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Redes sociales para gobernar Una mirada de América Latina

Sin embargo, existe un comprobado desajuste de expectativas ciudadanas que se da a modo de puja de agenda. No hay correspondencia entre lo que la ciudadanía exige y lo que la política «devuelve» en las redes, sino un peligroso desacople. Los ciudadanos piden respuestas frente a la inseguridad, los gobernantes responden con la inauguración de un centro cultural. Los ciudadanos se quejan de la corrupción, los gobernantes presentan un nuevo programa educativo. Temas altamente sensibles frente a temas blandos definen la batalla del intercambio de demanda y oferta. Estos datos surgen del «Perfil del gobernauta latinoamericano», trazado en un ambicioso estudio realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (bid) en 61 áreas metropolitanas de más de un millón de habitantes en América Latina 2.

El modelo ejecutivista se tornó clave, más aún en una etapa de hiperpersonalización. Pero así como es fácil evidenciar que hay personificación cada vez más notable de las campañas, lo mismo ya pasa en los gobiernos que, de manera asimétrica, se confunden con su líder. Desde la comunicación, aparece algo así como un uso patrimonialista del ejercicio gubernamental, que está todo el día apuntalando la figura ejecutiva antes que la pura institucionalidad. Hoy se habla del «gobierno de». Las personas y los candidatos son marcas por encima de la del partido, y esto se evidencia también con los gobiernos.

En el presente, no se avizora una nueva institucionalidad. En las redes, las nociones de «transparencia», «participación» y «gobierno abierto», como elementos que sin duda alguna representan buenas prácticas en la gestión, tienen una proporción estadística insignificante en los contenidos tuiteados.

De ninguna manera ello debe confundirse o asociarse con opacidad o autismo en las gestiones, es más un problema de agenda. Así es como la preocupación más bien radica en que estos temas no aparecen como oferta pública en la agenda digital. La existencia de contenidos asociados a esas palabras, tan importantes para la democracia, tan usadas en campaña, ronda el 1%. ¿Síntesis? Estadísticamente, el peso que estos temas tenían en la agenda pública promovida desde las redes se transforma en nada.

Lo curioso es que la edad de los políticos, generacionalmente hablando, no explica nada acerca de su uso de las redes sociales. Sí importa aseverar que el promedio etario en los equipos de gestión va bajando sensiblemente y ahí aparecen claves para entender por dónde pasa la profesionalización. En el equipo general de comunicación, la media es de 31 años; en cambio, 27 años es la media de los equipos de redes digitales. La clave está en los equipos que empiezan a ser gestionados por nativos digitales.

Cuando se describe a la generación z (la de esos nativos digitales), se asevera que, para ella, internet no es una plataforma para la comunicación, sino más bien una plataforma para la acción. Y ese pareciera ser el rumbo que se avizora poco a poco. Pero todavía se está lejos de un gobernauta que entienda la gestión 360, dada por flujos comunicacionales multidireccionales; que pueda reconocer que toda política es un acto comunicacional y la convergencia de medios, una necesidad; que avance en instancias de gobierno abierto a través de nuevas acciones de fiscalización y rendición de cuentas; que asuma instancias colaborativas participativas en las políticas públicas; que entienda la evolución de la complejidad a tiempo real y por ello requiera una adaptación constante y colaborativa.

Hasta ahora, la gestión de la comunicación en el sector público fue concebida en la práctica como un «área de apoyo» a las áreas centrales de decisión y de acción. Sin embargo, desde hace un tiempo es evidente que las decisiones de gestión no pueden concretarse sin una adecuada comunicación y que, en algunas oportunidades, la gestión se hace solo o principalmente para «comunicar algo». Hoy no es extraño asistir a una reunión sobre el control de un proyecto de gestión, o sobre la puesta en marcha de un plan, y que los participantes e involucrados (ingenieros, contadores, economistas, abogados) pregunten sobre la comunicación, o de modo más arriesgado, que opinen sobre qué hacer con la comunicación del proyecto o del plan en cuestión.

