Tribuna global

Terapia de shock color azafrán El nacionalismo hindú divide a la sociedad india

El presidente indio Narendra Modi salió en las páginas de la prensa internacional por su decisión de sacar de circulación los billetes de 500 y 1.000 rupias «para combatir la corrupción», lo que generó pánico en la población. No obstante, el mandatario mantiene elevados índices de apoyo popular: su alianza entre nacionalismo hindú y neoliberalismo le ha dado frutos. Paralelamente, los hindúes radicales están a la ofensiva y se sienten animados para intimidar y discriminar abiertamente a las minorías religiosas, especialmente a musulmanes y cristianos.

Terapia de shock color azafrán / El nacionalismo hindú divide a la sociedad india

Hacia fin de 2016, el primer ministro indio Narendra Modi se animó otra vez a pronunciar un gran discurso dirigido a sus compatriotas. Para ese entonces, ya habían transcurrido 50 días desde su discurso anterior, de graves consecuencias, en el que había anunciado de manera completamente sorpresiva la drástica ilegalización de los billetes de 500 y 1.000 rupias 1. Es por ello que el nuevo discurso, transmitido por televisión el 31 de diciembre, era esperado con impaciencia desde las semanas previas. Muchos ansiaban que Modi explicara otras de las medidas de la reforma emprendida por el gobierno. Pero sufrieron una amarga decepción: el primer ministro solo volvió a poner el acento en la necesidad de «limpiar» a la nación india de los males de la corrupción y el dinero en efectivo. Y no dijo una sola palabra siquiera sobre las víctimas de su radical reforma: por ejemplo, sobre las más de 100 personas que murieron de agotamiento mientras esperaban en una fila durante el caótico canje o se quitaron la vida, abrumadas por la desesperación.

La desmonetización había sido anunciada por Modi el 8 de noviembre de 2016. Casi de la noche a la mañana, 85% de los billetes en circulación fueron declarados de valor nulo. Según Modi, esta medida era necesaria para impulsar la lucha contra la corrupción y el dinero ilícito. En un país en el que casi 98% de las transacciones se paga en efectivo, esto constituyó una terapia económica de shock 2. El cuello de botella de liquidez afecta en especial a las personas que dependen en gran medida del dinero en efectivo por no tener prácticamente acceso a tarjetas de crédito, cuentas bancarias o billeteras digitales (digital wallets): conductores de rickshaws, personas que trabajan en las cosechas, jornaleros y vendedores ambulantes, es decir, cerca de la mitad de la población de la India3. Además, tampoco es seguro que la anulación de estos billetes brinde a largo plazo los resultados deseados, ya que se estipula que solo 5% de todo el capital en negro es dinero en efectivo4. Sin embargo, la mayoría de los trabajadores precarizados apoya al primer ministro y su promesa de combatir de este modo la corrupción y la pobreza.

Modi y su llamado a construir una «gran nación india» tienen gran aceptación también en amplios sectores de la pujante clase media urbana (en su mayoría hindú). En la supuesta lucha «de la nación» contra los males de la sociedad, Modi y su partido, el oficialista Partido Popular Indio (Bharatiya Janata Party, bjp), logran tapar la siempre virulenta pobreza y la creciente fractura social del subcontinente. Modi apuesta a una retórica nacionalista hindú, tanto hacia adentro como hacia afuera: mientras se sigue jactando de su «guerra quirúrgica» contra los separatistas de Cachemira, el premier ya ha echado mano a la nueva arma –la desmonetización–, con la cual pretende curar las «úlceras sangrantes» en el interior de la sociedad india: la corrupción, el dinero negro y el financiamiento del terrorismo.

