Tema central

Persistencia y mutaciones de la extrema derecha francesa

La radicalización estudiantil y la ola de huelgas de mayo y junio de 1968 confirmaron los temores apocalípticos de la ultraderecha, pese al fin abrupto de la protesta y el triunfo apabullante de De Gaulle en las elecciones legislativas de junio. Varios grupúsculos, algunos extremistas y violentos pero bien implantados en el medio universitario, vieron la luz en los meses posteriores al Mayo Francés, entre ellos el neofascista Orden Nuevo –sucesor de la organización Occidente, creada en 1964 y disuelta en 1968– y la Nueva Derecha neopagana vinculada a Alain de Benoist y el Grupo de Investigación y Estudio para la Civilización Europea (grece, por sus siglas en francés)10. Aunque estas organizaciones tenían estructuras y objetivos diferentes –Orden Nuevo era un grupúsculo extremista, mientras que el grece había sido concebido como un cenáculo intelectual para influenciar a la elite política francesa–, los unía el rechazo de la democracia y su corolario, la «decadencia» de Francia, Europa y Occidente11.

Durante un congreso celebrado en junio de 1972, los integrantes de Orden Nuevo resolvieron crear un partido con vistas a disputar las elecciones legislativas de 1973. La iniciativa provino de Alain Robert –fundador del movimiento estudiantil Grupo Unión Defensa (gud), particularmente activo en la Universidad de París-Assas–, el historiador François Duprat –cercano a Robert Faurisson y a los círculos negacionistas del Holocausto– y el periodista François Brigneau. En octubre de ese año fundaron el Frente Nacional para la Unidad Francesa y designaron a Le Pen como presidente12. Veterano de las guerras coloniales, formado en la rebelión populista del «hombre común» e imbuido de un anticomunismo y antigaullismo rabiosos, Le Pen encarnaba en la década de 1970 una derecha autoritaria y «muscular», a la medida de su estilo misógino y bravucón –aunque respetuoso de la legalidad–. Hasta fines de la década de 1970, no era la inmigración el tema que más le preocupaba sino la amenaza «socialcomunista», algo natural para alguien que había alcanzado la madurez política bajo las turbulencias de la Guerra Fría, la pérdida de las colonias y el ascenso de la izquierda. En junio de 1973, Le Pen se negó a participar de una concentración contra la «inmigración salvaje» organizada por sus aliados de Orden Nuevo en la sala de la Mutualité. Estas diferencias, que en el fondo eran producto de la difícil convivencia entre el radicalismo de la tabula rasa de los grupúsculos revolucionarios y el nacionalismo populista del líder frentista, generaron la primera fractura del joven partido. Al finalizar la reunión se produjeron choques violentos entre los miembros de Orden Nuevo y los de la Liga Comunista Revolucionaria de Alain Krivine. Como consecuencia de este episodio, Orden Nuevo fue disuelto por orden judicial, medida que Le Pen aprovechó para deshacerse de Robert y su grupo neofascista, los cuales a su vez crearon una nueva fuerza ultraderechista, el Partido de las Fuerzas Nuevas (pfn), a la cual adhirieron otros ex-miembros de Orden Nuevo descontentos con Le Pen.

Estas crisis reflejan uno de los problemas a los que estuvo expuesto el partido, especialmente durante su primera fase (décadas de 1970 y 1980): la influencia y presión que podían llegar a ejercer sobre sus débiles estructuras y reducido número de adherentes grupos venidos desde fuera. En el plano de las ideas, la influencia de sectores vinculados a la Nueva Derecha resulta clara en la instauración de la «preferencia nacional», concepto teorizado por Jean-Yves Le Gallou y difundido por el Club de L’Horloge, una usina de ideas próximas al grece. Otro ejemplo fue la eufemización del lenguaje, con la cual se buscaba purgar el discurso político de las expresiones más burdamente racistas y así evitar los sentimientos de repulsión de los electores –iniciativa que parece haber tenido su origen en el Instituto de Formación del fn, dirigido por el católico tradicionalista Bernard Anthony–. La vaguedad programática de esos años, sumada a la costumbre de Le Pen de dejar hacer a condición de que no se pusiese en duda su autoridad, no solo atrajo al partido a grupúsculos más radicalizados, que veían en él una útil cobertura que los ponía a resguardo de la amenaza siempre presente de prohibición legal; también alimentó sus expectativas de cooptación a través de estrategias tomadas de la izquierda revolucionaria –como el «entrismo»–. Que ello no sucediera se debió tanto al voluntarismo y la inoperancia de estas organizaciones como a la resistencia de corrientes opositoras más conservadoras –como los tradicionalistas–, en las cuales Le Pen podía apoyarse para reforzar su autoridad.

«Normalización»

