Los comunistas rusos vienen mantenido una ambivalencia entre su voluntad de expresar el malestar social y su acercamiento al régimen de Vladímir Putin. Sostenido en una cultura
nostálgica de los «viejos buenos tiempos» de la URSS, sobre todo de la era Brézhnev, y en un discurso nacionalista y antioccidental, el partido ha apoyado la política belicista del Kremlin y se ha sometido a sus dictados.