Tema central

A tu revolución le falta fresa

Si las opiniones de Žižek –que ya ha escrito otros textos ultraconservadores sobre la cuestión lgbt, como aquel que cuestiona el derecho de las personas trans a usar los baños que corresponden a su identidad de género13– representan una versión radical del desprecio histórico de cierta izquierda a los activismos «identitarios» –rescatado recientemente por un análisis oportunista de las causas de la elección de Trump–, otros autores más conectados con el mundo real y abiertos al diálogo han intentado hacer una síntesis entre los dogmas marxistas y las reivindicaciones de los movimientos sociales que luchan contra opresiones no-de-clase, pero a veces se quedan a mitad de camino.

En La izquierda que no teme decir su nombre, el filósofo brasileño Vladimir Safatle dice que «la lucha contra la desigualdad social y económica es la principal lucha política», que «somete a todas las demás»14. Partiendo de una premisa saludable en tiempos de posibilismo, resignación, acomodación y desesperanza –que la izquierda debe ser una «defensora radical del igualitarismo» y enfrentar la concentración de la riqueza y su resultado de exclusión, desigualdad, miseria y «flexibilización» del trabajo–, Safatle enuncia una consecuencia muy problemática: que la izquierda también debe ser «indiferente a las diferencias». Su política, propone, debe ser la de «la indiferencia».

Hay varios problemas en este libro de Safatle (con quien coincido en varios debates de la política brasileña), pero quiero poner el acento en tres. El primero es que, como otros, tiene miedo de que la lucha contra opresiones no-de-clase amenace la primacía de lo económico, como si la necesidad de preservar un dogma teórico lo obligara a pelearse con la realidad. Dice, por ejemplo, que el problema del reconocimiento de las identidades «culturales» –volveremos a esa palabra– se transformó en el problema fundamental, «abriendo la puerta para cierta secundarización de las cuestiones marxistas tradicionales vinculadas a la centralidad de procesos de redistribución y de conflicto de clase»15; una relación causal que muchos afirman y nadie demuestra.

Leyéndolo, recuerdo al diputado Eduardo Amadeo, ex-funcionario del gobierno más neoliberal de Argentina en décadas, durante el debate del matrimonio igualitario, gritando en el Parlamento: «¿Por qué, en vez de ocuparse de los homosexuales, no se ocupan de los chicos chagásicos?», como si una cosa impidiese la otra. Cuando estaba escribiendo el libro Matrimonio igualitario16, busqué en los archivos del Congreso: Amadeo jamás presentó un proyecto para ocuparse de los chicos (o los adultos) chagásicos. Y la comparación no es antojadiza: el mismo argumento de Safatle, dicho por izquierda –Amadeo lo decía por derecha–, sirvió a militantes del Partido de los Trabajadores (pt) brasileño para justificar que era necesario sacrificar los derechos de las mujeres, los gays o los guaraní-kaiowá en beneficio de la primacía de lo económico, pero después entregaron el Ministerio de Economía a un banquero para hacer el ajuste.

El segundo problema es que, al hablar de multiculturalismo –contradictoriamente, ya que primero clasifica peyorativamente ciertas luchas como «culturales» y después usa argumentos multiculturalistas para atacarlas–, Safatle insinúa una opción política muy cuestionable que no confiesa del todo, cuando dice que, si bien la dinámica de las luchas identitarias «tuvo [tiempo pasado] su importancia por dar mayor visibilidad a algunos de los sectores más vulnerables de la sociedad (como negros, mujeres y homosexuales)»,

a partir de cierto momento –continúa–, comenzó a funcionar de manera contraria a aquello que prometía, pues podemos actualmente decir que esa transformación de conflictos sociales en conflictos culturales fue tal vez uno de los mayores motores de una ecuación usada hasta el cansancio por la derecha mundial, en especial en Europa. Ella consiste en aprovecharse del hecho de que las clases pobres europeas son compuestas mayoritariamente por inmigrantes árabes y africanos y, así, patrocinar una política brutal de estigmatización y exclusión política travestida de choque de civilizaciones.17

Es decir, en nombre del multiculturalismo y de una falsa cuestión de clase (los inmigrantes musulmanes son proletarios, los gays son burgueses18), precisamos callar para no estigmatizar a los pobres homofóbicos musulmanes, tratando la negación de derechos, la violencia física y simbólica y el odio como una cuestión de diversidad cultural. Dice Safatle que hay «una línea recta que va de la tolerancia multicultural a la perpetuación racista de la exclusión» y que, así, «el único lugar donde la diferencia puede florecer en libertad es en nuestro Occidente, defendido por megaaparatos de seguridad antiterroristas»19.

Es cierto que, en algunos países de Europa donde los derechos lgbt ya dejaron de ser polémicos, la derecha xenófoba usa el miedo –muchas veces justificado– de gays, judíos, mujeres y otros para reforzar su discurso nacionalista antiinmigración. Algunos activistas gays de estos países se refieren a ese fenómeno como «homonacionalismo», un discurso que usa el orgullo gay, incorporado a la identidad nacional, como justificación para políticas xenófobas contra inmigrantes de naciones homofóbicas, generalizando injustamente para colocarlos como una «amenaza cultural» para sus tradiciones liberales20. Sin embargo, transformar un problema tan complejo en argumento simplista contra las políticas identitarias y los derechos civiles, o usarlo para, con un barniz de multiculturalismo, justificar la violenta homofobia de los países islámicos apelando al concepto de «eurocentrismo» –como si la conquista de derechos de mujeres y lgbt fuese algo inherente a la cultura «occidental» y no el resultado de mucha lucha política– es deshonesto. La fetichización del fundamentalismo islámico y su retórica antiimperialista –muchas veces asociada al antisemitismo y su discurso de odio contra Israel– es una tara izquierdista que nunca voy a entender.

  • 13.

    S. Žižek: «The Sexual is Political» en The Philosophical Salon, 8/2016, http://thephilosophicalsalon.com/the-sexual-is-political/.

  • 14.

    V. Safatle: A esquerda que não teme dizer seu nome, Três Estrelas, San Pablo, 2012, p. 21.

  • 15.

    Ibíd., p. 28.

  • 16.

    B. Bimbi: Matrimonio igualitario: intrigas, tensiones y secretos en el camino hacia la ley, Planeta, Buenos Aires, 2010.

  • 17.

    V. Safatle: ob. cit., p. 28.

  • 18.

    Un prejuicio tan absurdo como el mito del judío rico: no hay relación entre sexualidad y clase social.

  • 19.

    V. Safatle: ob. cit., p. 29.

  • 20.

    Escribí sobre ello: «Holanda: del matrimonio gay al nacionalismo gay» en blog tn, 14/10/2014, http://blogs.tn.com.ar/todxs/2014/10/14/holanda/.