Opinión

Venezuela: de la crisis económica a la crisis humanitaria

La falta de perniles entre los alimentos a precios subsidiados originó protestas de Navidad entre las propias bases chavistas. Pero esos hechos, que parecen folclóricos, encubren una situación social de características posbélicas. Para Nicolás Maduro, se trata solo de los efectos de la «guerra económica», pero lo que existe es un desgobierno de la economía luego del boom petrolero.

Enero 2018
Venezuela: de la crisis económica a la crisis humanitaria

Dentro de las muchas aristas que se consignarán para la historia de estos últimos meses de la vida venezolana, es muy probable que las protestas escenificadas durante las festividades navideñas (entre otras causas, por la no entrega de perniles a precios subsidiados) reciban una especial atención de los investigadores. Ni en momentos tan conflictivos como los de la Independencia y la Guerra Federal, ni siquiera en los disturbios que siguieron a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez en diciembre de 1935, se había visto que en las navidades la gente no hiciera un alto para celebrar. Por lo tanto, los saqueos y trancones ocurridos en Caracas y otras localidades del país en las últimas fiestas son una prueba del nivel de rabia y desesperación excepcional al que se ha llegado, sobre todo en los sectores populares, tanto o más patética que los emigrantes venezolanos que duermen en carpas en Cúcuta y Boa Vista. Todo esto demuestra que ya se está colmando vaso.

La carestía en Navidad es mucho más dramática que en otra época, sobre todo cuando se trata de una sociedad acostumbrada desde hace décadas a aumentar de forma espectacular sus ingresos (y gastos) durante las fiestas de fin de año. Aunque se trata de una tradición que viene de muy lejos, desde la década de 1970, durante el primer gran boom petrolero, la participación de los empleados en las utilidades de las empresas y el pago de «aguinaldos» (bonos de fin de año) han inyectado un flujo de dinero que hacía de la Navidad venezolana una de las más bulliciosas de la región.

Aunque la crisis que empezó a despuntar en los años 80 las afectó, no por eso desapareció la aspiración a comprar el estreno (ropa nueva para la Nochebuena o Noche Vieja), juguetes de moda para los niños y abundante whisky, pintar la casa y preparar una mesa engrandecida por la inmigración (los criollos hallacas y pernil, panetones, jamón planchado, nueces, turrón, roscón de Reyes, etc.).

Tras los muy duros años 90, la liberalidad con la que Hugo Chávez manejó la bonanza del segundo gran boom revivió la llama. No solo decretó el equivalente al sueldo de tres meses como aguinaldo para todos los trabajadores y organizó ferias para ofrecer perniles y productos para las hallacas importados por el gobierno y vendidos a precios muy por debajo de los de mercado, sino que la clase media pudo traer con dólares subsidiados lo que quisiera del exterior a través de compras por internet, para las cuales el dólar se cotizaba la mitad que en la calle. Fueron los años (de 2004 a 2011, más o menos) en los que los niños recibían cuantos adminículos tecnológicos aparecieron, Venezuela se transformó en el quinto consumidor per cápita mundial de whisky, los bancos daban créditos blandos para ponerse prótesis mamarias de silicón, se vendía el doble de BlackBerrys que en Brasil y las transnacionales repatriaban ganancias superiores o iguales a las que obtenían en países mucho más poblados, como México. Los más pobres duplicaron su capacidad de consumo, según un estudio de la Universidad Católica Andrés Bello. La clase media hacía viajes y financiaba con dólares subsidiados el envío de sus hijos al exterior.

Muchas voces advirtieron el riesgo del despilfarro, pero no fueron escuchadas y la popularidad de Chávez se mantuvo en más de 70%. Tal es el telón de fondo que hay que ubicar detrás de los venezolanos macilentos de Cúcuta o los que protestaban en Navidad. El colapso de la moneda nacional frente al dólar, que pasó de 18 a más de 100.000 bolívares en cinco años, junto a la constante expansión del gasto público, generó la inflación más alta del mundo (encima de 1.369% en 2017, según datos de la Asamblea Nacional) y pulverizó los ingresos de los venezolanos. Por otra parte, las estatizaciones que Chávez hacía mientras repartía pródigamente el dinero paralizaron la producción.

Según la Federación de Productores Agropecuarios, para 2016 la producción de alimentos había caído en 70%, cosa que los altos precios petroleros permitían compensar con importaciones. Pero después de 2008 esto dejó de ser así. El Estado, que es el que tiene el monopolio de las divisas, simplemente redujo drásticamente las destinadas a las importaciones, lo que a un mismo tiempo genera escasez de bienes y de divisas, y esto provoca aumentos de precios. Para compensar, el gobierno reparte bonos, como el llamado Niño Jesús, con bolívares sin respaldo que solo presionan sobre la inflación. El resultado es que hoy el salario mínimo es de 797.510 bolívares y un pernil de seis kilos cuesta alrededor de un millón y medio de bolívares. Es una disparidad entre los ingresos y los precios que viene ocurriendo desde hace un par de años, pero que en el último trimestre se ha salido de todo control.

Así, lo que comenzó a llamarse la «dieta de Maduro», por la que en promedio los venezolanos bajaron ocho kilos en 2016 según la Encuesta de Condiciones de Vida realizada por las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello, se convirtió en hambre pura y dura. Como durante el segundo boom Venezuela pasó a ser un país de obesos (en 2014, 38,4% de la población tenía sobrepeso, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Nutrición), la «dieta de Maduro» agarró a unos ciudadanos gordos a los que rebajar no les vino mal. Pero después de tres años de adelgazar sin control, ya las cosas son preocupantes.

Cáritas ha señalado que 70% de los habitantes tienen déficit nutricional y 15% de la población come una sola vez al día. A eso hay que sumarle la situación sanitaria, con una escasez de 90% en algunos medicamentos según un informe de la Federación Médica. La Coalición de Organizaciones por el Derecho a la Salud y la Vida habla de un millón de casos de paludismo. La ONG Acción Solidaria señala que solo 77.000 de los infectados por HIV reciben retrovirales (aunque a veces no llegan en meses) y calculan que hay al menos otros 200.000 sin medicación. No es extraño que entre los venezolanos que huyen a Brasil, las autoridades hayan encontrado muchos enfermos de tuberculosis y malaria o portadores de HIV que no suelen tener conciencia de ello, según un informe de Human Rights Watch.

En suma, una crisis humanitaria en toda ley, que tiene efectos en toda la región y para el gobierno es solo el resultado de la «guerra económica» de las elites y el Imperio. Es en ese contexto donde después de sortear las protestas de mediados del año pasado, Maduro prometió a sus electores que les entregaría perniles en diciembre si votaban por sus candidatos en las elecciones municipales. El asunto tiene mucho de simple compra de votos. Además demostró que Maduro posee mucha más gente que le cree de lo que se piensa. Pero llegó el 24 de diciembre y los perniles no aparecieron. Fue la gota que derramó el vaso. Lo último que quedaba de los viejos sueños y de las navidades muníficas se fue al traste. Ya no hay más espejismos de riqueza ni excusas que valgan: estamos arruinados, vivimos en una crisis como las que antes solo veíamos en la televisión y tenemos tanta rabia que no dejamos de protestar ni en víspera de Navidad.