Javier Milei, ¿un león con cada vez menos dientes?
octubre 2026
Transcurrida más de la mitad de su mandato, Javier Milei enfrenta un balance que no está a la altura de sus promesas. Incapaz de revisar su plan económico, el presidente argentino recurre a diversas teorías de la conspiración, ensaya un abrupto giro «nacionalista» sobre Malvinas y sigue atacando a la prensa. La política argentina, entretanto, ya mira a las elecciones presidenciales de octubre de 2027.
Javier Milei está hoy lejos de ser el heraldo mundial de una nueva era en la que la motosierra rompería las cadenas de la opresión colectivista y abriría el camino a un mundo «libertario», sinónimo de libertad y prosperidad. Transcurrida más de la mitad de su mandato, su primera gestión de gobierno tiene ahora más pasado que futuro. Y el balance no está a la altura de las promesas, sobre todo en el ámbito económico, en el que Milei se juega su futuro político.
El presidente argentino había prometido que, a estas alturas, la inflación estaría en «cero coma algo», mientras que la última medición, en agosto pasado, se sitúa en 1,7% mensual. Es menos de lo que heredó, pero sigue siendo alta. Y el desempleo comienza a aparecer entre las principales preocupaciones de la población.
Los cierres de empresas, en un contexto de apertura económica y caída del consumo, se han convertido en un tema que empaña la imagen del presidente. La pobreza, según las últimas cifras oficiales, volvió a subir tras una caída temporal: hoy afecta al 32,3% de la población, o incluso más si se actualizara la canasta de bienes sobre la que se calcula —a lo que el gobierno se resiste con ahínco—.
Al inicio de su terapia de choque, Milei había prometido, en su habitual lenguaje «florido», que la economía crecería «como pedo de buzo», es decir, tan rápido como suben las burbujas a la superficie. A los economistas que se atrevían a cuestionar cualquier aspecto del programa económico, incluidos liberales como el ex-ministro Domingo Cavallo, el presidente los tildaba entonces de «econochantas».
Como ha dicho el periodista Martín Rodríguez, «gobernar Argentina es gobernar el dólar», ya que muchas crisis tienen su origen en la escasez de divisas. Hoy en día, el gobierno cuenta con dólares gracias a cosechas y exportaciones de energía récord, en parte provenientes de proyectos iniciados por gobiernos anteriores. Pero sigue teniendo dificultades para convencer a los mercados. Tras caer en julio a su nivel más bajo desde 2018, el «riesgo país» argentino volvió a subir y ahora supera los 600 puntos básicos, su nivel más alto del año. A finales de agosto, el de Uruguay, gobernado por la centroizquierda, era de apenas 65. El de Perú, conocido por su inestabilidad política, estaba en 106, y el de México, también dirigido por un gobierno progresista, rondaba los 200. Para Milei, todo eso se explica por el «riesgo kuka» —kukas es como los antiperonistas llaman a los kirchneristas, en una mezcla de la K de kirchnerismo con cucaracha—, es decir, por el riesgo de que el peronismo vuelva al poder.
En este contexto, Milei arremete regularmente contra los medios de comunicación. Su frase favorita, repetida hasta la saciedad, es: «No odiamos lo suficiente a los periodistas»; más específicamente, «al 95%» de ellos. Incluso llegó a calificarlos de «mierdas humanas».
Su visión conspiranoica se reforzó tras un viaje decepcionante a Nueva York, con motivo de la Asamblea General de las Naciones Unidas -a la que definió como un «antro de burócratas pretenciosos que se dedican a masturbarse»-. Pese a las gestiones, no logró la tan esperada foto con Donald Trump, un líder al que admira con fervor adolescente. Sin embargo, sí se reunió con Benjamin Netanyahu, de quien es un aliado incondicional: cada vez que lo ve lo llama, con una emoción que parece al borde del llanto, «Mi amigoooo». Milei consideró que Netanyahu había salvado no solo a Israel de la desaparición, sino también a todo Occidente.
Nacionalismo sin fe
Ante la falta de resultados en materia de crecimiento -el país está al borde de la recesión-, Milei buscó darle un brusco «giro nacionalista» a su política valiéndose de la reivindicación de las islas Malvinas, que siguen siendo un símbolo nacional y cuyas aguas albergan importantes reservas de petróleo.
