Tema central

«Tú, joven, finge que crees en mis ofrecimientos, y yo, Estado, fingiré que algo te ofrezco

Aunque la idea de juventud cambia y con ella las claves para su comprensión, algunos elementos permanecen inalterables. El más sobresaliente es la indiferencia funcional del Estado respecto de los problemas que atañen a los jóvenes: deserción escolar, consumo dedrogas, desempleo, escasez de vivienda, violencia intrafamiliar, sexualidad, sida,aborto. Este caleidoscopio de apuntes es un acercamiento a la juventud actual de México y América Latina. Contra todo pronóstico, los jóvenes igualan la carencia de oportunidades con la paradójica y decidida afirmación de su carácter como futuro inevitable de la nación.

«Tú, joven, finge que crees en mis ofrecimientos, y yo, Estado, fingiré que algo te ofrezco

Un país de jóvenes. En cada nación latinoamericana esta frase orienta la publicidad comercial y la oficial, y es el paisaje de los discursos de las secretarías de Estado, en especial las de Educación y Trabajo. Un país de jóvenes es la consigna de las sociedades que equilibran su desbarajuste económico (seamos optimistas) con su elevado índice de fertilidad, e igualan la falta de oportunidades con el catálogo de promesas y desgastes generacionales. Según las elites y los gobiernos, los jóvenes son la entidad «desincorporada», a la caza de la sombra de la identidad (sinónimo de empleo). Con o sin el reconocimiento de la paradoja, la gran mayoría de los jóvenes no solo y previsiblemente carece de poder; también, de acuerdo con el autoritarismo, ellos son el ejército industrial y un tanto espectral de reserva que hace de las ilusiones perdidas la fuente de sus experiencias.

Véanlos en la película de todos los días: los que nacieron en las zonas definitiva o parcialmente «indebidas» de la pobreza son el aluvión demográfico que se esparce en el metro, en los conciertos de rock o de música tropical, en las fiestas populares, en la vida nocturna, en los cines que fueron santuarios del descubrimiento de la imaginación colectiva y el sexo y hoy son el recuerdo vago de las multitudes entregadas a la religión de las sombras y los close-ups. Eje de lo citadino y de lo rural, la juventud atisba el monopolio de las oportunidades, sostiene la industria del espectáculo, afianza a los «ídolos» (ese convenio de la credulidad intensa con el olvido rápido), adquiere y venera (fugazmente) las canciones que las otras capas cronológicas ignoran, defiende a su modo lo nacional al asumir con devoción los productos televisivos (actores y actrices pero de telenovela, cantantes, cómicos, chismosos y pregoneros del amarillismo), reconoce lo insignificante como lo central, se enardece con la música (su catedral de la identidad jubilosa y sudorosa), repite con tal ansiedad los chistes que los reconvierte en resquicios de la solemnidad y, también, despliega y jubila en un parpadeo la ropa prêt à porter.

En el uso semántico de estas décadas, la juventud suele verse como la disponibilidad perpetua, el territorio eximido de la toma de decisiones. Más que atender a la edad, a la división por clases sociales, a los grados de escolaridad, etc., el término juventud resulta por lo común el sinónimo de público cautivo o a la deriva, la bomba de tiempo concentrada en los espacios del rencor social o el conformismo o, si la perspectiva es moralista, el alud de almas extraviadas en el torbellino del hedonismo, salvables solo si ejercen la abstinencia sexual. Los votos cívicos en verdad valiosos –afirma la derecha– son los de castidad, y por eso el 19 de octubre de 1998, la señora Mercedes Carús de Soto le escribe al diario Reforma: «Hoy día un estudiante de secundaria encuentra más tentaciones camino a su escuela por la mañana, que su abuelo encontraba un sábado en la noche andando en busca de ellas» (19/10/98). Al margen de la pregunta obvia (¿en qué pueblo abandonado vivirán esos abuelos?), esta angustia teatral se aproxima a la alegría de las revistas dirigidas a los jóvenes, que rápida y categóricamente definen a su público como el que de la lectura solo desprende lo que ya sabía, al amparo de la premisa tal vez modernizable de este modo: «No veas en la castidad un sacrificio, sino un ahorro seminal».

