Tribuna global

Terapia de shock color azafrán El nacionalismo hindú divide a la sociedad india

La realidad social en la India es –más allá de las grandes campañas de marketing y la omnipresente propaganda del gobierno– decepcionante. El país está entre los últimos puestos según el índice de desarrollo humano y la mortalidad infantil es desde hace tiempo extremadamente elevada. Esto parece importarle poco hasta ahora a la pujante clase media. La mayoría de ella está muy conforme con la apertura del mercado y goza del mundo aparentemente inagotable de mercaderías y brillo que los grupos empresariales internacionales llevan al país. Su euforia de consumo se muestra en todas partes dentro de los gigantescos centros de compras. Es por ello que la clase media, que aspira al ascenso social, tampoco cuestiona la concentración de poder económico y político en manos de unos pocos grupos empresariales de gran envergadura, como Tata, Reliance o Mahindra. Por el contrario: en su mayoría, admira el éxito internacional de «sus» grupos empresariales indios.

Represión estatal y argamasa social

Pero todo esto no puede disimular que la política económica neoliberal de Modi es incapaz de detener el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres. Según un informe McKinsey –cuyas cifras pueden ser consideradas bastante conservadoras–, en la India viven por lo menos 680 millones de personas (de un total de 1.300 millones de habitantes) con «carencia absoluta», es decir que cuentan con menos de dos dólares diarios para vivir. Por otro lado, el bienestar se concentra en cada vez menos manos: el patrimonio de los 100 indios más ricos corresponde, sumado, a 25% del pib del país. Y poco menos de la mitad de todo el patrimonio privado está en manos del 1% más rico de la población. En vista de ello, poner el acento en los «éxitos nacionales» actúa como argamasa social: el nacionalismo hindú triunfa buscando con cada vez más frecuencia chivos expiatorios en pos de su autoafirmación y de afianzar su poder. No sorprende entonces que la marginación, la discriminación y la violencia contra los «otros» en la India estén a la orden del día. Esto puede afectar a los musulmanes y al «retrógrado Islam guerrero», pero también a presuntos terroristas, separatistas, naxalitas e incluso pecadores «carnívoros».

Estos ataques a quienes conforman el «afuera» de la cerrada nación de los hindúes son otro motivo por el cual la alianza hinduista-neoliberal adquiere rasgos cada vez más totalitarios. En una sociedad con una creciente polarización, el gobierno recurre a una política represiva que acota todavía más el margen de acción de la sociedad civil y reprime el disenso social. Se expande una cultura de la prohibición que intimida especialmente a las minorías. Así es como los guardianes de la moral de la derecha hinduista han conseguido que se prohíba el consumo, la tenencia y la venta de carne vacuna en casi todos los estados del país. La «vaca sagrada», con su carga simbólica, ha pasado a ser definitivamente, para el bjp, la rss y el arco político de la derecha, el símbolo del hindutva triunfante frente a los «otros», los no hinduistas. Es que la prohibición de la carne vacuna afecta sobre todo a los cristianos y los musulmanes, como así también a las personas de las denominadas castas inferiores, fundamentalmente los dalits, para los cuales la carne vacuna es una fuente de proteína relativamente económica. Además, esta medida tiene efectos devastadores para miles de puestos de trabajo en los mataderos y en la industria del cuero, ocupados mayormente por musulmanes.

La prohibición de la carne vacuna ha estimulado enormemente a los nacionalistas hindúes. Ahora se sienten moralmente legitimados para imponerla también por la fuerza. Son cada vez más frecuentes los ataques a camioneros que transportan vacas, los animales son «liberados» y los presuntos consumidores de carne vacuna son perseguidos y asesinados por los autodenominados «protectores de las vacas». Es clara la inacción o la reacción extremadamente lenta del Estado contra estos hechos de violencia: mientras las masas nacionalistas merodean generando miedo y terror, el gobierno se oculta en el silencio o niega de manera descortés ser (co)responsable, con lo cual ayuda a legitimar la violencia.

Ataque colectivo a la razón

Mientras tanto, los intelectuales críticos también han pasado a estar en la mira de los nacionalistas hindúes. En un lapso de tres años fueron asesinados tres conocidos críticos del hindutva. Hasta ahora, los investigadores han podido avanzar en uno solo de los casos: un hombre perteneciente a la agrupación extremista hindú Sanatan Sanstha fue aprehendido por ser sospechoso de haber asesinado en febrero de 2015 al académico y escritor marxista Govind Pansare. Las circunstancias de los otros dos homicidios también apuntan a asesinos provenientes de las filas del fundamentalismo hindú. Pero el partido gobernante, el bjp, no condena estos hechos sino que, en el mejor de los casos, los tolera en silencio y, en el peor de los casos, los minimiza. Con estos homicidios se dan escarmientos con el fin de amedrentar y acallar a los críticos del gobierno, a los intelectuales y a los opositores: un «ataque colectivo a la razón» (Prabhat Patnaik). El mensaje es claro: las numerosas organizaciones de derechos humanos, organizaciones no gubernamentales y medios críticos que protestan contra el hipernacionalismo del gobierno, su política de castas o la agenda neoliberal están expuestos a sufrir detenciones y denuncias por incitación al odio, además de que se declare su condena a muerte o se los ataque. Las exhortaciones públicas a favor de la tolerancia y el secularismo seguirán llevando las de perder frente a la «Alianza No Santa» que ya ha penetrado en importantes sectores de la sociedad, en cuyos márgenes no cesa de ejercer violencia contra minorías, disidentes, intelectuales y adversarios.

Una serie de derrotas electorales del bjp el año pasado en distintos estados ha hecho crecer el temor de que el partido oficialista y sus tropas de infantería de la rss hagan una apuesta mayor a la campaña de odio. El recientemente reavivado enfrentamiento por Aiodhia, en el estado de Uttar Pradesh, donde se celebrarán elecciones a comienzos de este año, parece confirmar esta preocupación.

Sin embargo, medidas como la desmonetización muestran también la vulnerabilidad de la política de Modi: con cada decisión favorable a las elites, crecen la carestía y el nivel de sufrimiento de los más pobres. Y con ello, también el potencial de una reacción de la sociedad. Cuanto más crezca esta reacción, más tambaleará la alianza non sancta del nacionalismo hindú y la política económica neoliberal: y con ella, la legitimación de la India «Modi-ficada».