casos a la confrontación Este-Oeste, como causa eficiente o justificadora del LIC o de la LIW. Este regulado maniqueísmo ofrece la ventaja de la simplificación a los efectos de la propaganda y la acción psicológica. Al propio tiempo, complica la exactitud del marco de referencia, rehúye toda posibilidad de matización y hace de la ideología del mensaje el elemento perturbador de su comprensión científica.
Desde un punto de vista más amplio y acogido a lo político-estratégico, el LIC presenta dos variables que requieren ser separadas para una mejor comprensión e interpretación. La primera es la que tiene de vertiente descriptiva unilateral, de caracterización como fenómeno específico a cierto tipo de actitudes o actuaciones que se atribuyen al otro (o a ellos como lo indicó Shultz), al enemigo, adversario u opositor a los designios y orientaciones de Estados Unidos como potencia líder de un modo de vida cuya defensa es irrenunciable y de ninguna manera disputable o negociable. La segunda es la táctica y la estrategia empleados por esta potencia para hacer frente a aquellas actitudes o actuaciones repelentes o inaceptables del otro, la Unión Soviética y/o el campo socialista (más los denostados como sus surrogates, esto es, sustitutos o títeres), ya adecuadamente ubicado, identificado, enmarcado y satanizado como blanco u objetivo (target).
En el primer caso el LIC es la “insurgencia” en cualquier área del Tercer Mundo, tal como es percibida en todas o cada una de sus manifestaciones, incluyendo aquéllas en que ni siquiera existe una oculta o manifiesta intención u orientación adversa o ni siquiera hostil o menos aún, belicosa, hacia la Unión norteamericana, tales como las que se produjeron entre los movimientos nacionalistas, patrióticos y revolucionarios de Asia y Africa en la segunda posguerra. En el otro caso, se trata de la respuesta parcial o total prevista o que se organice o perpetre en contra del otro, aun antes de que éste sepa siquiera o sospeche los sentimientos agresivos que con su simple existencia ha despertado, o en todo caso sabiéndolo o aprehendiéndolo a partir de su génesis, como en los casos de las experiencias revolucionarias de Nicaragua y El Salvador. Aquí su nombre clásico procedía de la guerra colonial francesa en Indochina, “contrainsurgencia”, cuya actualización semántica se ha anglofonizado como LIC.
Lo que interesa es la aplicación de esa percepción, la que en líneas generales podría ser descrita como el pseudo derecho que Estados Unidos –pero también otros países centrales neocoloniales como Francia y Gran Bretaña– se arroga para intervenir en los países del Tercer Mundo, mediante operaciones militares o de otras distintas índoles con vistas a lograr resultados acordes con sus intereses u objetivos propios. Ese pseudo derecho autoasumido da pie a operaciones preventivas de tipo quirúrgico contra expresiones nacionalistas aún informes como las que se registraron en el ex-Congo Belga a principios de los años sesenta, pero también a las que se emplean para desestabilizar a gobiernos constituidos y naciones y Estados reconocidos y soberanos, como actualmente en los casos de Angola y Nicaragua.
En pos de los objetivos nacionales
A partir de la demonologización del objetivo por Estados Unidos, la cómoda etiquetación de movimientos, pueblos o gobiernos sospechables o reconocidos como no amistosos hacia la Unión a partir de detalles tales como el que dan muestras de independencia y autonomía respecto de esa potencia en el manejo de sus asuntos internos o externos, facilita el que sean acometidos como “enemigos” o en todo caso como riesgos para la seguridad nacional o de los intereses de la nación y el pueblo estadounidenses. La etiquetación permite los pasos ulteriores de hostigamiento, agresión y, aspiración final, exterminio. “La diferencia fundamental entre operaciones militares cuando se trate de conflictos de baja intensidad y las empleadas en las luchas de mediana y de alta intensidad, guarda relación con la naturaleza del objetivo bélico. En los dos últimos, convencionales, el éxito se refiere al triunfo en las campañas y batallas. En los LIC el propósito es obtener el cumplimiento de los objetivos nacionales de Estados Unidos rehuyendo el combate prolongado. De ahí que la dinámica del LIC, o sea, la interacción de los factores llamados a determinar el resultado, sea más amplia” (8).
