El costo que nadie paga de la transición verde
julio 2026
El litio es indispensable para las baterías de la transición energética, pero su extracción agota fuentes de agua y afecta a comunidades indígenas en América Latina. Mientras los beneficios de la economía verde se concentran en los países consumidores, sus costos ambientales y sociales recaen sobre los territorios productores.
La transición energética se presenta como la gran promesa de nuestro tiempo: abandonar los combustibles fósiles y avanzar hacia una economía descarbonizada. Sin embargo, esa promesa descansa sobre una nueva carrera global por los minerales críticos, entre los cuales el litio ocupa un lugar central: es el insumo clave para las baterías que alimentan vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía. La paradoja es conocida, pero raramente nombrada con precisión: la economía verde se construye sobre cadenas de suministro que desplazan sus costos ambientales y sociales hacia territorios y comunidades que no participan de sus beneficios.
Investigaciones recientes sobre la cadena del litio entre Chile y Alemania documenta con detalle cómo opera esa lógica en la práctica. Desde el agotamiento de acuíferos en el Salar de Atacama hasta la elusión de normas de protección hídrica en la Gigafactory de Tesla en Grünheide, los mismos patrones de exclusión y desplazamiento de riesgo se reproducen en contextos institucionales muy distintos. La razón por la que esto ocurre de manera tan consistente no es la negligencia de actores individuales, sino un sistema de incentivos que hace que resistirlos sea más costoso que reproducirlos.
El riesgo moral (moral hazard) describe situaciones en las que una arquitectura institucional reduce la exposición de un actor a las consecuencias de sus decisiones, incentivándolo a asumir más riesgo del que asumiría si cargara plenamente con ellas1. Ejemplos clásicos incluyen el conductor asegurado que maneja con menos cautela porque sabe que otro cubrirá los daños, o el banco que invierte de forma demasiada arriesgada sabiendo que el Estado lo rescatará. Pero el concepto señala algo más profundo que la simple irresponsabilidad individual: describe un conjunto de reglas que hace racional –y a veces inevitable– actuar sin internalizar los costos que se generan.
Lo que distingue el riesgo moral de la noción más general de «externalidad negativa» es precisamente esto: mientras la externalidad supone que los costos están mal asignados pero podrían reasignarse mediante regulación o precio, el riesgo moral describe una condición en la que la separación entre quien decide y quien paga está institucionalmente protegida. Reformularla requiere cambiar no solo los precios, sino también las reglas que determinan quién tiene poder para fijarlos.
La bibliografía sobre riesgo moral en economía política internacional ha usado en sus análisis este concepto de manera sectorial: los rescates financieros que premian la toma excesiva de riesgo, las garantías de intervención humanitaria que desincentivan la resolución política de conflictos, los mecanismos de compensación ambiental que reducen los incentivos para prevenir daños. En cada caso, el riesgo moral opera en un dominio acotado y la corrección es, al menos teóricamente, posible dentro de ese dominio.
Lo que caracteriza a la transición energética –y al litio como su insumo más emblemático– es una configuración distinta: el riesgo moral opera de manera anidada, en cuatro capas simultáneas –de mercado, regulatoria, geopolítica y colectiva– que se refuerzan mutuamente. Su carácter anidado se expresa en la manera en que cada capa provee las condiciones para la siguiente. Los precios que no incorporan los costos socioambientales permiten que las instituciones regulatorias deleguen la vigilancia sin consecuencias visibles. Esa delegación, a su vez, facilita una competencia geopolítica que premia la flexibilización normativa. Y esa presión geopolítica convierte en una decisión aparentemente racional para los países productores la reproducción de un sistema que deteriora sus propios territorios y comunidades. Esa configuración puede describirse como «riesgo moral sistémico» y constituye el mecanismo explicativo central de por qué la transición energética reproduce, en lugar de transformar, las asimetrías del modelo extractivista. Las cuatro capas no son simplemente cuatro problemas distintos que coexisten, sino un sistema en el que cada una provee las condiciones de posibilidad para las demás. El diagnóstico correcto, entonces, no es que la transición energética esté fallando: es que está funcionando exactamente como su arquitectura de incentivos predice.
Las zonas de sacrificio
De acuerdo con cifras difundidas recientemente por la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles (ACEA), que agrupa a los mayores fabricantes de vehículos en Europa, la expansión del vehículo eléctrico en el continente ha aumentado más de 4% en comparación con el año 2025 y ya se aproxima a 20% del total del mercado. Sin embargo, esos vehículos silenciosos y sin emisiones de carbono son inseparables de cadenas de suministro que desplazan sus costos ambientales y sociales hacia territorios frecuentemente invisibilizados.
