Ensayo

Sendas de la renovación La idea de una forma de vida democrática

En un campo totalmente distinto, resulta igualmente perjudicial la imposibilidad de los socialistas tempranos de aceptar la diferenciación funcional de las sociedades modernas como un hecho normativo. Del mismo modo que el ámbito de la acción política, también la esfera privada, los dominios sociales del matrimonio y la familia podrían haber representado un ámbito de aplicación para la idea de la libertad social, aun cuando esta hubiese sido formulada, en principio, solo con la intención de reconfigurar la organización del quehacer económico. A diferencia de lo ocurrido con los derechos civiles, que no se quería reformar o ampliar sino, en general, abandonar, casi todos los socialistas de la primera hora creen que existe una gran necesidad de emancipación en las relaciones familiares tradicionales, porque las mujeres eran tratadas como miembros dependientes del hombre y subordinadas a él; aquí Proudhon es una excepción lamentable, porque a lo largo de su vida ensalzó siempre la familia patriarcal y, en consecuencia, no quería conceder a las mujeres ningún rol fuera de la crianza de los niños y las tareas domésticas11. Pero ya los saint-simonistas buscan soluciones institucionales para superar la primacía tradicional del hombre en el matrimonio y la familia; medio siglo más tarde, Friedrich Engels presenta su famoso tratado acerca del origen de la familia12, en el que identifica el control sobre la propiedad privada como fuente del poder masculino en las relaciones personales13. Pero ninguno de los autores que toman partido por el movimiento feminista en el siglo xix se acerca mínimamente a la idea de determinar las condiciones de ausencia de imposiciones e igualdad de derechos dentro de las relaciones personales con la ayuda del mismo modelo usado para esbozar la revolución de las relaciones de producción; a pesar de que el concepto de la libertad social evidentemente había sido tomado en un primer momento de la ilustrativa imagen del amor y de ahí fue transferido a las relaciones de trabajo en una sociedad, cuando se dirige la mirada a los asuntos del nuevo movimiento feminista no se nota esfuerzo alguno por servirse justamente de este concepto, a la inversa, para el proyecto de emancipación en el matrimonio y la familia.

También en este caso, habría sido este el camino correcto, porque justamente todas las relaciones basadas en el amor y la dedicación se entienden desde el comienzo de la Modernidad como relaciones que se basan en la idea normativa de que los participantes se complementan mutuamente en pos de la autorrealización de cada uno y por eso uno debería representar una condición de libertad para el otro14; es decir que, sin mayor esfuerzo, se podría haber tomado la idea propia de la libertad social, adaptada al caso particular de las relaciones sociales afectivas, como modelo normativo de las condiciones que deberían imperar en el matrimonio y la familia para que sus miembros puedan complementarse sin imposiciones en sus respectivos planes de vida. Que los socialistas tempranos no hayan emprendido este camino y, de este modo, hayan desaprovechado la oportunidad de obtener nociones innovadoras a partir de su visión original de la libertad social, se debe a su incapacidad de tomar nota ya incipientemente de la diferenciación funcional de las sociedades modernas: allí donde intentan decir algo acerca de la forma futura de las relaciones familiares lo hacen, nuevamente, a partir de las relaciones de producción, es decir, centrando la visión en el rol de la familia en las relaciones laborales, en vez de ver que en ella existe una esfera singular en la que deberían realizarse formas especiales de la libertad social15.

En este punto, el error, por consiguiente, fue claramente el que había ya condicionado la incapacidad de establecer productivamente un nexo con los derechos liberales de la libertad: porque no se tomó debida nota de la singularidad normativa de las relaciones privadas y, en cambio, se veía en estas solo un complemento funcional del proceso económico, es decir, se creía que era posible servirse del monismo económico, no había motivos para desarrollar una semántica autónoma de la libertad para producir mejoras en la esfera de la acción del amor, el matrimonio y la familia; en cambio, todo lo que los socialistas podían proponer para ponerse del lado del incipiente movimiento feminista estaba formulado, nuevamente, en categorías económico-políticas y apuntaba consecuentemente a liberar a las mujeres del hechizo del patriarcado integrándolas a las relaciones de producción asociativas que se crearían en el futuro16. Durante décadas, a pesar de intentos de acercamiento de ambas partes, se mantuvo una relación tensa, desafortunada, entre el movimiento obrero socialista y el incipiente feminismo; si en este último crecía la conciencia de que la emancipación de la mujer exigía no solo medidas para la igualdad entre hombres y mujeres en el derecho al voto y en el mercado laboral, sino una transformación cultural fundamental, que debería comenzar por las condiciones de socialización establecidas para poder encontrar una voz propia liberándose, primero, de los estereotipos de género impuestos, en las filas del movimiento obrero no se podía desarrollar un sensorio para este tipo de conclusiones porque había una fijación ciega en la primacía determinante de la esfera económica17. Muy distinto habría sido el decurso del feminismo, muy distinta habría sido la relación entre estos dos movimientos desde un comienzo si los socialistas hubiesen estado dispuestos a reconocer la diferenciación funcional de las sociedades modernas intentando interpretar la esfera de las relaciones personales como un lugar independiente de libertad social; entonces, con este patrón normativo –una mutualidad y una convivencia libres y sin imposiciones, también en los vínculos fundados en amor mutuo– se les hubiera vuelto visible el hecho de que la opresión de las mujeres comenzaba ya aquí, en las relaciones familiares emocionales, en las que se les imponía, con amenazas de violencia explícitas o sutiles, figuras de feminidad y roles estereotipados, que no dejaban oportunidad alguna para explorar los estados de ánimo, deseos e intereses propios; el problema, entonces, no era tanto que las mujeres participaran en igualdad de derechos en la producción económica, sino ayudarlas primero a ser autoras de una imagen propia más allá de las atribuciones masculinas. La lucha por condiciones de libertad social en la esfera del amor, el matrimonio y la familia debería haber significado ante todo liberar a las mujeres, en estos semilleros de poder masculino, de la dependencia económica, del tutelaje sostenido con violencia y de las actividades impuestas unilateralmente, hasta el punto en que pudiesen convertirse en participantes de iguales derechos en relaciones establecidas sobre la reciprocidad; y solo bajo esas condiciones de dedicación recíproca y sin imposiciones estarían ambas partes en condiciones de articular, cada una con ayuda de la otra, las necesidades y los deseos propios, que concibe como verdadera expresión de ser uno mismo.

