Coyuntura

¿Populismo o narcisismo? Donald Trump versus el periodismo

Los populistas de izquierda latinoamericanos, de origen más plebeyo, carecieron de tal cercanía anterior con el mundo mediático-periodístico y de semejante capacidad previa de acceso y visibilidad pública. Correa, cuyo ascenso tuvo vinculación con su buen desempeño televisivo y la relativa modernidad de su campaña en los nuevos medios, podría asemejarse. Pero, justamente, no usó ese acceso para confrontar durante la campaña. Pese a opiniones críticas que pudieran guardar sobre ellos, los populistas latinoamericanos no confrontaron con medios y periodismo durante sus trayectorias de ascenso. Evo Morales, quien como dirigente indígena-campesino cuestionaba el racismo en el periodismo boliviano, constituye una excepción parcial, ya que en varias oportunidades reconoció su deuda con los trabajadores de la prensa. En todos los casos, las «guerras» con los medios estallaron con posterioridad a la llegada al gobierno. Más allá de tensiones previas, la confrontación estalló en Venezuela con la crisis y el malogrado putsch de 2002, en el que estuvieron involucrados los grandes medios y sus propietarios. En Ecuador, el disparador fue la decisión de Correa de reformar la Constitución luego de asumir la Presidencia. En Argentina, el desencadenante fue el conflicto con los sectores agroexportadores durante la segunda presidencia kirchnerista. En todos los casos, la motivación parece estar ligada a discrepancias políticas entre los gobernantes y los propietarios de las grandes empresas de medios.

En otras palabras, la confrontación de Trump a lo largo de su camino al gobierno y (al menos) durante sus inicios en la Casa Blanca no tiene paralelismo en América Latina. La trayectoria de los populistas de izquierda en su relación con los medios fue, por contraste, la de una radicalización creciente. Inicialmente, primaron en ella el pragmatismo y la acomodación recíproca. Estos equilibrios, interrumpidos por crisis políticas, dieron lugar a segundas fases de confrontación. Con Trump, la radicalización es previa a la llegada al gobierno. Es imaginable una dinámica de confrontación creciente y sin retorno. Si, como sugiere el argumento de que Trump comparte una naturaleza populista que lo hace portador, como el escorpión, de un libreto inmodificable, este sería el escenario esperable.

Pero las decisiones políticas, en cualquier ámbito, no pueden derivarse sin más de esencias o identidades dadas20. Pesan, además de las preferencias, los cálculos pragmáticos, las relaciones de fuerza percibidas y las oportunidades y restricciones enmarcadas por instituciones y coyunturas. El acumulado de decisiones irreversibles es el que configura derroteros que moldean, en todo caso, las identidades, y no al revés. Para hacer conjeturas sobre el futuro de las relaciones de Trump con el campo mediático-periodístico, conviene contraponer las fuerzas que lo empujan a la confrontación y los incentivos que operan en favor de la acomodación.

Sus propias percepciones –cimentadas por una longeva relación conflictiva–, parte de su entorno y las reacciones desafiantes de una prensa que se siente amenazada son fuerzas que empujan en el sentido de la radicalización como estrategia presidencial. La dinámica de la polarización puede, pasado cierto punto, independizarse del factor que la originó, tornarse irreversible y autónoma en virtud de mecanismos autorreproductivos. Sin embargo, pueden identificarse también importantes incentivos en sentido contrario. Algunos operan en el nivel del sistema político y otros en el nivel del sistema de medios.

Si bien comparte con los populistas latinoamericanos el rasgo de outsider, a diferencia de la mayoría de ellos, Trump debe convivir y cooperar con el Partido Republicano, el cual, más allá de su crisis, es un partido establecido. En la medida en que el presidente deba negociar su agenda o, in extremis, su propia supervivencia con los grupos que componen el partido en el Congreso, percibirá un costo en confrontar con la prensa, especialmente frente a los sectores moderados del establishment partidario. Los momentos de mayor radicalización gobierno-medios en Latinoamérica estuvieron asociados, por el contrario, a la capacidad de disciplinar mayorías legislativas por parte de los Ejecutivos. El propio Correa, quien emergió en un contexto de derrumbe de los partidos tradicionales, tuvo que esperar a su segundo mandato para contar con una mayoría que le permitiera sancionar su polémica Ley Orgánica de Comunicación. Hasta 2013 encontró repetidas resistencias motivadas en la reticencia de legisladores, aliados en otros órdenes, a afectar los intereses mediáticos.

En relación con el sistema mediático, y como contracara del dilema político arriba expuesto, la utilidad de confrontar en campaña podría convertirse en una amenaza a la gobernabilidad en la Presidencia. En virtud de la propaganda gratuita que implicó como tema ineludible de cobertura y como construcción de una imagen de irreverencia y desafío en un contexto de malestar con el establishment, la confrontación puede haber sido eficaz. Los requerimientos de la Presidencia son distintos. No está claro que la estrategia de confrontación ayude a gestionar la relación con la opinión pública. La popularidad es un recurso clave en la capacidad del gobierno de alinear y coordinar a los demás actores, entre ellos, al Poder Legislativo.

El sistema de medios estadounidense presenta además rasgos que estructuran incentivos contrarios a los de América Latina. La menor concentración relativa y la presencia de lógicas instrumentales hacen más descentralizada la gestión de la opinión pública. En los escenarios más cartelizados de América Latina, cualquier experiencia que, como los populismos emergentes de la crisis del neoliberalismo, decida gobernar con agendas contrarias a las preferencias de las elites mediáticas tradicionales no tiene mucha alternativa a la confrontación. Las lógicas periodísticas y comerciales que gobiernan la esfera mediática norteamericana son más impersonales y descentralizadas. Las grandes cadenas dependen de sociedades de acciones en las que la lógica comercial tiende a dominar sobre decisiones individuales. De hecho, ante el ascenso de Trump, las grandes cadenas de noticias, incluso las consideradas opositoras, buscaron adaptarse mediante la contratación de columnistas afines al candidato para no perder segmentos de audiencia. Por debajo de las estridencias públicas, el presidente mantiene una relación pragmática con cadenas como cnn –a diferencia de otras (como msnbc) consideradas izquierdistas e irremediablemente opositoras–, ya que comprende su lugar estratégico en el ecosistema mediático. El carácter clave de cnn en el acceso a segmentos de potenciales votantes indefinidos, central para la elección intermedia de 2018 y el futuro de la Presidencia, explica unas relaciones basadas en intercambio de acceso a fuentes gubernamentales por espacio de pantalla no hostil a voces ligadas al gobierno21.

  • 20.

    El historiador James Cane rechaza las lecturas de la política hacia la prensa del primer peronismo como producto de una presunta esencia totalitaria o de un proyecto ideológico preexistente. Su reconstrucción muestra que el acumulado de decisiones y reacciones que culminaron en el cierre y la burocratización de la esfera mediática argentina entre 1946 y 1955 debe rastrearse en las relaciones Estado-medios desde 1930, en el conflicto industrial en el interior del sector y en las experiencias de Juan D. Perón en vísperas de octubre de 1945. J. Cane: The Fourth Enemy: Journalism and Power in the Making of Peronist Argentina, 1930-1955, Penn State University Press, Pensilvania, 2012.

  • 21.

    Steven Perlberg y Adrian Carrasquillo: «Trump Says cnn Is Fake News - But That’s Where He Wants Surrogates» en Buzz Feed,31/3/2017.