Coyuntura

Trumpismo: una minoría de masas

El Moloch populista

Los repetidos análisis de Trump bajo la lupa de los populismos latinoamericanos, las comparaciones con una variedad meliflua de procesos políticos que van desde el chavismo a Augusto Pinochet y desde Alberto Fujimori al peronismo, ofrecen una puerta de acceso inesperada y atractiva a la política norteamericana: no para entender a Trump, sino para analizar las preocupaciones de quienes hacen la comparación. Por una vez, al menos, las referencias al peronismo en particular no son solo derivado de la vocación autorreferencial argentina, y por una vez también, su utilidad es mayor que la de alimentar una cultura nacional en permanente y antropofágica expansión. (Las referencias a Trump como un nuevo Perón también son un salto al vacío imaginario en el que la ucronía es más válida que la analogía: la figura perfecta sería la de un hombre del gobierno de la Década Infame –régimen que dirigió Argentina entre 1930 y 1943– que en algún momento luego de 1942 decide lanzar su candidatura presidencial para evitar la llegada de una revolución social. Quizás alguien como Alberto Barceló, el líder conservador que gobernó el popular municipio de Avellaneda entre 1909 y los años 1930 y que emergió entre las filas oficiales para denunciar la candidatura mediocre de Robustiano Patrón Costas –el candidato que efectivamente postuló el régimen– y la afectación cosmopolita de Carlos Saavedra Lamas –canciller histórico que se convirtió en blanco de sectores nacionalistas–. Barceló debía lograr de esta manera producir una profunda renovación dentro de la coalición oficial, rescatarla y evitar así la llegada de Perón, que en este abuso retórico sería Bernie Sanders. Dicho de otro modo: Trump no es quien viene desde afuera a romper el régimen, sino el que surge desde adentro para refundarlo).

Desde fines de los años 40 y hasta hoy, las ciencias sociales y el discurso político norteamericano recurren a la figura del peronismo para alertar sobre las tendencias autoritarias nacionales. La referencia es al mismo tiempo vaga y precisa y se dirige a aquellas identidades que puedan caracterizarse por un fuerte liderazgo personal, una crítica a las instituciones vigentes, una mayor intervención del gobierno en la economía y un rol dominante de los sindicatos en la política. La recurrencia en la sociología funcionalista norteamericana es tal y tan superflua que en 1974 Eldon Kenworthy sostuvo que, como categoría de análisis, el peronismo (y uno se ve tentado a extender el juicio al populismo en general) se convirtió en una pieza clave de cualquier teoría global, «el pequeño caso que, amoldado a los requerimientos de la teoría, imparte un aura de universalidad» a preocupaciones fuertemente locales.8

Entre otras cosas, la referencia insistente al populismo latinoamericano oscurece las características profundamente nativas del fenómeno Trump. Pero sobre todo, revela la definición estrecha de democracia política que manejan quienes usan esa figura. Como bien señala Thea Riofrancos en una de las mejores críticas al abuso de las referencias al populismo, «acentuar las instituciones y las normas como la esencia de la ‘democracia’ es una definición que tiene una historia, y es una historia que arranca por negar otras definiciones más radicales de ese concepto»9. Aplastar dentro de una misma definición (populismo, Trump, peronismo, político latinoamericano) cualquier fenómeno que ofrezca resistencia a las instituciones disuelve de inmediato el hecho básico de que, al menos en sus casos históricos (peronismo en Argentina, varguismo en Brasil y cardenismo en México), los populismos latinoamericanos de los años 30 y 40 se montaron sobre la expansión de derechos sociales y económicos y no en su limitación, surgieron de la mano de la consolidación de organizaciones colectivas y no sobre su desmantelamiento, y encararon un fuerte proceso de regulación de la vida social y económica, no su total liberalización.

El núcleo duro de la adscripción a estos populismos fue la certeza de millones de individuos postergados de que podían obtener mediante la organización colectiva y la pertenencia a una identidad mayor el mismo poder que otros detentaban individualmente en la sociedad a la hora de decidir no solo sus propios intereses, sino los rasgos fundamentales de la sociedad. Que analistas varios, mayormente vinculados al Partido Demócrata, imaginen que el fenómeno de Trump puede ser leído como populismo latinoamericano no solo es disparatado, sino que también bloquea la posibilidad de ver dinámicas democráticas más radicales como el verdadero espacio para una oposición novedosa.

