Alimentos «computarizados»: ¿la comida del futuro?

Pero hay un clásico del cine de la década de 1970 protagonizado por Charlton Heston, Soylent Green (Cuando el destino nos alcance), que va aún más allá: la película muestra la Nueva York del año 2022 como un Moloch con 40 millones de habitantes hambrientos. El cambio climático y el efecto invernadero han vuelto casi imposible la agricultura clásica. En el mercado negro, un puñado de frutillas cuesta 150 dólares, y los viejos, que aún pueden recordar cómo era todo antes, rompen a llorar al ver un trozo de carne de vaca.

La gran masa de la población es alimentada con el alimento artificial Soylent Green, que al parecer se hace con plancton. Hasta que el honrado protagonista de la película descubre que los océanos hace rato han sido vaciados de peces por la pesca abusiva y que el consorcio de alimentos Soylent, que domina todo el mercado, procesa a cada neoyorkino muerto hasta convertirlo en unas galletitas verdes: «¡Soylent Green es carne humana!». Los temas centrales de la película no son en absoluto absurdos, y en la actualidad están más vigentes que nunca: ¿Tenemos suficiente para comer?, ¿por cuánto tiempo más?, ¿podremos darnos el lujo de comer comida «de verdad» en el futuro, o estamos muy cerca de tener que tragar a la fuerza lo que haya? ¿Por dónde pasa el límite entre el placer y la supervivencia?, ¿entre el arte y la artificialidad?

Con el crecimiento de las megalópolis, estas preguntas se tornan más actuales que nunca. Solo el área de Tokio cuenta en la actualidad con 36 millones de habitantes. En Mumbai, Manila o México D.F. son más de 20 millones. Y la humanidad continúa migrando: mientras que en 1950 el 70% de la población mundial aún vivía en zonas rurales, en el 2050 se calcula que el 70% residirá en la ciudad. No solo cada metro cuadrado sellado deja de estar disponible para el cultivo de alimentos: la cuestión es además cómo llegará la comida a la gente en el futuro si el camino del campo a la mesa es cada vez más largo.

Martin McPherson halló una respuesta a este interrogante justamente en un lugar que no podría tener menos que ver con una mega-metrópolis global.

Un viento helado sopla por los campos cerca de Cawood, no muy lejos de York, en el noreste de Inglaterra. McPherson se sube el cierre de su chaqueta negra outdoor y se lanza a caminar por la nieve. El camino pasa por el predio del Stockbridge Technology Center, donde investiga el cultivo de fruta y verdura del futuro. Treinta personas trabajan en el lugar para poder abastecer con hierbas a los desiertos de cemento urbanos del futuro.

«Éste es el camino hacia la agricultura urbana», dice McPherson, y conduce hacia un pabellón sin ventanas, monitoreado por una cámara de video, apenas más grande que una vivienda unifamiliar. Estas instalaciones costaron 250.000 libras, de ahí las medidas de seguridad. La primera puerta se abre con una llave, la segunda con un código de números. Detrás: aire húmedo y cálido y una oscuridad apenas interrumpida por filas de puntos luminosos rojos y azules. Unas piletas de acero llenan el espacio, dispuestas de a cinco, una sobre la otra, como en un depósito con estanterías altas. Dentro de las piletas crecen albahaca, frutillas, lechuga y hasta algunas flores. «Algo tendremos que inventar algún día, cuando queramos alimentar a 10.000 millones de personas», dice McPherson. «Si comparamos esto con el rinde tradicional en el campo, aquí podemos multiplicar las cosechas».

McPherson está experimentando con los cultivos apilables. En lugar de poner la lechuga una junto a la otra, él las planta una encima de la otra. En la cantidad de pisos que sean. Así, hace entrar la cantidad de lechuga que se planta en un campo entero en un sótano. O en un piso de un rascacielos, en una metrópolis habitada por millones de personas. Allí, la lechuga puede plantarse en el mismo lugar donde más tarde se comerá.

La falta de sol ya no es un problema. Porque en la parte inferior de cada una de las piletas de metal hay LEDs que iluminan las plantas que están un piso más abajo. La mayoría irradia una luz roja, otras son azules, hay algunas blancas aisladas. En el rincón del salón hay colgado un póster con publicidad de Philips. El consorcio tecnológico holandés vio que la utilización de LEDs en la agricultura podía ser un área de negocios.

Las LEDs brindan luz en forma eficaz, lo cual permite que la lechuga crezca las 24 horas del día y esté lista para ser cosechada en el día justo. La cosecha a cielo abierto, en cambio, siempre está sujeta a factores climáticos. Según McPherson, la mezcla de colores de la luz permite controlar totalmente la planta. «Podemos acelerar o desacelerar el crecimiento de las verduras, hacer que las plantas sean más grandes o más pequeñas, influir en su coloración y modificar el contenido de nutrientes».

Pero lo principal es que las LEDs –a diferencia de las lámparas tradicionales para invernaderos– casi no producen calor. Por eso pueden colocarse muy cerca de las plantas, y gracias a ello es posible apilar las verduras y mudar campos enteros a la estrechez de la gran ciudad. «En realidad, la tecnología ya se conocía», dice Mc Pherson, «pero a veces hay que combinar las cosas de un modo distinto». El investigador admite que aún hacen falta algunos años más de investigación. Por ejemplo, para descubrir el modo de mantener los parásitos lejos de las estanterías donde crecen las plantas o de controlar las pestes, que también florecen bajo el influjo de las lámparas LED. Todo dependerá de si las LEDs algún día llegan a ser lo suficientemente baratas como para que este modo de cultivo valga la pena en términos de costos. En las fábricas de verduras automatizadas, que ya existen en Finlandia, Holanda, Estados Unidos, Japón y Singapur, el ser humano ya casi no desempeña ningún papel. En el futuro, prácticamente ya no aparecerá como productor, sino únicamente en calidad de consumidor. Aunque el jardinero aficionado con el rastrillo en la mano y las uñas negras de tierra seguirá vigente para las portadas de revistas de jardinería.