Opinión

Flávio o el mito de un «Bolsonaro moderado»


septiembre 2026

El candidato presidencial de la derecha brasileña busca heredar el electorado de su padre Jair sin repetir los ataques frontales a las instituciones que lo llevaron a la prisión. Construyó una imagen de Bolsonaro «vacunado», familiar, negociador. Elegido por descarte entre los hijos varones -y la exclusión de Michelle Bolsonaro-, tratará de vencer a Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones de octubre próximo.

<p>Flávio o el mito de un «Bolsonaro moderado»</p>
Anadolu/Getty Images.

En la avenida principal de San Pablo, una multitud esperaba, bajo la lluvia, el inicio del acto del 7 de septiembre. Las banderas brasileñas se mezclaban con las de Estados Unidos y pancartas en inglés en las que se pedía a Donald Trump que interviniera en las elecciones de Brasil. Por encima de la multitud, un muñeco hinchable gigante representaba al presidente estadounidense con el brazo en alto, sosteniendo una caricatura del presidente Luiz Inácio Lula da Silva con uniforme de presidiario. En la propia celebración de la independencia brasileña, parte de los manifestantes reclamaba la intervención de Estados Unidos en la política nacional.

No era la primera vez que el 7 de septiembre servía de escenario al bolsonarismo. Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, esa fecha se convirtió en una de sus principales demostraciones de fuerza. En las manifestaciones de 2021, el entonces presidente anunció que dejaría de acatar las resoluciones judiciales. La ofensiva contra las instituciones continuó durante su mandato y alcanzó su forma más violenta tras la derrota electoral. El 8 de enero de 2023, sus seguidores irrumpieron en las sedes de los Tres Poderes en un intento de golpe de Estado. Condenado y encarcelado por su participación en el complot golpista, Jair Bolsonaro ya no podía ocupar su lugar ante la multitud.

El 7 de septiembre de 2026, ese lugar recayó en Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro y candidato elegido para suceder a su padre en la contienda presidencial. A sus 45 años, Bolsonaro hijo necesitaba heredar a los votantes de Jair y asumir su posición en la tribuna. Antes del discurso, sus abogados le recomendaron que evitara ataques contra el sistema electoral y las instituciones, amenazas a las autoridades y referencias a rupturas institucionales, como solía hacer su padre. Flávio tenía motivos jurídicos para medir sus palabras.

Abogado de formación, Flávio Bolsonaro se había incorporado al equipo jurídico de su padre en marzo de ese año. Conocía, por tanto, las consecuencias jurídicas que ciertas declaraciones podrían acarrear. Fue precisamente un discurso contra el sistema electoral, pronunciado ante embajadores extranjeros y transmitido por canales oficiales, uno de los hechos centrales que provocó la inhabilitación de su padre. Pero el candidato no podía abandonar por completo la retórica de confrontación que movilizaba a la base bolsonarista. Si moderaba demasiado el discurso, podría ser acusado de traicionar el legado de su padre. Si repetía sus ataques contra las autoridades y el sistema electoral, podría poner en peligro su propia candidatura.

La tensión de aquel 7 de septiembre sintetizaba la posición de Flávio en la campaña presidencial. Ante sus seguidores en las calles, tenía que demostrar que era capaz de ocupar el lugar de Jair y estar a la altura de las expectativas de confrontación con las instituciones, al mismo tiempo que se presentaba como el Bolsonaro «moderado», capaz de negociar con empresarios, políticos y partidos. Esa imagen no surgió con la campaña, sino que se fue construyendo a lo largo de más de dos décadas de vida política. Para entender por qué Flávio fue elegido como posible heredero y qué revela esa elección sobre la reorganización de la derecha brasileña, hay que volver a Río de Janeiro.

