Opinión

Francia: ¿es posible un gaullismo de extrema derecha?


agosto 2026

De cara a las elecciones presidenciales de 2027, las referencias al gaullismo se multiplican en Francia. Las invoca lo mismo Reagrupamiento Nacional –heredero de una extrema derecha que combatió al general De Gaulle– que los posmacronistas. Detrás de la disputa hay una sociedad enfrentada a la impotencia pública y nostálgica de un Estado fuerte. Pero ¿queda hoy margen para el voluntarismo gaullista?

<p>Francia: ¿es posible un gaullismo de extrema derecha?</p>
NurPhoto/Getty Images

El panorama político francés ha visto multiplicarse las referencias al ex-presidente y líder de la Resistencia Charles de Gaulle, tanto por parte de analistas e intelectuales como de los candidatos a las elecciones presidenciales de abril de 2027. Es el caso del Reagrupamiento Nacional (RN), a pesar de que su fundador, Jean-Marie Le Pen, se oponía totalmente al gaullismo. El núcleo duro del Frente Nacional -como se llamó el partido hasta que Marine Le Pen le cambió el nombre en 2018- reunía desde antiguos colaboradores del régimen colaboracionista de Vichy hasta partidarios de la llamada Argelia francesa. Pero también ocurre lo mismo, y tal vez de manera sorprendente, con candidatos posmacronistas como Édouard Philippe o Gabriel Attal, quienes apelan a la autoridad del Estado al tiempo que están impregnados, en el primer caso, de la visión neoliberal de Alain Juppé y Nicolas Sarkozy, y, en el segundo, del gerencialismo macroniano.

Por otra parte, varias encuestas muestran que la figura del general Charles de Gaulle sigue siendo muy valorada tanto entre los franceses como en el extranjero. 

Una apropiación del legado

La pregunta que surge entonces es qué está en juego en esta referencia al gaullismo. Una primera explicación es la apropiación del legado con el fin de reforzar el proceso de normalización política del RN y hacer olvidar la historia de la extrema derecha, especialmente en su relación con la colonización.

RN estaría construyendo, entonces, una falsa filiación, apropiándose indebidamente de la continuación de un proyecto soberanista y distorsionándolo con su intención de convertirlo en un proyecto estrictamente nacionalista según parecerían indicar las propuestas de reforma constitucional que contempla el partido en caso de llegar al poder.

Esta apropiación llega incluso a utilizar el artículo 11 de la Constitución –es decir, el procedimiento de referéndum– para modificar el texto constitucional sin pasar por el Parlamento, en el cual cabe suponer que RN no contará con mayoría absoluta en 2027. Es la misma vía que empleó el general de Gaulle en 1962, quien utilizó este mismo artículo para instaurar la elección del presidente por sufragio universal directo y en 1969 para reformar la composición del Senado, lo que suscitó y sigue suscitando el rechazo de una gran mayoría de juristas.

En el fondo, sin embargo, se ve que el RN pretende resucitar en este proyecto de referéndum constitucional la postura gaullista de refundación sociopolítica de Francia. Se trata de salir de la política ordinaria para llevar a cabo, como en 1958, una ruptura histórica con una épica salvadora.

El recurso al artículo 11, que permite pronunciarse sobre la organización de los poderes públicos, las políticas económicas y sociales o los servicios públicos, se convierte, en efecto, en señal de un llamado directo al pueblo, pasando por encima del «sistema». Esta reforma, cuyo objetivo sería constitucionalizar algunos de los objetivos políticos del RN, como el control de la inmigración, la defensa de la identidad francesa, la «preferencia nacional»1 o la primacía del derecho nacional sobre las normas internacionales, se inscribe en una estrategia que recurre al pueblo ya no como actor político o social, sino como actor constituyente. Esto abre paso a otra lectura posible.

Combatir la impotencia política

Como muestra la encuesta Fractures françaises de 2025, el electorado del RN se caracteriza por una nostalgia muy fuerte por el pasado: si, en conjunto, 74% de los encuestados considera que «en Francia, el pasado era mejor», esta proporción asciende a 92% entre quienes votaron por Marine Le Pen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2022.

Esta tentación constituyente -al igual que la que propone, desde otra perspectiva, la izquierda de La Francia Insumisa (LFI) y su proyecto de VI República- se puede interpretar como la respuesta a lo que mina la vida política francesa desde 2017. A saber, la profunda inadecuación de las fórmulas políticas actuales a una sociedad francesa enfrentada a una impotencia pública que puede constatar a diario en la votación del presupuesto, la lucha contra los incendios forestales o la ciberdelincuencia que sustrae impunemente los datos de las bases de datos fiscales o escolares.

RN ha aprovechado el colapso del modelo de Estado de bienestar a la francesa, que supone contar con servicios públicos sólidos y elites dedicadas al interés general más que a su carrera en el sector privado. El gaullismo se convertiría entonces en la solución milagrosa que combina el fortalecimiento del Estado y de su autoridad con su legitimación mediante el llamado directo al pueblo.

El gaullismo presidencial, que hay que distinguir del gaullismo partidario, paralizado por claudicaciones políticas, especialmente a partir de 1974, combinaba el voluntarismo político con la democratización de la vida política mediante el recurso al referéndum o a la responsabilidad del jefe de Estado. Es un proyecto de lucha contra la impotencia pública y la crisis de confianza en la democracia que caracterizan tanto a la IV República (1946-1958) como al macronismo en su ocaso.

