Ensayo

Memoria del futuro Sobre la melancolía de izquierda

Lo que el marxismo no podía aceptar en el futurismo no era su carácter subversivo ni, en el caso del futurismo ruso, su crítica radical a la sociedad burguesa; era más bien su negación de la tradición revolucionaria: «Mientras que nosotros entramos en la revolución, el futurismo cayó en ella». Según Trotski, la revolución no era una tabula rasa, ya que tenía su propia visión del pasado, como una suerte de contramemoria opuesta a las interpretaciones oficiales de la historia. La revolución era el momento en el cual esta visión «resurgía de las profundidades de la memoria» y empujaba a sus actores a crear «una brecha hacia el futuro».

Esto no impedía que Trotski compartiera con el futurismo una fe ciega en la máquina como motor para transformar el mundo. Algunos pasajes de Literatura y revolución describen el futuro socialista en términos prometeicos, amalgamando la utopía fourierista de la «armonía universal» y una idealización del progreso y de la tecnología típica del siglo xix. Según el revolucionario ruso, el socialismo estaba destinado a reconfigurar las características geológicas del planeta y transformar la relación entre las especies humana y animal, hasta volver el mundo irreconocible. Sus dichos visionarios son suficientes para asustar a cualquier ecologista de nuestra época:

El hombre ha realizado ya ciertos cambios no carentes de importancia en el mapa de la naturaleza; simples ejercicios de estudiante en comparación con lo que ocurrirá. La fe solo podía prometer mover montañas; la técnica, que no admite nada «por fe», las derribará y las desplazará realmente. Hasta ahora solo lo ha hecho con fines comerciales o industriales (minas y túneles); en el futuro lo hará en una escala incomparablemente mayor, conforme a proyectos productivos y artísticos abarcadores. El hombre hará un nuevo inventario de montañas y ríos. Enmendará seriamente y en más de una ocasión la naturaleza. Remodelará, eventualmente, la tierra a su gusto. No tenemos ningún motivo para temer que su gusto sea mediocre. (...) El hombre socialista dominará la naturaleza toda, incluidos esos faisanes y esos esturiones, por medio de la máquina. Designará los lugares donde las montañas deben ser derribadas, cambiará el curso de los ríos y contendrá los océanos.

La novela de Alexandre Bogdanov Estrella roja (1908), una de las pocas incursiones marxistas en la ciencia ficción, ya había descripto el socialismo como un futuro tecnológico que se concretaría en Marte. A diferencia de Bogdanov, sin embargo, Trotski mantenía una tensión dialéctica entre memoria y utopía. En su notable biografía de Trotski, Deutscher estudió el estilo a la vez narrativo y analítico de Historia de la Revolución Rusa y presentó este libro como la reconstitución empática de un momento de autoemancipación proletaria cargado de memoria. Bosquejando el retrato de las multitudes en movimiento, Trotski trató de «penetrar sus nervios», señaló sus sentimientos y quiso compartirlos con el lector. Los hombres y las mujeres de la revolución no habían elegido las circunstancias de sus acciones, pero actuaban de acuerdo con su conciencia. Trotski –continúa Deutscher– «está orgulloso de esos hombres, aun en el caso de que sean iletrados y groseros, y quiere que estemos orgullosos de ellos. La revolución es, para él, ese momento breve pero cargado de sentido en el que los humildes y los oprimidos tienen finalmente la palabra, y, a sus ojos, ese momento redime siglos de opresión. Y lo evoca con una nostalgia que confiere a su recreación un relieve intenso y brillante».