El desarrollo rural en América Latina y el Caribe Logros, retos y perspectivas

En los últimos años, la agricultura comercial fomentada por las políticas públicas ha desarrollado ciertos rasgos que han afectado las características del empleo en el sector: aumentaron los niveles de tecnificación, se incrementó la presencia de empresas multinacionales y se consolidaron las prácticas de certificación de calidad. Pese a estos cambios en la actividad agrícola, el trabajador asalariado del sector sigue siendo un sujeto «oculto», en gran medida debido a su poca capacidad de organización y expresión política, como consecuencia de la estacionalidad e inestabilidad de las actividades que desempeña.

a) Estancamiento de los ingresos:

Los resultados de un estudio llevado a cabo por la FAO, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 2010 y 2012 permiten visualizar algunos de los problemas vinculados al trabajo rural y a los cambios introducidos en el último periodo. De acuerdo con este trabajo, a pesar de haber sido un sector muy dinámico, no se observan cambios profundos en el empleo en términos de niveles de ingreso, protección, estabilidad y nivel de precariedad (FAO, Cepal y OIT 2012). Entre los países latinoamericanos estudiados, solo en dos, Chile y Brasil, aumentaron los niveles de ingreso de los hogares agrícolas. Sin embargo, este aumento no proviene principalmente del trabajo, sino más bien de transferencias condicionadas de ingresos originadas en distintos programas y políticas públicas.

b) Estancamiento del empleo permanente:

En los últimos años, como consecuencia de las transformaciones productivas y los cambios en las estrategias de las empresas, se ha producido un estancamiento del empleo permanente y un aumento relativo del trabajo transitorio. Esta situación se ha visto favorecida a su vez por el crecimiento de las prácticas de intermediación laboral, ya sea a partir de la consolidación de figuras formales –por ejemplo, agencias de empleo– como de intermediarios informales.

Precariedad laboral

La precariedad laboral del sector rural se hace visible a través de las altas tasas de informalidad, el bajo cumplimiento de la legislación para el sector, la limitada sindicalización y la ausencia de negociación colectiva, y los elevados índices de trabajo infantil. Esta situación se incrementa en algunos grupos específicos, como el de los jóvenes, los migrantes, los indígenas y las mujeres.

Un análisis de la fuente de ingresos de los hogares rurales indica, en primer lugar, que estos se encuentran más diversificados, y, en segundo lugar, que se requiere más de una fuente de ingresos para no caer en situación de pobreza. En este sentido, ha sido importante el papel de los ya mencionados programas de transferencia condicionada de ingresos implementados en varios países de la región durante la última década. Sin embargo, si bien estos programas permitieron mejorar ciertos aspectos importantes, como el de la alimentación y la cobertura en salud y educación –dada su condicionalidad–, también se acepta que están creando relaciones de dependencia por parte de los hogares, además de estabilizarlos en una situación de relativa precariedad.

Al analizar la incidencia de la pobreza en la población rural, se observa que es mayor en el sector agrícola que en el no agrícola. Este fenómeno se corresponde con la existencia de ciertos rasgos del mercado laboral que precarizan el empleo, como el gran número de cuentapropistas, asalariados con contratos precarios y familiares no remunerados. Asimismo, la institución del salario mínimo tiene un alto nivel de incumplimiento en zonas rurales y la proporción de población activa con acceso a la seguridad social es sensiblemente más baja que en áreas urbanas.

Teniendo en cuenta los cambios y las tendencias en el sector rural durante los últimos años, las posibilidades de que el empleo crezca en la agricultura parecen limitadas. En cuanto a su calidad, los desafíos pasan, fundamentalmente, por hacer más efectiva la aplicación de la normativa laboral. A pesar de haberse registrado avances en ciertos países, como Argentina y Uruguay, las situaciones evocadas de invisibilización, estancamiento salarial y, sobre todo, persistencia de la precariedad en el trabajo agrícola representan grandes desafíos para los países de la región. Uno de los principales obstáculos, fruto de esta situación, es que los trabajadores mismos no conocen sus derechos.

El lugar real de las mujeres campesinas

En cuanto a la situación particular de las mujeres que viven en zonas rurales –sean trabajadoras agrícolas o no– y aquellas que migran del campo a la ciudad para trabajar, se pueden marcar algunas tendencias que se han desarrollado en América Latina.

Se observan avances en sectores claves para las mujeres rurales. En términos de educación, se ubican ahora por encima de los hombres en cuanto a cantidad de años de estudio, lo que implica un cambio respecto a la situación prevaleciente hace 20 años. Asimismo, se identifica un cierre en la brecha de la tasa de participación laboral entre hombres y mujeres, con una participación mayor de las mujeres en el empleo rural no agrícola.

A pesar de estos avances, no obstante, se sigue notando una menor participación de las mujeres en las instancias de gobierno y en las altas jerarquías de las organizaciones rurales, lo que revela la persistencia de una dificultad de inclusión política. Además, se mantiene una gran desigualdad social y política entre hombres y mujeres en el plano económico, como se ve en cuestiones de acceso a la tierra, a los recursos naturales y a los servicios como salud, educación y vivienda.

Las perspectivas de empleo e igualdad de género muestran cómo el mejoramiento de la situación en términos generales, con más inversiones en la agricultura y los otros sectores rurales y con avances en los derechos de grupos vulnerables como las mujeres, en realidad esconde desigualdades persistentes. Fenómenos como la precarización de los trabajadores rurales y la persistente exclusión de las mujeres de las esferas de poder sugieren, como se planteaba en la primera sección, un desarrollo desparejo en los países de la región y para los diferentes grupos que componen el campo. El enfoque sectorial del desarrollo rural llegó a mejorar situaciones puntuales, pero deja desigualdades en términos de representaciones sociales y políticas.