El litio ilustra esta paradoja con precisión. Su extracción en el «triángulo del litio», en Argentina, Bolivia y Chile, agota acuíferos milenarios y amenaza a comunidades indígenas, mientras los beneficios ecológicos se disfrutan principalmente en las capitales europeas, asiáticas y estadounidenses. Esta es la forma más elemental del riesgo moral en la cadena del litio: la que opera a través de precios que no dicen la verdad sobre sus costos. Es el punto de entrada al sistema, pero no su único mecanismo de reproducción. El problema no es solo que el mercado falle en internalizar los costos ambientales, sino que las instituciones están diseñadas para que esos costos permanezcan invisibles. Cuando el costo real de extraer litio no se refleja en el precio de una batería, quien consume el producto no enfrenta ninguna señal sobre el daño que financia.
Esta noción permite entender por qué los países más consumidores pueden mantener estándares ambientales domésticos exigentes: precisamente porque externalizan el daño. Si el costo ambiental real de la extracción de litio estuviera incorporado en su precio –o si las comunidades de Berlín, París o Nueva York sufrieran el mismo agotamiento hídrico de los Salares de Atacama (Chile), de Uyuni (Bolivia) o la Puna argentina–, la presión política y social para regular sería otra. Algo de ello se observa en proyectos de extracción de litio en Landau, Alemania, donde existe una fuerte oposición ciudadana, o en la región de Bretaña, Francia, donde los promotores canadienses de un proyecto minero han insistido en que no ocasionarán impactos porque «una mina abierta en África y una mina que abre en Francia no serían la misma mina».
La comparación no es una torpeza retórica sino una revelación: enuncia con franqueza inusual una jerarquía que el sistema normalmente mantiene implícita. En la bibliografía sobre justicia ambiental, este principio de distribución tiene nombre: sacrifice zones, zonas de sacrificio, territorios considerados prescindibles para absorber los costos que otros no están dispuestos a asumir. El concepto, desarrollado inicialmente para describir comunidades afroestadounidenses y de bajos ingresos en Estados Unidos expuestas de manera desproporcionada a industrias contaminantes, ha sido extendido para analizar las regiones extractivas de América Latina: espacios donde el daño ambiental y social no es un efecto colateral, sino una condición estructural de su inserción en la economía global2. Lo que el promotor canadiense expresó sin querer es precisamente eso: que una mina en África (o en América Latina) y una mina en Bretaña no son la misma mina porque los territorios en se se incluyen no tienen el mismo valor en la jerarquía global de a quién le toca pagar. Esa jerarquía no es un accidente del mercado, sino su arquitectura.
La autovigilancia
Si el riesgo moral de mercado opera vía precios, el regulatorio opera vía la arquitectura institucional. La Ley de Diligencia Debida alemana, la Directiva Europea de Sostenibilidad Corporativa y la Estrategia Nacional del Litio de Chile comparten una misma lógica: descansan, en buena medida, sobre la autovigilancia corporativa. Piden al agente privado que monitoree su propio comportamiento en contextos en que el costo de encontrar problemas recae sobre él mismo. Cuando la vigilancia se delega en el propio agente regulado, el sistema garantiza que los problemas no se buscarán con demasiado entusiasmo. No hace falta hablar de corrupción, es simplemente la estructura institucional de la que los Estados pueden echar mano para no asumir los costos.
Una empresa que contrata su propia auditoría de debida diligencia no está necesariamente mintiendo, sino que responde a una arquitectura que le pide autoevaluarse sin consecuencias vinculantes por los resultados. Aquí el problema es estructural: el agente que debe reportar es aquel que más pierde si encuentra problemas. Esto ya lo vimos con las agencias de calificación de riesgo en Wall Street antes de la crisis financiera de 2008, con las auditorías ambientales en la industria petrolera en el Golfo de México y el Delta del Níger en la década de 1990, o con la vigilancia sanitaria delegada en la propia industria alimentaria en Estados Unidos y Europa.
