Tema central

¿Qué hacer con los sectores medios? Coaliciones sociales, bienestar y socialdemocracia en la periferia capitalista

A partir de un análisis de estos factores, considero que algunos países latinoamericanos tienen un potencial relativamente importante para desarrollar una estrategia redistributiva socialdemócrata, ajustada al contexto de una economía periférica. El caso más destacado es el de Uruguay, confirmado por el gobierno del Frente Amplio (FA) en el periodo 2004-2009.

En efecto, el gobierno del FA se caracterizó por el desarrollo de una institucionalidad redistributiva socialdemócrata. Se reinstauró la negociación salarial colectiva, aumentó el número de aportantes al sistema de seguridad social, se efectuó una reforma levemente progresiva de la estructura fiscal y se aumentó el gasto público social en educación y salud. Paralelamente, se verificó un esfuerzo por universalizar algunos servicios sociales y expandir algunos beneficios de base no contributiva (Plan de Equidad).

Las políticas desarrolladas reflejan la amplitud de la coalición social que llevó al FA al gobierno en dos ocasiones, con una mayoría absoluta legislativa y de sufragios. La expansión de los beneficios de base no contributiva confirma la necesidad imperiosa de responder de alguna manera a las múltiples fisuras sociales en Uruguay. Mientras tanto, el aumento del gasto público social en áreas contributivas ha beneficiado a las corporaciones, sindicatos e intereses de sectores medios y medios bajos que han sido aliados tradicionales de la izquierda.

Las políticas desarrolladas son insuficientes, sobre todo para responder a las necesidades de la población más vulnerable, en particular niños y mujeres pobres, como señala Filgueira17. Asimismo, la notable mejora de los servicios sociales públicos, en calidad y cantidad de beneficiarios, se explica también por el contexto de expansión sostenida del producto, como pocas veces se ha registrado en el país. Pero en cualquier caso, lo cierto es que el primer gobierno del FA es una muestra de la potencialidad que tuvo un accionar redistributivo de estilo socialdemócrata en un país latinoamericano.

Los datos indican que otros países, como Costa Rica y Argentina, tienen un potencial similar. Claro que, en estos casos, también comienzan a tallar otras variables, referidas a las tradiciones y los estilos políticos de las izquierdas18, que en Argentina claramente se alejan del tronco ideológico socialdemócrata. Pero también en el nuevo gobierno uruguayo encabezado por José Mujica los elementos socialdemócratas parecen haberse diluido, a favor de una mayor inconsistencia ideológica y estratégica respecto a los sectores predominantes en el FA en el periodo anterior.

En Brasil, en cambio, el estilo político del Partido de los Trabajadores (PT) muestra fuertes coincidencias con las trazas más socialdemócratas del FA. Sin embargo, el potencial redistributivo parece menor, dadas las grandes diferencias existentes entre sectores medios y pobres. También el potencial redistributivo en Chile parece menguado, en este caso por el importante deterioro sufrido por el sector público durante la etapa neoliberal. Es justamente el caso de Chile el que más debería advertirnos respecto a los riesgos de alejar a los sectores medios del sector público. En este caso, fue el gobierno autoritario el que se encargó de sentar las bases para el quiebre entre los intereses de los sectores medios y pobres. El resultado es que no resulta sencillo para la izquierda chilena articular una coalición lo suficientemente amplia como para desarrollar políticas que permitan poner coto a la desigualdad. A pesar de su alto desarrollo humano relativo, el país muestra una desigualdad muy importante.

Si los sectores medios están muy lejos de los más pobres y el sector público no logra cubrir esa brecha, se corre el riesgo de que la izquierda se parezca a una «respuesta homeostática» frente a la desigualdad. Por eso la izquierda en Brasil y Chile podría calificarse como «homeostática»19: el contexto sociopolítico es lo suficientemente adverso como para impedir un accionar redistributivo que reduzca los altos niveles de desigualdad.

Claro entonces que el panorama no es el mismo en todos los países. Solo afirmo aquí que los países con alta incidencia del Estado en el gasto público social no se encuentran muy lejos de la paradoja de la redistribución expuesta por Korpi y Palme20. Como ya he dicho, en los países de mayor desarrollo relativo parece altamente inconveniente desmontar el gasto público social con la intención de relocalizarlo. Esto podría minar el «potencial redistributivo socialdemócrata».

De ahí en más, reducir progresivamente la desigualdad depende de articular una coalición redistributiva con los sectores medios. En este contexto, abandonar aquellos rubros del gasto social que más benefician a estos sectores puede ser un error considerable. El peligro es constituir a la izquierda en un actor político impotente frente a la desigualdad.

