Una guerra escrita por los astros
septiembre 2026
Una red de astrólogos de extrema derecha vinculados al movimiento MAGA presenta la guerra de Donald Trump contra Irán como el cumplimiento de un destino cósmico. Al fusionar astrología, escatología cristiana y conspiracionismo, este relato convierte la violencia en mandato celestial y la crítica democrática, en una rebelión contra el orden del universo.
Con una cruz de Jerusalén tatuada en el pecho y un símbolo con el lema Deus vult –«Dios lo quiere»– en el brazo, el secretario de Guerra de Estados Unidos Pete Hegseth exhibe en su cuerpo el universo simbólico que promueve en el Pentágono. Los ataques de la operación Furia Épica contra Teherán, iniciados el 28 de febrero de 2026, ayudaron a inscribir las acciones del gobierno de Donald Trump en una interpretación bíblica. Los servicios religiosos celebrados en el Pentágono, la notoria cercanía de Hegseth con el pastor nacionalista cristiano Doug Wilson y su insistencia en que Estados Unidos es, ante todo, una «nación cristiana» contribuyen a que la guerra en Irán sea presentada ante las tropas como el cumplimiento de una profecía escatológica.
Desde la década de 2000, no es inusual que los presidentes estadounidenses invoquen a Dios para justificar una guerra. Después del 11 de septiembre, George W. Bush habló de una cruzada contra el mal. Pero esos relatos aún se construían en torno de la imagen de una nación cristiana que afirmaba defender un orden liberal amenazado. Con el movimiento MAGA, en 2026, se produjo un cambio cualitativo. Ya no se trata de defender un mundo, sino de ponerle fin al que existe para inaugurar otro. La escatología –la doctrina sobre el fin de los tiempos, el colapso y el Juicio Final– dejó de ser un telón de fondo cultural y se convirtió en la gramática explícita de la política exterior. Trump ya no es un presidente que libra una guerra con la ayuda de Dios. En el discurso de sus seguidores más comprometidos, se ha convertido en la figura mediante la cual Dios libra la guerra.
Esta interpretación circula en los sermones de las megaiglesias evangélicas y en los discursos de las figuras de la Nueva Reforma Apostólica, que desde hace años preparan a sus audiencias para reconocer en Trump a un individuo profético, ungido por Dios. El mensaje se retransmite a través de los medios del ecosistema MAGA, en canales de cable, podcasts y Truth Social –la red social de Trump Media y principal canal de comunicación directa de Trump–. También se multiplica, de manera más discreta, mediante una constelación de cuentas de X y YouTube que producen un discurso convergente: favorable a Trump y a la guerra en Irán, y enmarcado en una batalla cósmica entre las fuerzas del bien y del mal. Para ello recurren a una fuente que nadie esperaba dentro de esta comunidad política: la astrología.
Ahí se oculta una contradicción. La astrología y la escatología cristiana comparten un terreno común: el esoterismo, la revelación y la idea de que quienes saben descifrar los signos pueden leer los sentidos ocultos del mundo. Pero dentro del evangelismo estadounidense, que representa una porción decisiva de la base de MAGA –en 2025, 67% de los evangélicos blancos adhería al nacionalismo cristiano o simpatizaba con él–, la astrología es algo que debe mantenerse a raya. En la tradición evangélica, pertenece al terreno de la adivinación y la idolatría; el Deuteronomio condenó la consulta a los astros como una práctica oculta.
¿Cómo logró entonces una pequeña red de astrólogos favorables a MAGA insertarse como un actor clave para definir y narrar la guerra en Irán y convertirse en un vehículo de adhesión para una base que, según toda lógica doctrinal, debería rechazarla? El asunto trasciende la sociología de un nicho esotérico. Afecta la forma misma de autoridad política en que el trumpismo de 2026 comienza a apoyarse.