Según la investigadora Sarah Miles, el conflicto de baja intensidad requiere un abandono del pensamiento convencional castrense. “Su nombre deriva de su posición en el ‘espectro de intensidad’ de un conflicto que asciende desde simples desórdenes civiles, a través de guerras clásicas, hasta el holocausto nuclear. La doctrina tradicional define a los LIC como aquéllos que requieren menos recursos, menores efectivos humanos y que causan menos bajas que una guerra convencional; pero no es simplemente una versión a escala menor de una guerra convencional, no es menos de la misma cosa, ni tampoco una etapa preliminar al conflicto ‘real’. Este tipo de conflicto está más adecuadamente descrito como una guerra revolucionaria y contrarrevolucionaria –explica el coronel John Waghelstein, actual comandante de la Séptima Fuerza Especial (Seventh Special Forces) del ejército–, que advierte que la locución ‘baja intensidad’ está equivocada, ya que describe el nivel de violencia estrictamente desde un punto de vista militar. De hecho –arguye Waghelstein– este tipo de conflicto involucra una ‘guerra política, económica y psicológica, con los militares ubicados en un distante cuarto lugar en muchos casos’. En quizás la más simple definición dada por un oficial norteamericano, Waghelstein declara que el conflicto de baja intensidad es una guerra total al nivel de las raíces mismas” (9).
Añade Miles que aunque Estados Unidos ha estado librando guerras de baja intensidad en el Tercer Mundo durante décadas y bajo denominaciones distintas, el concepto total, enmarcado y definido está por último entrampando a los propios militares, para los cuales el LIC es una expresión actualmente de moda. “La doctrina está ganando terreno a modo de estructura estratégica para repensar la naturaleza del conflicto en el Tercer Mundo, en parte debido a los cambios reales que se están produciendo en el orbe y en parte en razón de que un conjunto de poderosas personalidades de Estados Unidos creen que es la estrategia correcta para afrontar estos cambios. La doctrina norteamericana LIC ha eclosionado como una respuesta al creciente reto de los movimientos populares en el Tercer Mundo (...) Asume que las revoluciones no son meros sucesos militares. Como lo indicó John Marsh, secretario del ejército, ‘las raíces de las insurgencias no son militares en sus orígenes, ni tampoco deben ser militares en su solución’” (10).
También “Doctrina Reagan”
El énfasis puesto, empero, a los aspectos globalizadores de esa clase de enfrentamientos no convencionales, tiene la personal impronta del presidente Reagan. Debe recordarse cuál fue la insistencia puesta durante su campaña electoral de 1980 en torno al decaimiento y deterioro de la imagen de Estados Unidos en el mundo entero, de qué modo embistió contra las responsables de la pérdida de la guerra de Vietnam y cómo remarcó su compromiso de recuperar para su patria el papel de liderazgo supuestamente alicaído durante la presidencia de su antecesor James Carter, para comprender de qué modo, apenas cumplido un mes de su flamante gobierno, inició su política de roll-back focalizando sus ímpetus “recuperadores” en lo que por entonces se antojaba un blanco fácil, El Salvador. Desde entonces ese fue uno de los test-case de su estrategia para la vecindad geográfica inmediata de Estados Unidos, allí donde su flexión de músculos podía implicar un riesgo de bajo costo. Los otros dos blancos visualizados fueron Granada y Nicaragua, sin por ello dejar de lado el más difícil objetivo “recuperacionista” de Cuba. En su nómina ya trazó una cruz descartadora a partir de su exitosa excursión a Granada en octubre de 1983. Tiene lógica total que esas tres indicaciones de su agenda coincidan con el florecimiento de la doctrina del conflicto de baja intensidad y más aún que a tal estrategia se le haya asignado el homenaje de su apelativo.
“La noción de que Estados Unidos debe apoyar a fuerzas supuestamente democráticas, procurando quebrar a los regímenes respaldados por la Unión Soviética, ha estado ganando impulso durante varios años. Esa decisión de ayudar en todos los confines de la tierra guiando a las insurgencias anticomunistas, da sin embargo a la así llamada ‘doctrina Reagan’ un nuevo perfil agudo y un poderoso nuevo impulso.
A simple ojeada la ‘doctrina Reagan’ resulta familiar. Resulta apta para conducir fácilmente, a cuarenta años de estarlo procurando Estados Unidos, a la contención de la Unión Soviética. Hoy ya es diferente. Tal como fue practicada por los presidentes Truman, Eisenhower, Nixon y Carter, cuyos nombres han adornado ‘doctrinas’ respectivas, la contención es una teoría defensiva referente a los esfuerzos por limitar la eventual expansión del poderío soviético.
La ‘doctrina Reagan’ pasa a la ofensiva. Defiende la liberación, la meta de recuperar terreno en la carrera por la libertad sujetada por el comunismo. En teoría, su alcance es universal. En la práctica, los lugares en los cuales la ‘doctrina Reagan’ ha sido aplicada forman un sentido particular del Tercer Mundo en donde el control marxista es relativamente reciente y por lo tanto presumiblemente ligero. Esto ubica firmemente a Ronald Reagan en la vieja tradición anticomunista norteamericana de Woodrow Wilson quien, mientras predicaba la no intervención, enviaba tropas estadounidenses para que desembarcaran en Arkangelsk y Vladivostock (11). Este esfuerzo por estrangular a la Revolución Rusa implicó a la imagen wilsoniana en subsecuentes intentos de derribar a regímenes marxistas” (12).