Se puede intentar definir el gaullismo mediante tres principios. El primero es el de un presidencialismo precario sujeto a la aprobación del pueblo: si se pierden unas elecciones legislativas o un referéndum, el mandato presidencial queda en entredicho. El segundo es el culto al Estado como guardián del interés general por encima de los partidos y de sus estrategias electorales o gubernamentales, lo que impone una distancia institucional entre el Presidente de la República y el Primer Ministro. El tercero es la soberanía nacional, tanto en el ámbito militar (armas nucleares) como en los ámbitos tecnológico (grandes programas aeroespaciales o ferroviarios, energía nuclear civil), económico (una relación distante con los mercados financieros, así como con lo que aún no era la Unión Europea, sino la Comunidad Económica Europea (CEE), con competencias más limitadas) y, por supuesto, internacional (Francia se distanció tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética y buscó una tercera vía cercana a la de los no alineados). En este sentido, el gaullismo, surgido de la Segunda Guerra Mundial, recibió una segunda legitimación gracias a su política de descolonización después de que la crisis argelina hiciera estallar a la IV República. Superó la indignidad del régimen de Vichy, así como la indignidad colonial, al proponer un nuevo modelo político en el plano internacional.

Hay que reconocer que el macronismo sigue siendo uno de los principales motores políticos del voto por el RN, ya que, en cierto modo, ha llevado el antigaullismo a su punto álgido. Esto se debe a su indiferencia ante el fracaso político (en las elecciones europeas de 2019 o las legislativas de 2024, por no hablar de las municipales de 2026). Pero también por el debilitamiento del Estado, cuyos cuerpos más prestigiosos ha desmantelado (entre ellos, el cuerpo de prefectos creado por Napoleón Bonaparte o el cuerpo diplomático), al tiempo que ha dificultado enormemente que los trabajadores estatales de primera línea ejerzan decorosamente sus profesiones (como lo demuestra el reciente llamado a la huelga de los bomberos). Por último, el antigaullismo del gobierno de Macron se demuestra en su incapacidad para restablecer a Francia como potencia arbitral y conciliadora en la escena internacional o en la ilusoria soberanía digital frente a las empresas GAFAM (las grandes empresas tecnológicas estadounidenses: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) y la inteligencia artificial (IA), que ahora movilizan tanto capital como un Estado desarrollado.

La ilusión del voluntarismo

No hay que atribuir, pues, más maquiavelismo al RN del que tiene. Ahora cosecha los frutos podridos –y, por lo tanto, sin tener que sacudir mucho el árbol– de la secuencia política iniciada en 2017. Construida sobre promesas de progreso económico e innovación que suponían una sociedad que confiaba en sus líderes y en sí misma, esta etapa concluyó con una crisis democrática sin precedentes, un nivel récord de desconfianza en las instituciones nacionales y una sociedad fragmentada que ha perdido sus puntos de referencia, incluido el voto de clase.

La referencia al gaullismo no es más que la figura del antimacronismo de derecha, que, por cierto, atrae cada vez más a los antiguos votantes de Los Republicanos2 y del cual el RN se ha convertido en abanderado.

Pero ya pasó la época de la famosa fórmula milagrosa que debía resucitar la Francia mitificada de antaño, la de la soberanía nacional y la toma de decisiones eficaz. RN, al igual que los demás partidos, tendrá que enfrentarse a dos factores que el gaullismo original no conoció. El primero es el dinero: los recursos públicos brillan por su ausencia, mientras que el dinero privado está por todas partes. El general de Gaulle dijo en octubre de 1966, durante una conferencia de prensa, que «la política de Francia no se hace en el parqué de la Bolsa». En ese entonces, la deuda pública representaba menos de 25% del PIB. Pero actualmente sí es así, ya que esa proporción es de 117%, con un monto que supera los 3,5 billones de euros. Tanto la Unión Europea como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y, sobre todo, los mercados financieros no esperarán eternamente a que mejore la situación presupuestaria francesa, y RN, en caso de llegar al poder, deberá elegir entre recortar el gasto público en detrimento de las clases populares que votan masivamente por él, o bien aumentar los impuestos en detrimento de las clases medias y altas que se han sumado a sus electores y le ofrecen una posible mayoría electoral. El segundo, mucho más profundo y sin duda más grave, se vincula al desplazamiento de los centros de poder a favor de las grandes empresas y los mercados.

¿Se puede remediar la impotencia del Estado? ¿Puede la política seguir cambiando la vida de las personas cuando hasta la computadora o el software más sencillo proviene de otra parte? ¿Se puede afirmar que la soberanía, que ya no es ni monetaria ni militar ni tecnológica ni cultural, ni siquiera alimentaria, pueda tener aún algún sentido que no sea una mera resonancia de la historia?

La sociedad francesa se anticipó a esta tendencia bastante antes que los líderes políticos, al involucrarse ahora mucho más en la esfera privada o asociativa que en la vida de activismo. La relación con la política ha cambiado: se ha vuelto más instrumental y más escéptica. Y RN, al igual que las demás fuerzas políticas, tendrá que adaptarse a esta nueva antropología política.

Nota: la versión original de este artículo, en francés, se publicó en The Conversation el 25/8/2026 con el título «Pourquoi le RN revendique l’héritage gaulliste». Traducción: Ana Sofía Rodríguez Everaert.

  • 1.

    Concepto histórico del programa de la extrema derecha que propone dar prioridad a los ciudadanos franceses sobre los extranjeros en el acceso a empleo, vivienda social y prestaciones sociales. Ha sido cuestionado por juristas por su posible incompatibilidad con el principio constitucional de igualdad.

  • 2.

    Los Republicanos (Les Républicains, LR) es un partido de centroderecha, heredero de la tradición gaullista. Fundado en 2015 por Nicolas Sarkozy como sucesor de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), ha ido abandonando el gaullismo clásico y ha sufrido una fuerte pérdida de apoyo electoral en los últimos años, en parte por la fuga de votantes hacia el Reagrupamiento Nacional y hacia el macronismo.

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