Si la década que va de 1973 a 1982 fue la de la «travesía del desierto», periodo durante el cual el fn no pasó de ser una fuerza políticamente marginal y electoralmente insignificante –0,5 % de los votos en las elecciones legislativas de 1973, 0,75% en las presidenciales de 1974, 0,5% en las cantonales de 1976 y así sucesivamente hasta los 80–, fueron también los años en que Le Pen purgó al partido de los elementos neofascistas más incómodos e introdujo la cuestión de la inmigración en la campaña electoral. La idea provino de François Duprat, ex-miembro de los movimientos Occidente y Orden Nuevo, número dos del partido e introductor de las tesis negacionistas en Francia. La estrategia no estaba exenta de un cierto oportunismo, ya que por esos años la crisis petrolera disparaba el desempleo a niveles sin precedentes y esto hacía de los trabajadores extranjeros un chivo expiatorio fácil. Aun así, la retórica antiinmigrante de la «preferencia nacional» ponía el acento más en la defensa del trabajador francés que en la exclusión del inmigrante por motivos puramente raciales. El propio Duprat prohibió a los militantes todo discurso racista: la propaganda debía limitarse a la cuestión de la competencia entre franceses y extranjeros en el mercado laboral13.Aunque había recibido una educación religiosa, Le Pen nunca fue un católico devoto. Aun así atrajo al campo frentista a grupos tradicionalistas vinculados al ala más intransigente de la Iglesia. A través de estas corrientes integristas, encontraron anclaje en el partido las ideas contrarias a la Revolución Francesa, el pensamiento maurrasiano y el catolicismo recalcitrante de la Sociedad San Pío x, fundada en 1970 por el excomulgado monseñor Marcel Lefebvre (1905-1991) para luchar contra el ecumenismo y la modernidad. Inspirada en la Contrarreforma y el rechazo del Concilio Vaticano ii, esta corriente estaba emparentada con Ciudad Católica, un movimiento fundado en 1946 con fines similares por Jean Ousset (1914-1994)14. Aunque la rigidez doctrinaria del integrismo era ajena a la idiosincrasia y el olfato político de Le Pen, su visión de la historia francesa, y especialmente la más reciente y traumática de la Segunda Guerra Mundial y la descolonización, facilitó su acercamiento a sectores que reivindicaban el régimen colaboracionista de Vichy y el colonialismo francés –y a ello contribuyó también la participación directa de Le Pen en este capítulo de la historia francesa15–. Desde los años 80, el líder frentista concurrió en varias ocasiones a la iglesia Saint-Nicolas-du-Chardonnet –en el v Distrito parisino–, que desde 1977 y bajo la tutela del abate Philippe Laguérie se había convertido en punto de reunión para el homenaje de los «mártires» de la ultraderecha revisionista, desde el mariscal Philippe Pétain –en cuya memoria todos los años se celebra una misa el 23 de julio– y el escritor antisemita Maurice Bardèche –a quien Le Pen reivindicó como «profeta del renacimiento europeo»– hasta el miliciano colaboracionista Paul Touvier –condenado por crímenes contra la humanidad– y las «víctimas» de la Guerra de Argelia16. Sin embargo, ninguna otra figura del panteón integrista llegó a adquirir el estatus simbólico de Juana de Arco, en cuya apropiación e instrumentalización Le Pen no hizo más que retomar la tradición monárquica iniciada por Acción Francesa y las organizaciones nacionalistas de comienzos del siglo xx17.

  • 10.

    Las siglas en francés forman la palabra «Grecia».

  • 11.

    Hasta ahí llegaba la convergencia ideológica. A diferencia del nacionalismo revolucionario, chauvinista, xenófobo y violento de Orden Nuevo, el pensamiento metapolítico de la Nueva Derecha exaltaba las raíces paganas e indoeuropeas de Occidente contra la amenaza del igualitarismo y la «norteamericanización» del mundo. La deuda de esta corriente –especialmente la de su principal portavoz, Alain de Benoist– con la revolución conservadora alemana de Weimar y la tradición schmittiana es evidente. Pierre-André Taguieff: Sur la Nouvelle Droite. Jalons d’un analyse critique, Descartes et Cie, París, 1994.

  • 12.

    Nicolas Lebourg: «Le Front National et la galaxie des extrêmes droites radicales» en S. Crépon, A. Dézé y N. Mayer (coords.): ob. cit.

  • 13.

    Valérie Igounet: Le Front National. De 1972 à nos jours. Le parti, les hommes, les idées, Seuil, París, 2014.

  • 14.

    En 1962, dos mujeres integrantes de Ciudad Católica que trabajaban en el Palacio del Elíseo (la residencia presidencial) proveyeron la inteligencia para el atentado que la célula terrorista de ultraderecha Organización Ejército Secreto (oas, por sus siglas en francés) perpetró contra De Gaulle en represalia por su política hacia Argelia.

  • 15.

    Su rol en la Guerra de Argelia –en la cual participó como oficial de inteligencia en una unidad de paracaidistas– le acarreó varias complicaciones legales. En 2002, el diario Le Monde publicó versiones que lo acusaban de haber practicado torturas. El líder frentista negó las acusaciones y denunció al diario por difamación. Aunque la justicia rechazó la demanda contra Le Monde, tampoco dio curso a los pedidos de iniciar acciones legales contra Le Pen alegando que los actos que se le incriminaban habían sido amnistiados en 1968… por De Gaulle. Hamid Bousselham: Torturés par Le Pen. La guerre d´Algérie (1954-1962), Rahma, París, 2000.

  • 16.

    El domingo 27 de febrero de 1977, unas 800 personas irrumpieron durante la misa que se celebraba en esa iglesia al grito de «Esto no es una verdadera misa», tras lo cual iniciaron una procesión con cruces e inciensos y celebraron su propia misa en latín, según la liturgia introducida en el siglo xvi por el papa contrarreformista Pío v. Pese al pedido del arzobispo de París para desalojar a los intrusos, el Ministerio del Interior rehusó intervenir invocando la separación de Estado e Iglesia y el temor a agravar los acontecimientos; más tarde, el gobierno admitiría que ignoraba «quién tenía la razón». Jean-Baptiste Michel: «À la droite de Dieu» en GeoHistoire No 52, 22/3/2017.

  • 17.

    Laure Dubesset-Chatelain: «Icônes du passé, icônes confisquées» en GeoHistoire No 52, 3/2017; Colette Beaune: Jean d’Arc. Vérités et légendes, Perrin, París, 2008.