Ensayo

Sendas de la renovación La idea de una forma de vida democrática

Si se observa con detenimiento, la omisión de los socialistas tempranos consistió en no haber hecho una distinción suficiente entre el plano empírico y el normativo en el diagnóstico ya establecido acerca de una creciente diferenciación funcional. De haberla hecho, se podría haber objetado, respecto de las condiciones dadas, que la autonomía sistémica de la acción del Estado, por ejemplo, o de las relaciones privadas no era suficiente, porque el acontecer en estos dos ámbitos seguía estando determinado en gran medida por imperativos económicos, pero al mismo tiempo se podría haber destacado, mirando al futuro, la deseabilidad de una singularidad funcional de las distintas esferas6. Sin embargo, puesto que ambos planos no fueron delimitados, hubo un deslizamiento involuntario de descripciones empíricas hacia aseveraciones normativas; al igual que en la teoría social premoderna –claramente en Saint-Simon, de manera no menos manifiesta en Marx–, se pensaba el funcionamiento de las sociedades de manera vertical, a partir de un centro de control, solo que ese lugar no lo ocupaba ahora el Estado, sino la economía. Cuánto más sagaz habría sido, cuánto más sensato desde el punto de vista teórico-social, criticar de las condiciones capitalistas de aquella época que no otorgaban a los ámbitos de acción divergentes el margen para la legalidad propia de la sociedad que le habían asignado los representantes del liberalismo. Desde una perspectiva de este tipo, se podría haber aprobado la tendencia hacia una diferenciación funcional y, con ella, haber defendido la tesis de que el amor y la política democrática merecen ser excluidos de los imperativos sistémicos de la economía, pero se habría mantenido un fuerte escepticismo respecto de la posibilidad de llevar a cabo una separación de esferas de este tipo bajo las condiciones económicas dadas. A causa de la incapacidad de seguir el camino delineado –diferenciación funcional como tarea pero no como hecho social–, el socialismo cayó desde un comienzo en una situación desafortunada respecto de la tradición liberal: a pesar de que esta nunca había tenido una teoría social propia –a excepción de pensadores como Adam Smith y Max Weber, tal vez–, podía parecer a la larga que estaba más adelantada que su adversario socialista incluso en elocuencia sociológica, solo porque aquel no le prestaba ninguna atención a la diferenciación funcional.

