Ensayo

Tentativas sobre Mariátegui y la literatura mundial

Desde otro ángulo, en algunos pasajes de «El proceso de la literatura» Mariátegui parece mostrarse escéptico en relación con la noción de una literatura nacional independiente. Según escribe allí, «en la historiografía literaria, el concepto de literatura nacional, del mismo modo que no es intemporal, tampoco es demasiado concreto. No traduce una realidad mensurable e idéntica. Como toda sistematización, no aprehende sino aproximadamente la movilidad de los hechos». Y agrega a continuación: «la nación misma es una abstracción, una alegoría, un mito, que no corresponde a una realidad constante y precisa»7. De modo que, desde esta perspectiva, la literatura nacional ya no parece ser una entidad a develar, sino a lo sumo un espacio poroso y de confines difusos que se ve afectado por lo que Mariátegui llama «la movilidad de los hechos». Como es sabido, nuestro autor será un atento cronista de las dinámicas culturales que parecen evocarse en esa alusión a la movilidad de las cosas y, como veremos, incluirá privilegiadamente el campo de los intercambios literarios dentro del magma contemporáneo al que asiste exultante.8

III. Según ha sido establecido, el concepto de literatura mundial fue concebido inicialmente por Goethe en una serie de notas y cartas hacia fines de la década de 1820. Como apuntan Diego García y Alejandro Dujovne,

Goethe vislumbraba a la literatura mundial como un nuevo estadío histórico de la cultura en que la producción y circulación literaria lograrían trascender las fronteras y las reivindicaciones nacionales, posibilitando, gracias a ello, un mayor y más intenso conocimiento y entendimiento entre las distintas culturas. Si bien, de acuerdo con Goethe, este espacio literario estaba comenzando a tomar forma, era preciso que los escritores y traductores de las distintas naciones (...) participaran activamente en su desarrollo.9

En efecto, en una conocida carta a Johann Peter Eckerman de 1827, Goethe escribía que «hoy la literatura nacional no tiene mucho que decir: ha llegado la hora de la literatura mundial, y todos deben contribuir a apresurar su advenimiento»10. Para el escritor alemán, entonces, la literatura mundial era al mismo tiempo una realidad presente palpable y un horizonte futuro que era menester construir. Y en esa tarea, Goethe asignaba un lugar de primer orden a la práctica destinada a hacer frente a la mayor dificultad en la constitución de un espacio literario transnacional común: la traducción.

Dos décadas después, eran Marx y Engels quienes aludían, en un conocido pasaje del Manifiesto comunista, al proceso de conformación de una literatura mundial. Según escribían allí, en lugar del antiguo aislamiento de las naciones que se bastaban a sí mismas, se desenvuelve un tráfico universal, una interdependencia de las naciones. Y esto, que es verdad para la producción material, se aplica a la producción intelectual. Las producciones intelectuales de una nación advienen propiedad común en todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de todas las literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal.11

Según se observa, lo que en otro pasaje del Manifiesto comunista Marx y Engels llamaban «carácter cosmopolita de la producción» se correspondía (o comenzaba a corresponderse, puesto que en el célebre texto abundan las hipótesis de tendencia) con la mundialización de los bienes estéticos, en este caso los literarios. Dicho en un lenguaje que nos suena hoy más familiar, para Marx y Engels la globalización de la literatura tenía como soporte la globalización económica impulsada por el capitalismo y la modernidad.

Pues bien, quisiera argumentar que Mariátegui se hallaba plenamente consustanciado con el horizonte de ideas que condujo a Marx y Goethe a postular el advenimiento de una época signada por la literatura mundial. De un lado, el autor de los Siete ensayos asignará singular importancia al problema de la traducción cultural. Esa preocupación se distribuirá parejamente a lo largo de su obra escrita. Pero incluso de nuevo en «El proceso de la literatura», sus fragmentos sobre el indigenismo se cierran con una alusión a las virtudes de la traducción. En un señalamiento que buscaba funcionar como espejo para pensar el futuro de las sociedades indígenas, Mariátegui escribe:

Ya la experiencia de los pueblos del Oriente, el Japón, Turquía, la misma China, nos han probado cómo una sociedad autóctona, aun después de un largo colapso, puede encontrar por sus propios pasos, y en muy poco tiempo, la vía de la civilización moderna, y traducir, a su propia lengua, las lecciones de los pueblos de Occidente.12

Como veremos, ese interés por la traducción cultural se prolongará, en numerosos pasajes de su obra, en una actitud permanente de rastreo y vigilancia de una de sus manifestaciones más concretas: la traducción literaria. Consciente del valor de esa actividad como mecanismo por excelencia de atravesamiento de las fronteras lingüísticas, Mariátegui, como Goethe un siglo antes, velará por su profundización y calidad.

Pero si en los diversos emprendimientos culturales que desarrolló a lo largo de su vida Mariátegui se posicionó como un actor interviniente en la trama de conexiones transculturales que daba cuerpo a una esfera global de intercambios literarios, al igual que Marx y Engels consideraba que era la propia dinámica de la modernidad, vinculada al desarrollo capitalista, la que creaba las condiciones para una literatura mundial. Ya en el artículo «Nacionalismo e internacionalismo», que publicó en octubre de 1924 en la revista limeña Mundial, Mariátegui escribió que «los internacionalistas son más realistas y menos románticos de lo que parecen. El internacionalismo no es únicamente una idea, un sentimiento; es, sobre todo, un hecho histórico. La civilización occidental ha internacionalizado, ha solidarizado la vida de la mayor parte de la humanidad. Las ideas, las pasiones, se propagan veloz, fluida, universalmente».

Y concluía: «Cada día es mayor la rapidez con que se difunden las corrientes del pensamiento y de la cultura».13 Como vemos, Mariátegui iba más allá de lo que 75 años antes en el Manifiesto comunista Marx y Engels habían registrado como tendencia. El cosmopolitismo de la escena cultural contemporánea no era meramente el resultado de una disposición vital de algunos grupos de elite o de vanguardia, sino que formaba parte de la fisonomía misma de la modernidad de la que era testigo.

  • 7.

    Ibíd., p. 210.

  • 8.

    La propia noción de una literatura mundial no es ajena a «El proceso de la literatura». En una referencia a Los heraldos negros, de Vallejo, Mariátegui anota que «clasificado dentro de la literatura mundial, este libro, Los heraldos negros, pertenece parcialmente, por su título verbigracia, al ciclo simbolista (...). El simbolismo, de otro lado, se presta mejor que ningún otro estilo a la interpretación del espíritu indígena» (ibíd., p. 281). En esta alusión, nuevamente Mariátegui parece encajar en el esquema de Moretti: la temática indigenista sería apenas la materia a través de la cual se realiza una estética, la simbolista, de raigambre universal.

  • 9.

    A. Dujovne y D. García: ob. cit., p. 32.

  • 10.

    Cit. en F. Moretti: ob. cit., pp. 58-59.

  • 11.

    K. Marx y Friedrich Engels: Manifiesto comunista, 1848, varias ediciones.

  • 12.

    J.C. Mariátegui: «El proceso de la literatura », cit., p. 315 (mi énfasis).

  • 13.

    J.C. Mariátegui: «Nacionalismo e internacionalismo» [1924] en El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, Ediciones del Sertão, Rosario, 2014, p. 76.