De la trayectoria de un vocablo

En la década de 1950 todavía no hay jóvenes en el sentido de la sociedad de consumo. Se es joven porque esto se desprende del acta de nacimiento, pero en la Ciudad de México la juventud es una etapa de la vida, y no una zona autónoma o autonómica, no un país de sensaciones, emociones y conocimientos específicos. Existe la madurez y lo no ajustado a ese molde es, si se quiere, joven, pero nunca en primer término. Los jóvenes se entrenan para volverse gente madura y responsable, recolectores de experiencias, anécdotas y consejos que aprenden en la sobremesa familiar o en las rondas del discurso público. El «Yo a tu edad», el «En mi época», notifican la permanencia del dogma: la juventud no es una etapa en sí misma, sino la variedad de entradas en el túnel de la respetabilidad o del fracaso «que no nos merece el menor respeto».

Luego, casi en un instante, las certidumbres desaparecen. Los adolescentes de la década de 1960 ya no creen en el continuum de las edades, y se adaptan con fervor a la nueva gran presencia, la americanización, y a su invento mercadotécnico, la cultura juvenil. Desde esa etapa, la juventud, orbe sin moralejas contiguas, dispone de su edad como ansia y disfrute de lo moderno, lo que se desglosa en slaloms, weekends, el hit parade, el faje y el ligue como santo y seña de la intensidad, la difusión sexológica, la levedad de las acciones. Y un fenómeno musical distribuye las sensaciones contemporáneas sin teoría adjunta. De improviso, el roncanrol, o más sucintamente, el rock, un producto de las comunidades negras en la década de 1950, dispone de himnos: «See You Later, Alligator», de Bill Haley; «Sweet Sixteen», de Chuck Berry y «Hound Dog» de Elvis Presley. El rock trastoca en definitiva la noción de juventud urbana, y la música al servicio de esta edad será contexto atrevido o dulce, la acústica de la nostalgia, la moda que fluye de las rockolas y las radios, si no el vínculo con el planeta, y, en el caso de América Latina, el estruendo que disuelve el aislamiento en la periferia. Escuchar a Little Richard o a Jerry Lee Lewis es percibir lo obvio: lo trepidante y lo estimulante, y en vez de voces bien portadas y comedidas (no se conocen entonces el blues y el gospel), Elvis Presley es un ofrecimiento a fondo de la sensualidad y la vanidad, del baile y la escenificación del coito, del goce promiscuo y la orgía unipersonal: «You’re nothing but a Hound Dog, crying all time».

Los jóvenes en las ciudades

Ahora solo es posible vislumbrar –al respecto no hay encuestas retrospectivas– lo que fue para los jóvenes el advenimiento destructivo y liberador de las macrópolis, su condición de magno fenómeno cultural. La Gran Ciudad –México, San Pablo, Lima, Caracas, Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago, Bogotá– ha sido el anonimato feliz y el anonimato desdichado, la cerrazón simultánea de cien mil puertas y el abrirse constante de las oportunidades heterodoxas, el infinito de los refugios eróticos y el conjunto de las represiones individuales y familiares. En lo tocante a los jóvenes, la macrociudad mezcla con energía lo auténtico (la expresión de los deseos que son nuevos porque nunca les habían pertenecido a tantos al mismo tiempo) y lo comercial (la técnica que suplanta los anhelos genuinos por las elaboraciones en serie, la reducción tramposa del demasiados al nomás yo).