Una profunda incapacidad de los socialistas tempranos que ahora permite esclarecer cómo se llegó a lo que se podría denominar, en general, «ceguera jurídica»: puesto que los derechos civiles universales, aún en sus albores, como consecuencia de la negación de toda esfera de separación, solo podían ser reconocidos en el fragmento en el que tenían importancia funcional para el centro de control de la economía, necesariamente se perdió de vista el rol emancipador que podían tener, de acuerdo con su significado, en la esfera, tan distinta, de la construcción de voluntad política7. De este modo, a los socialistas tempranos les quedó vedado el acceso al potencial liberador de barreras a la comunicación que significó la institucionalización de los derechos fundamentales liberales. A todo esto, no habría habido nada más natural que utilizar el concepto de libertad social, acuñado por ellos mismos, también para dilucidar, con Rousseau, el anclaje de estos nuevos derechos en un proceso de construcción de la voluntad colectiva: si realmente, como lo establecían los documentos fundacionales de la revolución que remiten al Contrato social, a partir de aquel momento solo podían aspirar a la legitimidad, y con ella a la disposición individual de respetarlos, aquellos derechos universales que pudiesen ser aprobados en principio por cada afectado por ellos, entonces esto remitía visiblemente a un proceso de deliberación y ponderación que debería realizar no cada individuo para sí, sino todos juntos en complementación recíproca de sus convicciones8. Interpretar los derechos fundamentales recientemente proclamados como requisito de un procedimiento de autolegislación pública habría sido sencillo para los socialistas tempranos si hubieran sabido aprovechar el concepto propio de la libertad social también para esta forma de la acción política, puesto que entonces se podrían haber entendido los derechos de libertad individuales ya establecidos como un primer paso para la creación de las condiciones que le posibilitan en principio a cada individuo participar sin imposiciones en la actividad colectiva de la discusión y armonización, que claramente tenía el mismo molde del «complementarse mutuamente con el otro», como la satisfacción conjunta de necesidades en el accionar económico cooperativo: con una ampliación tal de la idea de la libertad social, la construcción de la voluntad democrática se habría revelado, de manera más clara, como acto comunicativo cuya ejecución sin imposiciones exigiría que todos los participantes contaran al menos con las libertades de expresión y de conciencia que les otorgan los derechos fundamentales. Pero no se podía llegar a una inclusión de los derechos fundamentales liberales en el pensamiento propio porque en este no se le asignaba a la acción política, en el sentido de la construcción de la voluntad democrática, ningún rol independiente; era la convicción de la mayoría de los socialistas que en el futuro toda la legislación pública necesaria podía ser resuelta por los productores junto con la regulación cooperativa de sus actividades laborales.La asombrosa ceguera respecto del significado democrático de los derechos fundamentales explica finalmente también por qué para los socialistas fue durante mucho tiempo casi imposible formar una alianza con el ala radical de los republicanos liberales9. Este movimiento, también, había surgido a partir del intento de hacer realidad las promesas aún incumplidas de la Revolución Francesa mediante una reinterpretación de sus principios rectores, solo que en este intento se tomaron como puntos de partida no las carencias de la esfera económica sino los déficits de la constitución política de la nueva configuración del Estado; en el republicanismo radical, se veía como error crucial la consideración insuficiente de la voluntad popular en la legislación política, de modo que el objetivo máximo de los esfuerzos reformistas en la época posrevolucionaria era lograr, en nombre del igualitarismo, la participación en igualdad de derechos para todos los ciudadanos en el procedimiento legislativo de la construcción de la voluntad colectiva. No es difícil reconocer en este catálogo de demandas que, en un lugar distinto y con énfasis distintos, también se expresa con fuerza la demanda por concebir la libertad ya institucionalizada más bien como una mutualidad igualitaria y una cooperación sin imposiciones, para conferirle al principio de la soberanía popular el necesario carácter de un procedimiento de deliberación democrática; y aun cuando un republicano alemán como Julius Fröbel o, poco tiempo después, un demócrata radical como el francés Léon Gambetta no usaran la misma expresión, se pueden reconocer claramente en sus escritos los esfuerzos por que la idea de la libertad social fuera provechosa para la esfera de la construcción de voluntad democrática10.

  • 6.

    En referencia a una perspectiva de este tipo frente al acercamiento de Luhmann, v. comentario en Uwe Schimank y Ute Volkmann: «Ökonomisierung der Gesellschaft» en Andrea Maurer (ed.): Handbuch der Wirtschaftssoziologie, vs, Wiesbaden, 2008.

  • 7.

    Ver Jürgen Habermas: Faktizität und Geltung. Beiträge zur Diskurstheorie des Rechts und des demokratischen Rechtsstaats, Suhrkamp, Fráncfort, 1992, cap. III.

  • 8.

    Ibíd., cap. IV.

  • 9.

    V. para este complejo temático Wolfgang Mager: «Republik» en Otto Brunner, Werner Conze y Reinhart Koselleck (eds.): Geschichtliche Grundbegriffe. Historisches Lexikon zur politischsozialen Sprache in Deutschland, tomo 5, E. Klett, Stuttgart, 1984. En este subcapítulo acerca del debate en el movimiento obrero alemán sobre la relación con el republicanismo, se menciona que tanto Marx como Engels abogaban ocasionalmente por una aprobación meramente táctica de los objetivos del republicanismo democrático. Tb. en Robert Wuthnow: Communities of Discourse, Harvard University Press, Cambridge, 1989, p. 367 y ss., se trata la relación muy problemática de los socialistas con el republicanismo radical.

  • 10.

    Acerca de Fröbel, v. J. Habermas: «Volkssouveranität als Verfahren» en Faktizität und Geltung, cit., p. 613 y ss.; acerca de Gambetta, v. Daniel Mollenhauer: Auf der Suche nach der «wahren Republik». Die französischen «radicaux» in der frühen Dritten Republik (1870-1890), Bouvier, Bonn, 1997, en especial caps. 3, 4 y 5.