Pero el socialismo no emprendió la senda de explorar también las relaciones personales con la ayuda del concepto de la libertad social para desarrollar a partir de ello una pauta para medidas que condujeran a mejorar la situación de vida de las mujeres. Tan ciego como se mostró frente al contenido racional de los objetivos republicanos, demostró ser frente a las objeciones del movimiento feminista, que ya eran audibles, acerca de que la igualdad entre hombres y mujeres significaba en primera instancia crear las condiciones necesarias para una articulación sin imposiciones de experiencias genuinamente femeninas, una demanda que, como es sabido, se formularía 100 años más tarde bajo el lema de la «diferencia»18. En la incapacidad de estimar correctamente el valor normativo de estos dos movimientos, se pone de manifiesto claramente una vez más la estrechez de la mirada teórico-social del socialismo desde el comienzo; sin habilidad para comprender el sentido de una lucha por la realización de las libertades sociales también en otras esferas que no fueran la de la acción económica, solo era posible relacionarse tanto con el republicanismo «de izquierda» como con el feminismo, que lentamente se radicalizaba, ignorándolos completamente o acusándolos de ser traidores de clase «burgueses», siempre que sus demandas no podían ser incluidas en los objetivos propios, puramente político-económicos; y cuando en el curso del siglo xx ambos movimientos se volvieron demasiado poderosos como para que el ignorarlos resultara un castigo, se quiso controlar la situación cada vez más difusa introduciendo el desafortunado discurso de las «contradicciones principales y secundarias», con lo que solo se delataba una vez más la férrea voluntad de fijarse a la herencia industrialista del determinismo económico. No obstante, el intento de renovar el socialismo corrigiendo a posteriori las carencias de su sensorio para abordar las diferenciaciones funcionales es una empresa mucho más difícil de lo que parece a primera vista, puesto que no alcanza con reemplazar simplemente el «centrismo» económico con la idea de esferas de acción idiosincrásicas, que siguen normas independientes; antes bien, lo que se requiere es una idea de cómo deberían comportarse en el futuro las esferas que se diferencian entre sí normativamente, para los fines de un proyecto que motiva políticamente y marca una senda hacia adelante.

  • 11.

    V. especialmente la diatriba publicada póstumamente: Pierre-Joseph Proudhon: La pornocratie, ou Les femmes dans les temps modernes (Éd. 1875), Hachette Livre bnf, París, 2012.

  • 12.

    Respecto del rol de Barthélemy-Prosper Enfantin en relación con una movilización de los saint-simonistas por la emancipación de la mujer, v. la introducción de Gottfried Salomon- Delatour en G. Salomon-Delatour (ed.): Die Lehre Saint-Simons, H. Luchterhand, Neuwied, 1962, p. 20 y ss.

  • 13.

    F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado [1884], varias ediciones. Para una crítica al escrito de Engels, especialmente al «monismo económico» de la obra, v. Simone de Beauvoir: El segundo sexo [1949], varias ediciones.

  • 14.

    Acerca de este aspecto, v. A. Honneth: El derecho de la libertad, Katz, Buenos Aires-Madrid, 2014, cap. III.I.

  • 15.

    Acerca de la desafortunada relación entre el movimiento obrero y el movimiento feminista en la segunda mitad del siglo XIX, V. Ute Gerhard: Frauenbewegung und Feminismus. Eine Geschichte seit 1789, Beck, Múnich, 2009; tb. Mechthild Merfeld: Die Emanzipation der Frau in der sozialistischen Theorie und Praxis, Rowohlt, Reinbek, 1972, parte 2.

  • 16.

    V. la iluminadora reconstrucción de Antje Schrupp: «Feministischer Sozialismus? Gleichheit und Differenz in der Geschichte des Sozialismus», 1999, en Antje Schrupp im Netz, <www.antjeschrupp.de/feministischer-sozialismus>.

  • 17.

    Quien más se acerca a la idea de que la emancipación de la mujer de las cadenas de las relaciones tradicionales del matrimonio y la familia necesita de una semántica de la libertad propia es August Bebel, en un libro que se ha convertido en un clásico: Die Frau und der Sozialismus [1879], J.H.W. Dietz Nachf., Berlín, 1946. No obstante, incluso en él se nota la tendencia a considerar el «matrimonio burgués» solo como «consecuencia de las relaciones de propiedad burguesas» (p. 519) y, por lo tanto, a limitarse a la perspectiva de una socialización de las condiciones de producción sin tratar las relaciones intrafamiliares mismas (cap. 28).

  • 18.

    Una explicación muy útil y también aplicable al ámbito teórico social es la que aporta Kristina Schulz: Der lange Atem der Provokation. Die Frauenbewegung in der Bundesrepublik und in Frankreich 1968-1976, Campus, Fráncfort-Nueva York, 2002, cap. v.2.