El hijo mayor

A diferencia de su padre, que llegó a la política tras una carrera militar, Flávio creció mientras la política se convertía en una profesión familiar. En 2000, con 19 años, recibió de su padre la propuesta de presentarse a las elecciones municipales de Río de Janeiro para enfrentarse a su propia madre. Rogéria Bolsonaro, primera esposa de Jair y madre de sus tres hijos mayores, intentaba la reelección como concejala.

Tras la separación, Jair quiso impedir que ella utilizara el apellido Bolsonaro en la campaña. Al no conseguirlo, decidió enfrentarla en las urnas a través de su hijo. La primera opción fue Flávio, quien se negó. La tarea recayó entonces en su hermano Carlos, que por entonces tenía 17 años. Este resultó elegido, tomó posesión a los 18 años y Rogéria no logró la reelección.

La negativa a presentarse contra su madre no demuestra necesariamente independencia respecto de su padre, pero anticipa una diferencia con respecto a sus hermanos. Recurriendo a un lenguaje militar, Jair llama a sus hijos varones por números, según el orden de nacimiento. Carlos, apodado «cero dos», se inició en la política a través de esa contienda con su madre y construyó su trayectoria personal y política como el hijo más cercano a Jair. Eduardo, el «cero tres», entró en política más tarde, al ser elegido diputado federal por San Pablo en 2014, pero rápidamente pasó a ocupar el puesto de heredero ideológico de su padre. Jair Renan, el «cero cuatro», se convirtió en el último de los hijos adultos en entrar en política, al ser elegido concejal en Balneário Camboriú en 2024. Por su parte, Flávio, el «cero uno», se labraría una posición diferente dentro de la familia. No era tan cercano a su padre como Carlos, ni compartía tanto la radicalización ideológica de Eduardo.

Mientras estudiaba Derecho en la Universidad Candido Mendes, Flávio fue elegido, en 2002, a los 21 años, diputado estatal de la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro. Tomó posesión de su cargo al año siguiente. Carlos seguía como concejal y Jair, en la Cámara de Diputados. A partir de 2003, por lo tanto, la familia pasó a ocupar simultáneamente tres niveles del Poder Legislativo: el municipal, el estatal y el federal, todos ellos coordinados desde Río de Janeiro. Más tarde, Eduardo y Jair Renan ampliarían la presencia electoral de la familia más allá del estado, al ser elegidos, respectivamente, en San Pablo y Santa Catarina.

El número de votos de Flávio aumentó a lo largo de sus cuatro mandatos como diputado estatal. En 2002, obtuvo algo más de 30.000. En las elecciones de 2014, alcanzó los 160.000. Dos años después, se presentó a la alcaldía de Río y obtuvo 424.000 votos, lo que equivalía a 14% de los votos válidos, quedando en cuarto lugar. Estas cifras indicaban que el apellido Bolsonaro ya movilizaba a una parte relevante del electorado carioca incluso antes de la campaña presidencial de 2018. En la legislatura estadual, Flávio desarrolló una actuación legislativa centrada en la seguridad pública. Presidió la comisión dedicada a este tema y actuó como portavoz de los profesionales del sector: defendió los salarios y las prestaciones de policías, bomberos y funcionarios de prisiones. Su labor lo acercó a los cuarteles y comisarías, que constituirían una parte importante de su base política.

La defensa de este sector iba acompañada de una concepción punitivista de la seguridad pública. Flávio apoyaba penas más duras, el armamento de la población y las operaciones policiales con vehículos blindados en las favelas. También se opuso a las cuotas raciales y a las políticas de género y sexualidad, y defendió la dictadura militar (1964-1985). La distancia ideológica con respecto a su padre era mínima; la diferencia radicaba sobre todo en la forma de actuar. Mientras que Jair utilizaba su mandato en la Cámara de Diputados para dar proyección nacional a sus discursos y enfrentamientos, Flávio incorporaba, con menor exposición pública, parte de ese mismo repertorio a su labor legislativa y al establecimiento de vínculos con las fuerzas de seguridad de Río de Janeiro.