Con la desmonetización, también descrita por Modi como golpe quirúrgico (surgical strike) contra el lavado de dinero, se pretende combatir a las fuerzas «antinacionales». Las drásticas reformas dan mayor impulso al estilo de conducción autoritario de Modi y provocan un aumento de su popularidad. Junto con el agresivo programa nacionalista hindú del bjp, representan un peligro cada vez mayor para la democracia pluralista de la India poscolonial. Numerosos observadores ven incluso los prolegómenos de un cambio de época. Durante mucho tiempo, el cada vez más autoritario y agresivo nacionalismo hindú fue considerado un fenómeno social marginal. Pero con Modi, esta ideología está logrando la hegemonía política y cultural en el país y sirve no pocas veces como fundamento legitimador de la violencia. La tolerancia política, cultural y religiosa de otros tiempos retrocede ante cotidianos casos de hostigamiento, discriminación y violencia contra disidentes y minorías como los adivasi, descendientes de los indígenas de la India. También son víctimas las minorías religiosas e incluso están aumentando los asesinatos de opositores políticos y de dalits o parias.

Neoliberalismo bajo la bandera azafrán

En la India «Modi-ficada», este fanatismo religioso-nacionalista se une a un cambio de paradigma económico para crear un régimen neoliberal. Además del nacionalismo hindú, rige una política económica que es presentada elogiosamente por el gobierno como el «modelo de desarrollo de Gujarat» y que es vendida como un éxito a gran parte de la opinión pública. El gobierno se jacta de las elevadas tasas de crecimiento, celebra grandes proyectos de energía, infraestructura y defensa, y se atribuye los programas satelitales y espaciales del Estado como condecoraciones a una nación que aspira a ser potencia. Muchos miembros de la clase media india se sienten muy orgullosos de la nueva grandeza de su «nación india». Y el hecho de que el agresivo nacionalismo hindú se fortalezca simultáneamente con el radicalismo de mercado no es ninguna casualidad para muchos observadores: ambas ideologías encastran perfectamente entre sí.

Esta combinación puede observarse con frecuencia. No han sido pocas las veces que las fuerzas reaccionarias echaron mano a una política económica promercado radical, tal como lo han mostrado a partir de 1973 el laboratorio neoliberal de Chile bajo la dictadura militar de Augusto Pinochet y, unos pocos años más tarde, la agresiva política de Ronald Reagan en Estados Unidos. Pero en la India hay particularidades que colaboraron con el éxito del neoliberalismo y la azafranización5. Así pues, el origen de esta alianza non sancta se remonta a varios años antes del triunfo electoral del bjp con Modi en 2014. Hay que retrotraerse a comienzos de la década de 1980, cuando los centros urbanos de la India se vieron afectados por la primera gran ola de desindustrialización. Muchos asalariados fueron despedidos; entre ellos, cientos de miles de trabajadores de las fábricas textiles de Mumbai y Ahmedabad. En aquel tiempo, los nacionalistas hindúes recurrieron, por ejemplo, a rompehuelgas para debilitar a las organizaciones sindicales. Luego aprovecharon el creciente descontento de los trabajadores para propagar en el pueblo su ideología religiosa-nacionalista6.

Además, en los estados de perfil rural, muchos de los partidos regionales originados en la década de 1980 no pudieron cumplir con las expectativas que habían alimentado, en parte, ellos mismos. Esto provocó frustración y resignación en el pequeño campesinado que los seguía. Muchos se distanciaron de la defensa de intereses particulares y se abrieron cada vez más a los programas del nacionalismo hindú.

Pero también cabe resaltar que los nacionalistas hindúes sacaron provecho de la constante «dominancia de la producción de bienes simples» (en palabras de Shankar Gopalakrishnan). La mayoría de la población india sigue considerándose en las encuestas como autónoma, con lo cual se encuadra en un grupo que presenta una gran coincidencia con los productores de «bienes simples». Su cosmovisión sectorial se muestra difícil de articular para las ideologías de los movimientos sociales y las organizaciones de trabajadores clásicas. Menos fácil aún le resulta al movimiento nacionalista hindú movilizar a sus integrantes a favor de un imperio indio cerrado (hindutva)7.

