Tribuna global

¿Países poderosos o influyentes? Reconfiguraciones globales en el siglo XXI

Las coordenadas de «país democrático» o «país autoritario» parecen limitadas para describir este verdadero «mercado» de influencias y construcción de poder simbólico en los países, entre ellos y en escala regional y global. Sin embargo, la verdadera novedad no está en los métodos más oscuros y potencialmente peligrosos de hacerlo para las poblaciones civiles y su desarrollo –como el financiamiento de un país de movimientos desestabilizadores en otro o las inversiones motorizadas por la corrupción–, sino en los modos en que un conjunto de países sin poder tradicionalmente entendido están buscando atajos y creando espacios y herramientas para obtener el nuevo bien global más apreciado: influencia. Y no hay que ser millonario ni estar sentado sobre armas nucleares para hacerlo. Casi lo contrario.

n n n

«Los países intermedios también pueden ser influyentes a escala global. Pienso en países como Australia, Canadá, los nórdicos, hasta Argentina. Son Estados que no tienen poder económico ni militar significativo, a los que no llamaríamos ‘poderosos’, sino ‘prósperos’, que no están interesados en la búsqueda del poder en sentido clásico. Por eso son países que pueden jugar a ser ciudadanos globalmente correctos y apoyar en términos generales al desarrollo, la democracia y los derechos humanos», sostiene Merke. El especialista encuentra dos formas principales de hacerlo. Una es la llamada «diplomacia de nicho», es decir, la búsqueda de un tema específico en el que un país puede especializarse técnica y políticamente y destacarse como jugador global y responsable, participando en los foros específicos que muchas veces logran acercar a países que en otros aspectos están distanciados. «No se presentan como países que pueden influir en muchos temas, sino que tienen una ventaja comparativa en un asunto, por expertise, por historia, por nivel de progreso», explica Merke y enumera ejemplos: Brasil juega la carta en el cambio climático, como un actor con capacidad para hacer compromisos creíbles; Chile en cuestiones de recursos minerales; Argentina es influyente en el sector nuclear, de maneras que no muchos conocen: «Nuestro país es el único del mundo en desarrollo con programa nuclear que está en todos los clubes nucleares, formales e informales, y colabora en cuestiones como el uso pacífico o la interdicción en alta mar de buques sospechados de transportar materiales peligrosos. Argentina y eeuu son aliados en este tema, con un altísimo nivel de entendimiento». El país es además un leading case en derechos humanos: participó activamente junto con Francia en la elaboración del tratado internacional que define la categoría de desaparecido y va adelante también en la discusión de las normas migratorias en el Mercado Común del Sur (Mercosur). Canadá, por su parte, es otro caso de estudio en diplomacia de nicho: desde el fin de la Guerra Fría se posicionó como un país experto en operaciones de paz y ayuda humanitaria. «Es el país que organizó todo el debate global sobre el concepto de ‘responsabilidad de proteger’, que impulsó Kofi Annan desde Naciones Unidas, que sostiene que los Estados que violan sistemáticamente los derechos humanos de su pueblo pierden de algún modo su derecho de soberanía y abre la posibilidad de que la comunidad internacional intervenga para frenarlo», señala Merke. La otra forma de construir influencia está en el llamado «regionalismo», es decir, la cooperación para crear espacios regionales en bloques más o menos institucionalizados, en una suerte de suma de influencias individuales –la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) o la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) son dos ejemplos de ello–. «Les da a los Estados un ‘animémonos y vamos juntos’. Brasil juega esa carta como representante del Mercosur afuera de sus fronteras, el líder regional frente a los brics», concluye Merke.

n n n

Hay otra estrategia de construcción de influencia, cada vez más profesionalizada, en la que hoy coinciden países tradicionalmente poderosos (ricos y armados), con buena, regular o mala reputación, con países medianos, pero globalmente influyentes. Se llama «diplomacia pública» e incluye todos los esfuerzos de persuasión global destinados a lograr lo que la competencia planetaria impone: construir una cierta imagen de un país en las mentes –y de ahí en las opiniones, las decisiones de inversión, las ideas– de los ciudadanos del resto del mundo. Algunos ejemplos lo dejan más claro: ¿qué tienen en común las becas Fulbright, el Instituto Confucio (dedicado a promover la cultura y el idioma chinos en el mundo), el canal de tv ruso rt, la monarquía británica, los viajes del papa y los Juegos Olímpicos? Son todos ejemplos de herramientas de diplomacia pública que, lejos de considerarse cuestiones menores o superficiales, hoy tienen su lugar en las discusiones de estrategia política y económica de los países más diversos.

De eeuu a Australia, de China a los países árabes, de Colombia a España, los países más diversos aprendieron que un graduado universitario es un embajador informal perpetuo cuando regresa a su país; que organizar el Mundial de Fútbol da una oportunidad de oro por un mes; que una empresa privada innovadora dice algo del lugar en que nació y que una primera dama carismática –como la cantante Peng Liyuan, esposa del presidente chino– puede trasladar algo de su encanto al resto del país.

¿Qué es lo que hace que la diplomacia pública se haya vuelto tan atractiva como para que se le destinen presupuestos crecientes, organismos específicos, especializaciones académicas, blogs y encuentros internacionales? Los expertos coinciden: cuando la información circula ad infinitum por las redes sociales, los blogueros desmienten a los gobiernos y se establecen lazos entre personas de distintos países sin mediaciones institucionales, los ciudadanos pueden no estar atentos a las variaciones del pib o del coeficiente de Gini (una medida de la desigualdad), pero saben muy bien qué país se preocupa por el medio ambiente, cuál tiene una política humanitaria hacia los refugiados, quién da importancia a la innovación o en cuál las políticas de infancia empiezan más temprano. Así, en plena competencia por la reputación global, los países emergentes –sobre todo ellos– necesitan lograr una imagen favorable ante el resto del mundo, a menudo desviando la atención de sus puntos menos positivos. No en vano, como coinciden los especialistas, en su ascenso como «potencia nacional global», China se ha vuelto el jugador más activo en diplomacia pública del mundo. Pero a pesar de los abultados presupuestos que le dedica, no le resulta sencillo. A diferencia de eeuu, que es casi un miembro natural de muchas regiones, como Australia, Europa occidental y América Latina, China no tiene amigos ni aliados –una consecuencia de su historia de autosuficiencia–, y la construcción de su influencia a través de sus inversiones millonarias en África o América Latina, por ejemplo, se ve más como propia de un «imperialismo extractivo» que como una muestra de buena voluntad y ayuda al desarrollo.