Tema central

¿Podrá la democracia sobrevivir al siglo XXI?

Esta tesis estilizada resulta plausible en algunos contextos –el golpe de Estado chileno de 1973 viene inmediatamente a la mente–, pero choca con la complejidad de la evidencia histórica. Una investigación reciente de Stephan Haggard y Robert Kaufman muestra que, en el mundo posterior a la Guerra Fría, apenas una minoría de las reversiones autoritarias involucró algún tipo de conflicto redistributivo. No existe asociación estadística entre niveles de desigualdad e inestabilidad democrática a escala global. La mayor parte de las reversiones autoritarias ocurren en países pobres, en donde las instituciones democráticas son sencillamente débiles7.

En los países de ingreso medio, Haggard y Kaufman detectan un patrón de erosión democrática diferente, que denominan «reversión populista». La democracia no es desplazada por elites que buscan evitar la redistribución de la riqueza, sino por líderes que prometen una distribución más justa y una solución a la crisis económica. Estos líderes denuncian a las elites, interpelan a los sectores populares y movilizan la insatisfacción ciudadana con el régimen democrático. Contrariamente a lo que afirman las teorías en boga, el resultado de la desigualdad no es un gobierno reaccionario de la minoría, sino un Ejecutivo fuerte con amplio respaldo mayoritario. Los principales casos identificados por los autores –Venezuela bajo Hugo Chávez, Rusia bajo Vladímir Putin, Turquía bajo Recep Erdoğan– muestran a líderes que explotaron la frustración popular con el republicanismo liberal de masas para imponer restricciones a sus adversarios políticos y para ampliar su margen de autonomía frente a las instituciones de control. Estos ejemplos sugieren que, en las repúblicas liberales de masas contemporáneas, el principal elemento amenazado por la exclusión social no es la participación masiva en política sino el republicanismo liberal. En el siglo xxi, la suspensión de los mecanismos electorales resulta poco viable porque desafía abiertamente el principio de legitimidad dominante. Por el contrario, una ciudadanía rebelada contra la clase política puede utilizar el voto para delegar poder en un Ejecutivo intransigente, demandando una reconstrucción radical del régimen.

Las lecciones de Latinoamérica

La experiencia latinoamericana reciente ofrece lecciones importantes para las democracias industrializadas. La frustración ciudadana con el proyecto neoliberal de fines del siglo xx impulsó una renovación de la clase política en buena parte de la región. Pero en aquellos países donde los nuevos líderes adoptaron un discurso radicalizado, el resurgimiento económico de comienzos del siglo xxi financió la erosión de la democracia y la concentración de poder en el presidente.

En los años 80, las principales economías latinoamericanas se derrumbaron bajo el peso de la deuda pública, el déficit fiscal y la hiperinflación. Los intentos por controlar el gasto público y estabilizar la moneda condujeron a la adopción de programas neoliberales: políticas monetarias restrictivas, recortes del gasto público, privatización de empresas estatales, liberalización de precios y eliminación de las barreras comerciales. La estrategia neoliberal logró reducir la inflación, pero la eliminación de barreras comerciales socavó el empleo industrial y amplió el tamaño del sector informal8.

La crisis del modelo neoliberal minó la credibilidad de los partidos tradicionales, que se hallaron incapaces de reducir el desempleo y mejorar las condiciones de vida. Entre 1992 y 2002, siete presidentes surgidos de elecciones confrontaron un juicio político o fueron forzados a renunciar por la protesta social. Algunas organizaciones, como el Partido Justicialista (pj) en Argentina, distribuyeron beneficios clientelistas selectivamente para mantener el apoyo entre los trabajadores informales y los desempleados; otras, como Acción Democrática (ad) en Venezuela, simplemente se derrumbaron bajo la nueva realidad9.

Este desprestigio de los partidos tradicionales benefició a un sector político «incontaminado», que había permanecido fuera del poder y podía representar una oposición creíble al statu quo10. Este sector alternativo –que se encuentra hoy en la extrema derecha en casi todas las democracias industrializadas– se hallaba mayoritariamente a la izquierda del espectro político en la América Latina de los años 90. Los líderes ascendentes de esta izquierda incontaminada diferían entre sí en términos de experiencia política y compromiso con los principios democráticos, pero todos se beneficiaron sorpresivamente con un auge exportador a comienzos del siglo xxi.

Al igual que en el caso de las democracias centrales, las consecuencias del cambio económico global resultaron inesperadas para los países latinoamericanos. En la interpretación dependentista convencional, los términos de intercambio debían revalorizarse crecientemente en favor de los productos industrializados y en detrimento de los productos primarios. Esto condenaría a los países periféricos a producir cada vez más materias primas para obtener la misma cantidad de importaciones industriales11. Sin embargo, el siglo xxi produjo lo que el economista Jaime Ros describió como «la pesadilla de Prebisch». Entre 2000 y 2008, el valor total de las exportaciones aumentó anualmente 21% en Perú, 17% en Brasil y Chile, y 13% en Argentina; los términos de intercambio se apreciaron en casi toda la región12. El auge de las exportaciones primarias fue impulsado en buena medida por la expansión de la economía industrial china, que amplió la demanda global de energía, minerales y alimentos. Sebastián Mazzuca recuerda que «en 2002, un centenar de toneladas métricas de soja (…) tenía el mismo valor de un coche Honda pequeño. Diez años más tarde, esa misma cantidad de soja permitía comprar un bmw convertible»13.

Las consecuencias de este periodo económico expansivo –cerrado hacia 2013– fueron notablemente diversas para las democracias latinoamericanas y resultan ilustrativas para las democracias industriales hoy en día. La disponibilidad de recursos fiscales y la creciente popularidad permitió a los presidentes de varios países desplegar los recursos y la autoridad legal del Estado de manera discrecional para apoyar a sus aliados e intimidar a sus oponentes.

  • 7.

    S. Haggard y R.R. Kaufman: Dictators and Democrats: Masses, Elites, and Regime Change, Princeton University Press, Princeton, 2016.

  • 8.

    Juan Ariel Bogliaccini: «Trade Liberalization, Deindustrialization, and Inequality: Evidence from Middle-Income Latin American Countries» en Latin American Research Review vol. 48 No 2, 2013, pp. 79-105; Alejandro Portes y Kelly Hoffman: «Latin American Class Structures: Their Composition and Change During the Neoliberal Era» en Latin American Research Review vol. 38 No 1, 2003, pp. 41-82.

  • 9.

    A. Pérez-Liñán: Juicio político al presidente y nueva inestabilidad política en América Latina, fce, Buenos Aires, 2009; Laura Wills-Otero: Latin American Traditional Parties, 1978-2006: Electoral Trajectories and Internal Party Politics, Ediciones Uniandes, Bogotá, 2015.

  • 10.

    Rosario Queirolo: The Success of the Left in Latin America, University of Notre Dame Press, Notre Dame, 2013.

  • 11.

    Para la formulación clásica de esta tesis, v. Raúl Prebisch: «Commercial Policy in the Underdeveloped Countries» en American Economic Review vol. 49 No 2, 1959.

  • 12.

    Paradójicamente, los términos de intercambio apenas se valorizaron para México, que exporta productos manufacturados a eeuu. Ver J. Ros: «Latin America’s Trade and Growth Patterns, the China Factor, and Prebisch’s Nightmare» en Journal of Globalization and Development vol. 3 No 2, 2013.

  • 13.

    S. Mazzuca: «The Rise of Rentier Populism» en Journal of Democracy vol. 24 No 2, 2013, p. 110.