Tema central

¿Podrá la democracia sobrevivir al siglo XXI?

Este proceso ha generado una inesperada periferización de las democracias industriales. La teoría de la dependencia observó una concentración de industrias de alta tecnología en las democracias centrales y predijo una dispersión de industrias con tecnología obsoleta y producción de materias primas hacia la periferia. Bajo esta división internacional del trabajo, la alta productividad de los países centrales permitiría mantener salarios elevados y financiar el Estado de Bienestar. En los países periféricos, por el contrario, la fuerza laboral se encontraría segmentada entre una elite integrada a las cadenas de producción globales y una población marginal cuya actividad económica –orientada estrictamente al mercado local– estaría expuesta a una feroz competencia por parte de los líderes industriales del planeta3. En una extraña reversión de la fortuna, la fuerza laboral de las democracias industriales se encuentra hoy en una situación que recuerda las predicciones dependentistas para los países latinoamericanos. El núcleo más dinámico de los procesos de investigación y desarrollo tecnológico sigue concentrado en las democracias industrializadas, pero el desplazamiento de las actividades productivas ha generado una escisión creciente entre una clase profesional vinculada a este núcleo dinámico, que se beneficia de los procesos de globalización económica y diversificación cultural, y una clase media industrial cuyos niveles de productividad ya no cubren sus costos salariales. Al igual que los trabajadores latinoamericanos en los siglos xix y xx, este sector periférico se beneficia (en tanto consumidor) con los productos importados de bajo costo, mientras se ve amenazado (en tanto productor) por esas mismas importaciones.

La periferización de la fuerza laboral explica en buena medida la rebelión de la clase obrera en las democracias industrializadas. Los miembros de este grupo –trabajadores industriales en democracias con cada vez menos industrias– resienten con razón el optimismo de una elite educada y cosmopolita que celebra la diversidad, la integración global y la economía del conocimiento. Son ellos quienes abandonaron el proyecto de la Unión Europea para favorecer el Brexit en el Reino Unido, quienes se alejaron del Partido Demócrata para apoyar a Trump en eeuu y quienes desertan crecientemente del Partido Socialista o Comunista para respaldar al Frente Nacional en Francia.

Esta rebelión se ve acelerada por tres factores que agudizan la puja distributiva: una disminución del crecimiento económico, una distribución desigual del ingreso y una sociedad más diversa. En el Atlántico norte, la democracia liberal se consolidó durante el periodo de posguerra, una era de desarrollo acelerado y de mejoras sostenidas en la calidad de vida. La tasa de crecimiento promedio de los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde) entre 1961 y 1990 fue de 4% anual. A este ritmo, el tamaño de la economía se duplica en menos de 18 años. La crisis económica de 2008 expuso claramente que los milagros económicos han llegado a su fin. En los últimos 15 años, la tasa de crecimiento anual de estos países ha sido de 1,6% y los expertos auguran tasas de 2% anual como la nueva norma. Bajo estas condiciones, una economía requiere 34 años para duplicar su tamaño. La promesa del progreso incesante, característica de la segunda mitad del siglo xx, resulta cada vez más difícil de cumplir.

La desaceleración económica reduce las oportunidades laborales en un contexto en que la clase media industrial se encuentra en una puja redistributiva «hacia arriba», como resultado de la creciente desigualdad social, y «hacia abajo» como resultado de la migración. El periodo de paz inaugurado en 1945 permitió la acumulación de capital físico y, con ello, la concentración de propiedad. Esta concentración, sumada a la movilidad del capital y la menor capacidad de negociación de los movimientos sindicales, condujo a una caída de la participación de los trabajadores en el ingreso nacional a partir de los años 70. En 1972, el 1% más rico de la población concentraba 8% del ingreso en eeuu y 7% en el Reino Unido. Hacia 2012, esta proporción había ascendido a 19% y 13%, respectivamente4.

El nivel de vida de la clase obrera noratlántica explica no solamente la relocalización de la producción industrial, sino también un flujo inverso: la migración hacia los países centrales. El proyecto neoliberal persiguió la circulación global de bienes y capital, pero –con excepción de la ue– nunca postuló una movilidad equivalente para la fuerza de trabajo. Sin embargo, las sociedades humanas son cada vez más móviles: se estima que más de 3% de la población mundial vive fuera de su país de origen. El número, pequeño en términos relativos, representa unos 244 millones de personas. Estos flujos migratorios facilitan una representación racializada de la puja distributiva que fortalece la narrativa del nacionalismo xenófobo. También plantean un nuevo desafío para la participación «universal» en las repúblicas de masas. Unas 115 naciones permiten actualmente la participación electoral de los expatriados, pero apenas unas ocho democracias en el mundo permiten que los residentes no nacionalizados ejerzan el sufragio en elecciones nacionales5.

El peligro para las repúblicas de masas

¿Representa este cuadro un peligro para la democracia? Y de ser así, ¿qué mecanismos concretos podrían desestabilizar las repúblicas liberales de masas? La respuesta a estas preguntas desafía las teorías dominantes sobre los procesos de democratización y requiere una mirada más atenta a la experiencia latinoamericana.

Una influyente literatura en la ciencia política ha alertado sobre el impacto negativo de la desigualdad para la supervivencia de la democracia, pero esta obra resulta de limitada utilidad para entender el problema presentado en la sección anterior. Los modelos teóricos postulados por esta literatura comparten una tesis estilizada: comparadas con las dictaduras, las democracias tienden a redistribuir el ingreso en favor de los sectores más pobres. Por este motivo, las elites pagan un costo por vivir en democracia y este costo se vuelve mayor en la medida en que la brecha entre pobres y ricos se torna más aguda, dado que los pobres demandan una mayor redistribución. En contextos de gran desigualdad, entonces, las elites adquieren mayores incentivos para respaldar una dictadura que suprima la participación popular y preserve la desigualdad social6.

  • 3.

    Theotonio Dos Santos: «The Structure of Dependence» en American Economic Review vol. 60 No 2, 1970, pp. 234-235; Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto: Dependencia y desarrollo en América Latina, Siglo xxi, Ciudad de México, 1969.

  • 4.

    El crecimiento de la concentración del ingreso fue menos marcado en otros casos, como Francia (estable cerca de 9%) o Noruega (6% a 8%), durante estas cuatro décadas. Datos de World Wealth and Income Database, disponibles en www.wid.world.

  • 5.

    División de Población de las Naciones Unidas: «Trends in International Migration» en Population Facts No 4, 2015; Andrew Ellis, Carlos Navarro, Isabel Morales, María Gratschew y Nadja Braun: Voting from Abroad: The International idea Handbook, International idea, Estocolmo, 2007; David Earnest: «Neither Citizen nor Stranger: Why States Enfranchise Resident Aliens» en World Politics vol. 58 No 2, 2006.

  • 6.

    Daron Acemoglu y James A. Robinson: The Economic Origins of Dictatorship and Democracy, Cambridge University Press, Cambridge, 2006; Carles Boix: Democracy and Redistribution, Cambridge University Press, Cambridge, 2003.