El movimiento sindical de las Américas frente a la crisis climática

En el marco de las negociaciones oficiales o en los espacios alternativos, la csa y organizaciones aliadas reafirman el principio de transición justa, que coloca a la protección sociolaboral como un pilar en cualquier estrategia de transición hacia modelos sustentables. El sindicalismo internacional reclama transformaciones urgentes para construir un mundo con una vida digna para todas las personas, fundado en la justicia social, la distribución de la riqueza, la paz, el respeto por los derechos humanos y el equilibrio medioambiental.

Sindicalismo sociopolítico e integración regional

En efecto, la intervención del sindicalismo americano en cuestiones medioambientales ha superado los límites dictados por la agenda multilateral de la onu. De hecho, la elaboración de conceptos como los de transición justa y crisis múltiples no sería posible en los marcos estrechos que habilita la dinámica oficial. En rigor, son resultado de las experiencias de las clases trabajadoras de las Américas, crecientemente afectadas por eventos climáticos extremos y atravesadas por la emergencia de conflictos ambientales en los territorios ocasionados por la intervención predatoria de las grandes empresas extractivas. Ahora bien, las luchas surgidas al calor de estos conflictos no involucran solo al movimiento sindical. Son protagonizadas principalmente por los movimientos campesinos, feministas, ambientalistas y por los pueblos originarios.

En el contexto de esas resistencias populares, en acción colectiva con otros movimientos y con la consolidación de sus redes de solidaridad entre colectivos de trabajadores y trabajadoras, la csa logró organizar su acción en torno a la crisis medioambiental mediante la afirmación del carácter sociopolítico del sindicalismo. El sindicalismo sociopolítico «proyecta una clara señal del papel que la organización sindical pretende asumir en la sociedad», asegura el secretario general de la csa, Víctor Báez, superando los límites de las reivindicaciones estrictamente laborales. Dicho de otra forma, transformando las demandas del mundo del trabajo en parte articulada de un proyecto de sociedad más amplio, que dialoga con otros actores sociales y con la nueva realidad geopolítica del continente.

Nos referimos puntualmente a la integración hemisférica impulsada por los gobiernos progresistas y de izquierda en la región.

Ahora bien, no es posible pensar los gobiernos progresistas sin poner el foco de atención en las luchas sociales y políticas contra el neoliberalismo que desarrollaron en el continente. La dinámica institucional y electoral considerada de forma unilateral no permite captar esa realidad. En nuestra perspectiva, las resistencias populares fueron condición de posibilidad para el surgimiento de proyectos políticos progresistas, que tal vez no habrían logrado instaurarse sin la interacción y articulación previa con los sujetos colectivos de las luchas contra la globalización neoliberal, y ello a pesar de su fragilidad. Estos gobiernos, a su vez, sentaron condiciones que hicieron posible repensar la orientación del movimiento sindical como actor sociopolítico, al tiempo que potenciaron la expansión y consolidación de diversos movimientos sociales. En todo caso, se trató de una influencia recíproca.

En rigor, el ciclo de luchas sociales contra el neoliberalismo en América Latina se caracterizó por presentar una configuración fragmentaria, local e incapaz de detener la ofensiva capitalista. Aunque es destacable que su convergencia con un conjunto de expresiones y experiencias de otras regiones del mundo contribuyó a la conformación de un espacio internacional de oposición a la mundialización neoliberal y jalonó distintas experiencias de coordinación hemisférica que involucraron al movimiento sindical, a los partidos políticos, a los movimientos feministas, estudiantiles, ambientalistas, con un papel decisivo de las organizaciones campesinas. Los ejemplos más destacados fueron la campaña contra el alca promovida por la Alianza Social Continental y el Foro Social Mundial.

Desde entonces, se experimentó una transición continental ambivalente. Distintas fuerzas políticas que se originaron en aquel contexto crítico lograron óptimos desempeños plebiscitarios y accedieron a la conducción de gobiernos nacionales. Paradójicamente, las coaliciones electorales triunfantes fueron, al mismo tiempo, consecuencia de la reconfiguración de las alianzas sociales suscitadas por fuertes disputas de grupos dominantes para instaurar programas neodesarrollistas que redundaron en mayor concentración económica y creciente injerencia de las corporaciones transnacionales en las naciones. En conjunto, constituyeron una respuesta al cuadro de despojo, desarticulación y crisis e implicaron la recomposición del trabajo y sus institutos colectivos en un contexto de reactivación productiva pero también de perdurabilidad de las desigualdades sociales. Esto pasó en países como Venezuela, Brasil, Chile, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina, El Salvador y Nicaragua. Enfatizamos que las realidades y experiencias en los países mencionados son profundamente distintas, por lo que es un error hacer juicios generalizables.

En este escenario de intensas resistencias y articulación de un arco heterogéneo de actores políticos y colectivos populares, que culminó con el rechazo del alca por las naciones del sur en 2005, el sindicalismo latinoamericano experimentó reagrupamientos y acercó las posiciones de un conjunto de expresiones hasta entonces diferenciadas del sindicalismo internacional. Estos sectores convergieron luego en un proceso de unificación que se concretó en 2008 con la fundación de la csa. La csa fue el resultado de la fusión de la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (orit) y la Confederación Latinoamericana de Trabajadores (clat). Aunque en realidad la unificación había tenido lugar en primera instancia a escala global. De hecho, su creación derivó de los acuerdos alcanzados al conformarse la Confederación Sindical Internacional (csi) en 2006. Pero la constitución de la csa en un contexto de desnaturalización de la economía de mercado imprimió singularidad a este proceso. Sin embargo, no debe perderse de vista que estas mutaciones tienen lugar en un entramado de tensiones internas que reflejan y ponen de manifiesto no solo la pervivencia de ciertas tradiciones y prácticas heredadas de las organizaciones originarias, sino también el tipo de relaciones que el sindicalismo internacional establece con gobiernos nacionales y organismos e instancias de negociación internacionales.