Tema central

Por qué perduran los regímenes autoritarios

¿Cuán estables son las nuevas dictaduras?

Si se dividieran los sistemas políticos en tres clases, como autocracias, regímenes híbridos y democracias, hoy podrían identificarse unas 65 democracias y 45 autocracias abiertas entre los aproximadamente 200 países del mundo. La mayoría restante son regímenes híbridos en sus diferentes formas. ¿Cuál es en realidad la estabilidad de los sistemas políticos? ¿Cuál es la permanencia de las dictaduras? En la práctica, desde el punto de vista estadístico, las democracias han sido el sistema más estable en los últimos 60 años, seguidas por las dictaduras y luego las variantes híbridas. ¿En qué se basa esta relativa estabilidad de los regímenes dictatoriales? En un reciente proyecto llevado a cabo en el Centro de Investigación de Ciencias Sociales de Berlín (wzb, por sus siglas en alemán) llegamos a la conclusión de que en las dictaduras –y también en las modalidades híbridas–, la dominación se apoya sobre tres pilares: la legitimación, la represión y la cooptación.

La legitimación se nutre siempre de dos fuentes: una vinculada a lo normativo-ideológico y otra relacionada con los resultados. El antiliberalismo, el antiparlamentarismo, el racismo, el nacionalismo y los anacrónicos preceptos redentores de carácter religioso, pero también las visiones marxistas del futuro, pueden lograr que los dominados adhieran (al menos temporalmente) a las normas propuestas. De todos modos, a comienzos del siglo xxi, las ideologías fascistas y comunistas han perdido en gran medida su capacidad de persuasión. Quizás hoy habría que señalar las variantes de un islamismo político fundamentalista, que son capaces de crear un fuerte compromiso ideológico entre sus fieles. Sin embargo, dado que esas vertientes también han restringido derechos humanos fundamentales para alcanzar sus pretensiones de poder, sus fuentes de legitimación respaldadas en la promesa de salvación que encandila al mundo amenazan con agotarse a largo plazo en la realidad represiva. Debido a este autodeterioro normativo, los regímenes dictatoriales dependen particularmente de su balance en materia de economía, seguridad y orden, aunque una modernización económica y social demasiado rápida también implica un riesgo para las autocracias. Ello es así porque con esa evolución surgen capas medias, se organizan los trabajadores, crece la educación, se desarrolla la sociedad civil y aparecen discursos en los que se reivindica la participación política. Por cierto, esto no significa que se desemboque necesariamente en procesos exitosos de democratización, como proclama con optimismo la teoría de la modernización. Basta con ver lo ocurrido en diversos países como Singapur, la República Popular China o las petrodictaduras del Golfo. Estas últimas se limitan a contratar a semiesclavos del Sudeste asiático y evitan así el desafío de conformar una clase trabajadora local concientizada.

En segundo lugar, las autocracias se apoyan en la represión, que puede adoptar diferentes formas e intensidades. Aunque existe una transición gradual, en nuestro proyecto de investigación («¿Por qué sobreviven las dictaduras?») distinguimos entre represión «blanda» y «dura». Mientras la primera apunta sobre todo a restringir los derechos políticos (como la libertad de reunión, de expresión, de prensa o de ejercicio de la profesión), la segunda se dirige fundamentalmente al núcleo de los derechos humanos (como el derecho a la vida, la integridad física y la libertad individual). La experiencia empírica muestra que ante una amenaza al statu quo, las elites dominantes autoritarias suelen reaccionar con una mayor represión, aunque es muy improbable que esta acción por sí sola logre estabilizar de forma duradera un régimen político. En tales casos, la pérdida de legitimidad es alta: el aumento de la represión logra incrementar el poder de intimidación, pero disminuye al mismo tiempo la legitimación y, con ella, la aprobación del pueblo. La represión dura resulta costosa y socava a largo plazo los fundamentos de la dominación política. Si se considera el periodo que hemos estudiado, comprendido entre 1950 y 2008, la variante «blanda» ha demostrado ser estadísticamente el elemento más exitoso de estabilización en cientos de dictaduras.

El tercer pilar de la dominación es la cooptación, a través de la cual las elites autocráticas logran que actores y grupos influyentes situados por fuera del propio núcleo se comprometan con la dictadura. Por lo general, esos actores estratégicos provienen de sectores económicos, del aparato de seguridad y de la esfera militar. A cambio de su lealtad, suelen recibir cargos, privilegios políticos, recursos y concesiones económicas. Los instrumentos utilizados en estos casos son la corrupción, el clientelismo y las redes patrimoniales.

Sin embargo, los recursos disponibles limitan la duración y el grado de colaboración «comprada» que exhiben amplios grupos hacia el régimen. En nuestro análisis mostramos que los quiebres en uno de los tres pilares de dominación pueden compensarse temporalmente mediante la afirmación de los otros, pero hay situaciones particulares en las que las grietas surgidas en un pilar sobrecargan los restantes. Es entonces cuando se abren espacios para la protesta, que –en caso de masificarse– puede provocar la caída de todo el sistema. Empero, nada asegura que eso conduzca al Estado de derecho y a la democracia, como demuestran los numerosos procesos fallidos de transformación en Europa oriental, en Asia central o en la «primavera árabe».

Hay una sobrestimación del efecto estabilizador de la cooptación. Según lo observado, como promedio estadístico, el equilibrio ideal para la supervivencia de las dictaduras se logra al combinar una alta legitimación basada en la ideología o los resultados con una minimización de la represión «dura», un desarrollo de la represión «blanda» y un nivel medio de cooptación. Singapur es el país que más se aproxima a ese punto y China se encamina claramente hacia allí. Pero incluso hay regímenes híbridos, como la Rusia de Putin, que no están tan lejos de ese equilibrio.

La tesis de Francis Fukuyama sobre la victoria irreversible de la democracia (1991) demostró ser una expresión de deseo superficial. Por ejemplo, la ambiciosa visión asociada a la exportación occidental de la democracia fracasó estrepitosamente en el cambio de régimen en Afganistán, en Iraq y en Libia. Las sociedades libres de Occidente, de Oriente y del Sur seguirán viviendo con dictaduras y deberán negociar con ellas. No hay recetas que garanticen el éxito. Las disputas son inevitables, y aún no se ha inventado ningún polígono mágico que una valores, intereses, derechos humanos, economía, democracia y estabilidad. Por lo tanto, deberemos lidiar con las dictaduras recurriendo a esforzadas negociaciones, con la paciencia necesaria para atravesar duros obstáculos y con un pragmatismo basado en nuestros valores.