Tema central

Pensar sobre la democracia, discutir sobre los derechos

Los arreglos democráticos con los que convivimos: paper stones

Desde un ideal regulativo como el señalado, vinculado a una cierta versión de la democracia deliberativa, podemos reflexionar mejor y más críticamente, también, sobre los peculiares rasgos que distinguen un sistema institucional

como el que prevalece en países como los nuestros. Pienso, en particular, en sistemas representativos degradados, en los cuales resulta especialmente difícil seleccionar políticas deseables así como ejecutores aptos para llevar a cabo esas políticas. Resulta difícil también sancionar a los representantes que no se han desempeñado bien en sus tareas o premiar a aquellos que sí lo han hecho bien. De una mayoría de nuestros representantes, carecemos de toda información: no sabemos casi nada de lo que hacen y de lo que dejan de hacer. A los otros, los más visibles, podemos querer premiarlos por alguna iniciativa, discurso o acción que nos ha parecido bien, pero a la vez castigarlos por otras cosas que no han hecho, cuando nos lo habían prometido, por cosas que han hecho mal, pudiendo hacerlas bien, o por alguna falta grave que –nos hemos enterado– han cometido. Pero ¿de qué modo hacer algo de todo esto si contamos básicamente con un solo instrumento –el voto– que podemos ejercer muy de vez en cuando? ¿Y de qué modo hacerlo cuando, con ese voto, necesitamos expresar tantas cosas: lo que queremos y lo que no queremos, nuestro entusiasmo por algunas medidas que han sido tomadas y nuestra decepción por otras que sin embargo se tomaron? ¿Cómo hacer todo lo que queremos hacer con un solo voto, que termina habilitando infinidad de decisiones, en ayudado a construir con aquel ambiguo y difícilmente descifrable acto de concurrir

a las urnas?

Ese mecanismo frágil que es el voto periódico ha quedado hoy como el principal canal de comunicación institucional –el que ha resistido al tiempo– para vincularnos a los principales miembros de las tres ramas de gobierno. Vivimos en sistemas fuertemente «contramayoritarios» que dificultan, más que alentar, la intervención ciudadana en los asuntos públicos (Alexander Bickel popularizó esta idea para referirse al Poder Judicial, pero –como sostuviera Roberto Mangabeira Unger– puede bien extenderse a la estructura general del sistema: se trata, mantuvo Unger, del dirty little secret de nuestro sistema de gobierno)4. Dentro de ese marco, buena parte de los «puentes» de comunicación existentes, imaginados o posibles entre ciudadanos y representantes han sido «dinamitados» (las «instrucciones obligatorias» o mandatos imperativos, la revocación eventual de todos esos mandatos, la rotación en los cargos, los periodos breves, las asambleas comunales permanentes, etc.).

Señalo lo anterior porque entiendo que es relevante para comenzar a entender los niveles de desafección política que marcan nuestro tiempo: la llamada crisis de representatividad, pero también la ansiedad que puede extenderse entre tantos por «decir» y dejar expresada la propia opinión en cada oportunidad abierta. Las prácticas políticas «realmente existentes», que sirven para la condensación y pulverización de los múltiples sentidos del voto, fuerzan un acuerdo compartido que parece ser el siguiente: utilizamos el voto para expresar «algo», muy general, que sintetice lo mucho que podemos querer decir en un momento dado, o de lo contrario, que exprese lo más saliente –lo que ranquee por arriba– de todo lo que desearíamos expresar en un momento particular. Se trata de una deriva tal vez impensada pero natural de aquella imagen que alguna vez utilizara Adam Przeworski para analizar el papel del

sufragio en democracias socialmente divididas: los votos como paper stones, «piedras de papel» que tomaban el lugar de las piedras que alguna vez se arrojaran desde las trincheras. Pues bien, en su esencia, los «papeles» o votos

no han perdido su carácter de «piedras», y siguen operando como «golpes sonoros» contra la pared, a la espera de que alguien sepa reconocer o leer el «mensaje» que encerramos en ellos. En la era de la hipercomunicación,

paradójicamente, carecemos de canales institucionales efectivos para dialogar entre nosotros o con nuestros representantes; para expresar las múltiples opiniones que podemos tener en relación con determinados fenómenos, propuestas o políticas; o para señalar matices o sugerir variaciones en torno de las decisiones que el funcionariado toma.

Checks and balances imperfectos y diálogo democrático

La otra cuestión institucional sobre la que quisiera detenerme es la siguiente: la forma que ha tomado la organización constitucional predominante en nuestro tiempo se vincula a un imperfecto modelo de «frenos y contrapesos», que genera incentivos particularmente no atractivos para quienes propiciamos arreglos sensibles o favorables al diálogo democrático. Diré algo entonces tratando de precisar los tres puntos señalados: a) la presencia de un sistema de «frenos y contrapesos», b) su carácter «imperfecto»; y c) sus rasgos «inatractivos» para quienes propiciamos un modelo institucional basado en el diálogo. a) El sistema de «frenos y contrapesos», tal como lo conocemos hoy, nació en Estados Unidos, desde donde se extendió prontamente, y con sus variantes, hacia América Latina. Ese modelo constitucional, que propiciaba el equilibrio entre las distintas ramas de gobierno y la moderación política, fue impulsado especialmente por sectores liberales –que tuvieron como gran ideólogo a James Madison en aquellos debates originarios–. El modelo aparecía como una opción adecuada o necesaria frente a las dos principales alternativas institucionales que entonces se vislumbraban y que los liberales describían, exageradamente, como «la tiranía o la anarquía». La amenaza de la «tiranía» es la que vinculaban al tradicional poder de la monarquía antes dominante (la Corona inglesa o española, según el caso) y se traducía habitualmente en sistemas autoritarios basados en la centralización geográfica y el poder político concentrado. La otra alternativa que se vislumbraba en el pasado o en el horizonte, y contra la cual se predicaba, era la de la «anarquía», que muchos asociaban a la tradición política que derivaba de la Revolución Francesa, y que había impactado grandemente en las costas americanas. Defender un sistema de «frenos y contrapesos», en ese contexto, implicó decir no a las posibilidades de la «anarquía» y la «tiranía», para dificultar de modo especial las posibilidades de desbordes o excesos legislativos o presidenciales. El nuevo sistema institucional vendría entonces marcado por la sobrepresencia de mecanismos para el control mutuo.