Estos vínculos se volvieron más problemáticos a medida que las milicias ganaban más poder en Río. Formados inicialmente por policías y otros agentes armados, estos grupos controlan territorios y se imponen como proveedores forzosos de servicios (como transporte, gas o televisión por cable) mediante la extorsión y la violencia. En 2007, Flávio defendió públicamente la legalización de las milicias. Al año siguiente, votó en contra de la creación de una comisión parlamentaria para investigarlas y volvió a defender en la Asamblea la actuación de algunos de estos grupos. Además de estas críticas, Flávio también se enfrentó a sospechas relacionadas con el funcionamiento de su gabinete parlamentario. El caso involucró a Fabrício Queiroz, policía militar y funcionario a su cargo durante más de diez años. En 2018, los movimientos bancarios de Queiroz dieron lugar a la sospecha de «rachadinha», una práctica en la que empleados públicos designados por un político le devuelven parte de su salario a cambio del nombramiento. Flávio fue denunciado por la Fiscalía en 2020, pero el caso no llegó a resolverse sobre el fondo por cuestiones procesales. Flávio siempre ha negado las acusaciones.

Cuando dejó la legislatura estadual para asumir su mandato en el Senado, en 2019, Flávio cumplía cuatro mandatos y 16 años como diputado estatal. Durante ese periodo, presentó 208 propuestas legislativas, de las cuales 51 se convirtieron en ley. Entre las medidas aprobadas figuraban prestaciones para los agentes de seguridad y multas por llamadas falsas a los servicios de emergencia. Al final de esta trayectoria, Flávio había consolidado su propia base en Río de Janeiro y había aprendido a moverse dentro de las instituciones, sin alejarse por ello de las posiciones políticas que compartía con su padre.

El articulador en el Senado y el gestor de las crisis familiares

Las elecciones de 2018 dieron una dimensión nacional a la carrera de Flávio. Consiguió más de 4,3 millones de votos y fue el candidato más votado en la contienda por el Senado en Río de Janeiro. El resultado no puede separarse de la candidatura presidencial de Jair. Padre e hijo se presentaron por el Partido Social Liberal (PSL) y fueron impulsados por la misma ola electoral que llevó a Jair a la Presidencia. Su llegada al Senado, sin embargo, también diferenció a Flávio de sus hermanos. Carlos seguía en la política municipal de Río y se encargaba de movilizar a la base digital de su padre. Eduardo ocupaba un escaño en la Cámara de Diputados y empezaría a ganar protagonismo en los círculos internacionales de la derecha, especialmente a través de sus relaciones con el trumpismo en Estados Unidos. Por su parte, Flávio adoptó en el Senado una postura más discreta, actuando en la coordinación política del Congreso con el Gobierno de su padre.

Pero esa capacidad de negociación no significaba que su agenda fuera necesariamente moderada. Sus propuestas se centraron nuevamente en el ámbito de la seguridad pública, con proyectos que incluían la defensa de la reducción de la edad de responsabilidad penal e iniciativas para ampliar la portación de armas. Pero hasta mayo de 2026, ningún proyecto de su autoría exclusiva se había convertido en ley. Su actuación en el Senado tuvo resultados más visibles en los informes legislativos y en las comisiones. En 2024, fue relator del proyecto de ley que restringió las salidas temporales de los reclusos y que acabó convirtiéndose en ley. Al año siguiente, fue elegido presidente de la Comisión de Seguridad Pública y anunció como prioridades establecer normas más estrictas para las audiencias de custodia (el trámite judicial que revisa toda detención dentro de las 24 horas) y promover el endurecimiento de la legislación penal.

Sin embargo, durante su mandato, su actuación más visible se produjo en la defensa de la familia, en este caso, la suya propia. En la comisión parlamentaria que investigó la gestión de la pandemia, siguió las declaraciones e intervino cuando las preguntas se centraban en la actuación de Jair Bolsonaro durante la crisis. El gobierno de su padre se había resistido a las medidas de distanciamiento, había defendido tratamientos sin eficacia probada y había puesto en duda la vacunación.