En las ciudades, las subculturas juveniles, tan variadas y a momentos tan atractivas, son minoritarias por el alto número de los carentes de opción preferencial, atenidos en cuanto a gustos y modas al eclecticismo y deseosos de no importunar las pasiones liberadoras, haciéndolas suyas. Si, en distintos niveles, las subculturas –del heavy metal al gótico, del rastafarian al punk de los fines de semana– buscan neutralizar la desmesura urbana, la mayoría prefiere lo indiferenciado, y por eso el paisaje más reconocible de la juventud no tiene que ver con la carnavalización de las alternativas. La atención sobre las minorías llamativas, irritantes, espectaculares en varios sentidos, relega lo determinante: por cultura juvenil se entiende lo que permanece al desbaratarse los intentos de singularidad o autonomía, y sin embargo, y como una parte considerable del proceso globalizador, allí tienen lugar o de allí se desprenden instigaciones y liberaciones fundamentales. En la década de 1960, tras el camino abierto por Elvis, el rock inglés (los Beatles, los Rolling Stones, The Who) y el norteamericano (Bob Dylan, The Doors, Jimi Hendrix y Janis Joplin), se afirma el pacto fáustico por el cual los jóvenes entregan su alma (es decir, su atención indivisible y los comportamientos aledaños) a cambio del estallido de tradiciones, prohibiciones y represiones: «Simpatía por el diablo» y «Let it Be». Luego de esos años de inmersión en el sonido rockero, ¿quién podrá repetir con un mínimo de eficacia el dístico famoso: «Si quieres ser feliz como dices, / no analices, muchacho, no analices»? Sexualizar el destino, con la modestia o la impudicia del caso, es modificar la historia, o eso se cree cuando se cree en la revolución sexual. Si la política aún da acceso a experiencias culminantes, en el rock, para plagiar el verso de César Vallejo, sí se encuentran «abuelos instantáneos de los dinamiteros». Y los jóvenes que no lo adoptan viven con parecida intensidad las transformaciones a su alcance. ¡Ah, esa variante de la apoteosis que son los grandes equipos de sonido!

«Uno de los privilegios de la juventud es la obediencia»

Las ciudades se han vuelto sinónimo de violencia, y allí, en cualquier momento, a cualquiera le toca. Entender la violencia es una pedagogía fatal en las urbes, y es quizá la más difícil de desterrar, no porque la mayoría de los jóvenes sean violentos –todo lo contrario– sino porque la violencia es el lenguaje urbano que alude a la inminencia del fin, el que sea, como un cálculo de costos y de inercias. Si se cuantifican en un 94% los delitos impunes en cada país, se decreta la recomendación inapelable a los jóvenes: si eres víctima, no recibirás justicia; si delinques y sabes conseguir un padrino eficaz, conocerás la impunidad.

La idea gubernamental es muy simple: los jóvenes necesitan una guía paternal, si no de consejos, sí para recordarles que sus derechos, los que tengan, son cortesía de la suprema autoridad, Dios o el Presidente, a elegir. En la definición oficial, joven es aquel que padece desinformación, incertidumbre vocacional y hambre de palmaditas en la espalda. No se acepta lo obvio: en tanto sujetos de derechos, los jóvenes requieren en lo fundamental del respeto a sus libertades. Así, resultan apenas creíbles las operaciones de control social y moral, las razzias o redadas.

Al no haber interés gubernamental (el mínimo) en las soluciones, se «afantasman» los conflictos de fondo: deserción escolar, consumo de drogas, desempleo, escasez de vivienda, violencia intrafamiliar, sexualidad, sida, aborto, etc. No se trata de hacer milagros sino de ofrecer alternativas y enterarse en realidad de lo que sucede, más allá de frases de condolencia ofrecidas como promesa de solución universal. Además la mayoría de los jóvenes son pobres y obligan a una parte de la elite a la pregunta desarmante: «¿Qué podemos hacer por ellos?». Y el nosotros que se interroga a sí mismo no es siquiera el de los funcionarios, ni el de la sociología comprometida, sino el de los habitantes de otra dimensión social y humana.

«A los jóvenes hay que formarlos en el aplauso a los adultos»

En contrapunto con el avance de la cultura juvenil, se fortifican en América Latina las técnicas del autoritarismo clientelar y el control a bajo costo. Ni manera de que el gobierno se ocupe con seriedad de los jóvenes. En 1968, cientos de miles de estudiantes de la Ciudad de México rechazan las represiones y la política del presidente Gustavo Díaz Ordaz y expresan en las calles su repudio. En un intento de minimizar el contenido crítico del movimiento estudiantil, Díaz Ordaz promete rebajar la edad del voto de los 21 a los 18 años de edad. Nadie se conmueve o, incluso, se da por enterado, y Díaz Ordaz, intempestivamente, inaugura en México la reflexión presidencial sobre la juventud. Reproduzco fragmentos de su IV Informe Presidencial, del 1 de septiembre de 1968: «Los jóvenes deben tener ilusiones; pero no dejarse engañar. Varios ejemplos tenemos de jóvenes que, engañados por el espejismo de creerse héroes cimeros, pronto supieron que su heroísmo era falso; pudieron haber sido talentos útiles para México y se perdieron por la amargura de su frustración».

