Coyuntura

Trumpismo: una minoría de masas

La condición de «minoría de masas» como rasgo básico de esta versión americana del fascismo es crucial para imaginar el futuro de Trump en dimensiones que ni este ni el círculo que lo rodea terminan de imaginar. En contradicción con la narrativa desesperada que utilizan los medios para describir a la base trumpista, en eeuu los más postergados no votaron a Trump, ya sea porque han sido expulsados de la esfera pública o simplemente se les ha impedido acceder a esta, ya sea porque votaron mayoritariamente al Partido Demócrata. Trump sí logró cierto apoyo sindical (obtuvo el mayor caudal de votos de familias sindicalizadas de un candidato republicano desde Ronald Reagan3), pero aun ese apoyo (de los trabajadores en mejor posición) fue sustancialmente menor que el que recibió Hillary Clinton. La obsesión de Trump por encontrar una masa de ciudadanos que lo apoyara en las calles durante su asunción presidencial –que, sin embargo, no se hicieron presentes– evidencia su herida narcisista y el legado estético de las multitudes fascistas que forman su imaginario y el de quienes lo rodean. Pero el sujeto político que Trump ha creado está mayormente recluido en su espacio familiar. Más allá de la estética de masas que el presidente anhela, su éxito se juega, en verdad, en lograr una efectiva desmovilización, acentuar la diferencia entre activistas radicalizados y ciudadanos excluidos y perfeccionar los mecanismos institucionales que tornen a la oposición en un actor políticamente irrelevante. Desigual y aislado, el individuo es el verdadero sujeto de la identidad política naciente.

Make it Great

Esa identidad está en su lema original: «Make America Great Again». El efecto es extravagante, más poderoso que lo que su simpleza indica. Trump narra la historia de un pasado mítico, el de los eeuu de los años 50, una nación pura, victoriosa y mundial, ideológica y moral en su anclaje constitucional, próspera, segura e imaginariamente irreversible. Por sobre todas las cosas, una historia articulada en el sutil lenguaje de la jerarquía extrapolítica de la raza sobre la cual descansa el orden mayor e inamovible de la propiedad. Ahí, «Make America Great Again» se escucha como «Make America White Again», y «Law and Order» se entiende como la vigilancia del Estado militarizado sobre los cuerpos negros en tanto puente de acero para la libertad de los blancos, una tradición que arranca con el formidable aparato policial y discursivo desplegado desde fines de 1600 para prevenir la fuga de negros, una de las mayores fuentes de preocupación en las colonias del Sur aun antes de que la nación naciera.4

Pero la escatología refundacional demanda una crítica voraz a todo lo que alejó a eeuu de ese pasado grandioso: las guerras que no se ganaron y los militares que ya no pelean para ganar, los diarios que ya no reflejan la verdad, las empresas que llevan sus puestos de trabajo al exterior, los políticos que han abandonado a su comunidad. Y he ahí la paradoja que hace inteligible la confrontación de Trump con el statu quo que viene a rescatar: solo es posible refundar las bases de legitimidad de un orden mediante un ataque frontal a sus elites. Los primeros meses de Trump no se tratan de una acción sistémica de resultados esperables, ni de un acuerdo a espaldas del público, sino de la refundación de un orden.

La relación de Trump con la prensa, y en particular su pelea con el diario The New York Times, sirve como ejemplo de esta dinámica, no tanto por su importancia como por lo que esa confrontación revela. El New York Times, como cualquier diario de trayectoria y prestigio, es un medio que habla desde el poder. Su discursividad circula por dos carriles bien definidos que tienen muy poco que ver con la crítica o el apoyo a un gobierno. En uno de esos carriles están sus interlocutores, sean aliados o adversarios: el Partido Demócrata, Trump, las agencias de inteligencia, los otros medios, los escritores, aquellos con los que comparte o discute el futuro del país. Es decir, mucho más que «los que mandan», la categoría más tenue con la que el sociólogo José Luis de Imaz describía a un poder nunca consolidado en Argentina; en este caso se trata del mundo de un poder establecido y extendido que se percibe, muchas veces con razón, aun por encima de la competencia política. Por el otro carril, su otra audiencia, la del mundo ajeno, aquel al que van los periodistas del Times: profesionales a mitad de camino entre el representante del diario y el etnógrafo, enviados a recoger información sobre esa realidad distante que no deja de extrañar e interesar, para horrorizarse o para celebrarlo, ya sea el votante de Trump en Michigan o el inmigrante mexicano a punto de ser deportado. Trump fue quien vio esa distancia infranqueable para el New York Times, brecha que él zanjó con los instrumentos que mejor maneja: los de Twitter, la prensa amarilla y su experiencia en los círculos de la autoayuda financiera.5 En su único momento verdaderamente populista, Trump produjo un escenario político nuevo: presentó a la elite como una oligarquía. «The failing New York Times», el decadente New York Times, como se refiere el presidente al diario, es una acusación in toto al viejo orden. O mejor dicho, es tanto una descripción del diario como una denuncia contra las bases de legitimidad de aquel orden que Trump apuesta a reconstruir.

