Alimentos «computarizados»: ¿la comida del futuro?

¿Cuál de estas ideas sobre el futuro de la comida acabará por imponerse? Quién sabe. Porque a pesar de la lógica tentadora, a pesar de los montones de dinero y a pesar de la indiscutible necesidad de mejorar la producción de alimentos, ya ha habido muchos planes para alimentar a la creciente población mundial. Y la inmensa mayoría fracasó.

Como en el caso del «Deltapark» en Holanda.

Hace 15 años, unos agrónomos holandeses visionarios comenzaron a diseñar un edificio para cerdos, gallinas, peces y verduras. Entre las refinerías y las terminales de carga del puerto de Rotterdam, intentaron levantar un parque industrial de 400 metros de ancho, un kilómetro de largo y seis pisos de altura destinados a alimentar a más de cien mil personas. En cada uno de esos pisos, el Deltapark albergaría 300.000 cerdos, 250.000 gallinas ponedoras y un millón de pollos de engorde. El piso de arriba se destinaría al cultivo de champiñones, y en el más alto de todos cultivarían plantas de lechuga, pimientos y rabanitos. En el sótano habría piletones para la cría de salmones; gusanos y saltamontes servirían como alimento proteico para el ganado de engorde. El matadero integrado aseguraba que cada animal dejara la fábrica de alimentos de una sola forma: cortado en trozos sellados y congelados, aptos para comercializarse en supermercados. Los diseñadores del parque querían crear un «Futurama alimenticio». Tenían todo perfectamente calculado. Pero el Deltapark jamás llegó a construirse.

«Fracasó ante la resistencia de la población», dice Jan de Wilt, uno de los ingenieros agrónomos que integraron el proyecto, y cuenta que los medios describían el parque como un «edificio de Frankenstein» y que la gente preguntaba: «¿Qué harán si se desata una epidemia?, ¿sacrificarán 300.000 cerdos?» La gripe porcina, que a fines de la década de 1990 acabó con la vida de ocho millones de animales (dos tercios del ganado porcino del país), estaba aún fresca en la memoria de los holandeses.

De Wilt sigue describiendo aún hoy en forma muy convincente las ventajas del Deltapark: los establos estaban planeados de tal manera que cada animal habría tenido más espacio del que tienen hoy en la cría industrial a gran escala. Iban a tener juguetes para los chanchos e incluso balcones para que pudieran salir a tomar aire de vez en cuando. Además, todo el establecimiento industrial estaba diseñado como un ecosistema cerrado: los excrementos de las gallinas se usarían como abono para la lechuga, con el calor corporal de los chanchos iban a dar calor a los tomates. «Las instalaciones estaban diseñadas para ser simultáneamente un centro de reciclado», cuenta de Wilt.

El ingeniero admite que el Deltapark acaso estuviera demasiado adelantado a su tiempo y que la concepción de la fábrica quizá fuera demasiado monumental. Sin embargo, está persuadido de que la tecnología es el único modo de evitar la gran catástrofe alimentaria en el futuro. Lo único que está por verse es cuál de esas tecnologías se usará. ¿Cómo se alimentará entonces la humanidad en el futuro?, ¿consumirá acaso mayonesa sin huevo, carne vacuna sin vaca o plantas de lechuga que jamás vieron la luz del día? La cuestión no pasa tanto por lo que es técnicamente posible, sino que lo decisivo será más bien qué estará dispuesta a comer la humanidad en el año 2050. Y si le quedará otra alternativa.