Conclusiones: América Latina, entre lo urgente y lo importante

Cómo muestra Filgueira21, los sistemas de bienestar latinoamericanos tienen múltiples perforaciones; aun en el caso de los países pioneros en el desarrollo de una ciudadanía social, los desempeños en la actualidad pueden ser muy desalentadores. El gasto público social latinoamericano suele dejar a los sectores más débiles sin protección social. Universalizar el acceso a políticas sociales de base no contributiva y mejorar sus prestaciones es entonces una tarea urgente.

Por otro lado, América Latina es la región más desigual del mundo. La estrategia política más exitosa durante el siglo XX para contener la desigualdad fue la desarrollada por las socialdemocracias escandinavas y supuso una amplia coalición social entre sectores de ingresos bajos y medios. Para articular estos intereses, parece necesario ofrecer a los sectores medios un gasto público social que no atienda solamente lo urgente, aun a costa de tener un perfil levemente regresivo en algunas áreas22.

Este dilema está presente en América Latina. La seguridad social tiene un perfil regresivo; sin embargo, los países con mayor cobertura en seguridad social suelen ser los menos desiguales de la región, sobre todo si el sector público participa de algún modo en su administración, como demuestran los casos de Costa Rica, Venezuela y Uruguay23.

Se ha argumentado que América Latina debería reducir el gasto en seguridad social por su carácter regresivo24. Pero, al menos en los países con alta cobertura, se trata de una propuesta de dudoso sustento lógico y muy peligrosa para la izquierda y las perspectivas futuras de reducir la desigualdad en la región.

La propuesta no tiene lógica en tanto el gasto en seguridad social no parece afectar negativamente el resto del gasto público social. No existe ninguna asociación estadística negativa entre ambos componentes del gasto social. Los tres países con mayor gasto en seguridad social de América Latina gastan también mucho más que el promedio de la región en otros gastos públicos sociales. ¿Por qué, entonces, recortar el gasto en seguridad social, si además su cobertura está asociada con una menor desigualdad?

Por otra parte, ¿cómo afectaría a la desigualdad el recorte de los rubros más regresivos del gasto público social y su sustitución por otros gastos más progresivos? Alguien podría suponer que la desigualdad disminuirá. Pero creo que es una mirada de corto plazo25. Una vez que los sectores medios se alejen y recurran al sector privado, tal vez no haya posibilidad de vuelta atrás. En tal sentido, la experiencia reciente de algunos países latinoamericanos parece aleccionadora: si los sectores medios se alejan de la izquierda, la igualdad se vuelve un sueño.

  • 17. Cohesión, riesgo y arquitectura de la protección social en América Latina, cit.
  • 18. Jorge Lanzaro ha insistido justamente en los caracteres y trazas socialdemócratas que pueden identificarse en algunos partidos y gobiernos de América Latina, a los que denomina como la «socialdemocracia criolla». J. Lanzaro: «La socialdemocracia criolla» en Nueva Sociedad No 217, 9-10/2008, disponible en www.nuso.org/upload/articulos/3546_1.pdf.
  • 19. F. Traversa: ob. cit.
  • 20. Contrariamente a lo que piensan Huber et al., estos países se encuentran cerca del dilema que enfrentó la socialdemocracia escandinava en la segunda fase de desarrollo de su Estado de Bienestar, cuando decidió expandir el gasto público brindando algunos servicios sociales que reclamaban los sectores medios.
  • 21. Cohesión, riesgo y arquitectura de la protección social en América Latina, cit.
  • 22. W. Korpi y J. Palme: ob. cit.
  • 23. El caso de Chile muestra cómo funciona esta paradoja: si el sector público no provee seguridad social, los sectores medios gastarán igualmente contratando seguros privados. Hay que mirar entonces la regresividad del gasto total en seguridad social (público + privado) y no solo el gasto público. El resultado esperado es que el gasto total en seguridad social sea más regresivo en Chile que en otros países, y la desigualdad también, porque los seguros privados son siempre más regresivos y alimentan más la desigualdad que el sector público.
  • 24. E. Huber et al.: ob. cit. No descarto que en algunos países deba evaluarse y debatirse alguna medida en tal sentido, pero esta no debería constituirse en una fórmula general para la izquierda en América Latina, que de tal modo podría estar comprometiendo la consecución de su objetivo prioritario: construir sociedades más igualitarias.
  • 25. La experiencia de los regímenes de bienestar liberales desmiente que sea sencillo disminuir la desigualdad cuando los sectores medios y pobres están alejados.