Por vez primera un político de alto nivel (o de cualquier nivel, para el caso) se refiere a los jóvenes en un sentido muy distinto del de la década de 1920, cuando la juventud se amerita por disponer de maestros como José Ingenieros, José Enrique Rodó, Alberto Vaz Ferreira, Mariano Picón Salas, Rufino Blanco Fombona, José Carlos Mariátegui y José Vasconcelos. Y con la retórica a su alcance, Díaz Ordaz emite la convocatoria al sometimiento:

Está en el espíritu de los jóvenes el deseo de aventura y heroísmo. ¿Quieren emprender una gran aventura, ser verdadera y elevadamente heroicos? Tienen entonces la gran oportunidad de participar en la aventura fascinante de construir un México cada día mejor, más grande y más generoso. En él podrán practicar su heroísmo, un heroísmo que no será espectacular, pero sí noble, y que les producirá grandes satisfacciones: saberse forjadores de sí mismos enriqueciendo su espíritu con el saber y templando su carácter con la educación de la voluntad, para poder saborear la mayor alegría de todas, la de trabajar para bien propio y para enaltecer a la Patria.

¿Qué sobrevive a este discurso? No ciertamente los dones de persuasión de los gobernantes. Pero, hay que reconocerlo, los fracasos en materia de producción de seres nobles y dóciles no desaniman a quienes, ensimismados en el poder, no advierten las novedades del temperamento juvenil.

Inmovilidad social y movilidad cultural

Sin premeditación posible, se producen modificaciones radicales, que van del lenguaje corporal al canje de obsesiones. ¿Quién hubiese sospechado que emborracharse dejaría de ser para muchos la única puerta de la percepción? ¿Quién hubiese vaticinado que un buen número abandonaría la obligatoriedad de los ritos, el primero de ellos la Marcha nupcial? Tras la evidencia de la demagogia gubernamental, y sin ideología unificadora, numerosos jóvenes urbanos se sumergen en la droga (mariguana, hongos alucinógenos, peyote, ácido lisérgico), y hacen del rock la conmoción que prepara el gran salto mental de los años siguientes, con mayor participación femenina, tolerancia, respeto a la diversidad sexual y enfrentamiento al autoritarismo. Se abandonan las lecturas lineales de la experiencia y un número significativo asume la experimentación corporal, los hallazgos casi místicos en poemas y novelas y la belicosidad de la cultura juvenil. Demasiadas instituciones y actitudes envejecen de golpe; con la puerilidad del caso, una generación localiza sus causas a fin de cuentas muy decentes:

Yo no soy un rebelde sin causa,ni tampoco un desenfrenado.Yo lo único que quiero es bailar el rocanroly que me dejen vacilar sin ton ni son,y que me dejen vacilar sin ton ni son.

«It was a teeny-weeny, / itsy-bitsy / yellow polka / dot bikini, / that she wore for the first time today.» De acuerdo con el tradicionalismo, la etapa de las décadas de 1960 y 1970 es ominosa y lúgubre. Las nuevas sensibilidades se radicalizan, es decir, los estímulos artísticos y culturales redefinen el mundo e instalan usos y costumbres hasta entonces inconcebibles.

En 1951, Jean-Paul Sartre escribe: «Solo los burgueses disfrutan de la juventud. Los hijos de obreros y campesinos pasan de golpe de la niñez a la edad adulta». La juventud, lujo de clase. Esto deja de ser cierto al extenderse la americanización, y sus industrias de la cultura juvenil, que contagian de modo desigual y combinado a burgueses, clasemedieros, obreros, campesinos, desempleados, subempleados. Y los hijos de obreros y campesinos pasan de golpe del tiempo histórico marginal a las márgenes de la sociedad de consumo. Si los comerciales de la televisión son la nueva utopía formal, los carentes de recursos ni estacionan su BMW en el fraccionamiento exclusivo, ni poseen ropas que humillen a los cuerpos, ni ven en su condición económica un fracaso del Departamento de Efectos Especiales; si en la vida hay algo más que anuncios publicitarios (podría ser), los jóvenes que así lo deseen tendrán a su alcance libros, filmes, exposiciones de muy buen nivel. Se comprueba el axioma: donde cesa la movilidad social, en alguna medida y gracias al despliegue de las necesidades y la voluntad, emerge la movilidad cultural, algo comprobable en toda América Latina. El fin de la movilidad social humilla a un sector inmenso de jóvenes, pero el ascenso de la movilidad cultural es, para una minoría, la oportunidad compensatoria. Y aquí por cultura no entiendo la versión antropológica, sino el conjunto de valores artísticos y humanísticos apreciado por las generaciones y renovado periódicamente.