Una red pequeña pero estratégicamente situada
Suelen confundirse dos enfoques de la astrología. La astrología de los horóscopos, orientada a los individuos, responde a una lógica distinta de la astrología «mundana» –o «política»–, utilizada habitualmente para analizar el comportamiento de los Estados a partir de sus cartas natales. En el caso de Estados Unidos, esa carta se traza a partir de la firma de la Declaración de Independencia, el 4 de julio de 1776. Desde ese punto de partida, el astrólogo proyecta los tránsitos planetarios actuales y afirma leer en ellos el destino de una nación. Es un campo reducido y sus practicantes son pocos. Los errores suelen quedar expuestos a plena luz, pero un acierto puede elevar a una persona a la categoría de profeta.
Eso es precisamente lo que ocurrió en el movimiento MAGA. Menos de un mes antes de las elecciones de 2016, los astrólogos estadounidenses más destacados se reunieron en California en la conferencia de la Sociedad Internacional para la Investigación Astrológica, donde casi todos predijeron una victoria de Hillary Clinton. La escena se repitió en 2024, esta vez en línea, cuando la gran mayoría de los expositores anunció el triunfo de Kamala Harris. En ambos casos, un puñado de voces disidentes sostuvo la posición opuesta y predijo la victoria de Trump. Al exhibir su supuesta capacidad para acertar allí donde el resto del campo se equivocaba, figuras como Joni Patry –una astróloga con una amplia audiencia en YouTube– o Peter Novak –que se presenta en X como «el astrólogo de MAGA»– se ganaron la confianza de muchos observadores.
Cuando Novak publicó el 26 de febrero de 2026 un mensaje en X que pronosticaba una gran crisis militar en marzo y abril, casi nadie le prestó atención. Dos días más tarde cayeron las bombas sobre Teherán y la publicación superó rápidamente las 100.000 visualizaciones. El punto decisivo no es que la predicción haya sido correcta –después de todo, se benefició de un considerable efecto Barnum, con formulaciones lo bastante amplias como para parecer siempre certeras–, sino que era pública, estaba fechada y era previa al acontecimiento. En un universo mediático saturado de análisis retrospectivos, el astrólogo que anuncia una guerra por anticipado adquiere una autoridad que nadie más puede reivindicar.
No conviene sobredimensionar la cantidad de seguidores de esta red. Unos pocos cientos de miles de visualizaciones de un video viral no constituyen una audiencia masiva. Pero tampoco hay que subestimar su importancia. Dentro de la economía de la atención trumpista, las publicaciones de estas cuentas circulan ampliamente, mientras otras cuentas secundarias imitan su estructura argumental. Un pequeño núcleo de creadores produce los contenidos, una capa intermedia los amplifica y una base más amplia los consume. La red astrológica favorable a MAGA no necesita ser masiva para desempeñar un papel estructurante en el movimiento más amplio.
Una guerra escrita en el Cielo
El relato que esta red construye sobre la guerra en Irán entrelaza dos marcos: uno astronómico y otro de especulación cristiana. En el centro de ambos se encuentra el año 2026. El 20 de febrero, Saturno y Neptuno entraron en conjunción a 0° de Aries. Esto significa que, vistos desde la Tierra, ambos planetas parecían ocupar el mismo punto del Zodíaco en el cielo, al comienzo de la constelación de Aries. En astrología, Saturno se asocia tradicionalmente a la estructura y la autoridad, mientras que Neptuno se vincula a la disolución, la espiritualidad y la ambigüedad. Los astrólogos consideran especialmente significativo su encuentro en este punto de partida simbólico, ya que es la primera configuración de este tipo desde 1523, un periodo habitualmente asociado a la Reforma y el surgimiento del mundo moderno. Ocho días después comenzaron los ataques contra Teherán.
Luego, entre el 15 y el 17 de abril, seis planetas se agruparon en Aries alrededor de la luna nueva, en un stellium –una concentración de varios planetas en un mismo signo– que los astrólogos describen como otra rareza excepcional. Según afirman, las últimas alineaciones comparables se remontan a 879 –la caída del Imperio carolingio– y a 1861 –el estallido de la Guerra Civil estadounidense–. La lista se presenta como prueba de que abril de 2026 constituye uno de esos puntos de inflexión históricos en los que el viejo orden cede su lugar.