Los párrafos precedentes, que pertenecen al editor asistente de la página editorial del Post, se completan con la descripción de los aspectos más notorios de lo que él prefiere denominar “Doctrina Reagan” como característicos de una póliza exterior cuya prioridad básica militar visualiza a la Unión Soviética, sin dejar de incluir en ella, como si fuesen datos obligados de un contexto idéntico, a los países y pueblos del Tercer Mundo. Toca de ese modo la médula teórico-práctica del esquema totalizador reaganeano y la aplicación de sus corolarios ejecutivos –de modo especial los estratégico-militares– en sus connotaciones de “conflicto” o de “guerra”. La prolijidad de Rosenfeld contrasta con la –una vez más– confusión de temáticas y conceptos registrables en la disertación del secretario Weinberger en el mismo seminario de Fort McNair, incluyendo la indebida rotación de actores y situaciones:
“Hoy, uno de cada cuatro países del globo está en guerra. En virtualmente cada caso, hay una máscara que cubre el rostro de la guerra. En virtualmente cada caso, detrás de la máscara está la Unión Soviética y aquéllos que cumplen su mandato.
Mucho se ha escrito acerca de la guerra de baja intensidad, pero sigue siendo una cuestión sin resolver hasta qué grado se la entiende. Más seguro es el hecho de que lo poco que se entiende ha sido eficazmente aplicado en el esfuerzo por contener la lenta erosión de la libertad humana y de la autodeterminación en el orbe.
Podemos ver la naturaleza proteica de este fenómeno en la mezcla desordenada de descripciones vinculadas a él: guerra de baja intensidad, conflicto de baja intensidad, insurgencia, guerra de guerrillas y otras. Yo creo que en lo que podemos estar de acuerdo es que el término menos preciso es aquel popularizado por la Unión Soviética, que es el de ‘guerra de liberación nacional’.
En este país nosotros objetamos particularmente una corrupción tan orwelliana del lenguaje (...)
Hoy el mundo está en guerra. No es una guerra global aunque abarque todo el globo. No es una guerra entre ejércitos totalmente movilizados, aunque no por ello es menos destructiva. No es una conflagración sujeta a las leyes de la guerra y, por cierto, el derecho mismo, como instrumento de la civilización, es un blanco de esta variedad particular de agresión. Se beneficia de los sofismas perniciosos de aquéllos que desean interpretar estas guerras como los esfuerzos de pueblos soberanos en la procura de sus propios destinos y que, por lo tanto, no es asunto que nos concierna” (13).
Y puesto que entre lo que sí concierne a la administración Reagan se cuenta “no sólo cómo acabar con la destrucción de la libertad, sino como revertirla y recuperar y restaurar lo que ha sido destruido”, así como “no dar la espalda a quienes han perdido su libertad y la desean de nuevo”, tales como “los valientes pueblos de Afganistán, Angola, Nicaragua, Kampuchea y otros que miran hacia nosotros”, debe entenderse que “no podemos ignorar sus aspiraciones sin traicionar las nuestras”.
La contrainsurgencia de nuevo nombre
Pero como los métodos adecuados para la conquista de esa aspiración tienen parentesco, a partir de que el mismo o parecido discurso fue empleado para cohonestar las guerras francas o encubiertas en que se involucró Estados Unidos durante las décadas de 1960 y 1970, con los resultados no necesariamente acordes con las metas ambicionadas; y como por añadidura se coló en la memoria histórica del pueblo norteamericano –en este caso y por ahora, perdurable– un saldo propio de casi 60.000 muertos y más de 100.000 heridos solamente en la guerra de Vietnam, los recelos y aprehensiones en relación con eventuales involucramientos en guerras distantes en las que pudiesen ser de nuevo víctimas, como lo indica Sarah Miles, “our american boys”, es decir, nosotros además de ellos, subsisten y pesan como síndrome que frena los ímpetus militaristas.
De ahí que el empleo de la fuerza bélica se haya adaptado a ese síndrome de efecto retardado y demande un uso encubierto y restringido; del mismo modo que los pasos previos o simultáneos de tales ejercicios adopten formas miméticas –la organización, adiestramiento, financiamiento y agresión de los contrarrevolucionarios nicaragüenses lanzados desde Honduras y Costa Rica, por ejemplo– con ínfima utilización de oficiales y soldados norteamericanos; que haya sido subrepticia la voladura de los depósitos de combustible del puerto de Corinto en octubre de 1983 y clandestino el minado de ese y otros puertos de Nicaragua a principios de 1984, extremos culpables por los cuales –entre otros cargos– Estados Unidos fue condenado por la Corte Internacional de Justicia, de La Haya (14).