La inmovilidad más inquieta: el joven o la joven frente al aparato. La televisión es un surtidor de profecías sobre el porvenir inalcanzable, la compañía perfecta que solo exige el tributo de la paciencia: «Ya vendrá el chiste que de veras sea gracioso, pero, mientras tanto, me divierto aguardándolo». «Reírse es cobrar por anticipado el motivo genuino de risa.» Y sufrir es algo más laborioso. La telenovela ya no se basa en la estructura melodramática sino en el suspenso hitchcockiano: «Uno de los miembros de la familia es, en efecto, hijo del padre y de la madre. Los demás no. ¿Cuál es el hijo legítimo?». La treta tomada de los alquimistas de la Edad Media: ver televisión es aguardar lo que nunca llega, es transformar el lugar común más cerrado en hecho insólito, para efectuar el «milagro». Por lo que se ve, estos jóvenes no relacionan la televisión con lo cotidiano; para ellos, la existencia invertida ante el aparato no les resulta uso del tiempo libre, sino lo contrario, la vida por contraste y por aproximación.

La Universidad Nacional Autónoma de México: la radicalización, la lucha cívica, el sectarismo

En 1910 se inaugura la Universidad Nacional de México (UNM), un proyecto de educación superior laica. En los años siguientes, la tendencia de la UNM es conservadora, a momentos en demasía. Entre 1921 y 1925, en la Preparatoria de San Ildefonso pintan sus murales Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, y sus adversarios enconados son los estudiantes que los insultan, rayan sus murales («Pepe estuvo aquí»), los agreden físicamente y los obligan a trabajar con una pistola cerca. En 1929 se organiza una huelga estudiantil por cuestiones administrativas y, al producirse el movimiento en medio de una situación política tormentosa, el presidente de la República, Emilio Portes Gil, concede lo no pedido: la autonomía. Surge la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

En los años siguientes se fortalece el conservadurismo y se rechazan las pretensiones (algunas francamente abusivas) de los marxistas, que insisten en imponer oficialmente su doctrina. El traslado de las facultades de la UNAM a Ciudad Universitaria, inaugurada en 1954, propicia nuevas actitudes. Ya en 1959 o 1960 la izquierda, pequeña numéricamente, es la única fuerza política visible y audible en la UNAM. Se le enfrentan grupos de choque (porros) y medidas represivas de las autoridades, pero la izquierda aprovecha la condición de espacio de libertades de la UNAM. En los medios informativos de gran circulación (en rigor, de circulación modesta, que les llega a las clases dominantes), la sujeción a los regímenes del PRI es total, pero en la UNAM se discute, se impugna, se critica. Un gueto de la libertad de expresión, se podría decir, aunque más bien es uno de los escasos respiraderos ideológicos y políticos del país.

En la década de 1960 los jóvenes, casi siempre universitarios, marchan en apoyo de la Revolución cubana, reciben con júbilo al presidente de Cuba Osvaldo Dorticós, protestan contra la guerra de Vietnam, rechazan la invasión de los marines a la República Dominicana, apoyan movimientos (muy escasos) de lucha sindical. Pero son brotes de indignación seguidos de largos periodos de dispersión y desánimo.

El año de la UNAM, y de los otros centros de enseñanza superior en la Ciudad de México, es 1968. El movimiento estudiantil toma las calles, los autobuses, los mercados, los tranvías, las plazas. En las marchas participan entre doscientas y cuatrocientas mil personas, que colman el Zócalo y vivifican los espacios antes consagrados al despliegue del apoyo incondicional. La matanza a cargo del ejército el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas inhibe por años la actividad de los jóvenes de izquierda. Unos cuantos acometen la lucha guerrillera (muere la mayoría), otros se dejan cooptar (un verbo muy pronto en desuso), la mayoría se resigna y el gusto por la desinformación es consecuencia de la abstinencia política. El PRI no convence, las alternativas al PRI aún menos y entre los jóvenes, periódicamente, circulan variantes del término: «La Generación Perdida».

