Tema central

Persistencia y mutaciones de la extrema derecha francesa

Como toda «tradición inventada», la figura de Juana de Arco se presta a lecturas contrapuestas: una monárquica, que resalta su lealtad al rey, y otra republicana, que hace de ella una líder popular. Paradójicamente, fue en el campo de la izquierda donde se originó su transformación en mito. En su Historia de Francia (1833-1844), Jules Michelet había puesto a la pastora de Domrémy en el pedestal de las gestas nacionales. Fue en el nuevo siglo cuando la heroína se convirtió en objeto de disputa. En 1904 Amédée Thalamas, un profesor de historia de simpatías socialistas, presentó a sus alumnos del Liceo Condorcet y la Sorbona una imagen de la «doncella de Orléans» «traicionada por los nobles y quemada por los curas». Ese mismo año, el periódico socialista L’Humanité informó en tono burlón sobre las manifestaciones organizadas por los nacionalistas frente a la estatua de la heroína, lo que provocó un duelo a pistola –sin consecuencias– entre el poeta y líder de la Liga de los Patriotas, Paul Déroulède, y el director del diario, Jean Jaurès. El calendario católico recuerda a Juana de Arco, canonizada en 1920, el 8 de mayo, en conmemoración del día en que Orléans fue liberada de la ocupación nazi. Abandonada por la izquierda después de 1945, esta figura se convirtió en el principal símbolo de la ultraderecha. En 1988, Le Pen rompió con la tradición adelantando la conmemoración una semana –al 1o de mayo–, a fin de hacer coincidir los actos de la extrema derecha con las movilizaciones del Día del Trabajo y, de paso, sacar rédito para las elecciones presidenciales, cuya segunda vuelta se realizó unos días después.

«Desdiabolización»

En el último tiempo se ha vuelto moneda corriente hablar de la «desdiabolización» del fn emprendida por Marine Le Pen desde su designación como presidenta del partido en 2011. El término hace referencia a la estrategia dirigida a ampliar la base electoral, mediante el abandono –o la elusión– de ciertos temas y la moderación del lenguaje, lo que a menudo provoca la cólera de su padre. Al respecto, hay que decir que tal cambio es relativo ya que, como señalamos más arriba, el propio Le Pen fue elegido como presidente de un nuevo partido con el objeto de «normalizar» el campo de la ultraderecha para transformarla en una fuerza política electoralmente viable. Toda la historia del fn puede leerse como un intento de la presidencia por mantener el equilibrio entre dos orientaciones o tendencias históricas: el populismo de la protesta y el nacionalpopulismo o populismo de la identidad. Ejemplos del primero son el boulangismo y el ya citado poujadismo18. En ambos casos, se trata de movimientos que, invocando al «pueblo», se alzan contra el «sistema» y el parlamentarismo. Tienen como denominador común una retórica negativa, o revisionista, y una praxis multiforme –movilizaciones multitudinarias, boicots contra la autoridad central, participación en elecciones– que contrapone un «arriba» corrupto y parasitario (las elites) con un «abajo» purificado y solidario (el pueblo). Boulangismo y poujadismo son la expresión colectiva de la crisis e incertidumbre que los procesos de modernización generan en los sectores socioocupacionales menos preparados para adaptarse a esos cambios: las clases medias tradicionales.

A diferencia del anterior, el populismo nacional define al colectivo «pueblo» más a partir del ethnos que del demos19. Como en el populismo de protesta, aquí también está presente la denuncia del «sistema», el parlamentarismo y la política corrupta, pero en el populismo de la identidad la oposición no se da entre un «arriba» y un «abajo», entre las elites y el pueblo, sino entre un «adentro» y un «afuera», entre los que pertenecen a la nación y quienes están excluidos porque no guardan con ella un lazo histórico o biológico: el linaje familiar y el lugar de nacimiento. En esta modalidad «etnodiferencialista» de movilización antisistema, cuyo ejemplo es el nacionalismo antisemita del caso Dreyfus, cobra forma la imagen del judío como paradigma del extranjero, enemigo y elemento extraño incrustado en el cuerpo nacional. La xenofobia antijudía, presente aunque marginal en el boulangismo, se convierte entonces en un elemento central y perdurable del nacionalismo francés –son ejemplos la Liga Antisemita, la prensa antidreyfusista y el bestseller de Édouard Drumont, La Francia judía (1888)20.