El tema nunca le apasionó a Milei, a quien su anarcocapitalismo mantenía alejado de cualquier veleidad antiimperialista. De hecho, cuando tuvo que elegir un líder al que admirar, se decantó por Margaret Thatcher, quien libró la guerra contra Argentina en 1982 precisamente para recuperar las Malvinas, bajo control británico desde 1833.
Pero hoy el contexto ha cambiado. La bandera con el lema «Las Malvinas son argentinas», que enarbolaron los jugadores de la selección nacional tras el partido contra Inglaterra en la última Copa del Mundo, terminó por conectarse con fuertes protestas callejeras contra una ley destinada a facilitar el acceso de extranjeros a la propiedad de la tierra. La bandera patriótica, junto al lema »Argentina no se vende», parecía pasar a manos de la oposición peronista, algo que Milei quiso evitar.
Por otra parte, Donald Trump, enfrascado en su propio pulso con el Reino Unido, había declarado, de manera imprecisa y sorprendente, como es habitual en él, que Estados Unidos podría abandonar su «neutralidad» en el conflicto. No hizo falta más para que Milei anunciara, con toda pompa, que Argentina sancionaría a las empresas que participaran en el proyecto petrolero Sea Lion en las islas, en particular a las británicas e israelíes. Además, aquellas que se comprometieran a participar serían excluidas de la explotación de Vaca Muerta, el gigantesco yacimiento de gas de la Patagonia argentina. Al parecer fue su asesor Santiago Caputo, apodado «el mago del Kremlin» por el periodista Carlos Pagni, quien propuso este giro de 180 grados. Pero esta mezcla de «anticolonialismo» respecto de las Malvinas y de alineamiento incondicional y sobreactuado con Estados Unidos e Israel seguramente no tendrá grandes repercusiones electorales si la economía no se recupera.
La polarización política y las debilidades del peronismo, principal fuerza de oposición, juegan sin embargo a favor de Milei. Una parte del electorado está dispuesta a votar por cualquiera antes que «regresar al pasado», es decir, a la hegemonía peronista, aunque sienta que hoy tiene menos dinero en el bolsillo. Este voto, guiado por el lema «Los kukas nunca más», coincide con el tradicional voto antiperonista, y además Milei cuenta con un piso propio de alrededor del 30%.
Por otra parte, el peronismo está inmerso en sus propias disputas internas, especialmente entre la ex-presidenta Cristina Fernández de Kirchner, bajo arresto domiciliario, y su ex-delfín Axel Kicillof, gobernador de la provincia de Buenos Aires. La ex-presidenta, mediante un recurso ante el Comité de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), busca una resolución que, aunque no sería vinculante para Argentina, le permita ser candidata. Pero, sobre todo, con esta estrategia incierta, la ex-presidenta intenta mantenerse en el centro del tablero político, evitar la candidatura de Kicillof y terciar en la elección del postulante peronista para las elecciones del año que viene. La paradoja es que para la propia base kirchnerista, Kicillof, ex-ministro de Economía de la propia Cristina Kirchner, sería el mejor candidato posible, debido a su lugar en las encuestas y a su perfil ideológico de centroizquierda.
No obstante, aun con la crisis del peronismo, gran parte del electorado está igualmente dispuesta a votar por cualquiera, siempre y cuando no sea Milei. La polarización beneficia también al peronismo, aunque este no ofrezca hoy ningún modelo alternativo, fuera de rechazar la «política de la crueldad» y de «destrucción del tejido productivo» nacional del presidente «libertario».
En este punto muerto, la líder trotskista Myriam Bregman ha visto subir su popularidad: muchos detractores de Milei la ven como la oponente más coherente frente a los ataques del presidente contra todo lo relacionado con lo público. Aunque no tiene ninguna posibilidad de ganar las elecciones presidenciales, las encuestas la sitúan en claro ascenso. Hoy el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT), compuesto por varias fuerzas trotskistas, es prácticamente la única izquierda que no se ha sumado de una u otra manera al espacio «panperonista».