Años de batallas culturales, pequeños avances en lo electoral, disolución de tradiciones ya onerosas (la del Partido Comunista de México, la más destacada). Si la izquierda continúa al mando del espacio político de los jóvenes, sus triunfos son y suelen ser simbólicos. Los refranes del cinismo no escasean: «Desconfía de todo aquel que sigue la izquierda ya cumplidos los 30 años de edad. Lo más probable es que no lo admitan en otros lados»; «Ya somos todo lo que odiábamos a los 20 años»; «Un militante viejo es un fracaso redoblado». Pocos persisten o insisten.

Con la caída del «socialismo real», las formaciones dogmáticas se resquebrajan o se transforman en esferas de la alucinación. Por eso, el zapatismo les interesa a tantos; por eso falla radicalmente el gobierno de Carlos Salinas de Gortari en su afán de conquistar a los jóvenes.

Sin logros regulares, los movimientos estudiantiles (no hay jóvenes significativa y explícitamente en la vida de los partidos y agrupaciones políticos) tienden a disolverse ritualmente. Si en la década de 1980 el Consejo Estudiantil Universitario (CEU) de la UNAM detiene la decisión de aumentar las cuotas pagadas por los estudiantes y, además, incorpora a un grupo amplio a la vida de la izquierda, en 1999 el Consejo General de Huelga (CGH) representa el mayor retroceso hasta entonces conocido en la vida política de los jóvenes. Enérgico y triunfal al principio, pronto se desliza hacia el sectarismo más intenso, descalifica a toda la izquierda, le da sitio preferencial a los grupúsculos de ultraizquierda; es dogmático, machista, homófobo y partidario de la violencia. Su cima: rodear la mesa de debates con alambres de púas «para evitar que los reformistas intervengan».

Luego de diez meses de huelga que llevan a un buen número de estudiantes a salir de la UNAM y que desquician a la institución, el movimiento concluye al entrar la policía en Ciudad Universitaria. La ultra se dispersa y se constituye de allí en adelante en un grupo de hostigamiento de la izquierda, en acciones caracterizadas por la violencia.

De la sexualidad y la música como derechos primordiales

Los jóvenes –y que no se tome la obviedad por generalización– le conceden a la sexualidad derechos primordiales en los sectores relativamente independizados del machismo, y se van deshaciendo de esa policía del pensamiento que son los sentimientos de culpa por hechos concernientes a «la moral y las buenas costumbres». Y si se sienten en falta es por la sospecha de ejercer su sexualidad con la información inadecuada. Sí, podrían gozar con más detalle de los siete electrizantes minutos; sí, aún no disponen de un mapa científico de las zonas erógenas de su pareja; sí, perdieron la virginidad a los 15 o a los 16 años, pero ese día se olvidaron de llevar consigo un tratado de sexología, o por lo menos el Kamasutra, y por eso su debut careció de técnica; sí –a partir de la década de 1980–, hablan compulsiva y festivamente de los condones, pero pasan sobre ascuas en lo tocante al sida; sí, han ampliado, y considerablemente, su criterio, pero muchos son todavía tolerantes de clóset. Y en lo tocante a los gobiernos, con la excepción iniciada por Brasil, se necesitan campañas precisas, de información científica, sobre el embarazo y el sida.

Como paréntesis o como refrigerio espiritual, vale la pena evocar los nombres de algunos conjuntos de rock: Los Mierdas Punk, Santísimo Detritus, Solución Mortal, Masacre 68, Ley Rota, Secta Suicida del Siglo XX, Crimen Social, Los Amantes de mi Mamá, Tequila Light, Otro Rollo Igualito, Incesto con Desconocidos, Viejos los Cerros, Gays pero con el Sexo Opuesto... A través de las letras del rock, hablan la sociología y la llegada al cinismo a través del desprecio por lo circundante; también a través de esas letras, se inventa la «mirada generacional» que luego se convierte en hallazgo.