El informe final de la comisión recomendó la imputación de Jair por nueve delitos: epidemia con resultado de muerte, infracción de medida sanitaria preventiva, charlatanería, incitación al delito, falsificación de documento privado, empleo irregular de fondos públicos, prevaricación, crímenes contra la humanidad y crímenes de responsabilidad. En el caso de Flávio, la comisión recomendó su imputación por incitación al delito, debido a la difusión de información falsa sobre la pandemia.

En 2022, Flávio participó en la campaña de reelección de su padre. Tras la derrota, publicó en las redes sociales un mensaje en el que evitaba tanto las denuncias de fraude como el reconocimiento de la victoria de Lula da Silva, mientras que su padre guardaba silencio públicamente. Se repitió un patrón similar tras el 8 de enero. En la comisión parlamentaria que investigó los ataques a las instituciones en Brasilia, Flávio apoyó el informe alternativo presentado por la oposición, que rechazaba la calificación de los hechos como intento de golpe de Estado y atribuía la responsabilidad de los mismos a Lula, llegando incluso a solicitar su imputación. Más tarde, Flávio pasó a defender abiertamente la amnistía para Jair y para los condenados por los hechos del 8 de enero. El patrón consistía en eximir a la familia de toda responsabilidad por los episodios más graves y ofrecer una interpretación de los acontecimientos que preservara el bolsonarismo.

Esta función cobró importancia a medida que se agravaba la situación judicial de su padre. En 2025, Eduardo se instaló en Estados Unidos y comenzó a presionar al gobierno de Donald Trump para que impusiera sanciones contra autoridades brasileñas. Esta actuación reforzaba los vínculos internacionales del bolsonarismo, pero dificultaba las alianzas dentro de Brasil, hasta el punto de que Flávio reconoció públicamente que intentaba contener los excesos de su hermano, calificando los ataques de poco estratégicos para la política nacional. Durante la campaña, su posición en la familia se pondría a prueba en el conflicto con la esposa de su padre, Michelle Bolsonaro. El conflicto se agravó cuando Flávio hizo pública una carta de su padre en la que se lo presentaba como su portavoz exclusivo. Esto llevó a la justicia a prohibirle visitar a su padre en prisión durante el período electoral, y devolvió a Michelle el papel de principal interlocutora de la familia. Unas semanas después, ambos anunciaron una tregua pública, con disculpas mutuas.

Flávio no se convirtió en el jefe indiscutible de la familia, pero empezó a actuar cada vez más como el gestor político de sus crisis. La cárcel apartó a Jair Bolsonaro de las urnas, pero no eliminó su autoridad sobre el Partido Liberal (PL) -el partido de la familia Bolsonaro desde 2021- ni sobre la significativa parte del electorado que seguía reconociéndole como el principal líder de la derecha brasileña. Al elegir a Flávio, Jair llevó al partido a convertir una decisión familiar en una candidatura presidencial y obligó a aliados y posibles rivales de la derecha a posicionarse al respecto. No se trataba solo de conservar el apellido Bolsonaro -la ex-primera dama Michelle también lo llevaba-, sino de transmitir el capital político directamente del padre a uno de sus hijos.

Entre los hijos adultos, la elección de Flávio se produjo tras descartar las demás alternativas en medio de las crisis familiares. En junio de 2026, Eduardo fue condenado por el Tribunal Supremo Federal a cuatro años y dos meses de prisión en régimen semiabierto, sentencia que también lo inhabilitó políticamente. Si regresara a Brasil, estaría obligado a cumplir la pena. Según la sentencia, Eduardo colaboró con el gobierno estadounidense para presionar a las autoridades brasileñas e interferir en el juicio de su padre por el intento de golpe de Estado. Carlos no tenía impedimento legal para presentarse a las elecciones, pero estaba vinculado al denominado «gabinete del odio» y había sido imputado por la Policía Federal bajo sospecha de formar parte de una organización que utilizó ilegalmente la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN), organismo federal de inteligencia, para vigilar a autoridades y adversarios políticos. Según la investigación, Carlos recibía información obtenida por dicha estructura y la utilizaba en ataques en las redes sociales. Jair Renan tenía 28 años y no alcanzaba la edad mínima de 35 años exigida para la Presidencia. Así pues, Flávio era el único de los hijos adultos que reunía la edad, la elegibilidad, un mandato nacional y capacidad de negociación. No era necesariamente el sucesor preferido, pero sí el Bolsonaro posible.