Puesto de otro modo, Wisconsin es a Trump lo que la localidad platense de Berisso fue al peronismo: son las cunas de las que emergieron y en las que se pueden leer sus rasgos distintivos y opuestos. Desde 2009, el Partido Republicano experimentó en ese estado con los rasgos fundamentales de una renovación política aun antes de que nadie imaginara que la lideraría Trump: una drástica eliminación del poder de negociación de los sindicatos, una apuesta por el financiamiento privado de la política para contrarrestar el anclaje sindical del Partido Demócrata (Trump fue, justamente, uno de los que financiaron al gobernador Scott Walker en la campaña para permanecer en el poder ante el pedido demócrata de removerlo), el rediseño de distritos electorales y la sanción de nuevas exigencias para votar señaladas anteriormente, que recién este año fueron revocadas por la Justicia con el argumento de que, efectivamente, marginan de forma casi exclusiva a votantes demócratas. Nada de lo que ocurre hoy fue súbito e inesperado: cuando el Partido Demócrata perdió el referéndum que había promovido y demostró que no había podido movilizar su propia base sindical, quedó claro que el Partido Republicano estaba comenzando algo nuevo. «Es hora de limitar el poder de los sindicatos, y en eso espero poder ser la fuente de inspiración para muchos otros líderes», dijo Walker luego de su victoria. (En esa época, escribí un artículo para Página/12 en esta misma línea que se titulaba «Wisconsin, la pelea de fondo». No fue la única nota en ese tono, pero la reacción mayoritaria del Partido Demócrata ante el evento fue que se trataba de una dinámica encapsulada y que en la elección general los trabajadores no tendrían otra opción que volver al Partido Demócrata. En 2012, Obama ganó su reelección con cuatro puntos menos que en 2008 y Hillary Clinton perdió por menos de un punto. Había en esa negación demócrata una mirada estática de la política muy distinta de la del promedio de cualquier lector de diarios latinoamericano, mucho más dispuesto a registrar transformaciones, y quizás por eso, a realizarlas10).

No hay posibilidad alguna de imaginar a Trump y a su asesor estrella de la Alt-Right Steve Bannon11 en el poder sin la implosión callada del Partido Demócrata como instrumento de acción colectiva. Ni hay modo de imaginar una salida distinta de la radicalización de Trump o de su institucionalización sin una profunda reformulación del Partido Demócrata o el surgimiento de otra alternativa. Enfrentados al fenómeno presuntamente inesperado del triunfo de Trump, buena parte de los líderes partidarios depositan sus esperanzas en el escenario (nada improbable en una coyuntura volátil) de que escándalos como la relación de Trump con el gobierno ruso provoquen una crisis terminal en su gobierno. Es más fácil reavivar el miedo ancestral a la amenaza rusa que revisar la crisis de representatividad terminal que los acosa y la pérdida de un proyecto de país significativamente distinto. Una crisis republicana que se produzca antes de una renovación demócrata podría garantizar la continuidad de la elite partidaria actual que sobrevive a caballo de esta crisis, y que se reforzó pírricamente en su esfuerzo por aplastar a Bernie Sanders. Liderazgos emergentes como el de Yvanna Cancela (joven senadora estadual de Nevada) y otros de la nueva camada generacional pueden ser el comienzo de una renovación o el grupo que les dé nuevos aires a las viejas estructuras. Como un fenómeno político que engloba a todo eeuu, la figura de Trump encierra, en su potencial éxito o su eventual fracaso, un microcosmos de las limitaciones estrechas de la política norteamericana y de las potencialidades siempre a punto de estallar.

  • 8.

    Eldon Kenworthy: The Function of the Littleknown Case in Theory Formation: Or What Peronism Wasn’t, Cornell University, Latin American Studies Program, Ithaca, 1974.

  • 9.

    Thea Riofrancos: «Democracy Without the People» en N+1 Magazine, 6/2/2017.

  • 10.

    E. Semán: «Wisconsin, la pelea de fondo» en Página/12, 20/2/2011.

  • 11.

    11. Sobre este tema, v. Laura Raim: «La derecha ‘alternativa’ que agita a Estados Unidos» en Nueva Sociedad No 267, 1-2/2017, disponible en www.nuso.org