Las posibilidades de sobrevivir en esa confrontación son limitadas por definición. No porque esto sea una revolución, sino porque, justamente, ahí se juega la supervivencia de un orden. Cierto, el enfrentamiento de Trump con las agencias de inteligencia y militares puede licuarse en el ábaco de las asignaciones presupuestarias y el concierto del complejo militar-industrial. La irrupción de un escenario de confrontación militar internacional puede ayudar a hacer ese proceso aún más rápido.6 La impresión de los que, como yo, creen que las batallas ideológicas son disputas sobre las bases materiales del poder es que el final de esa pelea por construir un futuro anclado en un pasado ideal está lejos de ser claro o favorable para Trump. Las probabilidades de que las instituciones acechadas «salven» a eeuu de la amenaza de Trump son tan altas como las de que Trump acomode su estrategia para convertirse en un líder efectivo de esas elites. Y ambas posibilidades son preocupantes.Esa encrucijada trágica entre Trump y las fuerzas que pueden salvar la democracia de la que este surgió es el verdadero ethos nacional. En los años 60, Seymour «Marty» Lipset presentó una tipología política que iluminaba el bajo fondo del denominado «excepcionalismo americano» mucho más certeramente que el libro que escribió con ese título 30 años después. En su análisis del macartismo como versión del autoritarismo vernáculo (un movimiento que hoy sin duda asimilaría con el del trumpismo), el sociólogo, fundador del neoconservadurismo y al mismo tiempo asesor del think tank que nutrió de ideas al clintonismo dentro del Partido Demócrata, destacaba que lo singular de eeuu no fue solo que, a diferencia de otros movimientos autoritarios, el macartismo hubiera fracasado. Lo distintivo, y aquello que tornaba el sistema político más estable, es que las fuerzas que derrotaron al macartismo no fueron sus víctimas sino las elites económicas y los conservadores7. Algo no dicho en su texto y tan relevante entonces como ahora: se trató de las mismas fuerzas que generaron el espacio para su crecimiento y las mismas que absorbieron bajo un formato institucional y organizado el mandato del terror como herramienta para control social, desmantelamiento del movimiento obrero y repliegue del Estado que caracterizó a eeuu después del New Deal. Si la analogía es válida para imaginar una «salida institucional» a la crisis generada por el ascenso de Trump, las razones para preocuparse por esa salida aumentan. (Torcuato Di Tella me relató alguna vez su primer encuentro con Lipset en la Universidad de Columbia en los 50 cuando este aún no había abandonado del todo su sólida base marxista en el funcionalismo, pero empezaba a trabajar en su obra fundamental sobre los atributos de los ciudadanos proclives a opciones políticas autoritarias. Di Tella era apenas un estudiante que le declaró a Lipset su deseo de entender –y desterrar– al peronismo. Lipset, a tono con la época en la que el populismo se leía como una desviación de clase bajo el lente de Karl Marx, lo mandó a leer El dieciocho Brumario. La recomendación tuvo un efecto limitado, pero la obsesión de Di Tella transformó la investigación de Lipset, quien luego entabló trato con Gino Germani y trabajó in extenso sobre la base social del peronismo como uno de los ejemplos que demostraban el efecto desestabilizador de las modernizaciones truncadas en la subjetividad política de la clase trabajadora. Aquella asociación temprana del peronismo con los trabajadores manipulados por un demagogo, que tomó forma quizás fundacional en las charlas de Di Tella con Lipset, es aún hoy el discutible marco explicativo con el que se analiza cualquier fenómeno de masas, incluida la llegada de Trump al poder).

  • 3.

    Noam Scheiber, Maggie Haberman y Glenn Thursh: «Trump’s Inroads in Union Ranks Have Labor Leaders Scrambling» en The New York Times, 17/2/2017, p. 12.

  • 4.

    Martín Plot hace una interesante lectura de la frase, situándola dentro de su caracterización del movimiento liderado por Trump como «voluntarista». Ed Baptist sostiene que la vigilancia a los negros siempre fue más allá de garantizar la esclavitud o la explotación económica y se vinculaba a la necesidad de garantizar y reproducir jerarquías domésticas y una noción de «libertad negativa» a favor de los blancos. M. Plot: «Elecciones y regímenes políticos» en Temas y Debates No 32, 2016; E. Baptist: «Creating White Freedom by Hunting Enslaved Africans», inédito, septiembre de 2016.

  • 5.

    Para una discusión sobre este rasgo en particular de Trump, v. la interesante reflexión de Daniel Fridman: «Candidatos ricos, votantes pobres» en La Nación, 31/12/2016.

  • 6.

    El aumento de los gastos en defensa impulsado por Trump en su propuesta de presupuesto nacional, entre otras cosas, parece buscar ese objetivo inmediato.

  • 7.

    S. Lipset: Political Man: The Social Bases of Politics, Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1960, p. 172.