Ensayo

Tentativas sobre Mariátegui y la literatura mundial

De ese elogio de la porosidad de la cultura italiana, que ponía en contraste con las deficiencias que detectaba en las editoriales españolas –entonces el canal privilegiado de acceso a libros extranjeros en lengua castellana–, Mariátegui culminaba encomendando el aprendizaje de la lengua de Pirandello como ventana a las culturas del mundo: «En pro del estudio de la cultura italiana, abogan, además de las razones de orden intelectual, algunas razones de orden práctico (…) leer italiano –por el motivo que señalo en líneas anteriores– consiste al mismo tiempo que penetrar en una cultura original y sustanciosa como la italiana, en acercarse a otras literaturas, más pronto y concienzudamente vertidas al italiano que al español».

Y añadía: «Otra razón no insignificante, a favor del italiano, me parece la de que el libro italiano es más barato que el libro español y que el mismo libro francés, mientras que el alemán y el inglés alcanzan precios prohibitivos para el lector no favorecido por el curso del cambio»17.

Reflexiones de similar tenor orientarán los comentarios mariateguianos sobre la literatura norteamericana. Es sabido que Mariátegui fue uno de los principales mediadores de Waldo Frank18 con la cultura latinoamericana. No solo cumplió un importante papel, junto con Luis Alberto Sánchez, en los preparativos del viaje que el escritor estadounidense hizo a Lima en 1929, sino que, tal como registra la correspondencia conservada, veló por la traducción de algunas de sus obras al castellano. En Frank, Mariátegui observaba la continuidad de un linaje idealista que mostraba otro rostro de eeuu, ocluido en las invectivas antiimperialistas habituales ya en la cultura de izquierdas del periodo19. Un semblante alternativo que buscaba comunicar al público lector peruano, como se observa en este artículo publicado en Mundial en 1925:

¿Es culpa de Estados Unidos si los iberoamericanos conocemos más el pensamiento de Theodore Roosevelt que el de Henry Thoureau? Los Estados Unidos son ciertamente la patria de Pierpont Morgan y de Henry Ford; pero son también la patria de Ralph Waldo Emerson, de William James y de Walt Whitman. La nación que ha producido los más grandes capitanes del industrialismo, ha producido asimismo los más fuertes maestros del idealismo continental. Y hoy la misma actitud que agita a la vanguardia de América Española mueve a la vanguardia de América del Norte. Los problemas de la nueva generación hispanoamericana son, con variación de lugar y de matriz, los mismos problemas de la nueva generación norteamericana.20

Mariátegui insistirá en esa tesitura en diversas oportunidades. En un artículo dedicado a Frank, mientras lamentaba que «la literatura y el pensamiento de Estados Unidos, en general, no llegan a la América española sino con mucho retardo», recordaba que «he repudiado ya la concepción simplista de los que en los Estados Unidos ven solo una nación manufacturera, materialista y utilitaria»21.

Mariátegui repasaba ese cariz ambivalente de la cultura norteamericana en la reseña crítica que dedicaba en Mundial a la novela Manhattan Transfer, de John Dos Passos. De un lado, se extasiaba con encontrar allí reflejada Nueva York, «la urbe gigante y cosmopolita, la más monumental creación norteamericana». Pero a continuación constataba en la galería de personajes que desfilaban en la novela un mosaico que registraba la «epopeya prosaica de una Nueva York sin esperanza. En esta urbe, no hay sino gente que sufre, goza, cae, codicia, trabaja desesperadamente»22. El director de Amauta reencontraba en la novela de Dos Passos la vida materialista denunciada en el Ariel del uruguayo José Enrique Rodó. De conjunto, sin embargo, la curiosidad impenitente y modernista de Mariátegui procuraba desmarcarse del antiyanquismo sin fisuras que observaba ya en franjas de la cultura de su tiempo.

Detengámonos un momento, para terminar, en la prolongada serie de recensiones de la literatura emergente, en el universo que Mariátegui denominaba «la nueva Rusia». También aquí hay que anotar la preocupación mariateguiana por las traducciones y, más en general, por los avatares del mundo editorial. En uno de esos comentarios, comenzaba anoticiando a los lectores de la revista Variedades que «pocos libros rusos han logrado, en tan breve plazo, la resonancia internacional de El Diario de Kostia Riabtzev. (...) Publicado en ruso en 1926, sus ediciones inglesa y francesa se han sucedido con gran éxito. Los públicos inglés y norteamericano, sobre todo, parecen haber reconocido en este diario uno de los más vivientes e interesantes documentos de la nueva Rusia»23. Mariátegui se nos revela así como un atento seguidor de la cuestión de los públicos de las obras literarias. En otro texto de Variedades, de fines de 1929, anunciaba que «las ediciones Europa-América, que nos han dado la mejor versión del extraordinario libro de John Reed 10 días que estremecieron al mundo, y que anuncian una serie de escogidas traducciones, han publicado en español La derrota, de A. Fadeiev». Y a continuación señalaba: «nunca han seguido tan de cerca las editoriales españolas la producción literaria rusa. Por primera vez quizás una novela encuentra editor español a los dos o tres años de su aparición en ruso». Pero si ello era un hecho a celebrar, Mariátegui no dejaba de notar que

el remarcable muestrario de novelas de la nueva Rusia que tenemos traducidas al español no alcanza, sin embargo, a representar sino fragmentariamente algunos sectores de la literatura soviética. Al menos veinte de los autores citados en las crónicas de esta literatura como puntos imprescindibles de un buen itinerario, permanecen ignorados por el público hispano y también, en buena medida, por el público francés e italiano.24

