El Mundial de la desintegración norteamericana
junio 2026
Detrás de la Copa Mundial de Fútbol de 2026 hay una historia de poder: la del ascenso futbolístico de Estados Unidos sobre el viejo predominio mexicano. El país que fuera el «gigante de la CONCACAF» participa hoy como socio menor. Con el T-MEC en crisis, el torneo puede ser el epitafio de una América del Norte integrada.
Cada cuatro años, el fútbol -normalmente territorio exclusivo del periodismo deportivo- se convierte en un campo fértil para la reflexión política. Una y otra vez aparece la idea de que el juego refleja la realidad social y, en particular, el estado de las relaciones internacionales. La Copa del Mundo de 2026, organizada conjuntamente por Estados Unidos, México y Canadá, no es la excepción.
Es natural la tentación de leer como metáfora geopolítica un torneo que aspira a representar al conjunto del planeta. Frecuentemente se invoca el partido entre Inglaterra y Argentina en 1986 como el traslado de la Guerra de Malvinas al campo de juego. En el mismo sentido, se cita la llamada Guerra del Fútbol entre Honduras y El Salvador -así la bautizó Ryszard Kapuściński-, precedida por una serie de partidos eliminatorios que exacerbaron las tensiones entre ambos países. Pero si bien este tipo de interpretaciones resultan inevitables cuando dos equipos se enfrentan ataviados con los colores y los símbolos nacionales, el uso del deporte como metáfora política tiene obvias limitaciones. Abusar de este recurso suele oscurecer, además, nuestra comprensión de la interacción real entre el deporte y la geopolítica.
Visto desde la coyuntura, el Mundial que está por comenzar es leído como un proyecto de Donald Trump enmarcado en su disruptiva política internacional; una empresa en la cual México y Canadá son socios minoritarios. La atención también está puesta en la posibilidad de estallidos sociales en Estados Unidos en el marco de las brutales políticas migratorias implementadas por el gobierno trumpista, pero también la participación de la selección iraní en el certamen está causando tensiones diplomáticas que alimentan al complejo conflicto en Oriente Medio.
Visto desde la perspectiva mexicana, el evento es un reto político para la Presidencia de Claudia Sheinbaum, no solo por las dificultades organizativas que implica, sino porque complica una relación con Estados Unidos tensada por las recurrentes acusaciones de Trump contra México por la gestión del combate contra el crimen organizado. A ello se suma un complejo escenario interno en el que diferentes movimientos sociales, como el sindicalismo magisterial y los colectivos de búsqueda de personas desaparecidas, alistan protestas para aprovechar los reflectores mundialistas.
Todas estas lecturas sobre la relevancia del torneo tienen su mérito, pero propongo pensar la relación México-Estados Unidos en torno del balompié más allá de la mirada geopolítica coyuntural. Me interesa, en particular, explicar la forma en que la reorganización de la cultura del fútbol en Estados Unidos, en el marco de la crisis del gran proyecto de integración económica de la región, abona a la subordinación de México a los intereses de su vecino del Norte. Y esto, tras una larga historia de predominio mexicano en el terreno futbolístico.
La relación entre Estados Unidos y México ha sido a lo largo de la historia una relación obviamente desigual. No obstante, durante el siglo XX, el fútbol fue uno de los pocos ámbitos donde los mexicanos podían reivindicar su superioridad. El predominio no se limitó al campo de juego. Si bien la selección mexicana no se ha destacado por lograr grandes triunfos internacionales, el país tuvo un importante papel en la organización global del fútbol a partir de la década de 1960, cuando ocupó puestos importantes en la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) y fue sede de los mundiales de 1970 y 1986.
La relevancia de México en el fútbol internacional fue resultado de un exitoso proyecto empresarial. Durante la década de 1960, Emilio Azcárraga Milmo, hijo de uno de los mayores magnates de la radio y la televisión en México, cuyo imperio incluía a la empresa predecesora del actual Grupo Televisa, se interesó por las posibilidades comerciales del fútbol. El joven empresario no solo incursionó en este deporte, lo tomó por asalto: adquirió un club de fútbol, perfeccionó la transmisión televisiva de los partidos, potenció la venta de espacios comerciales en las transmisiones, emprendió la construcción de uno de los estadios más grandes del mundo -el Estadio Azteca (1966)- y, en 1960, tomó control de la Federación Mexicana de Fútbol (Femexfut) a través de la figura de Guillermo Cañedo.
Una vez controlado el balompié local, Cañedo se convirtió en el alfil de Azcárraga en la FIFA y llegó a ser vicepresidente de la organización en 1962. Dos años después, México ganó la sede para el Mundial de 1970. La edición fue un resonante éxito comercial y la primera ocasión en que el evento se transmitió en vivo y a todo color al mundo vía satélite.