A esta base se suma una aritmética escatológica que circula desde hace varios años en ámbitos dispensacionalistas –grupos evangélicos que dividen la historia en etapas y predicen un inminente fin de los tiempos–. Si se supone que la crucifixión tuvo lugar en el año 33, en 2033 se cumplirán 2.000 años. Sin embargo, la tradición dispensacionalista, dominante en el evangelismo estadounidense desde la publicación de la Biblia anotada de Cyrus Scofield –pastor y teólogo estadounidense de fines del siglo XIX y comienzos del XX–, postula una tribulación de siete años previa al regreso de Cristo. Basta entonces con hacer una resta: 2033 – 7 = 2026. El cálculo no tiene nada de canónico y hasta es rechazado por teólogos rigurosos, que recuerdan a los creyentes que Mateo 24:36 prohíbe expresamente poner fecha al regreso de Cristo: «ni el día ni la hora». Pero el relato circula de todos modos, se cruza con las configuraciones astrales y transforma un año corriente del calendario en un año umbral.
La propia red astrológica favorable a MAGA se divide en dos tendencias, conocidas como astrología occidental y astrología védica, que se apoyan en tradiciones distintas y poseen vocabularios propios. Mientras la primera habla del fin de los tiempos y de un nuevo orden mundial en el lenguaje de la profecía bíblica, la segunda habla de un Reinicio Global, del fin del Kali Yuga y del comienzo de una Edad de Oro. El desvío por la tradición védica permite decir casi exactamente lo mismo que la escatología cristiana sin pronunciar jamás las palabras condenadas por el Deuteronomio. La contradicción doctrinal entre la astrología y el evangelismo se disuelve mediante este desplazamiento léxico: el oyente evangélico percibe el eco de sus propias expectativas bajo un ropaje exótico y se siente autorizado a creer porque nadie le dice que está escuchando una forma de adivinación.
Este marco seguiría siendo abstracto si no encontrara puntos de resonancia en la actualidad. La guerra en Irán los proporcionó en abundancia y permitió construir un relato cronológico ordenado: un eclipse solar anular el 17 de febrero, 11 días antes del comienzo de los ataques; una conjunción de Saturno y Neptuno el 20 de febrero, ocho días antes; un eclipse lunar total el 3 de marzo, que consolidó retrospectivamente el ingreso en la guerra; el ingreso de Marte en Aries el 9 de abril, un día después del alto el fuego del 8 de abril, interpretado como el comienzo de una nueva fase; y finalmente, el 17 de abril, una luna nueva en Aries, punto culminante de la concentración planetaria, mientras se empantanaban las conversaciones entre Estados Unidos e Irán.
La cronología militar se superpone con otra celestial anunciada de antemano y convierte retrospectivamente cada fecha del conflicto en una confirmación. La fuerza del relato reside en que se apoya en fenómenos astronómicos que pueden comprobarse públicamente y en un conflicto cuyos acontecimientos pueden seguirse hora por hora. Para el lector apresurado, el encaje puede parecer evidente por sí mismo. De hecho, ante la incertidumbre de la guerra en Irán, los astrólogos ofrecen a los seguidores del movimiento MAGA de 2026 aquello que el evangelismo por sí solo no puede proporcionar: un cronograma explícito, una justificación cósmica y un marco interpretativo.
Lo que queda por determinar en esta historia es quiénes son sus protagonistas y cómo terminará. Por el momento, Estados Unidos e Israel son presentados como países fortalecidos por la guerra después de un periodo de tribulaciones. Esta interpretación se apoya, en primer lugar, en la tradición del sionismo cristiano, que considera al Estado de Israel como el cumplimiento de una profecía bíblica y, en segundo lugar, en una lectura nacionalista de la carta natal de Estados Unidos, interpretada como la de una nación providencial destinada a afirmar su poder a escala mundial. El relato admite reveses y pérdidas intermedias, pero nunca una derrota. Es precisamente esa lucha por alcanzar la victoria la que supuestamente demuestra, a posteriori, que se está del lado del bien. Así, la victoria militar no aparece como la confirmación de una estrategia geopolítica particular, sino que consagra y confirma una necesidad metafísica.
