Coyuntura

¿Populismo o narcisismo? Donald Trump versus el periodismo

El carácter personal y apolítico de su percepción del periodismo como «la profesión más deshonesta del mundo» es consistente con más de tres décadas de conflictos y resentimientos narcisistas reflejados en el historial de demandas judiciales por difamación a periodistas y medios. La profusa lista contiene demandas a un crítico de arquitectura del Chicago Tribune, por descalificar el proyecto de la Torre Trump para Manhattan como «estéticamente horrible» y «kitsch»; a un biógrafo no autorizado, por no valuar su fortuna como «multimillonaria»; a un comediante de televisión, por haberse burlado de su tinte capilar y por atribuirle parecidos a un orangután; y a un medio y sus directivos, por publicar una foto suya junto a un supremacista blanco 6. A lo largo de la campaña electoral, amenazó con demandar, entre otros, a The New York Times por publicar acusaciones de abuso sexual; y a poco de asumir la Presidencia, su esposa demandó a un periódico por publicar que en los años 90 había ejercido la prostitución7.

Estos antecedentes permiten vislumbrar la percepción de Trump. Según su perspectiva, los periodistas son parte de una casta de difamadores erigidos en jueces éticos y estéticos, más que expresión o instrumento de minorías poderosas antipopulares. En los profesionales de la prensa no sensacionalista percibe un elitismo que lo margina del panteón de la gente respetable, del establishment. El personaje creció sintiéndose atacado como vulgar, escandaloso y –desde que pasó a ser evaluado como presidenciable– como infantil y no sofisticado al expresarse. Con sus dotes retóricas, su presencia fotogénica y chic y su foja meritocrática y libre de escándalos, Barack Obama constituye, para Trump, una odiosa contrafigura.

Ese narcisismo herido está presente cada vez que se queja de su cobertura. Ya presidente, puede vérselo cuestionando a un semanario por «haber usado la peor foto [suya] para la portada» o sugerirles a los «deshonestos» periodistas, en una turbulenta conferencia de prensa, que «en realidad no [es] una mala persona»8.

De manera análoga, cuando en su propensión a monitorear personalmente las cadenas de noticias se topa con coberturas que percibe como negativas, reacciona en Twitter calificando a la cadena en cuestión (sea cnn, abc o msnbc) como fake news media, una terminología que se reapropia de la expresión que designa a los sitios que propalan falsas noticias, para asociarlo a los medios periodísticos y sugerir que difunden «invenciones»9. Para adjetivar a su mayor rival en la prensa escrita, The New York Times, pasa de la clave ética a la empresarial (pero aún prepolítica) al caracterizarlo como un actor en vías de fracaso (failing @nytimes).

Claro que la presencia de un entorno ideológico que le sugiere otras claves interpretativas puede modificar esta decodificación apolítica de los medios o sobreimponerle significaciones políticamente más densas. De hecho, las dos declaraciones arriba citadas parecen llevar el sello de Steve Bannon, quien describe la relación de Trump con los medios como «una guerra». Este representante de la «derecha alternativa» (Alt-Right) en la Casa Blanca es el principal promotor de la escalada contra los medios, a los que define como «partido de la oposición» fuera de sintonía con el pueblo norteamericano: «Ellos no entienden este país. Aún no han comprendido por qué Donald Trump es el presidente de eeuu»10.

Con independencia de estas expresiones de nacionalismo populista en el entorno presidencial, Trump podría abrevar de la histórica hostilidad hacia el periodismo en el campo republicano y conservador. La percepción del periodismo como «liberal», izquierdista o sesgado en favor de agendas demócratas se remonta, al menos, a los años 60.

Entre los círculos que disputan en el campo conservador y buscan influenciar el rumbo gubernamental, se advierten claves político-ideológicas que mezclan la vieja percepción conservadora del periodismo con contraposiciones antagónicas que podrían ser catalogadas de populistas. American Greatness, por caso, un espacio que se presenta a sí mismo como llamado a renovar el «exhausto movimiento conservador» y cuyo nombre remite al eslogan trumpista («Make America Great Again»), expresa algunos ejemplos de esta mixtura11. Quienes se expresan en este medio tienden a compartir la idea de que detrás del (auto)engaño de la objetividad periodística, los medios liberales (en el sentido estadounidense) promueven su propia visión (izquierdista) del mundo, contraria al interés del pueblo estadounidense12. Sus tácticas, otrora difíciles de discernir, quedaron expuestas cuando, en la última elección, la prensa intentó asegurar la Presidencia para Hillary Clinton.