Lo especialmente problemático de esta forma de riesgo moral es su capacidad de producir legitimidad sin producir cambio. La proliferación de marcos normativos –leyes, directivas, estrategias nacionales– genera una apariencia de gobernanza sin el sustrato que la haría efectiva: fiscalización independiente, consecuencias reales e información verificable. En el caso del litio, esto significa que las comunidades indígenas de Atacama negocian con empresas que se autoclasifican como «responsables» bajo estándares que ellas mismas administran, en territorios donde el Estado chileno ha delegado deliberadamente parte de su capacidad regulatoria.
La nueva geopolítica de los minerales críticos
Si el riesgo moral regulatorio es una disfunción que los Estados toleran, el riesgo moral geopolítico es una dinámica que los propios Estados producen activamente. El actual contexto internacional no corrige esta estructura, sino que la refuerza; y lo hace porque las grandes potencias consumidoras tienen incentivos directos para que así sea.
La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 ilustra con claridad una doctrina que no es exclusiva de Washington, pero que allí encuentra su expresión más explícita: el acceso a minerales críticos es un objetivo de seguridad nacional, mientras que los marcos multilaterales de gobernanza climática son presentados como instrumentos que benefician a los rivales estratégicos. La implicación práctica es directa: un país productor que endurece sus estándares socioambientales no solo corre el riesgo de perder inversión frente a competidores más permisivos, sino que puede además ser percibido como un obstáculo estratégico por las potencias que consideran esos minerales insumos críticos para su seguridad.
Esta lógica no es privativa de Estados Unidos. China la practica a través de sus acuerdos de inversión en Asia, África y América Latina, donde el acceso preferencial a recursos va acompañado de una deliberada abstención frente a los estándares ambientales y laborales locales. La Unión Europea, pese a su retórica de due diligence y sostenibilidad corporativa, negocia acuerdos de acceso a minerales críticos que en la práctica subordinan esas exigencias a la obtención del suministro. Lo que varía entre potencias es el lenguaje –seguridad nacional, desarrollo sostenible, cooperación Sur-Sur–, no la estructura de incentivos subyacente: en todos los casos, quien consume el mineral no asume los costos de su extracción, y quien los asume no tiene poder para imponer las condiciones.
El resultado es una carrera que ningún actor individual puede detener unilateralmente. Si un país productor endurece sus estándares, pierde frente a quien no lo hace. Si una potencia consumidora exige más regulación a sus proveedores, corre el riesgo de quedar fuera de cadenas de suministro que sus rivales controlan con menos escrúpulos. La única salida estructural sería un marco universal vinculante que obligue a todos los actores a internalizar estos costos por igual; exactamente el tipo de arquitectura multilateral que la competencia geopolítica actual tiende a bloquear antes de que pueda consolidarse. Los acuerdos firmados en 2026 entre Estados Unidos y los tres países del «triángulo del litio», que se examinan a continuación, son la evidencia más reciente de cómo esa lógica opera en la práctica.
América Latina ante una nueva dependencia
América Latina, y en particular Argentina, Bolivia y Chile, pueden quedar atrapados entre dos presiones difíciles de conciliar: atraer inversión extranjera y respaldo político por un lado; y elevar los estándares socioambientales para proteger a sus propias comunidades, territorios y ecosistemas, por el otro.
Una muestra de lo anterior es que el gobierno argentino y representantes de Estados Unidos firmaron, en febrero del 2026, un Instrumento Marco para el Fortalecimiento del Suministro en Minería y Procesamiento de Minerales Críticos, mediante el cual ratifican su asociación estratégica y su compromiso con el desarrollo de un suministro seguro, resiliente y competitivo. Según afirmó el propio vicesecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, «la cooperación en materia de minerales críticos fortalece los lazos entre Estados Unidos y Argentina y promueve cadenas de suministro seguras y sostenibles». Un mes después, el gobierno chileno y representantes del gobierno estadounidense firmaron una Declaración Conjunta para el Establecimiento de Consultas sobre Minerales Críticos y Tierras Raras, orientada a fortalecer cadenas de suministro, identificar proyectos de interés, explorar financiamiento y consolidar cooperación bilateral. Con esto se buscaba establecer «acciones que propendan a la resiliencia y seguridad de las cadenas de suministro de minerales críticos», según relata la propia declaración. Finalmente, el gobierno boliviano firmó con el gobierno estadounidense, en abril del 2026, un memorando de entendimiento sobre minerales críticos, orientado a promover inversión y cooperación bilateral en cadenas de suministro.