Aiodhia y el ascenso de los nacionalistas hindúes

El poder destructivo del autoritario nacionalismo hindú quedó demostrado con total claridad cuando en 1992 miles de partidarios de la hindutva destruyeron la mezquita de Babur en Aiodhia. La derecha hindú considera este ataque un momento fundamental en la lucha por la hegemonía. El éxito simbólico de esta campaña de miedo minuciosamente planificada y orquestada llevó al nacionalismo hindú a convertirse en una poderosa fuerza política y social8. Detrás de la campaña estaban, además del bjp, otras dos organizaciones en las que se unen los hilos de la azafranización: en primer lugar, el autodenominado Consejo Mundial Hindú (Vishwa Hindu Parishad, vhp), fundado en 1964 en Bombay (hoy Mumbai) y que cuenta en la actualidad con poco menos de siete millones de afiliados; y en segundo lugar, la influyente Asociación de Voluntarios Nacionales (Rastriya Swayamsevak Sangh, rss), bajo cuyo patrocinio nació el vhp9.Con aproximadamente seis millones de afiliados activos, la rss conforma la organización de cuadros de los nacionalistas hindúes y es considerada la espina dorsal del Sangh Parivar, el movimiento nacionalista hindú10. La rss fue fundada en 1925 y ya al poco tiempo la estructura de la organización remedaba la de las organizaciones juveniles fascistas de Europa. Fue proscrita tres veces, una de ellas cuando en 1948 uno de sus seguidores asesinó a Mahatma Gandhi. Su presunta participación en la destrucción de la mezquita de Babur en Aiodhia le valió una nueva proscripción, que fue anulada recién en junio de 199311. Sin embargo, la organización sigue siendo un importante actor en la batalla cultural librada en la India12, cuyas probabilidades de éxito son consideradas como muy elevadas por politólogos como Achin Vanaik: «La rss y las organizaciones vinculadas están enraizadas en la sociedad civil india y han penetrado en los poros de la sociedad más profundamente que cualquier otra fuerza política»13.

Los nacionalistas hindúes están a la ofensiva y desde el cambio de gobierno producido en 2014 se sienten animados para intimidar y discriminar abiertamente a las minorías religiosas, especialmente a musulmanes y cristianos. A diario hay hechos de violencia en todo el país, si bien es poco lo que se informa sobre ello en estos tiempos de espectacular desmonetización. Si bien sigue sin haber cifras para el año pasado, las estadísticas oficiales hablan de un aumento de la violencia contra las minorías en 2015 y brindan una lista de 751 ataques violentos (el año anterior habían sido 644), en los que murieron 97 personas. En los primeros cinco meses del año pasado se registraron 278 hechos de violencia, según el Ministerio del Interior14. Para colmo, estos desmanes son legitimados con comentarios despectivos por parte de personalidades políticas de alto rango. Así fue como la ministra Niranjan Jyoti, del bjp, se preguntó retóricamente en un acto proselitista si la nueva India quería ser gobernada por descendientes del dios hindú Ram o por «bastardos», con lo cual discriminaba como «no indios» a todos los demás grupos religiosos que están fuera del hinduismo. Estas expresiones de extrema derecha pueden escucharse con cada vez más frecuencia en los medios transregionales más populares y encuentran terreno fértil especialmente en el centro de la sociedad. Así, al poder político de los hinduistas de línea dura se suman aspiraciones de hegemonía cultural con el fin de imponer y asegurar la primacía del nacionalismo hindú en toda la sociedad.

Hinduistas de línea dura y extremistas promercado

La tendencia económica neoliberal del bjp puede sumársele ideológicamente de manera perfecta: ambas ideologías comparten la noción de que los procesos sociales se reducen al individuo y a sus decisiones tendientes a maximizar la ganancia en el mercado o a su buena conducta moral-religiosa: al sujeto económico, bueno en tanto busca optimizar sus ganancias, le corresponde el pío y virtuoso creyente hinduista, cuyas máximas de conducta se guían solo por el hindutva. Los partidarios del hindutva y los jugadores del mercado se comprometen a través de la «laboriosidad», el trabajo individual y la «gracia divina», respectivamente. Además, ambas visiones del mundo se caracterizan por la subestimación del Estado, especialmente de su «mano izquierda» (Pierre Bourdieu)15. No consideran al Estado como una instancia que, con su intervención, debe garantizar los derechos individuales o colectivos. Su Estado ideal es más bien un Estado vigilante y protector del principio cuasi divino: el hindutva, o bien el mercado.