El éxito del torneo consolidó la posición dentro del grupo de Azcárraga Milmo, que asumió el control del imperio mediático a la muerte de su padre en 1972. En los años siguientes, los intereses futbolísticos mexicanos dentro de la FIFA no hicieron sino fortalecerse. Por ejemplo, el apoyo mexicano fue fundamental para el ascenso del brasileño João Havelange a la Presidencia en 1974, mientras que Cañedo ocupó diferentes puestos en la organización hasta 1997.
El panorama en Estados Unidos no podía ser más diferente. Históricamente, el fútbol había tenido poca relevancia económica ya que competía con deportes de mayor arraigo social como el béisbol, el fútbol americano y el básquet. En 1968, las dos principales ligas de soccer se fusionaron en un intento de generar un torneo nacional transmitido por televisión y dieron lugar a la North American Soccer League (NASL). Durante la década de 1970, aunque con problemas financieros de por medio, el torneo gozó de cierta popularidad al atraer a estrellas internacionales como el jugador brasileño Edson Arantes do Nascimento, más conocido como Pelé, o el alemán Franz Beckenbauer.
En este marco, la maquinaria organizativa del fútbol mexicano se enfrentó al incipiente proyecto estadounidense en la disputa por la sede del Mundial de 1986. En 1982, el presidente colombiano Belisario Betancur rechazó la celebración del torneo en su país dado el difícil contexto económico regional y las desmedidas exigencias de la FIFA. Al declararse vacante, tres países pujaron por la sede: México, Estados Unidos y Canadá, los actuales coorganizadores. Mientras la candidatura canadiense no tenía demasiada tracción, para ese momento la estadounidense tenía fuertes apoyos políticos y empresariales, que incluían a la empresa Warner Communications -uno de los poderes empresariales detrás de la NASL- y al ex-secretario de Estado Henry Kissinger, gran aficionado al fútbol y dirigente del comité organizador de la candidatura. Pero a pesar de que Washington presionó a numerosas federaciones europeas y caribeñas, no pudo vencer a la maquinaria mexicana, que contaba con el apoyo de Havelange.
Los directivos mexicanos recurrieron también a subterfugios casi inverosímiles para entorpecer la candidatura rival. Según relata el periodista Francisco Javier González en El 86. El año en que México cambió al mundo (2022), durante el congreso de Estocolmo el titular de la federación mexicana le indicó a un grupo de manifestantes que protestaba contra Kissinger por dónde entraría este al edificio: el bloqueo demoró a la delegación estadounidense y redujo su tiempo de presentación ante el Comité Ejecutivo de la FIFA. Estados Unidos fue derrotado en la política institucional del fútbol por el «gigante de la CONCACAF» (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol), como se llamaba a México. El fracaso fue tan resonante que los inversores de la NASL abandonaron el proyecto, lo que retrasó el desarrollo del fútbol profesional en el país.
Sin embargo, unos años después, en 1988, la FIFA accedió a las aspiraciones estadounidenses de albergar un Mundial al otorgarle la sede para 1994. Cabe señalar que, mientras Estados Unidos se preparaba para recibir su primera Copa del Mundo, iniciaba un proceso de integración económica con México y Canadá con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). A través de este acuerdo, México ligó su desarrollo económico al de su poderoso vecino, sacrificando la ya limitada autonomía que había intentado sostener durante los años de la Guerra Fría y subordinando su crecimiento a los vaivenes económicos al norte del Río Bravo.
El otorgamiento de la sede significó un reconocimiento del potencial de crecimiento del fútbol en Estados Unidos, país que, por sus características económicas y poblacionales, representaba un apetecible mercado. Una de las condiciones que puso la FIFA a la Federación de Fútbol de los Estados Unidos (USSF, por sus siglas en inglés) fue que se estableciera una liga profesional competitiva, lo cual dio pie al surgimiento de la Major League Soccer (MLS). Pero aunque a la larga el Mundial impulsó el crecimiento del fútbol estadounidense, en lo inmediato fue incapaz de conquistar la atención de los grandes públicos del país. Muestra de ello es que, mientras que la cadena Univision, dirigida al público hispanoparlante, transmitió todos los juegos del Mundial de 1994, la ABC transmitió solamente 11 de 52 partidos.
A inicios del siglo XXI, tanto Estados Unidos como México se interesaron por la sede de una nueva Copa del Mundo. Ambos intentaron obtener la de 2022, pero México retiró su candidatura antes de la votación final y Estados Unidos perdió frente a Qatar en la última instancia. En ese marco, diferentes agencias dentro de la administración de Barack Obama iniciaron investigaciones contra funcionarios de la FIFA por prácticas corruptas en el otorgamiento de las sedes de los mundiales, así como en la venta de los derechos televisivos. El llamado «FIFA Gate» estalló en 2015 y provocó la renuncia de su presidente, Joseph Blatter, así como la de otros altos mandos de la organización y líderes de fútbol regionales. Además, se levantaron cargos contra casi media centena de funcionarios y empresarios. El golpe contra la FIFA llevó a la elección de un presidente de la asociación servicial a los intereses estadounidenses: Gianni Infantino.