En sintonía con este clima, en think tanks más tradicionales, como la Hoover Institution, pueden encontrarse interpretaciones que atribuyen la propensión de la prensa tradicional a las «noticias falsas» al posmodernismo («francés») y al nihilismo de los campus universitarios propagados a las redacciones13. El periodismo, en esta clave, forma parte de las elites cosmopolitas y relativistas contrapuestas al interés del pueblo-nación. De momento, Trump no ha avanzado discursivamente, más allá de las comentadas alusiones, en esta dirección. Si se decanta por radicalizar la confrontación con los medios periodísticos (y otras instituciones establecidas), sería esperable que abreve en este repertorio.

Al ritmo que prosperan los escándalos sobre conexiones con Rusia durante la campaña y en la Presidencia, crece el potencial de radicalización. Con cada filtración se reproducen, en medios conservadores y entre sectores del entorno presidencial, tramas conspirativas en las que la prensa tradicional es copartícipe de un plan de sabotaje junto con las agencias de inteligencia, sectores del gobierno de Obama y la burocracia (el deep state)14. Trump y los populistas latinoamericanos también difieren en cuanto a quién identifican como antagonista principal. La obsesión de Trump son los periodistas. El antagonismo originario de los populistas en América Latina es, por el contrario, con los «medios hegemónicos», percibidos como altavoces o instrumentos de las elites o de los grandes conglomerados. Aquí, la confrontación con el periodismo es derivada, en la medida en que los periodistas son percibidos como heterónomos. En la fase inicial de su gobierno, el presidente ecuatoriano Rafael Correa tildaba a los periodistas de «empleados bancarios», en referencia a que buena parte de los grandes medios ecuatorianos estaban ligados al sector financiero. En una recordada conferencia de prensa durante el pico de confrontación con los medios, el presidente argentino Néstor Kirchner recordaba en voz alta, ante cada pregunta, el grupo propietario del cual dependía el periodista que la formulaba. Cuestionar públicamente su autonomía profesional solo contribuyó a que buena parte del periodismo se alienara irreversiblemente (incluso más allá de simpatías iniciales) y formara un bloque defensivo con sus organizaciones mediáticas, y que se reforzara, como resultado, la polarización gobierno-medios.

  • 7.

    Laura Jarrett: «Trump Lawsuits to Watch in 2017» en CNN, 29/12/2016.

  • 8.

    Peter Baker: «‘I Inherited a Mess’, Trump Says, Defending His Performance» en The New York Times, 16/2/2017.

  • 9.

    Tom Kludt y Tal Yellin: «Trump Tweets and the tv News Stories behind Them» en CNN Money, 13/6/2017.

  • 10.

    Glenn Thrush y M.M. Grynbaum: «Trump Ruled the Tabloid Media. Washington Is a Different Story» en The New York Times, 25/2/2017.

  • 11.

    Sin embargo, Michael Anton, uno de sus fundadores y nueva figura de la intelectualidad conservadora, nombrado recientemente director de Comunicación Estratégica del Consejo Nacional de Seguridad, rechaza la identificación con el populismo y se reivindica discípulo de Leo Strauss, defensor de la república y el gobierno limitado. Kalefa Sanneh: «Intellectuals for Trump» en The New Yorker, 9/1/2017; «Decius Out of the Darkness: A q&a with Michael Anton» en American Greatness, 12/2/2017.

  • 12.

    En una versión, este comportamiento puede remontarse al menos al conflicto de Vietnam, en cuyo curso el periodismo habría tenido un rol instrumental al quintacolumnismo y a la infiltración comunista que habría resultado desastroso para los intereses estadounidenses. En otra, la naturaleza partisana y/o comercial definiría el periodismo como opuesto al interés nacional desde la presidencia de George Washington. Paul Crovo: «Insidious Fake News: A Case Study» en American Greatness, 3/2/2017.

  • 13.

    Victor Davis Hanson: «Fake News: Postmodernism by Another Name» en Defining Ideas, 26/1/2017.

  • 14.

    Philip Giraldi: «A Soft Coup, or Preserving Our Democracy?» en The American Conservative, 14/3/2017.