Pero ni los neoliberales ni los nacionalistas hindúes muestran reparos cuando se trata de proteger con la «mano derecha» del Estado el «principio sagrado» y la propia hegemonía y de emplazar el aparato represivo cuando lo consideran necesario. La brecha social se profundiza con una cantidad creciente de medidas represivas y totalitarias, entre las que debe considerarse también el «estalinismo monetario» de Modi. La disparidad entre quienes participan plenamente del mercado –con cuenta bancaria y tarjeta de crédito– y quienes están completamente excluidos –como los jornaleros a los que engañan con billetes viejos carentes de valor– se amplía cada vez más.

Esta desigualdad social vertical complementa visiblemente la disparidad social horizontal del interior y el exterior en los términos del hindutva: sus líneas divisorias pasan entre el «interior» del Hindu-Rashtra y el «exterior» de este imperio indio al cual pertenecen todos los no hinduistas. Pueden notarse tendencias severas a la fractura social también en la época de las grandes reformas económicas de 1991: la primera liberalización del mercado en la India poscolonial desató «de forma dramática un horrendo nacionalismo religioso»16, en el que la mayoría de las veces los musulmanes indios eran discriminados como «lo otro», como lo «no indio» (por no ser hinduistas). Para numerosos observadores quedó entonces claro que quien no quiera hablar del cambio neoliberal debería callar también acerca de la azafranización de la sociedad india.

El cambio neoliberal y el modelo de desarrollo de Gujarat

Modi se dedicó por completo a articular nacionalismo hindú y política económica neoliberal ya cuando era jefe de gobierno del estado de Gujarat, donde entre 2001 y 2014 pudo ejercitar a escala lo que entiende por política amigable con la economía. Pudo presumir de tasas de crecimiento relativamente elevadas, con un promedio entre 2000 y 2010 de 9,8%, mientras que el promedio de la India fue de 7,7. Si bien el auge económico llevó a un alto crecimiento, no se tradujo en progreso social ni en una óptima participación. El crecimiento, pues, no fue percibido en Gujarat por la mayoría de los pobres, tal como señala la economista india Jayati Ghosh. Sucede que, en nombre del modelo de desarrollo de Gujarat, se atrae a grupos empresariales multinacionales con rebajas impositivas, subvenciones, créditos blandos, bajos precios de terrenos y un derecho laboral amigable con el empresario. Al mismo tiempo, ni los salarios ni las condiciones de trabajo, y tampoco la educación escolar ni la salud, tuvieron un progreso sostenible. No sorprende que Modi ya entonces fuese muy elogiado debido a su modelo de desarrollo por parte de economistas neoliberales como Jagdish Bhagwati. Aparentemente no les molestaba que este modelo estuviese marcado por la política autoritaria «propia de los hacendados» con la que se imponen los grandes proyectos industriales y de infraestructura. También es notorio que las rebajas impositivas para inversores y grupos empresariales internacionales, así como los créditos blandos, se paguen con drásticos recortes en infraestructura social (especialmente en salud y educación) para asegurar la ventaja de localización del Vibrant Gujarat.