Ser joven es girar en torno a la música. De la música se esperan las revelaciones, los estremecimientos, la construcción de los escenarios de la imaginación, el viaje por las épocas, y, lo definitivo, la sensación de apresar el tiempo, de ser contemporáneo de la sensibilidad radical. Si el baile incorpora el cuerpo a un proyecto estético, escuchar música es comprender lo indescifrable, asirse a las vibraciones, ese catálogo inexpresado de los sentimientos. De la música se desprenden los comportamientos, no así como lo digo, sí así como lo viven con gustos que van del heavy metal a la cumbia, de la electrónica al gangsta rap, en una taxonomía que se empareja con el infinito.

De la música se extraen la psicología personal (idealizada) y el comportamiento adecuado en las horas del juego imaginativo. Cada ciudad es un muestrario de corrientes musicales con los estilos de vida adjuntos. Un aficionado a la cumbia, por ejemplo, se afilia a los modelos tradicionales, le concede a la rutina coreográfica el estatus de ritual perfecto y se dispone a ir a un baile con el cuidado del especialista. Y el amante de la technomusic se siente distinto por adicción a un estilo duro, sin otras concesiones que las naturales en la monotonía del sonido que eleva murallas, y por eso su cuerpo se disciplina e insiste por horas en lo mismo, dándole a cada paso de baile la premura de la novedad que, si lo es de veras, está hecha de repeticiones.

«Si el futuro nos va a alcanzar, me le adelanto y me pongo la ropa adecuada»

Es cambiante el papel del cine para los jóvenes. Es muchas otras cosas (arte, comercio, manipulación), pero entre los jóvenes es decididamente el gran laboratorio de la conducta, incluso al producirse la apertura en la televisión por cable.

Al arraigar la secularización y al extenderse el ateísmo funcional («Soy creyente pero a sus horas, y sin consecuencias en mi conducta»), convencen más las distopías, la moda de lo apocalíptico, que la confianza en el Paraíso. Infunde enorme confianza la inminencia de la catástrofe («todavía falta») y fascina el revestimiento estético de los augurios más terribles. La conclusión es nítida: si la desaparición del género humano es fotogénica, no puede ser tan terrible y, además y con maña, se le transfieren al planeta los miedos respecto al porvenir personal. Tal vez por lo mismo, entre los jóvenes los efectos especiales son la abolición, la masificación y el máximo incentivo de la fantasía. ¿Qué es lo insoportable? Una realidad despojada hasta lo último de falta de producción en gran escala.

La contraparte de la estética del apocalipsis es la ruidosa y grasosa estética del fin de los individuos que viven en el límite o a los que sorprende la fatalidad. Éste es el terreno del género del thriller. El cine norteamericano descubre su «piedra filosofal»: la violencia del habla neutraliza, condensa y evapora parcialmente la violencia física. Para los jóvenes, sus fanáticos, el thriller no es en lo mínimo la escuela de violencia (para eso ya se tiene el espectáculo de la impunidad real), sino, probadamente, la zona catártica que alivia de numerosos impulsos destructivos, y es también la «escuela de maneras» donde se aprenden las formas del poder aniquilador. El estilo de la violencia sí viene del cine; la violencia se desprende de la naturaleza del capitalismo salvaje.

Necesito ser redundante y pleonástico: el neoliberalismo resuelve los problemas agigantándolos. La pretensión ridícula de George Bush («El siglo XXI, el segundo siglo de Norteamérica»), el delirio belicista del complejo industrial-militar, la lucha por adueñarse del petróleo y las comunicaciones, los ecocidios en nombre del Mercado Libre, la satanización de los así llamados «globalifóbicos» (en rigor, no lo son: los auténticos globalifóbicos son los neoliberales y sus repetidores de falsos datos, como el ex-presidente de México Ernesto Zedillo), todo lo que constituye el arrasamiento de las alternativas.