Mediante estos instrumentos, los gobiernos del «triángulo del litio» han comenzado a construir una red regional de acuerdos sobre minerales críticos con Estados Unidos. Los tres modelos tienen formatos jurídicos distintos y compromisos de distinto alcance, pero comparten una lógica común. En cada caso, el país productor acepta implícitamente que la «seguridad de la cadena de suministro» del país consumidor prevalezca sobre sus propios estándares regulatorios internos. No es que los gobiernos no sepan que se comprometen a esto, sino que el costo de rechazarlo –quedar fuera de la cadena, ser percibido como un «agente de riesgo», perder acceso preferencial a financiamiento y tecnología– es mayor que el de aceptarlo.
Esta es la forma más sofisticada del riesgo moral sistémico. A diferencia de sus capas anteriores –donde las corporaciones que se autofiscalizan o las potencias que premian la no regulación están protegidas de los costos/impactos que generan–, aquí son los propios países productores los que absorben consecuencias como el agotamiento hídrico, conflictos territoriales y delegación de soberanía regulatoria. En este sentido, lo que lo atrapa no es la ignorancia ni la complicidad, sino una asimetría de costos perfectamente racional, en la que resistir la estructura es más caro que reproducirla. Esa racionalidad es, a la vez, la prueba más clara de que el problema no tiene solución individual. Ninguno de los tres países puede salir unilateralmente de la lógica que los atrapa sin pagar un costo frente a sus competidores, y Bolivia ya tiene un precedente propio de lo que ocurre cuando se intenta: la nacionalización de hidrocarburos en 2006 alejó la inversión extranjera y dejó a la empresa estatal sin capacidad técnica ni financiera para desarrollar el sector por sí sola.
No hay transición justa sin reglas vinculantes
La transición energética opera mediante precios que no dicen la verdad, instituciones que delegan la vigilancia en quienes tienen más que perder si encuentran problemas, una geopolítica que premia activamente la no regulación y una trampa que vuelve racional para cada actor individual reproducir el sistema que colectivamente los daña.
Resolver una sola de esas capas no basta. Eso es precisamente lo que hace insuficientes la mayoría de las propuestas que circulan para hacer frente a esta situación. Un impuesto que corrija los precios no altera la arquitectura regulatoria que garantiza la autovigilancia; una ley de debida diligencia más estricta no cambia los incentivos geopolíticos que premian a quienes menos regulan; y un acuerdo bilateral más exigente no resuelve la trampa colectiva que hace más costoso resistir que ceder. Las propuestas son políticamente improbables no por su complejidad sino por su lógica: cada una de ellas redistribuye costos hacia actores que hoy están estructuralmente protegidos de ellos. Y esos actores –los países consumidores, las corporaciones que se autofiscalizan, las potencias que convierten el acceso a minerales en política de seguridad nacional– son exactamente quienes tienen mayor capacidad para bloquear, diluir o vaciar esas reformas antes de que lleguen a ser vinculantes. No se trata de saber si es posible construir una arquitectura regulatoria distinta, pues técnicamente lo es, sino de identificar bajo qué condiciones políticas los actores que hoy se benefician de la estructura tendrían incentivos para reformarla, o bajo qué presiones externas podrían verse obligados a hacerlo. Si esas condiciones no emergen, la carrera por los minerales críticos no terminará con una transición energética justa, sino que reproducirá el mismo modelo de siempre, equipado con mejores baterías. La historia de las grandes reformas regulatorias sugiere, sin embargo, que esas condiciones raramente emergen desde dentro del sistema: emergen desde sus márgenes, desde las comunidades que absorben los costos y desde las crisis que hacen visible lo que los precios ocultan. Las comunidades del «triángulo del litio» llevan décadas acumulando ambas cosas. La pregunta es si eso alcanza, y para cuándo.
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1.
Ver Kenneth J. Arrow: «Uncertainty and the Welfare Economics of Medical Care» en The American Economic Review vol. 53 N° 5, 1963; Mark V. Pauly: «The Economics of Moral Hazard: Comment» en The American Economic Review vol. 58 N° 3; Bengt Holmstrom: «Moral Hazard and Observability» en Bell Journal of Economics vol. 10 N° 1, 1979.
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2.
Ver Maristella Svampa: Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. Conflictos socioambientales, giro ecoterritorial y nuevas dependencias vol. 2, Bielefeld-Guadalajara, Bielefeld UP / CALAS, 2019. Sobre el concepto original de zonas de sacrificio, v. Steve Lerner y Phil Brown: Sacrifice Zones: The Front Lines of Toxic Chemical Exposure in the United States, Cambridge, The MIT Press, 2012.