Después de que Modi fuera elegido primer ministro, algunos economistas neoliberales vieron que había llegado la oportunidad de introducir en todo el país la «Modinomía». Este programa incluye más desregulaciones, por ejemplo en los sectores bancario, de informática y telecomunicaciones y de seguros. Además se privatizarán algunas partes de la industria petrolera y petroquímica, Indian Railways (la compañía estatal de ferrocarriles), minas de carbón e instituciones educativas. Modi también impulsa proyectos fundamentales de infraestructura, como aeropuertos, puertos y líneas ferroviarias de alta velocidad, al igual que la promoción de las energías solar, atómica y térmica (carbón). Rápidamente se están construyendo otras zonas económicas especiales y corredores industriales (por ejemplo, entre Delhi y Mumbai); el gobierno apuesta también a una masiva ampliación de la agroindustria. Además, en la actualidad se están levantando unas 100 «ciudades inteligentes», que se destacarán especialmente por la digitalización y la gobernanza electrónica. Modi pretende también incrementar significativamente las inversiones en el sector de armamento para hacer de la India un exportador de equipamiento militar. Mientras tanto, el área social seguirá siendo, como tantas veces, la única que deberá ceñirse a la «disciplina presupuestaria» obligatoria. Esto afecta sobre todo a los fondos de ayuda a grupos discriminados, como los adivasi y los dalits, que sufrirán recortes, al igual que los programas estatales de protección social, que benefician especialmente a la población rural.

La oposición política critica estos recortes y los califica de «hostiles a los pobres» y «favorables a los grupos empresariales». De todos modos, en medio de la euforia general del creciente orgullo nacional, es poco el eco que encuentra la oposición en temas sociales. Modi y el bjp se apoyan en considerables pronósticos de crecimiento –a pesar de los trastornos esperables de la terapia monetaria de shock– y en mejores condiciones para la inversión, sobre todo en el marco de la campaña Make in India, que ofrece grandes beneficios impositivos a las empresas. De este modo, legitiman desregulaciones y privatizaciones adicionales, que serán incluso de mayor magnitud que las de la gran ola de privatizaciones de la década de 1990.

Pero el crecimiento económico de los últimos años se debe en su mayor parte al sector de los servicios. Comenzó en ramas de la economía que generan demasiado poco empleo como para contener al ejército de jóvenes que buscan trabajo. Así, el desarrollo económico eludió uno de los problemas fundamentales de la sociedad india: casi la mitad de los indios tiene menos de 25 años de edad. Y, ahora como antes, la mayoría de las personas tiene un empleo precario. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (oit), 92% de ellas tiene un trabajo informal. El gran crecimiento económico no significa, pues, ningún bienestar creciente para la gente en general ni prosperidad para la sociedad en su conjunto. No les falta razón, entonces, a los críticos del gobierno cuando dicen que la mayoría de la gente casi no participa de ese crecimiento. De hecho, el múltiplemente elogiado modelo de desarrollo de Gujarat impuesto por Modi ha mejorado poco la situación de la población local. El estado de Gujarat se ubica, según datos oficiales del censo, en la mitad de la lista: tiene el puesto 18 entre 35 territorios de la Unión y estados registrados. Gujarat tampoco se destaca en alfabetización: mientras que allí sabe leer y escribir 79% de los habitantes, en el estado de Kerala sabe hacerlo casi 94%. La salud exhibe un panorama similar. Al igual que en el resto del país, la atención sanitaria se está convirtiendo cada vez más en un privilegio de los ricos; en la comparación a escala nacional, Gujarat está entre los estados con menores erogaciones en salud. Desde 2001-2002, el gobierno solo ha destinado un magro 3% de su presupuesto al sistema de salud. En Gujarat, además, la población rural casi no tiene acceso a instituciones de salud, y poco menos de 59% cuenta con un retrete. No parece ser un buen resultado para este estado modélico.

La realidad social en la India es –más allá de las grandes campañas de marketing y la omnipresente propaganda del gobierno– decepcionante. El país está entre los últimos puestos según el índice de desarrollo humano y la mortalidad infantil es desde hace tiempo extremadamente elevada. Esto parece importarle poco hasta ahora a la pujante clase media. La mayoría de ella está muy conforme con la apertura del mercado y goza del mundo aparentemente inagotable de mercaderías y brillo que los grupos empresariales internacionales llevan al país. Su euforia de consumo se muestra en todas partes dentro de los gigantescos centros de compras. Es por ello que la clase media, que aspira al ascenso social, tampoco cuestiona la concentración de poder económico y político en manos de unos pocos grupos empresariales de gran envergadura, como Tata, Reliance o Mahindra. Por el contrario: en su mayoría, admira el éxito internacional de «sus» grupos empresariales indios.