Una comprobación de los efectos constrictivos del “síndrome de Vietnam” reside en que las sucesivas aprobaciones por el Congreso de partidas presupuestarias para las acciones bélicas en Centroamérica, insistan en el no empleo de efectivos norteamericanos y que, al propio tiempo y no obstante las violaciones de las leyes internas e internacionales que tales conductas impliquen, se apele a los juegos laterales de la diplomacia, la economía –bloqueo económico y financiero a Nicaragua, derroche de recursos a favor de los gobiernos de Costa Rica, El Salvador y Honduras– la propaganda, la guerra psicológica y demás expresiones del arsenal parabélico que Estados Unidos tuvo tiempo, ocasión y poder de experimentar desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy.
La retórica oficial de la administración Reagan engloba a todos y cada uno de estos procedimientos como contrainsurgencia. Puesto que todos los países a los que etiqueta como prosoviéticos emergen de experiencias de guerras civiles contestatarias y de signo revolucionario nacionalista y patriótico, su descripción elemental es la de insurgencias de tonalidades de rojo vivo, sanguinolentas, despiadadas, antidemocráticas y liberticidas. La imagen corriente las asocia a un ejemplo siempre presente en el pueblo norteamericano, el de Cuba, sobre el que pesa un cuarto de siglo de consecuente desinformación y acción psicológica.
Desde que la insurgencia revolucionaria en los países de América Latina y, en general, del Tercer Mundo, fundamenta sus reivindicaciones sobre obvias connotaciones antimperialistas no menos que nacionalistas, la historia de todo el siglo XX es un repetido ejemplo de que encuentra como adversario natural e implacable a Estados Unidos. El conflicto de baja intensidad, o de guerra limitada, o de guerra chica, es así la denominación que abastece esa percepción de los movimientos de liberación nacionales, pero no las guerras convencionales entre países, como la reciente confrontación entre Gran Bretaña y Argentina a propósito de las islas Malvinas, o la presente que enfrenta a Irak e Irán.
Cabe totalmente para caracterizar la lucha de los pueblos de Vietnam, Laos y Kampuchea por su liberación respecto de Francia y de Estados Unidos; la de China Popular, Indonesia y Malasia; la de los pueblos del Africa neocolonizada por Bélgica, Francia, Portugal y Sudáfrica, desde los años sesenta hasta ahora; la de Argelia en los años cincuenta y ahora, la de Nicaragua de los años setenta contra la satrapía somocista, así como la del pueblo salvadoreño en los ochenta. La contrainsurgencia es la respuesta de los imperios y los neocolonialistas y, su herramienta de trabajo, la intervención y agresión contrarrevolucionaria con empleo de cualesquiera medios, generalmente ilícitos e inmorales a todos los efectos de la ética y el derecho internacionales. La contrainsurgencia es sinónimo de contra o antiguerrilla, de contra o antiterrorismo, invención esta última que tiende a hacer potable, sobre todo al interior de Estados Unidos, cualquier tipo de emprendimiento militar que a pretexto de retaliación justificada tenga por objeto de punición a un país previamente propagandizado como “terrorista” o como santuario de los “terroristas”. Así se presenta hoy a Libia, como en junio de 1985 se presentó a Nicaragua a raíz de un episodio ocurrido en una cafetería de la ciudad de San Salvador.
Turbiedades semánticas
En pos de la guerra psicológica que es parte fundamental de cualquier conflicto de baja intensidad según los institucionaliza la administración Reagan, el “terrorismo” presentado en todas las variables posibles de la violencia individual o de grupo es ingrediente básico de cualquier campaña descalificadora o satanizadora del gobierno o país encuadrado como enemigo de Estados Unidos.
La ambigüedad de la caracterización consiente abrumadoras ilimitaciones. De un modo totalmente inverso a la mítica caja de Pandora, pueden introducirse en ella todas las variables, formas, tonalidades y situaciones extraídas de los amplios arsenales semánticos y discursivos de las guerras falsas de las palabras. Hay ya prodigios de invención imaginativa. La tónica, empero, impone determinadas pautas que son ya computadorizables en las declaraciones verbales y textos escritos de los principales funcionarios de la administración Reagan, incluidos sus voceros, así como en los de los políticos que responden a su orientación.
