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¿Qué hay de nuevo, viejo? Una mirada sobre sobre los cambios en la participación juvenil

Por otra parte, en un buen número de casos serán las democracias retornadas a la región durante los años 80 y 90 las encargadas de enfrentar la exigencia de legitimar o consolidar tales reformas. Poco a poco, se advertirá entre los ciudadanos la sensación de la llegada de una época en la que el estado de las cosas no puede ser transformado significativamente, de la mano de la caída del Muro de Berlín y el promocionado e interesado «fin de las ideologías» de la Guerra Fría. La participación tradicional se percibe cada vez más como poco relevante, y adviene la desilusión. Consecuencia de ello, el flujo participativo decae al mínimo. Y si bien se recupera con cada nueva esperanza, ésta dura menos tiempo y el escepticismo tiende a instalarse como clima de época.

Otra forma de participar

En ese contexto, tan diferente del del periodo anterior, debe formularse la pregunta por la participación social y política en general, y la de los jóvenes en particular, para advertir sus enormes diferencias. En los años 60 y 70, la política era vivida como el lugar desde el cual transformar la realidad, en una perspectiva plagada de utopía, que adquiere sentido, implica un valor y significa la voluntad y la posibilidad del cambio radical. «Todo podíamos cambiar, estábamos convencidos. La situación era totalmente distinta de ahora; aparte nosotros estábamos seguros de estar presenciando un acontecimiento histórico excepcional. La guerra de Vietnam, la liberación de los pueblos del Tercer Mundo, la Revolución cubana, Mao en China... Eran años en los cuales la idea de cambiar el mundo era constitutiva de un joven. (...) Teníamos la certeza de que todo era posible... ». Ese sentido de la política como lugar de transformación del mundo se invierte en los años 80 y 90, cuando la economía pasa a subordinarla y pretende convertirla en pura técnica y administración. La política como transformación quedó entonces desplazada porque –se proponía– las cosas no se pueden cambiar. Eso significaba, además, naturalizar las relaciones sociales. Naturalizar: pobres hubo y los habrá siempre. Naturalización que, como tal, encubre el hecho de que allí no hay naturaleza sino decisiones humanas: se trata de la sociedad, de la cultura y de la política. A esto habría que agregar algo que hoy todos sabemos: aquella política ni siquiera cumplió su promesa de gestionar con honestidad y eficacia. Administró, pero haciendo una transformación devaluada de lo real, en muchos casos con baja eficacia, y con altísima corrupción.

En cuanto a la sociedad y la cultura, hoy se viven tiempos de celebración de lo instantáneo, una cultura narcisista que busca y propone satisfacción inmediata y el repliegue sobre el individuo y los afectos, en una suerte de desplazamiento de lo público a lo doméstico y de lo perdurable a lo efímero. También la confrontación generacional adquiere otro tono: «Enfrentados con otros adultos: porcentajes de padres que desearían ser jóvenes por siempre, políticos solo motivados por el poder y el dinero, empresarios que basan su riqueza en negocios turbios, preocupados por el lifting y el personal trainer, que juegan al golf, que salen de noche, que se divierten, que salen con los novios de las hijas, que se las saben todas, que no les importa nada ni nadie... ». De allí que, por donde se mire, los 90 puedan presentarse como los 60 al revés, cuando lo hasta ayer alternativo se integra al mainstream y lo hasta hace poco «corriente principal» pasa a ser solo una posibilidad más de un menú que se abre.

Entonces, ¿qué jóvenes participan y cómo lo hacen actualmente? Leslie Serna (1998) describe algunas características novedosas de la participación de las y los jóvenes actuales: 1. causas de movilización novedosas, entre las que pueden mencionarse la defensa del medio ambiente, la promoción y defensa de los derechos humanos, los derechos sexuales y reproductivos, el apoyo a la causa indígena, etc.; 2. priorización de la acción inmediata, orientada a la resolución pronta y efectiva, «aquí y ahora», de las situaciones que enfrentan. Esto puede articularse con una solución radical de largo plazo, pero rechaza sostenerse en un futuro no evidente y busca ir construyendo en el presente un nuevo tipo de sociedad a través de una ética de la acción diferente, también por falta de confianza en la representación. En todo caso, «cambiar el mundo» comienza ahora, aportando al cambio en su mundo más próximo; 3. ubicación del individuo en la organización, lo que se aleja de las concepciones en las que el colectivo masificado lo diluía en pos de un interés «superior». Los jóvenes, actualmente, recuperan la dimensión del individuo como algo fundamental y no están dispuestos a perder su individualidad en una organización-masa, lo que los lleva a participar en organizaciones con otro tipo de dimensiones y encuadres y en iniciativas específicas, muchas veces con bajo grado de institucionalización; 4. énfasis en la horizontalidad en los procesos de coordinación, con promoción de formatos más horizontales de grupos de trabajo, mesas o redes, buscando el respeto por la autonomía y con mucha desconfianza y rechazo a las instancias de verticalización o de centralismo democrático. Los jóvenes de hoy negocian permanentemente y confrontan escasamente. Aprendieron a negociar desde pequeños, con sus padres, con los adultos en general, y saben resolver la aparente paradoja de negociar y orientarse hacia la acción directa. Leída desde los 70, esta supuesta paradoja implicaría diluir la táctica en la estrategia, el objetivo y los fines últimos. Sin embargo, como decía Freud, «a veces un puro es solamente un puro»: tomar una escuela es exigir que se arreglen sus techos ya y no un momento de acumulación en el camino hacia un futuro de revolución.

Los jóvenes de hoy, cuando participan, buscan hacerlo en instancias de relación cara a cara, concreta y próxima, en un vínculo de eficacia con el esfuerzo que se realiza, donde el producto de su participación sea visible o tangible. Con acciones puntuales, con reclamos y denuncias concretas relacionadas a su vida por cierta proximidad, y no canalizadas a través de organizaciones tradicionales.