La construcción del «Bolsonaro moderado»

Cuando Jair eligió a Flávio como candidato, en diciembre de 2025, su hijo necesitaba conservar el apellido que le garantizaba el acceso inmediato al electorado de derecha, pero también reducir el rechazo que había contribuido a la derrota y al aislamiento político de su padre. La estrategia inicial consistió en destacar las diferencias entre ambos. En una entrevista con la agencia Reuters, Flávio se definió como un «Bolsonaro vacunado» por haberse administrado dos dosis de la vacuna contra el covid-19, mientras que Jair se opuso a la vacunación y difundió información falsa sobre las vacunas. Se posicionaba así exactamente donde su padre había suscitado mayor rechazo entre el electorado por su gestión de la pandemia. Sin embargo, lo del «Bolsonaro vacunado» era, ante todo, un reposicionamiento de campaña, ya que la propia comisión parlamentaria sobre la pandemia había solicitado la imputación de Flávio por difundir desinformación sobre las vacunas y la pandemia.

Este intento de diferenciación también se reflejó en la construcción de una imagen familiar y religiosa. En los vídeos, Flávio aparece en casa, junto a su esposa y sus dos hijas. Fernanda Bolsonaro bromeó diciendo que lo había «reeducado» y que, de ese modo, había creado un «Bolsonaro moderado». El eslogan «Ven con fe» reforzó el acercamiento al electorado cristiano. Mientras Jair cultivaba la imagen del hombre indomable e «imbatible», Flávio intentaba presentarse como marido, padre de niñas y político capaz de dialogar. Ante el historial de declaraciones misóginas de su padre, esta imagen también servía para reducir su rechazo entre las mujeres.

Pero la imagen pública de Flávio también cambiaba según el público. Ante empresarios y representantes del mercado financiero, Flávio hablaba de responsabilidad fiscal y seguridad jurídica. En los cultos, presentaba su candidatura como una misión encomendada por Dios. Ante los seguidores de su padre, prometía liberarlo y dar continuidad a su proyecto político. Fuera de Brasil, buscaba acercarse a Trump, el argentino Javier Milei y el salvadoreño Nayib Bukele. Flávio no moderaba todas sus posturas, sino que elegía qué decir y en qué hacer hincapié en cada contexto.

En materia de seguridad pública, sin embargo, apenas hay moderación programática. Durante la campaña, Flávio siguió defendiendo la reducción de la edad de responsabilidad penal, el endurecimiento de las penas y el armamento de la población. En un mitin en Río de Janeiro, prometió sacar a los delincuentes de las calles «de pie o tumbados» y construir megacárceles inspiradas en el régimen de Bukele en El Salvador. También propuso la castración química para los condenados por violación y la clasificación de las facciones criminales y las milicias —cuya legalización él mismo había defendido como diputado estatal— como organizaciones terroristas.

La misma ambigüedad se aprecia en su relación con las instituciones. Flávio afirma respetar la democracia y el Tribunal Supremo Federal, pero defiende la amnistía para su padre y para los condenados por los sucesos del 8 de enero. En diferentes ocasiones, declaró confiar en el sistema electoral y trató la polémica sobre el fraude como un capítulo cerrado. En julio de 2026, sin embargo, volvió a asociar falsamente el sistema electoral brasileño con la empresa venezolana Smartmatic, acusación que ya formulaba cuando era diputado estatal. La Justicia Electoral aclaró que la empresa nunca suministró las urnas electrónicas ni sus programas.

