Tema central

A tu revolución le falta fresa

En una narrativa con referencias a la vida íntima de Marx, Engels, Lenin y Trotski –como cuando la teología cristiana recurre a personajes bíblicos como modelos para todos los tiempos–, Moreno critica el existencialismo, el Mayo Francés y el «espontaneísmo», despotrica contra la libertad de «hacer lo que uno quiera», y elogia la moral de los cubanos, representada por el Che Guevara, porque llevó al extremo «la liquidación o castración [sic]de lo inmediato» y, gracias a haber renegado de las necesidades humanas, impuso la máxima necesidad: «la de la revolución». No hay, para él, principios morales absolutos, sino apenas una regla pragmática: es «moral» lo que conduzca a la revolución proletaria. El líder trotskista argentino habla de la familia formada por la pareja monogámica heterosexual con hijos con el fervor religioso de una encíclica papal, critica la infidelidad, la promiscuidad y las orgías, llama a la prostitución un «acto repugnante» y cuestiona la «libertad de expresión sexual» y de tomar drogas, que considera libertades burguesas, pero admite que, a veces, esas reivindicaciones pueden ser útiles a la revolución. Y aquí está lo que perdura: si un movimiento contra características de la moral de un determinado periodo histórico crece, debe ser respaldado, no porque sea importante, sino porque sirve como «consigna de transición» contra el capitalismo. Si esas consignas «significan, para un simpatizante, un conocido, un grupo, un militante recién llegado o roído por el peso de los fetiches o tabúes burgueses, un punto de ruptura con la moral burguesa», entonces son «utilísimas y necesarias». Pero no pueden agotarse en sí mismas ni convertirse en «moral lumpen»; deben ser usadas para ayudar a comprender «que vivimos una guerra de clases y que la herramienta principal de ella es el partido, con su moral suprema». Ahí está el trasfondo del texto de Vitello y Guedes. Superados los prejuicios de antaño, ya no condenan la homosexualidad como perversión burguesa, pero solo aceptan las reivindicaciones del movimiento lgbt como «consignas de transición» si son útiles para enfrentar al capitalismo.

Las luchas «identitarias» no son importantes, pero pueden ser instrumentalizadas. Y no son los únicos que piensan así. Analicemos, por ejemplo, el libro En defensa de la intolerancia –¡vaya título!–, del sociólogo esloveno Slavoj Žižek, autor infaltable en toda mesita de venta de libros de eventos universitarios «progres». La obra de este escritor erudito y provocador –que dijo que habría votado por Donald Trump contra Hillary Clinton– da soporte teórico a otras corrientes de izquierda –a menudo cercanas a los nostálgicos de la Unión Soviética y a los populistas latinoamericanos– que, con una lectura fundamentalista de sus clásicos, desprecian las luchas de feministas, negros, lgbt, ecologistas6 y otros que cometen la herejía de distraer su atención del fundamento vital de todo revolucionario: la lucha de clases. Como música de fondo, resuenan los acordes espectrales de las peores lecturas de Sobre la cuestión judía de Marx.

Žižek ataca las «políticas identitarias posmodernas de los estilos de vida particu-lares» que «se adaptan perfectamente a la idea de sociedad despolitizada»7. En un ejercicio retórico increíble, compara los fundamentalismos y nacionalismos xenófobos del siglo xxi con «la multicultural y posmoderna ‘política identitaria’», que agruparía «estilos de vida8 híbridos y a grupos divididos en infinitos subgrupos», entre los cuales cita a «las mujeres hispanas, los homosexuales negros, los varones blancos enfermos de sida y las madres lesbianas». Según Žižek, la oposición entre fundamentalismo y política identitaria es «una impostura que esconde una connivencia» y ambos son funcionales al capitalismo.

Este autor también admite que las reivindicaciones de los colectivos queer puedan tener algún lugar en la Historia con mayúsculas del pensamiento marxista, pero solo si el cuestionamiento a la heteronormatividad se realiza de modo que represente una amenaza para el modelo de producción capitalista. Para Žižek, «habría que apoyar la acción política queer en la medida en que ‘metaforice’ su lucha hasta llegar –en caso de alcanzar sus objetivos– a minar el potencial mismo del capitalismo»… pero el problema es que «el sistema capitalista es capaz de neutralizar las reivindicaciones queer, integrarlas como ‘estilos de vida’»9. El capital, ese gran titiritero.

En una argumentación circular, reconoce el «impacto liberador» de los movimientos identitarios y dice que no está minusvalorándolos, pero advierte sin embargo que, para realizar sus reivindicaciones, es necesario «el retorno a la primacía de la economía»10:

Toda esa proliferación de nuevas formas políticas en tomo a cuestiones particulares (derechos de los gays, ecología, minorías étnicas...), toda esa incesante actividad de las identidades fluidas y mutables, de la construcción de múltiples coaliciones ad hoc, etc.: todo eso tiene algo de falso y se acaba pareciendo al neurótico obsesivo que habla sin parar y se agita continuamente, precisamente para asegurarse de que algo –lo que de verdad importa– no se manifieste, se quede quieto. De ahí que, en lugar de celebrar las nuevas libertades y responsabilidades hechas posibles por la «segunda modernidad», resulte mucho más decisivo centrarse en lo que sigue siendo igual en toda esta fluida y global reflexividad, en lo que funciona como verdadero motor de este continuo fluir: la lógica inexorable del capital.11

Derrape: los maricones somos falsos y neuróticos que luchamos por nuestros derechos civiles apenas para garantizar que lo que de verdad importa no cambie. Lo leo y recuerdo lo que le decía Diego a David en su casa de La Habana:

Yo sé que la Revolución tiene cosas buenas, pero a mí me han pasado otras muy malas, y, además, sobre algunas tengo ideas propias. Quizás esté equivocado, fíjate. Me gustaría discutirlo, que me oyeran, que me explicaran. Estoy dispuesto a razonar, a cambiar de opinión. Pero nunca he podido conversar con un revolucionario. Ustedes solo hablan con ustedes. Les importa bien poco lo que los demás pensemos.12

  • 6.

    Es curioso que, en su afán por descalificar todas esas causas, Žižek considere al ecologismo una política «identitaria» o incluya la homosexualidad en una lista de cuestiones relacionadas con el multiculturalismo. Parece la enciclopedia china de Borges.

  • 7.

    S. Žižek: En defensa de la intolerancia, Sequitur, Madrid, 2008, p. 46.

  • 8.

    Nótese la repetición de la expresión «estilo de vida» en cada referencia de Žižek a la homosexualidad, la misma que usan la Iglesia católica y los pastores neopentecostales homofóbicos.

  • 9.

    S. Žižek: ob. cit., p. 69.

  • 10.

    Ibíd., p. 70.

  • 11.

    Ibíd., p. 111.

  • 12.

    S. Paz: ob. cit., p. 20.