Represión estatal y argamasa social

Pero todo esto no puede disimular que la política económica neoliberal de Modi es incapaz de detener el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres. Según un informe McKinsey –cuyas cifras pueden ser consideradas bastante conservadoras–, en la India viven por lo menos 680 millones de personas (de un total de 1.300 millones de habitantes) con «carencia absoluta», es decir que cuentan con menos de dos dólares diarios para vivir. Por otro lado, el bienestar se concentra en cada vez menos manos: el patrimonio de los 100 indios más ricos corresponde, sumado, a 25% del pib del país. Y poco menos de la mitad de todo el patrimonio privado está en manos del 1% más rico de la población. En vista de ello, poner el acento en los «éxitos nacionales» actúa como argamasa social: el nacionalismo hindú triunfa buscando con cada vez más frecuencia chivos expiatorios en pos de su autoafirmación y de afianzar su poder. No sorprende entonces que la marginación, la discriminación y la violencia contra los «otros» en la India estén a la orden del día. Esto puede afectar a los musulmanes y al «retrógrado Islam guerrero», pero también a presuntos terroristas, separatistas, naxalitas e incluso pecadores «carnívoros».

Estos ataques a quienes conforman el «afuera» de la cerrada nación de los hindúes son otro motivo por el cual la alianza hinduista-neoliberal adquiere rasgos cada vez más totalitarios. En una sociedad con una creciente polarización, el gobierno recurre a una política represiva que acota todavía más el margen de acción de la sociedad civil y reprime el disenso social. Se expande una cultura de la prohibición que intimida especialmente a las minorías. Así es como los guardianes de la moral de la derecha hinduista han conseguido que se prohíba el consumo, la tenencia y la venta de carne vacuna en casi todos los estados del país. La «vaca sagrada», con su carga simbólica, ha pasado a ser definitivamente, para el bjp, la rss y el arco político de la derecha, el símbolo del hindutva triunfante frente a los «otros», los no hinduistas. Es que la prohibición de la carne vacuna afecta sobre todo a los cristianos y los musulmanes, como así también a las personas de las denominadas castas inferiores, fundamentalmente los dalits, para los cuales la carne vacuna es una fuente de proteína relativamente económica. Además, esta medida tiene efectos devastadores para miles de puestos de trabajo en los mataderos y en la industria del cuero, ocupados mayormente por musulmanes.

La prohibición de la carne vacuna ha estimulado enormemente a los nacionalistas hindúes. Ahora se sienten moralmente legitimados para imponerla también por la fuerza. Son cada vez más frecuentes los ataques a camioneros que transportan vacas, los animales son «liberados» y los presuntos consumidores de carne vacuna son perseguidos y asesinados por los autodenominados «protectores de las vacas». Es clara la inacción o la reacción extremadamente lenta del Estado contra estos hechos de violencia: mientras las masas nacionalistas merodean generando miedo y terror, el gobierno se oculta en el silencio o niega de manera descortés ser (co)responsable, con lo cual ayuda a legitimar la violencia.