Inmediatamente se comenzó a cocinar una candidatura conjunta entre México, Estados Unidos y Canadá, la cual fue anunciada unos meses después de que Donald Trump iniciara su primer mandato presidencial en 2017. El involucramiento de los dos socios regionales puede explicarse como una jugada política para sumar votos, pero también como una forma de disimular que el Mundial quedaba, en los hechos, en manos estadounidenses. Sin embargo, es indiscutible que la candidatura tripartita fue aprobada en 2018 por una FIFA zarandeada por los escándalos de corrupción destapados desde Estados Unidos y con una Presidencia complaciente hacia Trump. Mientras que Qatar salió victorioso en 2022 por un escaso margen, la candidatura conjunta por 2026 triunfó de manera holgada.
Paradójicamente, la alianza entre los mismos tres países que se habían enfrentado por la sede en 1986 se dio en un contexto en el que el mismo Trump comenzaba a poner en duda el proyecto de integración regional consagrado en el TLCAN. Aunque el tratado comercial se reformuló pronto bajo la batuta del mandatario estadounidense como T-MEC, la relación quedó trastocada desde entonces. Por otro lado, la incorporación de las federaciones mexicana y canadiense a la candidatura fue más una sumisión que un acuerdo entre pares. El reparto final de juegos entre los tres países muestra el peso de cada uno: 78 para Estados Unidos, 13 para México y otros tantos para Canadá.
El proyecto del Mundial de Fútbol con triple sede precedió al éxito político de Trump, pero su apoyo ha sido crucial. La iniciativa empresarial de la MLS contaba desde antes con diferentes canales de comunicación con el trumpismo. El empresario deportivo Robert Kraft, dueño del equipo New England Revolution, tenía una larga relación con el propio magnate neoyorquino, así como también con los hermanos anticastristas Jorge y José Mas, empresarios del ramo de la construcción y dueños del Inter Miami. A estos nexos se suma el magnate de medios Rupert Murdoch, cuya televisora ha transmitido los juegos de la MLS y hará lo propio con los partidos del Mundial.
Por su parte, en las últimas dos décadas el fútbol mexicano ha dejado de ser la aceitada máquina política que era en 1986. A partir de 2015, un actor clave como Grupo Televisa, controlado ahora por la siguiente generación de la familia Azcárraga, comenzó a mostrar signos de una crisis financiera, resultado de los avances de las nuevas plataformas digitales de origen estadounidense. Además, el grupo empresarial resultó golpeado políticamente por sus conexiones con el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), particularmente por su apoyo a la campaña y gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018), quien terminó su mandato sumido en el desprestigio. Aun así, el ex-presidente siguió siendo una figura influyente: la sede para México del Mundial de este año se gestó con su apoyo y su ascendiente fue tal que el actual dirigente del fútbol mexicano, Mikel Arriola, es un antiguo funcionario de su gobierno.
En este contexto, para el gobierno de Claudia Sheinbaum el torneo ha representado más una pesada herencia que una oportunidad política. Las amplias exenciones fiscales que Peña Nieto había garantizado a la FIFA hasta 2028 chocaban con la reforma constitucional impulsada por Andrés Manuel López Obrador contra los privilegios fiscales, y Sheinbaum tuvo que renegociarlas a la baja y hacerlas aprobar por el Congreso. Esto ocurrió, además, en medio de un conflicto entre el gobierno mexicano y Ricardo Salinas Pliego, otro magnate de medios, por el pago de impuestos atrasados. Aunque el Mundial promete beneficios económicos para el país, se ha convertido en una oportunidad para que opositores a la izquierda y a la derecha del gobierno lo ataquen políticamente.
Esta Copa del Mundo, fruto de los efectos del «FIFA Gate», representa el triunfo de la influencia estadounidense en el balompié internacional. Para México, este reordenamiento de la geopolítica deportiva es una muestra más de su subordinación a los intereses de su vecino del Norte. Atrás quedaron los años de superioridad deportiva mexicana y la época en que la Femexfut influía en la máxima organización del fútbol. En las actuales condiciones, el torneo agrava los problemas que sufren los actores tradicionales de las comunicaciones en México, que cada día se ven más asediados por los grandes conglomerados estadounidenses.
El T-MEC –heredero del gran proyecto de integración regional de los años 90– atraviesa hoy un punto clave de renegociación entre México y Estados Unidos. Si en los próximos años se confirma su fracaso, es posible que este torneo haya sido el canto del cisne del sueño de una América del Norte unida.