Este punto es políticamente importante. La guerra causó la muerte de más de 3.000 iraníes y varios miles de víctimas en la región, provocó una fuerte alza del precio del petróleo crudo y cerró repetidamente el estrecho de Ormuz, con consecuencias económicas y alimentarias duraderas. En ese contexto, un relato que excluye por su propia naturaleza la posibilidad del fracaso constituye un recurso político considerable. Una oposición democrática podría exigir una rendición de cuentas. El relato escatológico y astral responde, en cambio, que la profecía se cumplirá y que al final aguarda la Edad de Oro.
«Confía en el plan»: un QAnon sin Q
Este discurso reactiva una tradición más antigua. Durante el Renacimiento, la astrología natural, distinta de la astrología judiciaria abiertamente adivinatoria, fue una práctica extendida y tolerada por varios teólogos medievales en nombre de la creación divina del firmamento. Fue la Reforma protestante, con su lectura estricta del Deuteronomio, la que condenó estas prácticas con un nuevo radicalismo. En principio, esta prohibición, heredada por el evangelismo estadounidense, debería volver imposible la alianza que vemos hoy.
Y, sin embargo, regresó la retórica de la predestinación. Esta doctrina, que en otro tiempo ocupó un lugar central en el protestantismo clásico, sostiene que Dios ha predeterminado todo cuanto sucede, sin dejar nada librado al azar ni a la elección humana. Si las alineaciones planetarias anunciaron a Trump en 2016 y los ataques contra Irán en 2026, esos acontecimientos deben formar parte del designio divino.
Queda por comprender por qué este modo de explicación está resurgiendo en la actualidad. La explicación más sencilla remite a la demanda: en periodos de incertidumbre radical, disminuye la tolerancia a la ambigüedad y se intensifica la necesidad de un marco que vuelva a hacer inteligible el mundo. El evangelismo apocalíptico ofrece, en efecto, un marco de ese tipo, orientado hacia el fin de los tiempos y el regreso de Cristo, pero no establece fechas precisas ni traduce sus premoniciones en acontecimientos concretos. La astrología política, en cambio, formula predicciones acotadas y ancladas en fenómenos que pueden verificarse públicamente –eclipses, stelliums, conjunciones–. Allí donde la profecía bíblica espera, la astrología mide el tiempo y se anticipa a él. Esto es también lo que le permite fundirse con un imaginario político ya preparado para leer la historia como un plan oculto.
«Confía en el plan» fue la consigna central de QAnon, el movimiento que, entre octubre de 2017 y diciembre de 2020, difundió casi 5.000 mensajes crípticos –los llamados Q drops– acompañados por un vocabulario que dejó una huella duradera: «Gran Despertar», «despierta», «investiga por tu cuenta». En diciembre de 2020, los mensajes de Q cesaron. El profeta anónimo enmudeció, pero su gramática sobrevivió: quedó huérfana, en busca de un nuevo texto que descifrar.
La astrología política llegó para recuperar a esa audiencia. Los trabajos de los investigadores de las espiritualidades alternativas Charlotte Ward y David Voas, así como los del podcast Conspirituality –dedicado a investigar el cruce entre la cultura del bienestar y las teorías conspirativas–, conducido por Derek Beres, Matthew Remski y Julian Walker, han cartografiado desde 2020 el magnetismo mutuo entre el mundo del desarrollo personal y las redes conspirativas favorables a Trump. La astrología política se inserta en esa línea de falla y ofrece, allí donde los mensajes de Q habían fracasado, algo más sólido: cálculos astronómicos verificables públicamente, una tradición milenaria y un historial documentado de aciertos. Es, en cierto sentido, un QAnon sin Q, despojado de su oráculo fantasma y conectado directamente con el Cielo.
El líder natural, ungido para la batalla
Sobre esta base se erigió la parte políticamente más significativa del dispositivo: la figura de un líder natural, designado por la propia naturaleza de los astros, sin mediación humana. «[Trump] va a llevar al mundo por buen camino», repite a sus suscriptores la astróloga védica Joni Patry. La fórmula parece engañosamente inocua. Supone una determinada visión de la historia: la «teoría del gran hombre», asociada al ensayista e historiador escocés del siglo XIX Thomas Carlyle, según la cual no son las fuerzas colectivas las que impulsan el curso histórico, sino los individuos excepcionales. Son los «elegidos», aquellos cuyas cartas natales contienen configuraciones inusuales, quienes determinan la dirección de la historia. En el mejor de los casos, el pueblo ratifica las decisiones de sus dirigentes; en el peor, se resiste y demora su avance. Esta teoría contiene, por lo tanto, un claro tono mesiánico.
