El movimiento sindical de las Américas frente a la crisis climática

Finalmente, se pronuncia a favor de un nuevo paradigma de producción, distribución y consumo con sustentabilidad ambiental presente y futura. El equilibrio socioambiental será posible con el involucramiento y la participación de los trabajadores y trabajadoras, campesinos y campesinas, pueblos originarios y comunidades indígenas. Para lograrlo se requiere de nuevas tecnologías que minimicen el uso de insumos y técnicas productivas generadores del cambio climático y la desertificación.

Es preciso repensar integralmente el transporte tanto de pasajeros como de mercancías y descentralizar la producción para reducir las distancias entre los centros de producción y los de consumo. Además, se deben proteger nuestros recursos genéticos de la biopiratería, incorporar los principios precautorios en las legislaciones, reformular el paradigma de gestión de materiales, con énfasis en el reciclaje y en la reutilización de los productos, y demandar restricciones a la obsolescencia programada de mercancías, bienes y servicios.

Un balance de los debates y acuerdos de Lima 2014

La 20.ª Conferencia de las Partes

En 2014, la cop de Lima se realizó en un contexto particular, inmediatamente después de dos importantes acontecimientos. El más significativo, el acuerdo firmado entre Estados Unidos y China sobre reducción de emisiones. En segundo lugar, la movilización masiva en Nueva York en septiembre en el marco de la Cumbre del Clima de la onu.

Estos eventos influyeron en muchos observadores, quienes evaluaron que la coyuntura en la cual se llevarían a cabo las negociaciones presentaba características muy diferentes de la conocida el año anterior en la cop de Varsovia.

Desafortunadamente, el optimismo inicial fue en vano. Las negociaciones oficiales fallaron una vez más. La Conferencia de Lima debería haber sido un hito para la definición de medidas urgentes de los gobiernos para apoyar a las personas vulnerables en todo el mundo que deben adaptarse de modo inevitable a los impactos del cambio climático. La demanda concreta era redoblar los esfuerzos dedicados a la reducción de emisiones hasta 2020 y fijar objetivos a largo plazo que limitaran el incremento de la temperatura del planeta. Nada de esto se logró. Los resultados de Lima debilitan aún más las normas internacionales sobre el clima, abriendo la posibilidad para que cada país decida sus propias acciones climáticas, sin ninguna referencia a lo que la ciencia, los movimientos sociales y la justicia reclaman.

Repasemos los antecedentes. El marco institucional del multilateralismo en lo que atañe a la cuestión ecológica se inició en la Cumbre de la Tierra de 1992, también llamada eco 92, realizada en la ciudad de Río de Janeiro. La eco 92 tuvo éxito en establecer un acuerdo en torno al desarrollo sustentable a partir de una intensa movilización de la sociedad civil y del compromiso de diversos estados. Y aunque la mayoría de sus metas hayan quedado en el camino, es innegable que la eco 92 organizó y fomentó una agenda de debates y políticas públicas sobre el tema ambiental.

Veinte años después, la ciudad de Río de Janeiro recibió nuevamente un foro de la onu para debatir sobre desarrollo: la Conferencia sobre el Desarrollo Sustentable (uncsd) o apenas Río+20. El objetivo era renovar y actualizar los acuerdos a partir de dos ejes: el concepto de economía verde y la elaboración de una nueva arquitectura institucional.

Según se desprende de los acuerdos alcanzados en esa oportunidad, por desarrollo se entiende el progreso de las sociedades humanas evaluado por la conjugación de las dimensiones económica, ecológica y social como pilares de la sustentabilidad. El crecimiento económico por sí solo no se corresponde con una mejor situación de vida para las personas. Es preciso que el incremento de la actividad económica incluya una mejora de indicadores sociales tales como el fin de la miseria y de la pobreza, la distribución de la renta, la universalización de derechos en materia de salud, educación, seguridad alimentaria, entre otros. Objetivos alcanzables con la condición de que las sociedades establezcan una nueva relación con el medioambiente. Implica garantizar la protección de los biomas amenazados y un uso racional de los recursos naturales, particularmente la tierra y el agua. En definitiva, no es posible universalizar el progreso humano sin articular las dinámicas económica, social y ambiental. La seguridad alimentaria de los pueblos no puede ser garantizada sin un cambio de paradigma en la relación de los seres humanos con la tierra y con la agricultura, que hasta el presente ha quedado bajo los imperativos del comercio internacional. De la misma forma, no será posible erradicar la miseria sin la generalización del derecho al agua y al saneamiento básico.

Lo cierto es que, más allá del consenso inicial en torno al concepto de desarrollo sustentable, poco se avanzó entre los gobiernos en lo que atañe a la concreción de un nuevo modelo. Mal que nos pese, son principalmente los movimientos sociales de todo el mundo quienes están avanzando en la elaboración de un programa que viabilice este nuevo paradigma.

Tanto es así que en la cop de Lima los esfuerzos políticos se orientaron, en gran medida, a atender los intereses de las grandes corporaciones contaminadoras y profundizar la desregulación del régimen internacional de cambio climático. Los «acuerdos» socavan la Convención de Cambio Climático de las Naciones Unidas, debilitan las normas para los países desarrollados y hacen caso omiso de su obligación legal y moral de financiación y transferencia de tecnología para los países en desarrollo. El escenario próximo torna incierta y difícil la posibilidad de alcanzar un acuerdo justo en París.

En cuanto al pliego reivindicativo de los y las trabajadores/as, la cop de Lima también falló. Ninguna de las demandas del sindicalismo internacional sobre el cambio climático, que fueran sintetizadas en el 3.er Congreso Mundial en Berlín en mayo de 2014 y que sirvieron como base para nuestro posicionamiento en Lima, avanzó.