Hoy estas dos tendencias parecen haberse fusionado, o converger, en la figura de Marine Le Pen. Ambas hacen a la fuerza del movimiento, en la medida en que permiten hablarle a un electorado amplio y socialmente heterogéneo, que manifiesta su preferencia por el fn ante todo como una protesta contra el «sistema», y, al mismo tiempo, presentarse ante sus seguidores como una fuerza leal a su identidad e ideales históricos. La cuestión de si Marine Le Pen corrió el partido hacia el centro del tablero político es materia de debate. Pero por convicción u oportunismo, rompió con las posturas antisemitas y negacionistas de su padre. Al mismo tiempo, tomó distancia respecto de los sectores más socialmente conservadores –opuestos al matrimonio homosexual y el aborto–, cercanos a su sobrina, y nieta de Jean-Marie Le Pen, Marion Maréchal-Le Pen21. Asimismo, Marine Le Pen dio una pátina de «respetabilidad» a su retórica antiinmigrante al colocar la defensa del laicismo en el lugar que antes ocupaba el racismo antiárabe y cambiar el antisemitismo por un discurso islamófobo. Pero ver las cosas de este modo sería quedarse con el árbol en lugar de mirar el bosque, olvidar que el fn es un producto de la sociedad y el sistema político en los cuales nació y se desarrolló.

La «normalización» emprendida por Le Pen padre y la «desdiabolización» continuada por su hija no han alterado en lo fundamental ni la ideología ni la estructura del partido. El fn sigue siendo, como sus predecesores, un partido de extrema derecha, antiliberal, xenófobo, racista y antieuropeo. La mayor atención que la nueva presidencia le ha venido dedicando a las cuestiones sociales y económicas –lo que algunos llaman «socialpopulismo» o «asistencialismo chauvinista»– es demasiado reciente como para hacer un diagnóstico acerca de su eventual influencia en el programa de gobierno del partido22. En todo caso, cabría recordar que propuestas como la «preferencia nacional» en materia de empleo y prestaciones sociales, el retiro de Francia del Acuerdo de Schengen y el abandono del euro están, en su esencia, en consonancia con las posturas históricas del partido y con las fuentes de extrema derecha de las cuales se nutrió. Esto no significa desconocer los cambios que forzosamente deben de operarse en cualquier fuerza política con esa antigüedad y voluntad de poder. Pero tomar estos cambios como una prueba de que el fn no puede ser considerado «ni de derecha ni de izquierda»23 no solo es hacerse eco de su propia retórica, sino que es también perder de vista la dinámica entre sus raíces históricas y su reposicionamiento en el actual proceso de «derechización» de la sociedad y la política francesas24.

  • 18.

    El boulangismo está considerado como la primera expresión del populismo francés y antecedente lejano del fascismo. El término está asociado al militar y ministro de Defensa, el general Georges Boulanger, quien tras ser separado del gobierno y dado de baja por sus posturas antialemanas, se lanzó a la política con un programa de reformas lo suficientemente difuso como para cosechar apoyo entre todos los desencantados de la República. Ver P.-A. Taguieff: Le populisme, Enciclopedia Universalis, París, 1996.

  • 19.

    Me baso aquí en la distinción que hacen Taguieff y Winock entre los dos tipos de populismo. P.-A. Taguieff: «La rhétorique du national-populisme. Les règles élémentaires de la propagande xénophobe» en Mots vol. 9 No 1, 10/1984; M. Winock: «Populismes français» en Vingtième Siècle vol. 56 No 1, 1997.

  • 20.

    Pierre Birnbaum: «Affaire Dreyfus, culture catholique et antisémitisme» en M. Winock (coord): Histoire de l’extrême droite en France, Seuil, París, 1994. Aunque el judío constituía en esta retórica el «Otro» por excelencia, no era el único excluido de la comunidad nacional. Junto a él, Maurras colocó a los protestantes, la masonería y los «metecos» (extranjeros). A estos cuatro grupos los llamó la «anti-Francia».

  • 21.

    Fue también la parlamentaria más joven de la historia francesa: cuando en 2012 ingresó en la Asamblea Nacional como diputada por el departamento de Vaucluse, tenía 22 años. Enfrentada con su tío, anunció recientemente su retiro de la actividad política.

  • 22.

    Gilles Ivaldi: «Du néolibéralisme au social-populisme? La transformation du programme économique du Front National (1986-2012)» en S. Crépon, A. Dézé y N. Mayer (coords.): ob. cit.

  • 23.

    El historiador israelí Zeev Sternhell fue el primero en utilizar la noción «ni derecha ni izquierda» –muy criticada– para caracterizar el fascismo francés, cuyos orígenes ideológicos veía en el nacionalismo radical de fines del siglo xix y principios del xx. Ante las preguntas de periodistas por su posición en el tablero político, Le Pen solía decir que era «económicamente de derecha, socialmente de izquierda y nacionalmente francés». Sin embargo, tanto él como su hija y actual presidenta del partido han definido al fn como una fuerza de «derecha nacional y social». Ver Z. Sternhell: Ni droite ni gauche. L´idéologie fasciste en France, Seuil, París, 1983.

  • 24.

    V. dossier «Gauche, droite, droitisation: état des lieux» en Le Débat No 191, 9-10/2016.