En una democracia, la legitimidad de un líder descansa sobre una autoridad delegada y sobre los controles y contrapesos que la limitan. En la teoría del gran hombre, la legitimidad se apoya en la naturaleza del líder, en lo que es antes que en lo que hace. Los astros no validan un proyecto: designan a una persona.
En el caso de Trump, esta designación se apoya en coordenadas astrológicas precisas que deben tomarse en serio. No porque los relatos construidos en torno de ellas sean necesariamente verdaderos, sino porque producen un efecto de realidad sobre quienes los escuchan. Trump nació el 14 de junio de 1946 a las 10:54 de la mañana en Nueva York. Su ascendente –o «signo ascendente»– está en Leo y Marte aparece en conjunción con él. La estrella fija Régulo –la gran estrella regia que desde la Antigüedad babilónica y hermética representa al rey legítimo– se encuentra a menos de un grado de distancia. Tanto en la astrología occidental como en la védica, estos signos componen una firma de poder y autoridad.
Pero la tradición védica añade un elemento que ocupa un lugar desmesurado en el discurso favorable a Trump. Los astrólogos dividen el Zodíaco en 27 nakshatras o mansiones lunares. El primer nakshatra de Leo se llama Magha. Sus divinidades tutelares son los Pitris, los ancestros reales; su símbolo es el trono y su estrella emblemática es precisamente Régulo. Ahora bien, con Marte en conjunción, el ascendente de Trump se encuentra dentro de Magha. Es decir que, según la gramática védica, es un «nativo» del trono. La homofonía entre Magha y MAGA es demasiado perfecta para pasar inadvertida, y la idea de que el nombre del movimiento no es una coincidencia circula en las redes sociales. La coincidencia fonética se convierte así en una especie de firma cósmica.
Esta construcción se articula con una lectura paralela de la carta natal de Estados Unidos. Un destino se une con el otro. Trump ya no es simplemente un hombre: es la encarnación de Estados Unidos, su personificación en el momento decisivo. El líder individual y la nación providencial se fusionan. En la teoría del líder cósmico, el elegido por el cielo es también el conductor de la guerra, y este deriva su legitimidad de una elección celestial. Esta fusión constituye, en sentido estricto, una regresión premoderna.
En la tradición moderna, la legitimidad de un jefe de Estado descansa sobre tres elementos diferentes: un mandato recibido, una función limitada y una temporalidad acotada. La astrología política favorable a Trump esboza, en cambio, la figura de un hombre designado por los astros, cuya misión es cósmica y cuyo final está escrito en el Cielo. Sería absurdo cuestionarlo, porque hacerlo equivaldría a discutir los equinoccios. A esto se suman las predicciones sobre su posible reelección en 2028, pese a que la 22ª Enmienda de la Constitución se lo prohíbe. Por lo general, estas predicciones no concluyen que será reelegido, pero su aparente seriedad basta para volver concebible esa posibilidad. Poco a poco, la autoridad suprema se convierte en un hecho aceptable y, luego, en uno esperado.
Después de Trump: la transmisión del trono
La teleevangelista Paula White-Cain, directora de la Oficina de Fe de la Casa Blanca, compara pública y regularmente a Trump con Cristo. El 12 de abril de 2026, domingo de Pascua ortodoxa, el propio Trump difundió en Truth Social una imagen generada mediante inteligencia artificial que lo mostraba con una iconografía que lo asimilaba abiertamente a Cristo, apenas unas horas después de atacar públicamente al papa León XIV por sus críticas a la guerra en Irán. Tras las reacciones indignadas de círculos cristianos, Trump eliminó la imagen al día siguiente e insistió en que había creído que lo representaba «como médico». La explicación provocó numerosas burlas. Pero el gesto inicial revela algo diferente y más profundo. Más que un error, parece expresar una tentación de Trump. Su imagen mesiánica ya venía consolidándose; simplemente la manifestó demasiado pronto y de un modo demasiado explícito.