Lo más repetido es la conjunción de los vocablos “insurgencia”, “terrorismo”, “violencia”, “revolución” –y sus locuciones antinómicas– asociados a las nociones de los intereses de la seguridad de Estados Unidos, o simplemente a los de su seguridad nacional supuestamente en peligro vital a causa del ejercicio de los primeros. Con estos últimos se asocia la preservación y el rescate de los valores de “libertad”, “democracia”, “mundo libre”, “occidente cristiano”, “derechos humanos” y toda la variada gama de excelsitudes políticas, filosóficas e ideológicas de las que el gobierno de Reagan se asume como indisputable campeón.
Cuando el secretario de Defensa, Caspar W. Weinberger fundamenta ante el Congreso su pedido especial de refuerzo de las llamadas Fuerzas de Operaciones Especiales (SOF = Special Operations Forces), el ejército que está siendo preparado para intervenir casi autónomamente en futuros escenarios críticos del Tercer Mundo, formula su demanda con estos términos:
“La revitalización de nuestras Fuerzas de Operaciones Especiales constituye una de las prioridades más altas de esta administración. En los tres años últimos hemos logrado significativos progresos para la obtención de este objetivo. La alta prioridad que hemos asignado a la revitalización de las SOF refleja nuestro reconocimiento de que el conflicto de baja intensidad –para el cual las SOF están originalmente previstas– deberá combatir las amenazas que con mayor probabilidad deberemos afrontar en lo que resta de este siglo. Deberemos contar con poderosas SOF si es que nos aguardan estos y otros desafíos a través del amplio espectro de conflicto” (15).
De un modo mucho más explícito y enriquecedor, el director de la Central Intelligence Agency (CIA), William J. Casey, desarrolló la idea ante un auditorio universitario:
“El nivel de entrenamiento y organización que ha hecho posible al terrorismo internacional el desafiar a los gobiernos establecidos es simple si se lo relaciona con el alcance local de los grupos terroristas aislados. El terrorismo internacional es inconcebible fuera del apoyo financiero, el entrenamiento militar y el santuario proporcionado a los terroristas por ciertos Estados.
Para buscar las causas del terrorismo en la conducta de sociedades por él victimadas, cabe buscar en el lugar apropiado. Esas causas pueden encontrarse en las convicciones y expectativas de los terroristas mismos y en las actividades de aquellos Estados que consideran que es de su interés apoyar al terrorismo internacional, tales como la Unión Soviética y sus Estados satélites de Europa oriental, Libia, Siria, Irán, Irak, Corea del Norte, la República Democrática del Yemen, Cuba y Nicaragua (...)
¿Cuál es nuestra política ante el terrorismo? La práctica del terrorismo internacional debe ser resistida por todos los medios legales. Los Estados responsables de los actos terroristas o de amenazas de actos hostiles, así como sus perpetradores y causantes, deben ser encauzados. Estados Unidos no debe usar la fuerza indiscriminadamente (...) Encaramos problemas sensitivos y muy difíciles en la elección de los instrumentos apropiados de respuesta para cada caso (...) El terrorismo internacional es el extremo abuso contra los derechos humanos. Debemos estar preparados para propinar una respuesta militar proporcional contra objetivos verdaderamente militares en los países que realizan actos terroristas contra nosotros” (16).
Esencial, pero repugnante
Estas consideraciones de Casey están mucho más edulcoradas que las innumerables formulaciones que en la misma dirección ya estaba emitiendo el secretario de Estado, George Shultz, desde principios de los años ochenta. Esa época, significativamente, había coincidido con la perpetración, por parte de Estados Unidos, de la implementación del terrorismo de Estado a cargo de sus agencias especializadas, la del minado de puertos nicaragüenses con expresa violación de las normas morales y jurídicas del derecho internacional.
Si a los efectos de las necesidades internas y externas de rescate de la infamada imagen de Estados Unidos, Shultz debió extremar contraacusaciones diversionistas y falsificaciones notorias de la responsabilidad del gobierno de Reagan en aquellos actos, la generación de la teoría de la contrainsurgencia-contraterrorista a cargo de los expertos de las agencias gubernamentales y de organizaciones paragubernamentales como la Rand Corporation, le permitió contrarrestar las consecuencias de las aplicaciones verdaderamente terroristas contra una nación y un pueblo, muchísimas veces más pequeño e indefenso, como Nicaragua.
El 3 de abril de 1984 Shultz exponía en Washington, ante la Comisión Trilateral, lo que iban a ser los principios nuevos de la concepción del conflicto de baja intensidad y la inserción de la estrategia política y militar de Estados Unidos en los corolarios deducibles de la “doctrina LIC”. “Se ha dicho con frecuencia –expuso– que la lección de Vietnam consiste en que Estados Unidos no se debe involucrar en conflictos militares sin un claro y preciso objetivo militar y un sólido respaldo político. ¿Quiere decir esto que no hay situaciones en que ‘una discreta afirmación de poder no es necesaria o apropiada’? La respuesta es no. ‘La necesidad de eludir situaciones de no-victoria no puede significar que debamos retirarnos automáticamente de situaciones en donde sea duro triunfar y que sólo requieren un prudente involucramiento’” (17).