El ajuste de Milei no es solo económico: es una declaración de guerra. Se refiere a las universidades públicas como un reducto marxista y se jacta de haber reducido el poder adquisitivo de los empleados públicos. Al fin y al cabo, él mismo se ha definido como «un topo» que llegó para «destruir el Estado». Sobre todo el Estado social o regulador. Incluso las fuerzas de seguridad, que ahora reivindica de manera entusiasta contra su ideología anarcocapitalista -en el pasado las llamaba las «fuerzas represivas del Estado»-, son en parte víctimas de la motosierra.
La dudosa «tierra prometida»
Pero Milei no solo ve conspiraciones en los medios de comunicación. Tras su regreso de Nueva York, causó incredulidad al hablar de «terroristas» que estarían llegando a Argentina para sabotear su modelo económico, que según él es único en el mundo. Para gran sorpresa del periodista que lo entrevistaba, muy cercano al gobierno, el presidente afirmó haber expulsado a «20.000 terroristas», cifra que llevó incluso a «30.000» sumando los del año pasado. La declaración desató de inmediato una ola de críticas y, sobre todo, de burlas en las redes sociales. Ni siquiera pudo identificar de qué país eran. Como ironizó el liberal anti-mileísta José Benegas, la inflación pasó de ser «siempre y en todo lugar un fenómeno monetario» —como repite Milei— a ser, en Argentina, «un fenómeno terrorista». Y este tipo de declaraciones tienen también efecto en los mercados, mientras muchos opositores comienzan a poner sobre la mesa la «salud mental» de un presidente que nunca se caracterizó por la «cordura» de sus declaraciones.
Una parte de la elite preferiría a Patricia Bullrich. En 2023, fue la candidata presidencial de la alianza Juntos por el Cambio, liderada por el partido del ex-presidente Mauricio Macri. No logró pasar a la segunda vuelta y luego se incorporó al gobierno de Milei como ministra de Seguridad con un discurso de «mano dura»; hoy es senadora. Sus declaraciones sobre la necesidad de una «reelección del modelo» en 2027 —sin el nombre propio de Milei— dejan en claro que no ha resignado sus aspiraciones presidenciales. Aunque participa de la selectiva«mesa política» del oficialismo, situación dentro del gobierno es tensa y ha comenzado a diferenciarse de ciertas decisiones. Pero transita una línea delgada: si quiere ser presidenta, no puede anunciarlo ni demasiado pronto ni demasiado tarde. Hoy ella no puede romper con el mileísmo —no tiene partido propio y depende solo de su popularidad— y Milei no la puede echar, porque es su operadora en el Senado y, también, por esa misma popularidad. Bullrich se enfrenta a los «instantes huidizos» de la política.
Hoy el «León», como sus seguidores llaman a Milei, tiene el problema de que ya pasó el tiempo en el que su libertarismo era una promesa de futuro luminoso; una retroutopía de la Argentina potencia. Ahora tiene que dar cuenta de los resultados, y su estrategia es de dudosa eficacia. En Nueva York un periodista de Bloomberg, bien informado e implacable, y con mucha menos complacencia que los periodistas argentinos con los que acepta hablar, lo puso contra las cuerdas. Aun así, Milei presentó a Argentina como la «tierra prometida». El multimillonario de la tecnología Peter Thiel parece compartir esta opinión: se ha comprado una mansión en Buenos Aires y llegó a trasladar temporalmente allí a su familia. Argentina funcionaría, a la vez, como terreno de experimentación política y como país-búnker antiapocalíptico.
«Aprovecho para decirles a todos los multimillonarios del mundo que desean huir de países cada vez más regulados, con impuestos cada vez más pesados y cuyos Estados persiguen a sus ciudadanos, que son bienvenidos a la República Argentina, la nueva tierra de la libertad», había declarado Manuel Adorni, en ese entonces jefe de Gabinete de Ministros y portavoz de la Presidencia argentina. Hoy está fuera del gobierno y es objeto de una investigación judicial por enriquecimiento ilícito.
Nota: una primera versión, más breve, de este artículo fue publicada, en francés, en el diario Libération, el 30/9/2026 y está disponible aquí.