Así, el determinismo se explica perfectamente y el determinismo no tiene razón de ser. Por un lado, si algo distingue a los jóvenes de hoy, y me atrevo a generalizar porque la realidad ya lo hizo, es el sitio otorgado al empleo, el punto culminante de la felicidad asediada y las zozobras del día entero. «El que tenga un empleo, que lo cuide, que lo cuide...» Son demasiados los convencidos de que hoy casi todos los empleos son terminales. Al contraerse drásticamente la economía, el trabajo fijo se aproxima al círculo de las especies en peligro de extinción. Como afirman los caricaturistas Helguera y El Fisgón, hoy hasta los buenos desempleos están tomados. Y la vida popular (ese derrotismo o esa gran decepción anticipada) desemboca en la paciencia interminable, incluso en la paciencia de la violencia. Los jóvenes sin empresa o sin secretaría de Estado que heredar gastan en transportarse tres o cuatro horas diarias, llaman ritualmente por teléfono para oír la fórmula sagrada: «Hable en quince días», se acomodan con «lo que caiga», dan vueltas sin fin por la fábrica o las oficinas en espera del mínimo chance, delinquen como si trabajaran. Pertenecen desde antes al universo del aplazamiento. Todo se les aplaza, menos el llamado al sacrificio.

Por otra parte, la variedad de respuestas ante lo que eufemísticamente se llama «la crisis» revela en América Latina las razones y las racionalizaciones de la desesperación. Los jóvenes migran por oleadas, el subempleo llega a ser el 30% y la vitalidad perdura así sus cauces se estrechen. Todo conecta con todo. O con casi todo. La sexualización perceptible en las grandes ciudades está muy en deuda, estilísticamente, con la americanización. (Insisto en lo de estilísticamente, para no ser acusado de afirmar que se importan los coitos de Norteamérica.) En un tiempo globalizado, la americanización –la vía forzosa de acceso a la globalización– es el trámite que flexibiliza el uso de la modernidad al tiempo que la atrofia. A lo largo de un siglo se producen fenómenos casi inevitables: el nacionalismo se renueva al compás de la americanización, la americanización no detiene el vigor de las culturas nacionales, a la cultura planetaria se llega por la vía doble de la americanización y de la fortaleza de los acervos de cada país y del conjunto de Latinoamérica.

De allí la influencia considerable en materia de atmósferas sensuales del flujo de Norteamérica: películas, series de televisión como Desperate Housewives, Will and Grace, Queer as Folk, The Sopranos, The OC; ídolos, estilos de publicidad, adopción de hábitos, lenguajes corporales. Le guste o no al tradicionalismo, los jóvenes hace mucho que entendieron que si las tradiciones no cambian desaparecen. En donde puede, la derecha impone su plan de gobierno: rechazo del condón en nombre del daño que se le hace a la ecología o, más específicamente, al drenaje profundo (en México lo afirma el Partido Acción Nacional); prohibición de las minifaldas (así luego los políticos de la derecha mientan y juren que jamás las prohibieron); arresto en las razzias de jóvenes que llevan condones («Van a ejercer la prostitución»); incluso se arresta a los activistas contra el sida (en Ciudad Juárez el PAN detuvo a cuatro mujeres por pegar en las calles carteles de campañas de prevención); campañas de sexismo y homofobia, intentos de prohibición de películas (El crimen del padre Amaro), intentos de prohibir la píldora del día siguiente... No reduzco el conservadurismo moral a la derecha que se identifica como tal, pero allí es exigencia de identidad, cruzada moralista y razón de ser.

A modo de falta de conclusiones

La religión, como siempre, juega un papel crucial en las declaraciones de los jóvenes en las encuestas, ya no tanto en su comportamiento. Y ya no es la religión, sino la multiplicación de creencias, esotéricas las unas en la perspectiva de las otras. Entre los jóvenes, una experiencia frecuente y muy importante es la conversión, la masificación del camino a Damasco, la vigencia de la idea ancestral: si renuevo mis creencias resucito. El clero tradicional resiste y agrede («Las sectas son como las moscas», afirma el nuncio papal en México, Girolamo Prigione), se lanzan campañas contra la New Age, se desentierran las prácticas del exorcismo (siempre a costa de una jovencita de 17 años de edad), persisten las guerrillas religiosas... pero las conversiones prosiguen, como también continúan –entre escándalos de la paidofilia– las vocaciones religiosas y el asumir el desarrollo espiritual como otra de las movilidades sociales al alcance.

¿Qué se puede extraer de los apuntes anteriores? Todos lo saben: el futuro previsible de la mayoría de los jóvenes de un país es el futuro inevitable de la nación. Y si no quiero llevar esa premisa más allá de su enunciación es por optar más bien por el optimismo: todavía, y es probable que la tendencia no se modifique en lo inmediato, hay más jóvenes que estudiosos del fenómeno juvenil.