Hoy a todos les interesa y les divierte la comunicación. El desafío es plantearla y gestionarla con profesionalidad, con racionalidad y con efectividad. América Latina es la región más activa en el uso de redes sociales (de los diez países que encabezan el ranking, cinco son latinoamericanos). Por eso este contexto es altamente desafiante para la política, que no se vio tan impactada en el periodo en que la tecnología transformó las prácticas y posibilidades de las personas y las sociedades.

Los gobiernos latinoamericanos, en general, publican entre cinco y siete tuits diarios y hacen casi lo mismo en Facebook –39% sube más de cinco posteos por día y 29,3%, de tres a cinco–, lejos de las recomendaciones que hablan de uno o dos posteos diarios para esta última red social. Sin embargo, en Colombia y Venezuela hay mucha más actividad en Twitter (43,3% de todos los tuits estudiados), mientras Brasil lidera el uso de Facebook (con 30,2% de los posteos provenientes de las 20 ciudades brasileñas analizadas en el estudio) 3. Tras estos datos emerge una pregunta: ¿es una decisión adaptada a demandas ciudadanas? Es difícil responder si hoy existe una nueva ciudadanía. Lo que seguro puede argüirse es que hay una ciudadanía con nuevos recursos a su alcance para activarse políticamente. De las múltiples formas de acción política, el concepto de petición ciudadana, por ejemplo, pensado desde las redes, se hace más asequible. La organización de una acción colectiva es también algo más factible hoy. Pero ello no significa que los ciudadanos llenen el vacío que hay entre el uso real y el uso potencial que las redes ofrecen. Mucha de la acción es solo una acción de masas, con poca percepción de eficacia por parte de los ciudadanos, y más de tipo reactivo que proactivo. Otro tipo de acción frecuente es simplemente la opinión –antes que la petición– o la descalificación muchas veces insultante.

El acceso no es tanto un problema socioeconómico, como sí lo es la frecuencia de ese acceso. Es decir que las mayorías acceden de uno u otro modo a las redes, aunque no todos con la misma frecuencia en función de la disponibilidad de dispositivos o de conectividad. Lo cierto es que la presión de las redes modifica la política, ya sea articulándose con lo que sucede en otros medios o bien posibilitando una activación cada día más potente de redes y participación (en la calle preferentemente).

Volviendo a la idea de «gobernauta», este neologismo representa mucho más que un gobernante al que le tocó ejercer en épocas de redes sociales. Acompañados por sus ministros o secretarios, los gobernautas deberán fijar nuevas prioridades, invertir sabiamente y estar dispuestos a apoyar la experimentación en su gestión. Deberán saber que la gestión dura 24 horas al día, y que si la tecnología modificó la gestión, la organización del gobierno es algo urgente.

Los gobiernos deben salir de la organización por cargos para ir adaptándose a una organización de funciones. Así es como el gobernauta será capaz de entender el poder y las formas de ejercer la autoridad conocida hasta hoy complementariamente con otro tipo de relaciones y, lo que da vértigo en la gestión, con otros plazos. Relaciones de participación que convivan con flujos de actividad que, de forma natural, surgen en redes sociales a partir de la colaboración y el valor añadido que aportan las ideas y reflexiones de las personas, el respeto y la confianza. Hoy más que nunca, el trabajo del gobernauta no pasa por tener todas las respuestas, sino por saber formular las preguntas adecuadas, ganar credibilidad, fortalecer vínculos, conectar emocionalmente, persuadir, argumentar y movilizar a la organización en la resolución colectiva de estos desafíos. Lejos está este perfil de una idea tecnocrática.

En definitiva, más allá de la conducta de los líderes frente a las redes sociales y la tecnología, y de la voluntad de gestar y constituir equipos altamente capacitados que entiendan las redes sociales desde la necesidad comunicacional, el cambio de paradigma sería comprender la relación entre redes, política y ciudadanía para legitimar la política en general y las políticas públicas en particular. Y ese gobernauta se va haciendo, porque la dinámica de las redes es una de las tantas demostraciones de que la evolución de la complejidad se da en tiempo real y requiere de una adaptación constante, y de que ya no basta solo con la visión particular e individual.

  • 2.

    M. Riorda y P. Valenti: Gobernautas y ciudadanos. Los gobernantes latinoamericanos y la gestión de las redes sociales, BID, 2016.