Ataque colectivo a la razón

Mientras tanto, los intelectuales críticos también han pasado a estar en la mira de los nacionalistas hindúes. En un lapso de tres años fueron asesinados tres conocidos críticos del hindutva. Hasta ahora, los investigadores han podido avanzar en uno solo de los casos: un hombre perteneciente a la agrupación extremista hindú Sanatan Sanstha fue aprehendido por ser sospechoso de haber asesinado en febrero de 2015 al académico y escritor marxista Govind Pansare. Las circunstancias de los otros dos homicidios también apuntan a asesinos provenientes de las filas del fundamentalismo hindú. Pero el partido gobernante, el bjp, no condena estos hechos sino que, en el mejor de los casos, los tolera en silencio y, en el peor de los casos, los minimiza. Con estos homicidios se dan escarmientos con el fin de amedrentar y acallar a los críticos del gobierno, a los intelectuales y a los opositores: un «ataque colectivo a la razón» (Prabhat Patnaik). El mensaje es claro: las numerosas organizaciones de derechos humanos, organizaciones no gubernamentales y medios críticos que protestan contra el hipernacionalismo del gobierno, su política de castas o la agenda neoliberal están expuestos a sufrir detenciones y denuncias por incitación al odio, además de que se declare su condena a muerte o se los ataque. Las exhortaciones públicas a favor de la tolerancia y el secularismo seguirán llevando las de perder frente a la «Alianza No Santa» que ya ha penetrado en importantes sectores de la sociedad, en cuyos márgenes no cesa de ejercer violencia contra minorías, disidentes, intelectuales y adversarios.

Una serie de derrotas electorales del bjp el año pasado en distintos estados ha hecho crecer el temor de que el partido oficialista y sus tropas de infantería de la rss hagan una apuesta mayor a la campaña de odio. El recientemente reavivado enfrentamiento por Aiodhia, en el estado de Uttar Pradesh, donde se celebrarán elecciones a comienzos de este año, parece confirmar esta preocupación.

Sin embargo, medidas como la desmonetización muestran también la vulnerabilidad de la política de Modi: con cada decisión favorable a las elites, crecen la carestía y el nivel de sufrimiento de los más pobres. Y con ello, también el potencial de una reacción de la sociedad. Cuanto más crezca esta reacción, más tambaleará la alianza non sancta del nacionalismo hindú y la política económica neoliberal: y con ella, la legitimación de la India «Modi-ficada».

  • 1.

    V. la transcripción del discurso de Modi en The Wall Street Journal, 8/11/2016,

  • 3.

    Akshay Deshmane: «Ruined Livelihoods» en Frontline, 9/12/2016.

  • 4.

    Appu Esthose Suresh: «Why Govt’s Demonetisation Move May Fail to Win the War against Black Money» en Hindustan Times, 12/11/2016.


  • 5.

    En referencia al color azafrán que identifica a los nacionalistas hindúes y su creciente influencia política.

  • 6.

    Shankar Gopalakrishnan: Neoliberalism and Hindutva: Fascism, Free Markets and the Restructuring of Indian Capitalism, Aakar Books, Nueva Delhi, 2008.

  • 7.

    El término refiere al constructo de un «núcleo» o «esencia» del hinduismo al que hay que volver. Ver Jyotirmaya Sharma: Hindutva: Exploring the Idea of Hindu Nationalism, Harper Collins, Nueva Delhi, 2004.

  • 8.

    Krishna Pokharel y Paul Beckett: «Ayodhya, the Battle for India’s Soul: The Complete Story» en The Wall Street Journal, 10/12/2012.

  • 9.

    Dominik Müller: Indien. Die größte Demokratie der Welt? Marktmacht, Hindunationalismus, Widerstand, Berlín, 2014, p. 102.

  • 10.

    Ibíd., p. 82.

  • 11.

    Abdul Gafoor Noorani: The rss and the bjp: A Division of Labour, Manohar, Nueva Delhi, 2003, p. 86.

  • 12.

    Chetan Bhatt: Hindu Nationalism: Origins, Ideologies and modern Myths, Berg, Oxford, 2001.

  • 13.

    A. Vanaik: «Indien den Hindus» en Südwestrundfunk, 2/10/2009, cit. en D. Müller: ob. cit., p. 81.

  • 14.

    «India Sees Rise in Communal Violence, up Leads States» en Times of India, 24/2/2016.

  • 15.

    La mano izquierda simboliza en Bourdieu el costado social, la mano derecha representa el «duro» costado económico.

  • 16.

    A. Vanaik, cit. en D. Müller: ob. cit., p. 109.