Sin embargo, una pregunta atormenta a esta red astrológica. Varias de sus predicciones, formuladas en 2025 y a comienzos de 2026, sugieren que pronto se producirá una gran conmoción política: una muerte en la cúpula del poder. La formulación es deliberadamente vaga, pero su sola existencia basta para instalar en la audiencia la figura teológica del sacrificio necesario para inaugurar una nueva era. Sin derramamiento de sangre, la Edad de Oro no puede llegar. Esta figura tiene un nombre preciso en la cultura cristiana: es Cristo. Jesús muere para que pueda llegar el Reino.
El imaginario del sacrificio se ve reforzado por la perspectiva de un sucesor claro. Según los astrólogos de MAGA, el vicepresidente JD Vance comparte con Trump una característica astrológica poco común: un ascendente en Leo aproximadamente en el mismo grado y una conjunción con Régulo, la misma estrella regia. Vance, por lo tanto, no es simplemente el siguiente en el orden constitucional. Está preparado astrológicamente, es portador del trono celestial y puede heredar no solo un mandato político, sino también una misión cósmica.
Ahí reside la fuerza estructural del relato. La democracia vuelve perecedero a cada líder porque lo convierte apenas en un delegado revocable. La teología mesiánica, por el contrario, vuelve indispensable a uno de ellos y lo transforma en el único elegido del momento. La astrología política combina ambas cosas: cada líder es temporalmente indispensable, pero la misión puede transmitirse a otro sucesor designado del mismo modo. El trono se encarna en hombres, pero no se agota en ninguno de ellos. Se reconoce la vieja lógica de las monarquías hereditarias, en las que la fórmula «El rey ha muerto. ¡Viva el rey!» no se refiere a dos personas, sino a una institución por la que pasan los individuos.
Lo que la guerra valida
El efecto final de esta red de astrología política puede ser el más discreto. Al describir la guerra como una necesidad cósmica, legitima los valores que la guerra exige. Marte ingresó en Aries el 9 de abril y marcó así el momento de la confrontación. Aries, el signo guerrero por excelencia, es presentado como el signo de la determinación. El stellium se interpreta como una exigencia cósmica de audacia, mientras que la paz y la diplomacia –que caracterizarían una política exterior basada en el derecho– quedan implícitamente relegadas a la condición de valores obsoletos, virtudes de un Kali Yuga agonizante que debe dejarse atrás. Lo que se valora en su lugar pertenece al registro marcial de la lucha y de la purificación por el fuego.
El propio Hegseth cultiva abiertamente este discurso. Su Pentágono, rebautizado como Departamento de Guerra, promueve un «ethos guerrero» entre los soldados y una norma de «máxima letalidad, no legalidad tibia». El relato astrológico otorga a estos valores un fundamento cosmológico, como si pertenecieran a un orden más antiguo que la voluntad de cualquier individuo. Los valores guerreros, que dos siglos de pensamiento liberal habían intentado contener, recuperan aquí una legitimidad primordial y son presentados como la expresión de un orden querido por el Cielo.
Este relato, más que la personalidad de un presidente o un secretario en particular, contribuye a blindar, entre los seguidores más firmes de Trump, la guerra en Irán frente a las críticas. Dentro de esta gramática, cuestionar la guerra equivale a apartarse del destino. La disidencia política implica una forma de rebelión contra el Cielo.
El desplazamiento es considerable y se extiende mucho más allá de la política exterior. Afecta la naturaleza misma del poder que el trumpismo busca consolidar en 2026: un poder fundado en una designación cósmica, dentro del cual la impugnación democrática cae inmediatamente bajo sospecha. Los astros no votan. Cuando un líder obtiene su autoridad de un relato considerado predeterminado, los votantes quedan reducidos, poco a poco, a la condición de testigos: solo están allí para reconocer aquello que se presenta como destino.
Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Illiberalism Studies Program el 25/6/2026 con el título «The Sky, the Throne, and the War: The Political Astrology of the Trump Era» y está disponible aquí. Traducción: Mariano Schuster.