Dado el paso de la legitimación del uso de la fuerza en ciertas circunstancias, Shultz aplicó el principio a casos de terrorismo de Estado. Terrorismo de Estado de los otros, no el de la Unión norteamericana. “Reconocemos ahora que el terrorismo está siendo usado por nuestros adversarios como una herramienta de guerra”, acotó. “Debemos comprender que el terrorismo es una agresión y que, como toda agresión, debe ser resistida por la fuerza”. Faltaba el tercer paso y Shultz lo iba a hacer explícito en subsiguientes disertaciones. La herramienta del terrorismo era el método correspondiente a una ofensiva global de gobiernos radicales u organizaciones aliadas con la Unión Soviética –buena parte de la respectiva nómina figura en el discurso ya citado de Casey–, globalmente definidos como totalitarios, antidemocráticos y amenazadores de los intereses de la seguridad nacional de Estados Unidos.
O ellos o nosotros, en esta manifestación de “los conflictos de baja intensidad en los cuales el terrorismo es parte”, la nación no puede permanecer indiferente; no sólo debe responder golpe por golpe, sino tomar la iniciativa y prevenir que sus adversarios se sientan tentados o incitados a repetir sus desafíos. Por lo tanto, estos últimos no deberán sentirse tranquilos en sus refugios y santuarios. Se los debe atacar en la base misma de su poder, preocuparlos, mantenerlos en permanente riesgo de desestabilización y, si es posible, exterminarlos. La receta deberá incluir el suscitar contrainsurgencias en el seno mismo de esos países enemigos, apoyar a quienes se constituyan en “luchadores por la libertad y la democracia”, financiarlos, armarlos y lanzarlos al combate en el interior.
Aquel mismo 3 de abril de 1984, el presidente Ronald Reagan firmaba una resolución que redefinía al terrorismo como un evidente peligro para Estados Unidos y autorizaba ciertas medidas militares “proactivas” para combatirlo, incluidas operaciones preventivas contra centros operativos sospechados de ser plataforma o refugio de los terroristas, así como expediciones de retaliación contra países imputados con las mismas características (18).
Menos de dos años más tarde, el 15 de enero de 1986, en la Escuela Nacional de Guerra, de Washington, un seminario realizado con la participación de civiles y militares debatía exclusivamente los alcances y naturaleza de la “doctrina LIC”, que uno de los expertos, el general retirado Paul F. Gorman, iba a caracterizar como “esencial, aunque inherentemente repugnante para la mayoría de los norteamericanos” (19).
Basta de “guerras ambiguas”
Shultz fue, junto con el secretario Weinberger, uno de los principales oradores. En la ponencia del secretario de Estado figuraron la mayor parte de los ingredientes ideológicos y castrenses contenidos en el documento hecho público días antes, al anunciarse las medidas de bloqueo económico contra Libia (20), pero con el agregado de elementos más esclarecedores de su peculiar visión de la “doctrina LIC”, entendida ésta como un concepto militar de contención, en todas partes del mundo, del avance de lo que definió como éxitos de la Unión Soviética y sus aliados. Le añadió particularidades de su visión de la reversión (roll-back) de situaciones congeladas (Vietnam, Cuba, Laos, Kampuchea), entendida como estrategia orientada a la recuperación “para el mundo de la democracia” de países que eran hoy “cautivos del totalitarismo marxista” y mencionó como ejemplo de operaciones exitosas, la de Granada en octubre de 1983.
Shultz explicitó una vez más su percepción del esquema de poder mundial y las pautas normativas a las que se ajustaba su política internacional, en procura de la “indispensable imagen de potencia indiscutida”, que infortunadamente y por un breve lapso (la presidencia de James Carter) se había esfumado. Postuló que la nación aceptara “tener un estómago a toda prueba” en cuanta decisión adoptara para el uso de la fuerza militar contra sus adversarios. Toda debilidad o timidez –explicó– o toda inhibición, ubicaría a Estados Unidos ante un fracaso o, peor aún, ante una derrota a manos de quienes son “los más brutales, los más inescrupulosos y los más hostiles a los ideales en los que creemos”.