Una vez más, vemos en Mariátegui un conspicuo reconstructor de las dinámicas que afectaban los mapas de los intercambios literarios ya no solamente del mundo hispanohablante, sino también los de áreas culturales como Francia e Italia. Pero lo que Mariátegui no dice, y nosotros podemos colegir, es cómo él mismo se posiciona en el lugar de actor que interviene en los flujos de esa geografía transcultural. A la hora de presentar el libro de una joven escritora rusa desconocida, advierte:

las agencias telegráficas, la gran prensa, no han señalado acaso nunca este nombre al público internacional. Larissa Reissner es, sin embargo, una figura histórica, una de las más grandes y admirables mujeres de nuestra época. Muerta en 1925, en plena juventud, en gozosa creación (...) Larissa Reissner no necesitaba escribir sino estas páginas vivientes, densas, logradas, de hombres y máquinas, para que su mensaje llegase a toda la humanidad.25

Pero si ese contacto se producía, si el nombre de Larissa Reissner arribaba a ese espacio ubicado en un rincón de «toda la humanidad» que era Lima, ello se debía a la propia actividad intelectual de Mariátegui, a su praxis como tenaz difusor crítico de las novedades culturales y políticas del planeta. En definitiva, desde la esquina del mundo que le tocaba habitar, Mariátegui se asumía como punto cardinal gozoso de las múltiples circulaciones que en forma de telaraña envolvían la literatura mundial. Y por eso, sobre el final de su vida podía escribir lo siguiente a propósito de la novela Allen, del francés Valery Larbaud: «asistimos al crepúsculo suave del nacionalismo en un espíritu cosmopolita, viajero, con muchas relaciones internacionales, con amigos en Londres, Buenos Aires, Melbourne, Florencia, Madrid. Allen es el reflejo de esta crisis sin sacudidas y sin estremecimientos»26.

V. Cabe detenerse un momento, para finalizar, en el público que Mariátegui imaginaba consumiendo estos ensayos breves y fulgurantes sobre las novedades de la escena literaria mundial. Las revistas Mundial y Variedades, los semanarios de noticias y entretenimientos misceláneos que usualmente oficiaban de soporte de esos artículos, eran parte de la ascendente prensa de masas que en toda América Latina crecía en número y en importancia desde comienzos del siglo xx. Todo lo cual nos permite concluir que en Mariátegui latía una voluntad pedagógica, que era también política, por colaborar en la construcción de un público cultivado que pudiera abonar una cultura de izquierda de sensibilidad cosmopolita.

  • 17.

    Ibíd., p. 58.

  • 18.

    Escritor y editor estadounidense (1889-1967). Asiduo viajero a América Latina, presidió el Primer Congreso de Escritores Americanos en 1935. Trabó una amistad personal e intelectual con Victoria Ocampo [N. del E.].

  • 19.

    Ver M. Bergel: «El anti-antinorteamericanismo en América Latina. Apuntes para una historia intelectual» en Nueva Sociedad No 236, 11-12/2011, disponible en www.nuso.org

  • 20.

    J.C. Mariátegui: «El ibero-americanismo y el pan-americanismo» en Mundial, 8 de mayo de 1925.

  • 21.

    J.C. Mariátegui: «Waldo Frank» [1925] en El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, cit, pp. 202 y 204. Sobre el estrecho vínculo entre Mariátegui y Frank, v. Horacio Tarcus: Mariátegui en la Argentina, o las políticas culturales de Samuel Glusberg, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2001.

  • 22.

    J.C. Mariátegui: «Manhattan Transfer, de John Dos Passos» [1929] en Mariátegui total, t. 1, Amauta, Lima, 1994, pp. 691 y 694.

  • 23.

    J.C. Mariátegui: «El Diario de Kostia Riabtzev» [1929] en Mariátegui total, cit., p. 688.

  • 24.

    24. J.C. Mariátegui: «La derrota, por A. Fadeiev» [1929] en Mariátegui total, cit., p. 699.

  • 25.

    J.C. Mariátegui: «Hombres y máquinas, por Larisa Reissner» [1929] en Mariátegui total, cit., p. 690. Por extensión, el artículo se reprodujo en uno de los órganos que entonces colaboraban más afanosamente en los intercambios intelectuales a escala continental: la revista Repertorio Americano, dirigida desde Costa Rica por Joaquín García Monge.

  • 26.

    J.C. Mariátegui: «Allen, por Valery Larbaud» en Mariátegui total, cit., p. 709.