Ensayo

Tentativas sobre Mariátegui y la literatura mundial

IV. Según se ha señalado en diferentes oportunidades, es apenas después de publicado el artículo que acabamos de citar, a fines de 1924, cuando Mariátegui comienza a tematizar la cuestión de los sujetos populares peruanos y por esa vía desarrolla un discurso sobre la nación. A menudo esa comprobación se ha acompañado implícita o explícitamente de la idea según la cual nuestro autor gira sobre los ejes que estructuraban su pensamiento y aminora la vocación universalista que había evidenciado, por caso, en las conferencias de 1923-1924, luego reunidas en el volumen Historia de la crisis mundial. Me gustaría sostener aquí, sin embargo, que desde el punto de vista de su trabajo como lector, divulgador y crítico de las literaturas del mundo, esa mutación no se verifica. Dicho más claro: hasta el momento mismo de su muerte, Mariátegui desarrolla una praxis intelectual que lo muestra como activo propulsor de la literatura mundial. En lo que resta de este artículo quiero detenerme brevemente en un conjunto de textos críticos sobre fenómenos literarios de una miríada de países que nuestro autor concibe en la segunda mitad de la década de 1920.

En efecto, en ese quinquenio Mariátegui se refiere continuamente a aspectos de la vida literaria mundial. Son conocidos, por caso, sus comentarios sobre el poeta bengalí Rabindranath Tagore, que publica en el apartado sobre las novedades del Oriente en su primer libro, La escena contemporánea. Ciertamente, la infatigable curiosidad de Mariátegui lo llevó a posar su atención en fenómenos culturales de distintos puntos del orbe. A los fines de ilustrar rasgos que vinculan la praxis intelectual de Mariátegui con su concepción de la literatura mundial, en esta oportunidad limitaré mis observaciones a una serie de artículos consagrados a fenómenos literarios provenientes de Italia, Rusia y Estados Unidos.

Sabemos de los lazos que unieron a Mariátegui con la cultura italiana, en particular a partir de los años que pasa en ese país durante su estadía europea. Sus «Cartas de Italia» ofrecían a los lectores peruanos postales informadas y sagaces de la actualidad peninsular a comienzos de la década de 1920. Lo que en cambio no ha sido tan destacado es la voluntad de difusión de la cultura italiana que mantuvo Mariátegui una vez que retornó a Perú.

Pero la divulgación, para el autor de los Siete ensayos, nunca fue una actividad inmediata y autoevidente. Por el contrario, si una operación caracterizó el conjunto de la labor intelectual de Mariátegui, fue la de la selección, la aclimatación, el juicio crítico de los materiales que ponía a disposición de sus lectores. Y en esa tarea, un criterio que lo guió constantemente fue el de la búsqueda de lo nuevo. En el concierto cultural de su contemporaneidad, que tantas veces refirió bajo las figuras de un movimiento caleidoscópico o cinematográfico, un principio que a menudo orientó sus reseñas fue el de precisar lo emergente en desmedro de lo establecido, lo que irrumpía recortado contra lo que –para usar uno de sus verbos favoritos– tramontaba.

Así, en un artículo publicado en la revista Mundial en 1925 con el título «El paisaje italiano», Mariátegui aconsejaba prescindir de los saberes heredados para entrar en contacto con lo más vital de la cultura peninsular. «Para conocer Italia –escribía–, desnuda, viviente, hay que desvestirla de historia y de literatura. Los libros han creado una Italia clásica, una Italia oficial, una Italia académica. Y, poco a poco, esta Italia artificial ha reemplazado en el sentimiento de los hombres a la Italia verdadera». De allí que, acto seguido, pudiera afirmar que «en el movimiento futurista, a pesar de su artificiosa expresión, yo reconozco, por eso, un gesto espontáneo del genio de Italia»14. Mariátegui recomendaba así evitar la interposición de un obstáculo que cifraba en «los libros» para entrar en contacto con la cultura italiana. Pero evidentemente se trataba de una porción de la literatura de ese país, la despreciada por las vanguardias y el movimiento emergente de lo nuevo. En otro artículo publicado el mismo año bajo el título «La cultura italiana» en el Boletín Bibliográfico de la Universidad de San Marcos, se ocupaba en cambio de iluminar otra zona de la producción literaria peninsular. Allí, comenzaba afirmando que su propósito era el de «excitar a nuestros estudiosos y estudiantes a dirigir la mirada a la cultura italiana». Pero de inmediato, se apresuraba a constatar que

entre nosotros, el libro italiano ha tenido muy escasa, casi ninguna difusión (…) Los literatos, los estudiosos peruanos, cuando han salvado los confines del idioma, han buscado el libro francés (…) La metrópoli de la inteligencia hispanoamericana, en general, ha sido España o Francia. Y a Francia, sin duda, le debe mucho la literatura del continente (…) Pero el descubrimiento de Francia nos ha hecho olvidar demasiado que existe para nosotros otra cultura próxima y asequible: la cultura italiana.15

El párrafo interesa porque ilustra acerca de cómo Mariátegui era consciente de las inequidades del sistema literario mundial y procuraba intervenir sobre ellas. En efecto, tal como ha establecido Pascale Casanova en su conocido estudio La República mundial de las Letras, la literatura mundial tenía sus metrópolis y sus periferias, y en su centro reinaba París. Mariátegui reconoce la importancia de la cultura francesa, pero advierte acerca de cómo su privilegiada presencia oscurecía la existencia de otras literaturas del mundo.

De allí la voluntad reparadora de ese tipo de inequidades que presidirá los artículos literarios de Mariátegui. Pero en esa tarea, se topará con un obstáculo difícil de salvar, al que ya hemos aludido: el de la traducción. En efecto, el autor de los Siete ensayos será un atento fiscal de las modalidades que asumía la actividad de trasposición literaria de obras extranjeras a la lengua castellana. En el artículo que estamos comentando, no podía dejar de lamentar que «a D’Annunzio lo hemos conocido y admirado en las mediocres, cuando no pésimas, traducciones españolas». Por contraste, anotaba que «en Italia se traduce mucho, esmerada y directamente del ruso, del noruego, etc. Las más exóticas y lejanas culturas tienen en Italia estudiosos y traductores. (Me ha sido dado conocer en Roma a un erudito americanista que sabía quechua: el difunto conde Perrone di San Martino, autor de un libro sobre el Perú…)»16.

  • 14.

    J.C. Mariátegui: «El paisaje italiano» [1925] en El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, cit, p. 89.


  • 15.

    J.C. Mariátegui: «La cultura italiana» en Boletín Bibliográfico de la Universidad Mayor de San Marcos vol. ii No 1, 1925, pp. 56-57.

  • 16.

    Ibíd., pp. 56 y 58.