Sostuvo que era totalmente justificado utilizar la fuerza contra los terroristas y las guerrillas comunistas “que pululan” en el Tercer Mundo y “constituyen una amenaza cierta contra los intereses de la seguridad de Estados Unidos”, y añadió: “No podemos permitir que la ambigüedad de la amenaza terrorista nos reduzca a la impotencia total. Aceptar una política tan llena de condicionamientos, calificaciones y limitaciones que nunca puedan ser cumplidos, equivaldría a una política de autoparálisis, a admitir que a despecho de todo nuestro arsenal y poder, somos impotentes para defender a nuestros ciudadanos, nuestros intereses, nuestros valores. Esto, simplemente, no lo acepto”.
No fue solamente Libia el objeto de la ponencia del secretario de Estado. Incluyó a otras naciones y movimientos en su nómina satanizadora, la de los “enemigos de la libertad” que además desafiaban a Estados Unidos y suscitaban riesgos para la paz y el orden mundiales, con empleo de métodos brutales y repugnantes. Dijo:
“Los azotes del terrorismo en todo el mundo son perceptibles en Nicaragua, donde el régimen comunista sofoca la resistencia democrática; en Afganistán y Etiopía, donde la insurgencia combate a la intervención soviética y cubana; en el Líbano, donde prosigue una cruenta guerra civil; y en Kampuchea, donde los patriotas resisten la agresión vietnamita. Todas estas situaciones tienen una característica en común: la de que nos sacan de quicio, nos obligan a buscar a tientas los medios adecuados de respuesta y que, como sociedad abierta, nos obligan algunas veces a polemizar sobre la licitud de la necesidad de responder. Nuestros adversarios confían en que las complejidades morales y jurídicas de estos retos nos atraparán en nuestros propios escrúpulos y explotarán nuestras inhibiciones humanas contra la aplicación de la fuerza para defender nuestros intereses.
Esta forma ambigua de guerra muestra una grieta en nuestra armadura. Debemos enfrentar estos desafíos de conflictos de baja intensidad y guerra ambigua. No nos queda otra alternativa. Es absurdo argüir que el derecho internacional nos prohíbe capturar terroristas en aguas o espacios aéreos internacionales, o nos veda atacarlos en territorios de otras naciones hasta con el propósito de rescatar rehenes, o que nos impide usar la fuerza contra Estados que apoyan y entrenan a terroristas y guerrilleros.
El derecho internacional no establece esta clase de resultados. Una nación atacada por terroristas puede utilizar la fuerza para prevenir futuros ataques, para capturar terroristas o para rescatar a sus ciudadanos. La Carta de las Naciones Unidas no es un pacto suicida. La ley es un arma que está de nuestro lado y depende de nosotros el que la utilicemos en toda su amplitud. No permitiremos a nuestros enemigos –que desprecian el imperio de la ley a fuer de noción ‘burguesa’– que usen nuestra devoción por el derecho y la moralidad contra nosotros” (21).
En un reciente estudio –ya citado– de Klare, el autor de War without end y de American arms supermarket (22), además de investigador del Institute for Policy Studies, de Washington, describe el diseño más notorio de las coordenadas de la tríada LIC. Observa que dos de los recursos retóricos de la administración Reagan, empleados persistentemente como propaganda y acción psicológica en todo el mundo, consisten en la denuncia del supuesto terrorismo asimilado poco menos que a una guerra de hecho aunque no convencional y, como novedad de valor didáctico, las guerras secretas o semiencubiertas que Washington libra en varias partes del mundo, incluyendo la región de América Central.
La sigla LIC incluye golpes “contraterroristas” de naturaleza quirúrgica, operaciones “policiales” fulminantes del tipo de las de Granada en 1983 pero, mucho más generalizadoramente, los esfuerzos conjuntos, simultáneos o autónomos, para derribar a los regímenes caratulados como “prosoviéticos” en el Tercer Mundo, sin excluir las intervenciones de carácter preventivo allí donde a juicio de Washington exista el riesgo de una captura del poder por parte del “enemigo”. Este paquete ejecutivo incluye la participación en guerras civiles como la muy cruenta que se libra desde hace una década en el Líbano, donde es indudable que los ingredientes internos, en primer término los religiosos, juegan un papel muy superior a los incentivos de la confrontación Este-Oeste. También consiente la modalidad de la injerencia en un conflicto bélico en la frontera misma de la Unión Soviética –Afganistán– o en el más distante escenario de Angola, mediante adecuadas inyecciones de pertrechos bélicos y dinero. De un modo displicente podríamos aceptar que esta modalidad tiene los visos de una “guerra contrarrevolucionaria permanente”, ad usum Pentágono.
Notas
(1) Estas ausencias pueden notarse en el Dictionary of Military and Associated Terms, The Joint Chiefs of Staff, Department of Defense, JCS Pub. 1, 1 junio, 1979, Washington D.C. 20301. También en la siguiente edición, íbid, 1 abril, 1984.
