Tema central

Pensar sobre la democracia, discutir sobre los derechos

Interpretar la práctica i: el caso del plebiscito por la paz en Colombia

Una vez llegados a este punto, puede ser hora de retomar los hilos que hemos ido dejando y reflexionar sobre algunos de los «extraños» fenómenos ocurridos en este último tiempo. Pienso, en particular, en situaciones como la que se ha producido en Colombia con el voto contrario a los Acuerdos de Paz. Este generó perplejidad entre comentaristas, políticos y académicos, que han encontrado enormes dificultades para explicar lo que no preveían y lo que en muchos casos también (no sorprendentemente) repudiaban. Desde el marco teórico que hemos ido definiendo y extendiendo en las páginas anteriores, quedamos –conforme entiendo– en mejores condiciones para dar cuenta de lo ocurrido y sin mayor lugar para la sorpresa.

Ante todo, y desde una perspectiva comprometida con la deliberación política, opciones plebiscitarias como las montadas en Colombia (o en Reino Unido) resultan particularmente no atractivas. Se trata de consultas llevadas a cabo en el marco de una fuerte desafección social en relación con el sistema representativo: lo que tiende a primar es la desconfianza, el escepticismo y la crítica a un sistema institucional elitista, que de ninguna forma contribuye al diálogo horizontal y democrático y que parece funcionar «por las suyas» y con independencia de lo que la ciudadanía pueda exigir. Esa desconfianza se expresa, entre muchas otras maneras, a través de niveles muy bajos de participación política o de concurrencia a las urnas. Un marco semejante torna entendible, por caso, las votaciones menos masivas de lo esperado, así como la aparente falta de involucramiento político de ciudadanos que, en los hechos, se saben ajenos al proceso decisorio sobre el que se los invita a opinar.

En ese sentido, las bajas oportunidades para la participación y el diálogo político y los extendidos descontentos hacia la clase política dominante tornan comprensible también la –aparente– voluntad de expresar, a través del voto, alguno de los distintos mensajes –de queja en este caso– dispersos entre la ciudadanía. En ese marco, no debiera resultar extraño, finalmente, que la ciudadanía utilice la eventual oportunidad del voto para castigar a Juan Manuel Santos o premiar a Álvaro Uribe (o sancionar a James Cameron en Reino Unido), en lugar de hacerlo para responder a aquello que, más específicamente, parecía que se les preguntaba («¿favorece o no los Acuerdos de Paz?»; «¿aprueba o no el Brexit?»).

De manera adicional, la casi ofensiva complejidad de los temas y preguntas del caso torna comprensible la perplejidad de muchos de los votantes y reafirma la distancia efectiva entre este tipo de peculiares convocatorias «participativas » y las que podrían ser propias de un sistema que se animara a tomar algo más en serio los objetivos de la deliberación democrática inclusiva. En otros términos: siempre tendremos dificultades para implementar un proceso de consulta y diálogo cercano al ideal deseado, pero ello no debiera obstar a la construcción de procesos de consulta más sensatos, más abiertos al intercambio de razones, menos inhumanos. Cuestiones que se presentan a la ciudadanía como «de vida o muerte» y que se traducen luego, como en Colombia, en esforzados y complicados acuerdos de casi 300 páginas no merecen ser sometidos a la ciudadanía del modo en que se lo hizo –a través de capciosas preguntas por sí o por no–, y mucho menos sin un amplio espacio previo para el intercambio de razones y las mutuas correcciones. Podría decirse que lo que predominó en Colombia fue un «sí a la paz, pero no así». En los hechos, lamentablemente, la ciudadanía no tuvo siquiera la posibilidad de establecer algún matiz, precisando o corrigiendo en algún detalle el tipo de pacto propiciado por el gobierno (¿tal vez menos «premios» para las FARC?, ¿tal vez menos espacio para la impunidad?). Nada de eso: el espacio para colocar algún matiz fue nulo.