Así ocurrió el 7 de septiembre de 2026. Flávio siguió la parte más explícita de las recomendaciones de sus abogados y no anunció que incumpliría las resoluciones ni atacó directamente al sistema electoral. Aun así, afirmó que la condena de su padre era fruto de una persecución política, calificó el 8 de enero de farsa y advirtió, sin nombrar la fuente, sobre una posible injerencia en las elecciones. No repitió exactamente el discurso de Jair, sino que lo reformuló para poder pronunciarlo sin defender abiertamente la ruptura.

El acto del 7 de septiembre tuvo lugar cuando las encuestas ya apuntaban a una contienda reñida. Ese día, la encuesta de la consultora Quaest indicaba un empate técnico en una posible segunda vuelta entre Lula (42%) y Flávio Bolsonaro (41%). Al mismo tiempo, el Tribunal Supremo Federal atravesaba una crisis interna sin precedentes. André Mendonça, ministro designado por Jair Bolsonaro, hizo público un informe de la Policía Federal que planteaba sospechas sobre los contactos entre Alexandre de Moraes -figura clave en los procesos contra el expresidente- y Daniel Vorcaro, un banquero acusado de dirigir una trama de fraude por valor de miles de millones. Moraes reaccionó solicitando que se investigara a Mendonça por abuso de autoridad.

Flávio aprovechó la crisis para anunciar que, de ser elegido, nombraría a cinco de los once magistrados del Tribunal Supremo. Cuatro de esos nombramientos podrían derivarse de una vacante ya existente y de las jubilaciones previstas durante el próximo mandato. La quinta vacante dependía de la destitución de Alexandre de Moraes, cuyo juicio político defiende Flávio. La promesa revelaba el alcance de una posible victoria. Si el Tribunal Supremo había actuado como el principal freno jurídico a las embestidas del bolsonarismo contra las elecciones y las instituciones, Flávio proponía alterar su composición desde dentro. Sus cinco candidatos, sumados a los dos magistrados elegidos por su padre, podrían ocupar siete de los once escaños, lo que alteraría profundamente el equilibrio del Tribunal que condenó a su padre y contuvo parte de la ofensiva institucional bolsonarista.

La acción del 7 de septiembre liderada por Flávio revela lo que le distingue de su padre y de sus hermanos. No solo controla mejor el lenguaje, negocia y sabe dar marcha atrás cuando le conviene. Más importante aún, en lugar de atacar directamente a las instituciones, presenta sus posiciones como propuestas de cambio legal. La desconfianza en las urnas se convierte en una defensa de una mayor transparencia, mientras que el enfrentamiento con el Tribunal Supremo adopta la forma de nombramientos de ministros y de la defensa de la destitución de miembros del Tribunal. Flávio no abandona el enfrentamiento, pero busca conducirlo a través de mecanismos legales capaces de transformar las instituciones desde dentro. El contenido sigue siendo el mismo, aunque ahora se presenta de una forma más prudente desde el punto de vista jurídico.

Este cambio de forma no resta protagonismo a Jair Bolsonaro. Flávio fue elegido por su padre, presenta su candidatura como la continuación del proyecto familiar y depende de él para conservar la lealtad del movimiento. Una de sus principales promesas es precisamente utilizar la Presidencia para lograr la liberación y la rehabilitación política de su padre. Así, la elección de Flávio como candidato revela una nueva fase del bolsonarismo. Tras la derrota, los sucesos del 8 de enero y la condena de su principal líder, el movimiento no ha roto con el pasado ni ha cedido su representación a alguien ajeno a la familia. Ha elegido al hijo más capaz de combinar continuidad ideológica y cautela jurídica. Flávio se presenta como el intento de hacer que el bolsonarismo vuelva a ser posible y que su padre sea absuelto de sus delitos.

Traducción del portugués: Pablo Stefanoni.

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