(2) Coronel Kitson, Frank: Low-intensity Operations: Subversion, Insurgency and peacekeeping. Londres, 1971.
(3) Cfr. Kelley, Kevin J.: “Reagan tries counter-revolution without frontiers”, en The Guardian, Londres, 5 de marzo de 1986, pp. 3-6.
(4) Dictionary of Military and Associated Terms, op. cit., el subrayado es nuestro.
(5) Olson, William: “The Light Force Initiative”. Military Review, junio, 1985.
(6) Shultz, George P.: “Low-intensity Warfare: The Challenge of Ambiguity”. Dissertation at the Conference on Low-intensity Warfare, Fort McNair, enero 14, 1986. United States Department of State, Bureau of Public Affairs, Washington, D.C., Current Policy Nº 783.
(7) Ibid.
(8) Kupperman, Robert y Taylor, Jr., William J.: “Low-intensity Conflict: the Strategic Challenge”, en Hudson/Druzel (ed.), American Defense Annual, 1985-1986. Lexington, Mass.: D.C. Heath & Co., 1985.
(9) Miles, Sarah: “Getting on With the Ballgame”, en “The Real War. Low Intensity Conflict in Central America”, NACLA Report on the Americas. New York, Vol. XX, Nº 2, abril-mayo 1986, pp. 18-48. La cita de Waghelstein es de “Post-Vietnam Counter Insurgency Doctrine”, Military Review, enero, 1985, p. 42.
(10) Cita de Miles, Sarah: op. cit., p. 19. Tomada de “Introduction”, en Barnett, Frank A., et. al. (eds.): Special Operations in US Strategy. Washington, D.C.: National Defense University Press, 1984, p. 23.
(11) Con idéntica y contradictoria reiteración, Wilson intervino militarmente en México, Panamá, Nicaragua, Cuba, República Dominicana y Haití –entre otros– no obstante sus solemnes compromisos iniciales de gobierno en el sentido de que no imitaría las incursiones armadas (Big Stick Policy) ni las imposiciones económicas (Dollar Diplomacy) “típicas del Partido Republicano”. Al hacerlo, demostró que el Partido Demócrata podía no quedarse atrás ni aprender ejemplos de su competidor. Recuérdense al caso la prolongada ocupación de Veracruz, México (1914) y la expedición punitiva del general John Pershing a México, la imposición del incalificable tratado Bryan-Chamorro a Nicaragua, la ocupación militar de la República Dominicana (1916-1924) y la intervención armada en Haití, donde los marines ingresaron en 1915 para irse en 1934, ¡diecinueve años más tarde!
(12) Rosenfeld, Stephen S.: “The Guns of July”, en Foreign Affairs, Spring 1986, Vol. 64, Nº 4, New York, pp. 698-714.
(13) “Remarks prepared for delivery by the Hon. Caspar W. Weinberger, Secretary of Defense, at the Conference on Low-intensity Warfare”. Fort McNair, Washington, D.C., enero 14, 1986. Mimeo, 8 pp.
(14) Cfr. texto completo de la decisión de la Corte de La Haya en Nicaragua v. The United States of America. Judgement of the International Court of Justice, The Hague, The Netherlands, 27 junio, 1986. The Hague, General List Nº 70, 1986.
(15) Report of the Secretary of Defense, Caspar W. Weinberger, to the Congress, on the Fiscal Year 1985 Budget, FY 1986 Authorization Request and FY 1985-89 Defense Programs. Washington, D.C., 1º de febrero de 1984.
(16) Casey, William J.: “Casey's Speech of Fighting Terror”, discurso pronunciado en abril de 1985 en la Fletcher School of Law and Diplomacy, de la Tufts University, cuyos extractos principales reprodujo tardíamente el New York Times, 24 de enero de 1986, p. 6.
(17) Cfr. Klare, Michael T.: “Low-Intensity Conflict. The New US Strategic Doctrine”, The Nation, New York, 28 de diciembre de 1985.
(18) National Security Decision Directive Nº 138. Citada por Klare, Michael T., op. cit.
(19) Cfr. Keller, Bill: “Essential, they say, but repugnant”, The New York Times, 20 de enero de 1986, p. 12.
(20) “Text of the State Department Report on Libya Under Qaddafi”, The New York Times, 9 de enero de 1986, p. 4.
(21) En un reciente estudio –ya citado– de Klare, el autor de War, Shultz, George P.: “Low-intensity Warfare...”, op. cit.
(22) Respectivamente publicados por Knopf, Alfred A.: New York, 1972; y University of Texas Press, Austin, Texas, 1984.